Relatos de dominación

Ama Cruel en Femdom: Jaula de Castidad, Pegging y Humillación Total para Mi Esclavo Sumiso hasta su Completa Rendición

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me pondría de rodillas tan rápido. Se llama Valeria, y la conocí en una app de ligoteo hace unos meses. Yo era el típico pringado de treinta y pico, con un curro de oficina que me tenía quemado, masturbándome a escondidas viendo porno de femdom porque en la vida real no me atrevía a nada. Cachondo reprimido total, con la polla siempre a medio gas por la rutina y las ex que me dejaban colgado. Ella, en cambio, era una diosa cabrona: morena con curvas que te dejaban babeando, ojos verdes que te clavaban como cuchillos, y una sonrisa que decía «te voy a destrozar, chaval». Medía como un metro setenta, con tetas firmes que se marcaban bajo las camisetas ajustadas, y un culo redondo que parecía hecho para sentarse en tu cara. Trabajaba de entrenadora personal, de esas que te hacen sudar hasta que ruegas piedad, y se notaba en cómo se movía, segura, como si el mundo le debiera algo.

Todo empezó en un bar cutre del centro. Quedamos para un café, pero ella llegó quince minutos tarde, con pantalones de yoga que le ceñían el coño y una coleta alta que la hacía parecer una amazona. «Perdona el retraso, putito, tenía que terminar de follarme a un cliente en el gym», soltó de entrada, riéndose mientras se sentaba. Me quedé mudo, con la polla endureciéndose bajo la mesa. ¿Era coña? No, Valeria no bromeaba. Hablamos de tonterías, pero ella dirigía la charla, preguntándome por mis fantasías como si me estuviera interrogando. «Cuéntame, ¿te pone que una mujer te mande? ¿O eres de los que solo miran?» Yo balbuceaba, rojo como un tomate, admitiendo que sí, que me moría por rendirme a alguien que supiera lo que quería. Ella sonrió, se inclinó y me susurró al oído: «Pues hoy vas a probar, pero con una regla: la safe word es ‘rojo’. Si la dices, paramos. Si no, eres mío.» Consentí, claro, con el corazón a mil. Salimos del bar y fuimos a su piso, un ático minimalista con vistas a la ciudad. Ahí empezó el juego. Me mandó quitarme la camisa, me miró de arriba abajo y dijo: «No estás mal, pero vas a tener que ganarte el derecho a tocarme.» Me tenía pillado desde el minuto uno, y yo, joder, solo quería más.

Al principio fue suave, pero escaló rápido. Me hizo arrodillarme en su salón, descalza, con los pies perfectos apoyados en el sofá. «Besa mis pies, perrito. Muéstrame lo sumiso que eres.» Olían a sudor ligero del gym, salado y adictivo, y yo lamí sus dedos como un desesperado, sintiendo la polla latiendo en los pantalones. «Buen chico», murmuró, pero su voz era puro veneno dulce. Me quitó la ropa poco a poco, riéndose de mi erección. «Mira qué patética, ya goteando solo por mis pies. ¿Cuánto tiempo llevas sin follar de verdad?» Confesé que meses, y ella se carcajeó. «Pobre, vas a aprender que tu polla ya no te pertenece. Es mía para jugar.» Sacó una jaula de castidad de un cajón, un cacharro de metal negro con un candado diminuto. «Póntela, ahora.» Mis manos temblaban mientras me la encajaba; el frío del metal mordiendo mi piel, apretando la base hasta que dolía un poco. Hizo clic el candado, y ella guardó la llave en su sujetador, entre sus tetas. «Esto te va a enseñar disciplina, putito. Nada de pajearte sin mi permiso.»

READ  Dominación Femenina Extrema: Sumisión Total y Placer Cruel

La frustración empezó esa misma noche. Me tenía desnudo, jauleado, sirviéndole copas mientras ella se tumbaba en el sofá viendo Netflix. Cada vez que me movía, la jaula rozaba, recordándome que estaba preso. «Ven aquí, lame mi coño hasta que me corra», ordenó, abriendo las piernas. Su coño era perfecto, depilado, con labios hinchados y un clítoris que asomaba como una promesa. Olía a excitación pura, almizclado y dulce, y yo me enterré la cara, lamiendo como un loco, saboreando su humedad salada que me goteaba por la barbilla. Ella gemía, tirándome del pelo, pero no me dejó tocarme. «Para, no te corras. Solo edging hoy.» Me obligó a masturbarme al borde, quitándome la jaula por un rato, pero parando justo cuando sentía el orgasmo subir. «Suplica, di que eres mi puto esclavo.» «Por favor, Ama, déjame correrme», rogué, con la polla roja y palpitante, pero ella solo rio y volvió a encerrarme. «Ni de coña. Tu placer es mío para negar.»

Pasaron días así, una tortura deliciosa que me volvía loco. En el curro, la jaula me recordaba cada paso, un pinchazo constante que me ponía a mil pero sin alivio. Ella me mandaba mensajes: «Pide permiso para mear, cornudo.» O «Envíame foto de tu jaula, quiero ver cómo sufres.» Una noche, me citó en su piso para una «tarea degradante». Llegué y me encontró desnudo en la puerta, con un delantal de cocina. «Limpia el baño de rodillas, mientras yo me ducho.» Yo fregaba el suelo, oliendo su jabón, con la polla intentando endurecerse en vano contra el metal. Salió envuelta en una toalla, el agua chorreando por su piel bronceada, y me mandó oler su culo recién lavado. «Huele, perra. Imagina follarlo, pero nunca lo harás.» Presionó mi nariz contra sus nalgas firmes, el aroma limpio mezclado con su esencia, y yo gemí, humillado pero empalmado hasta el dolor.

La dominación psicológica era lo peor –o lo mejor, joder–. Me hacía confesar fetiches en sesiones de «interrogatorio». Sentada en una silla, con tacones altos, me tenía de rodillas. «¿Qué te pone más, eh? ¿Ser cornudo? ¿Lamer mi coño después de que me folle a otro?» Admití todo, rojo de vergüenza: que me excitaba imaginarla con tíos mejores, que la humillación me hacía correrme más fuerte en mis sueños. «Patético», decía, escupiendo en mi cara. «Eres un beta, un perdedor que solo sirve para limpiar. Di: ‘Soy tu cornudo sumiso’.» Lo repetía, y cada palabra rompía un poco más mi ego, pero me ponía cachondo como nunca. Una vez, me obligó a edging durante una hora: me quitaba la jaula, me masturbaba lento, describiendo cómo se follaba a un ligue en el gym. «Su polla era enorme, me llenaba el coño como tú nunca podrías.» Yo suplicaba al borde, lágrimas de frustración, pero ella paraba, riendo. «No, putito. Aguanta.»

READ  Por qué el Respeto es la Base Esencial del Femdom Profesional

Escaló a algo más físico una semana después. Me invitó a su «fiesta privada», pero era solo ella y su strap-on. Llegué temblando, y me mandó ponerme a cuatro patas en la cama. «Hoy vas a aprender lo que es ser follado de verdad.» Se puso el arnés, un dildo negro grueso de unos veinte centímetros, lubricado y reluciente. Me escupió en el culo, introduciendo un dedo, luego dos, dilatándome mientras yo jadeaba. «Relájate, zorra. Esto duele al principio, pero te va a gustar.» Empujó lento, el glande abriéndose paso, un ardor que me hizo gritar. «¡Joder, Ama, duele!» Pero no dije la safe word; el dolor se mezclaba con placer, mi próstata latiendo contra el juguete. Ella embestía más fuerte, clavándome las uñas en las caderas, tirándome del pelo. «Gime como la puta que eres. Di que te encanta mi polla.» «Me encanta, Ama, fóllame más», balbuceé, con la jaula balanceándose y mi polla goteando precum. La habitación olía a sudor y lube, sus gemidos dominando los míos. Me rompió el culo esa noche, pero salí adicto, con el ego pulverizado y el cuerpo temblando de necesidad.

El clímax llegó un viernes por la noche, cuando ella decidió «celebrar» mi mes como su esclavo. Me mandó llegar desnudo bajo el abrigo, jaula puesta, y entrar por la puerta trasera. Su piso estaba a oscuras, solo velas parpadeando, y ella esperaba en el dormitorio, vestida con un corsé negro que le apretaba las tetas hasta casi reventar, medias de red y tacones. «Arrodíllate, cornudo. Hoy te voy a usar hasta que supliques.» Me quitó la jaula por fin, mi polla saltando libre, dura como una piedra, venosa y palpitante. Pero no me dejó tocarla; me ató las manos a la cama, boca abajo, con correas suaves pero firmes. «Primero, adórame.» Se sentó en mi cara, su coño mojado presionando mi boca, el olor intenso a excitación femenina invadiéndome. Lamí con furia, chupando sus labios hinchados, metiendo la lengua en su entrada caliente y resbaladiza, saboreando el jugo salado que me ahogaba. Ella se mecía, gimiendo ronco: «Sí, lame mi coño, puto. Hazme correrme en tu cara.» Sus muslos sudorosos me apretaban las orejas, el tacto resbaladizo de su piel contra la mía, uñas arañándome el pecho. El chapoteo de mi lengua contra su carne era obsceno, mezclado con sus jadeos y mis gemidos ahogados.

READ  Herramientas para Empoderar Mujeres Líderes

Pero no paró ahí. Se levantó, jadeante, con el coño brillando de mi saliva, y se puso el strap-on de nuevo, esta vez uno más grande, con protuberancias. «Ahora, el plato fuerte.» Me volteó, piernas abiertas, y untó lube en mi culo, el frío gel contrastando con mi piel ardiendo. Empujó sin piedad, el dildo abriéndose paso, dilatándome hasta que sentí que me partía. «¡Agh, joder, Ama!» grité, pero el dolor se convirtió en fuego placentero cuando rozó mi próstata. Embistió rítmicamente, el slap-slap de sus caderas contra mi culo resonando, sudor goteando de su cuerpo al mío. Tiró de mi pelo, arqueándome la espalda, y me azotó las nalgas con la mano libre, dejando marcas rojas que ardían. «Mírame mientras te follo, perra. Siente cómo te poseo.» Sus ojos verdes me perforaban, llenos de poder crudo. Olía a todo: su sudor salado, el musk de su coño aún en mi cara, el lube almizclado. Yo gemía como loco, la polla latiendo libre pero sin tocar, al borde del orgasmo por la fricción interna. «Por favor, déjame correrme», supliqué, voz rota. Ella aceleró, clavándome más profundo, sus tetas botando en el corsé. «No, cornudo. Hoy te corro yo primero.» Se tocó el clítoris mientras me pegaba, gimiendo alto, y se corrió temblando, su cuerpo convulsionando sobre mí, jugos chorreando por sus muslos.

Soltó un rugido de placer, pero no paró. Me desató una mano y me mandó masturbarme, edging final. «Corre, pero solo cuando yo diga.» Mi polla estaba hinchada, sensible, y la pajeé furioso, sintiendo el orgasmo subir como una ola. El tacto de mi propia piel era eléctrico, sudor pegajoso, olores mezclados en el aire cargado. «¡Ahora, puto!» ordenó, y exploté, chorros calientes de semen salpicando mi estómago, el sabor metálico en mi boca cuando ella me obligó a lamerlo. Gemí, el placer culpable inundándome, humillación pura al saborear mi propia corrida mientras ella reía. «Buen chico, pero recuerda: todo es mío.»

Después, se acurrucó a mi lado un rato, dulce pero cruel, acariciándome el pelo mientras yo jadeaba. «Has sido bueno, perrito. Pero esto no acaba. Mañana, te pongo la jaula de nuevo, y quizás invite a un amigo para que veas cómo se folla a una Ama de verdad.» Acepté mi lugar con un placer culpable, sabiendo que estaba perdido en su red. Joder, qué cabrona, pero no cambiaría esto por nada. Ahora, cada noche sueño con su llave, y me corro solo pensando en su próxima orden. ¿Y tú? ¿Te atreves a arrodillarte?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba