Relatos de dominación

Ama Cruel Impone Dominación Femenina y Femdom Total: Su Rendición en Castidad

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llamaba Carla, una morena de curvas que te dejaban babeando, con unos ojos verdes que te clavaban como dagas y una sonrisa de cabrona que prometía problemas. Medía como 1,70, con tetas firmes que se marcaban bajo las camisetas ajustadas y un culo redondo que se movía como si supiera que todos los tíos de la oficina la mirábamos. Era la nueva jefa de marketing, llegada de Madrid con un rollo de superioridad que te ponía a mil. Yo era Pablo, un pringado de 32 años, contable en la misma empresa, con una vida sexual de cero patatero: pajas rápidas en el baño pensando en porno vanilla, pero con un fondo de fantasías retorcidas que nunca confesaba. Me reprimía todo, joder, porque ¿quién quiere ser el rarito que sueña con que una hembra le pise el cuello?

Nos conocimos en la primera reunión de equipo. Ella entró como si el mundo le perteneciera, repartiendo órdenes con esa voz ronca, un poco latina por sus raíces argentinas, y yo no pude evitar quedarme mirándola. «Pablo, ¿tú eres el de los números? A ver si no la cagas», me soltó con una guiñada que me dejó tieso. Literalmente. Desde ese día, cada vez que pasaba por mi cubículo, me rozaba «accidentalmente» el hombro, y yo sentía cómo mi polla se empalmaba como un idiota. Sabía que me tenía pillado; lo veía en cómo me sonreía, como si oliera mi debilidad. Un viernes, después de unas cervezas en la happy hour de la oficina, me invitó a su piso para «revisar unos informes». Yo, como un tonto, acepté, con el corazón latiendo a mil.

Llegamos a su ático en el centro, un sitio minimalista con sofás de cuero negro y velas que olían a vainilla y algo más picante. Me sirvió un whisky y se sentó a mi lado, cruzando las piernas con medias de rejilla que me volvieron loco. «Cuéntame, Pablo, ¿qué te pone de verdad? No me vengas con chorradas de flores y cenas románticas». Su tono era directo, como si ya supiera mis secretos. Yo balbuceé algo sobre ser un tío normal, pero ella se rio, una risa baja y cruel. «Mientes fatal. Apuesto a que sueñas con que una tía como yo te diga qué hacer en la cama. ¿O me equivoco?». Joder, me tenía. Confesé un poco, rojo como un tomate, sobre mis fantasías de sumisión, de rendirme a una dominante. Ella no parpadeó; solo sonrió y dijo: «Bien, putito. Vamos a jugar. Pero con reglas: la palabra de seguridad es ‘rojo’. Si la dices, paramos. Si no, eres mío esta noche». Asentí, con la polla ya dura, sabiendo que me metía en un lío del que no querría salir. Esa fue la chispa; de ahí empezó todo, y en unas semanas, ya era su juguete personal.

Al principio, era sutil: mensajes por WhatsApp ordenándome que no me tocara la polla sin permiso, o que le mandara fotos de mis calzoncillos sucios al final del día. «Muéstrame lo obediente que eres, perrito», escribía, y yo lo hacía, empalmado y frustrado. Pero pronto escaló. Una noche, me citó en su piso y, al entrar, me ordenó: «Desnúdate, Pablo. Todo. Y arrodíllate». Estaba tremenda, con un corsé negro que le apretaba las tetas y un tanga que apenas cubría su coño depilado. Me miró desde arriba, con los brazos cruzados, y yo obedecí, sintiendo el aire frío en la piel y mi polla saltando al frente como una traidora. «Mírate, qué patético. Empalmado solo por mirarme. Tu polla ya no te pertenece; es mía para jugar». Sus palabras me humillaron, pero joder, me excitaron más. Me hizo confesar mis fetiches uno a uno: que me ponía adorar pies, que fantaseaba con ser cornudo, que el edging me volvía loco. «Dilo, puto: ‘Ama, quiero que me rompas el ego'». Lo dije, y ella se rio, pisándome la polla con el tacón, un dolor agudo que me hizo gemir.

READ  Guía Completa: Psicología de la Dominación Femenina

La dominación se volvió rutina. Empezó con tareas degradantes: me obligaba a limpiar su piso desnudo, con un delantal ridículo que dejaba mi culo al aire. «Limpia bien, esclavo, o no te dejo oler mi coño esta semana». Servía café a gatas, pidiendo permiso para cada sorbo de agua, y ella me negaba cosas básicas para romperme. «No cagues sin mi orden, perrito. Todo tuyo es mío». Psicológicamente, era una maestra: me hacía repetir mantras como «Soy un cornudo inútil que solo sirve para lamer» mientras me masturbaba al borde, pero parando justo antes del orgasmo. El edging era brutal; una sesión duraba horas. Me ataba las manos a la espalda y usaba su mano enguantada para pajearme lento, describiendo cómo se follaba a un tío de verdad del gym. «Imagina mi coño chorreando por su polla gorda, mientras tú suplicas aquí abajo». Me quedaba al borde, la polla hinchada y violeta, suplicando: «Por favor, Ama, déjame correrme». «Ni lo sueñes, putito. Tu placer es mi capricho».

Luego vino la jaula. Me la puso una tarde, fría y metálica, cerrándola con un candado que tintineaba como una burla. «Esto te mantiene honrado, Pablo. Nada de pajillas sin mí». La frustración era jodida: cada roce de ropa me hacía latir dentro, un dolor sordo que me recordaba mi lugar. Mentalmente, era peor; soñaba con follar, pero despertaba con la polla atrapada, goteando precum inútil. Ella lo disfrutaba: me obligaba a adorar su cuerpo mientras yo sufría. «Lame mis pies, perrito. Chupa cada dedo como si fuera mi coño». Sus pies eran perfectos, con uñas rojas y un olor a sudor salado después de un día largo. Lamía, sorbiendo el arco, mientras ella gemía fingiendo que era otro quien la tocaba. «Qué asco das, lamiendo como un perro. Pero me pone verte tan desesperado».

Escaló a adoración total. Una noche, me hizo besar su culo, redondo y firme, oliendo a loción y excitación. «Separa mis nalgas y lame, puto. Saborea mi ano como el cornudo que eres». El sabor era terroso, salado, y yo lo devoraba, la lengua hundida, mientras ella se tocaba el clítoris. «Más profundo, joder. Imagina que otro me folla aquí mientras tú limpias». La humillación de cornudo era su favorita; una vez, trajo a un tío, un moreno musculoso, y me obligó a mirar desde la esquina, jaula puesta. «Mira cómo me come el coño de verdad, Pablo. Tú solo sirves para lamer después». Los gemidos de ella, el chapoteo de su lengua en él, me destrozaban, pero mi polla intentaba endurecerse en vano, un dolor exquisito. Después, me hizo limpiar su coño lleno de semen ajeno, el sabor amargo y viscoso en mi boca, mientras ella reía: «Buen chico, come lo que sobra».

READ  La Importancia de la Comunicación en Relaciones de Poder

La dominación psicológica me rompía: confesaba todo, desde mi polla pequeña hasta mis miedos, y ella lo usaba como arma. «Eres un perdedor, Pablo, pero eso te excita, ¿verdad? Ser mi juguete roto». Cada orden verbal era sucia y humillante: «Arrodíllate y mírame mientras me corro pensando en otro, putito. No toques nada». Y yo obedecía, la frustración acumulándose como una bomba.

El clímax llegó una noche de viernes, después de semanas de edging y jaula. Me citó en su piso, y al entrar, vi que había preparado todo: luces tenues, un arnés con strap-on negro reluciente sobre la cama, y ella en lencería roja, con el pelo suelto y una mirada que me heló la sangre. «Hoy te rompo del todo, esclavo. Quítate la ropa y ponte a cuatro patas». Mi corazón latía como un tambor, la jaula apretando mi polla hinchada por la anticipación. Obedecí, el suelo frío contra mis rodillas, y ella se acercó, clavándome las uñas en la espalda. El tacto de su piel era ardiente, sudorosa ya, un olor a excitación femenina que me inundaba las fosas nasales: su coño mojado, mezclado con perfume y el leve almizcle de su sudor. «Hueles mi poder, ¿verdad? Arrodíllate más y lame mis muslos».

Empecé lamiendo, la lengua trazando la piel suave y salada de sus piernas, subiendo hasta el tanga empapado. Ella tiró de mi pelo, un tirón fuerte que me hizo jadear, y me obligó a oler su coño de cerca. «Inhala, puto. Ese olor es lo más cerca que estarás de follarme». El aroma era intenso, almizclado y dulce, como miel caliente, y mi polla latió en la jaula, un pulso doloroso que me hacía suplicar internamente. «Por favor, Ama…». «Cállate y chupa». Separé sus labios con la lengua, saboreando el jugo salado y ácido de su excitación, lamiendo el clítoris hinchado mientras ella gemía, un sonido gutural y dominante: «Ah, joder, sí… lame como el perro que eres». El chapoteo de mi lengua en su coño era obsceno, mezclado con sus jadeos y mis gemidos ahogados. Sus uñas se clavaban en mi cuero cabelludo, tirando más fuerte, y el dolor se mezclaba con el placer de servirla.

Pero no paró ahí. Se apartó, riendo, y se puso el strap-on, lubricándolo con un gel que olía a vainilla falsa. «Ahora te follo como a una perra, Pablo. Pide permiso». «Por favor, Ama, fóllame el culo», supliqué, la voz temblorosa, el ego hecho trizas. Ella escupió en mi ano para lubricar, un chorro cálido y humillante, y luego presionó la punta gruesa contra mí. El dolor inicial fue agudo, como fuego, mi culo virgen dilatándose alrededor del silicone negro. «Relájate, putito, o duele más», gruñó, empujando centímetro a centímetro. Gemí alto, un sonido roto, mientras ella entraba, el strap-on llenándome, rozando mi próstata con cada embestida. El placer era retorcido: dolor que se convertía en olas de éxtasis, mi polla goteando precum en la jaula, latiendo sin control. «Mírate, cornudo, gimiendo como una zorra mientras te penetro. ¿Te gusta ser mi puta?». «Sí, Ama, joder, no pares», balbuceé, el sudor chorreando por mi espalda, mezclándose con el olor de su cuerpo sobre mí.

READ  Dominación Femenina Cruel: Ama Encadena Esclavo en Jaula de Castidad para Humillación con Strap-On y Adoración de Pies hasta su Completa Rendición

Ella aceleró, azotándome el culo con la palma abierta, sonidos secos y rojos que resonaban en la habitación. Cada azote era un estallido de calor, mi piel ardiendo, y sus gemidos se volvían salvajes: «Toma, perra, esto es lo que mereces». El chapoteo del strap-on en mi culo era constante, lubricado y resbaladizo, y yo sentía cada vena falsa rozándome por dentro, dilatándome más. Ella se inclinó, mordiéndome el hombro, el sabor de mi propio sudor en su boca cuando me besó forzosamente. «Prueba tu sumisión», dijo, escupiendo en mi boca un poco de su saliva mezclada con mi sangre ligera. Lo tragué, amargo y tabú, la humillación excitándome hasta el delirio. Mi mente era un torbellino: la pérdida de control me ponía más que cualquier follada normal; ser su objeto, roto y usado, era el pico de placer.

De repente, sacó el strap-on, me volteó y se sentó en mi cara, frotando su coño empapado contra mi boca. «Córrete conmigo, puto, pero tú no». Lamí frenéticamente, saboreando su flujo, el clítoris palpitando bajo mi lengua, mientras ella se tocaba las tetas, pellizcándose los pezones. Sus gemidos subieron a un grito: «¡Me corro, joder!», y su coño se contrajo, chorros calientes en mi cara, el olor abrumador de su orgasmo. Yo, al borde, supliqué: «Ama, por favor, quita la jaula…». Ella rio, bajando la mano para pajearme un segundo, edging final, mi polla latiendo al límite sin soltar ni una gota. El clímax fue suyo, absoluto, y yo quedé temblando, vacío pero lleno de una excitación culpable que me dejó roto.

Al final, me quitó la jaula con delicadeza, pero no me dejó correrme. Me acurruqué a sus pies, exhausto, mientras ella fumaba un cigarro, acariciándome el pelo con un pie. «Buen chico, Pablo. Eres mío ahora, para siempre. ¿Entiendes tu lugar?». Asentí, con placer culpable latiendo en mi pecho, sabiendo que mañana empezaría de nuevo. «Sí, Ama. Soy tu puto». Ella sonrió, cruel y tierna a la vez: «Exacto. Y si te portas bien, quizás te deje lamer mi coño mañana… o quizás no». Me dejó con esa promesa colgando, la polla aún sensible, pensando en cómo joder, esta cabrona me tenía enganchado para siempre. ¿Y si la próxima vez trae al moreno de verdad? El pensamiento me empalmó de nuevo, listo para más.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba