Relatos de dominación

La Ama Cruel en el Internado: Dominación Femenina con Jaula de Castidad y Pegging sin Piedad

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llama Carla, y la conocí en una app de citas de esas que usas cuando estás harto de la rutina y buscas algo que te revuelva las tripas. Yo soy un tipo normal, de esos que curra en una oficina de ocho a cinco, con una vida sexual que se resume en pajearse viendo porno a escondidas. Cachondo reprimido hasta la médula, con fantasías de rendirme a una mujer que me pusiera en mi sitio. Carla… coño, la tía estaba tremenda. Pelo negro largo, ojos que te taladran el alma, curvas que te dejan babeando: tetas firmes, culo redondo como un melocotón maduro y unas piernas que acababan en tacones que clavan el suelo. Pero lo que me flipó de entrada fue su rollo: segura de sí misma, cabrona pero jodidamente atractiva, de las que te miran y sabes que ya te han ganado.

Empezamos chateando, y al principio era lo típico: fotos, coqueteos. Pero yo solté algo sobre que me ponía las fantasías de dominación, y ella no se cortó. «Si quieres jugar, perrito, vas a tener que ganártelo», me escribió. Me dejó seco. Quedamos en un bar cutre del centro, y allí estaba, con un vestido negro ajustado que marcaba todo. Me miró de arriba abajo como si evaluara una mierda, y yo ya sentía la polla endureciéndose solo de su presencia. Hablamos, reímos, pero ella dirigía la charla. Me preguntó directo: «¿Quieres que te domine? ¿De verdad?». Asentí, con el corazón a mil. «Bien, pero hay reglas. Palabra de seguridad: rojo. Si la dices, paramos todo. ¿Entendido?». Claro que sí, implícito en su tono que no iba a ser un jueguecito de principiantes. Esa noche acabamos en su piso, y el juego empezó de cero. Me tenía pillado desde el minuto uno, y yo lo sabía. Sabía que me iba a romper, y joder, eso me ponía más cachondo que nada.

Al día siguiente, ya estaba enganchado. Carla me mandó un mensaje: «Ven a casa, putito. Trae tu polla lista para que la encierre». Fui corriendo, con el estómago revuelto de nervios y excitación. Ella abrió la puerta en bata, con el pelo revuelto y una sonrisa que era puro veneno. «Arrodíllate», me ordenó nada más entrar. Me tiré al suelo sin pensarlo, mirándola desde abajo como un perrito. «Buen chico. Hoy empiezas tu entrenamiento». Sacó una cajita de debajo del sofá: una jaula de castidad de metal, fría y reluciente. Mi polla se empalmó al instante solo de verla. «Quítate la ropa, despacio. Quiero verte temblar». Me desnudé, sintiendo su mirada clavada en mí, y joder, qué humillante y qué caliente a la vez. Ella se acercó, me tocó la polla con la punta de los dedos, juguetona. «Esto ya no es tuyo, ¿entiendes? Es mío. Voy a controlarlo todo».

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Me puso la jaula con cuidado, pero firme. El clic del candado fue como un mazazo: mi polla atrapada, latiendo contra el metal, queriendo crecer pero imposibilitada. «Mírate, qué patético. Empalmado y encerrado como un cornudo de manual». Sus palabras me quemaban por dentro, rompiéndome el ego poco a poco. Me hizo gatear hasta el baño para que me lavara, y mientras lo hacía, ella se sentó en el borde de la bañera, abriendo las piernas. «Adórame los pies primero, perrito. Limpia cada dedo con la lengua». Sus pies eran perfectos, con las uñas pintadas de rojo, y olían a loción y a algo más salvaje, como su esencia. Lamí, chupé, saboreando la piel salada, mientras mi polla intentaba forzar la jaula y me dolía de frustración. «Más profundo, joder. Imagina que es mi coño, pero ni de coña lo mereces aún». Me tenía loco, su voz ronca y mandona, y yo solo quería suplicar por más.

La cosa escaló rápido. Esa semana, me tuvo negado todo el rato. Cada noche me hacía edging: me quitaba la jaula un rato, me ponía cachondo con toques suaves en los huevos, masturbándome despacio hasta que estaba al borde, sudando y gimiendo. «No te corras, putito. Si lo haces, te castigo». Suplicaba como un idiota: «Por favor, Carla, déjame…». Pero ella reía, cruel y sexy. «Tu placer es mío. Mírame mientras me toco yo». Se recostaba en la cama, abriendo las piernas, y se frotaba el coño depilado, mojado y rosado, gimiendo alto. «Mira cómo me corro pensando en un tío de verdad, no en un perdedor como tú». El olor a su excitación llenaba la habitación, dulce y almizclado, y yo al borde, con la polla goteando pre-semen pero sin poder correrme. Me rompía el orgullo, confesándole mis fetiches más sucios: que me ponía ser su cornudo, lamer después de que follara con otro. «Confiesa más, zorra. Di que eres un puto sumiso». Lo dije todo, y cada palabra me excitaba más, la humillación clavándose como un clavo caliente.

Luego vinieron las tareas degradantes. Me hacía servir desnudo, con la jaula tintineando, limpiando su piso de rodillas mientras ella se duchaba. «Pide permiso para mear, perrito. Todo lo tuyo pasa por mí». Una vez, me obligó a oler su culo después de un día largo: se agachó, abriendo las nalgas, y el aroma terroso y sudoroso me volvió loco. «Chúpalo, lame mi ano como si fuera tu cena». Lo hice, la lengua explorando, saboreando su esencia prohibida, mientras ella gemía y me azotaba el culo con la mano. «Qué cabrona eres», le dije una vez, y ella me calló con un bofetón suave. «Cállate y obedece. Tu ego se rompe aquí». La dominación psicológica era lo peor y lo mejor: me hacía repetir mantras como «Soy tu esclavo, mi polla es tuya», hasta que lo creía de verdad. Y joder, cada paso me hundía más en su red, con el placer de la rendición quemándome por dentro.

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Una noche, lo llevó al siguiente nivel con el pegging. Había comprado un strap-on negro, grueso, con correas de cuero. «Hoy vas a sentir lo que es ser follado de verdad», me dijo, untándolo de lubricante que olía a vainilla falsa. Me puso a cuatro patas en la cama, la jaula colgando entre mis piernas, y empezó con los dedos: uno, dos, dilatándome el culo mientras yo gemía de dolor y placer mezclado. «Relájate, putito. Esto es por mí, no por ti». Luego, la punta del strap-on presionó, entrando lenta pero implacable. El estiramiento ardía, pero el roce contra mi próstata me hacía ver estrellas. «Más fuerte, ama», supliqué, y ella empujó, follándome con ritmo, sus caderas chocando contra mi culo. El sonido de piel contra piel, mis gemidos ahogados, su risa dominante… todo me tenía al límite. «Siente cómo te poseo, cornudo. Tu culo es mío ahora». La frustración de la jaula era brutal, mi polla goteando pero atrapada, y la humillación de ser penetrado por ella me excitaba hasta el delirio. Duró una eternidad, ella sudando encima de mí, clavándome las uñas en la espalda.

El clímax llegó una viernes por la noche, cuando ya no podía más. Carla me había tenido en castidad toda la semana, edging diario, tareas humillantes y confesiones que me dejaban roto. «Hoy te voy a usar como se me antoje», me dijo al entrar en su piso. Me ordenó desnudarme y arrodillarme en el salón, con las luces bajas y velas que parpadeaban, oliendo a cera y a su perfume. Ella salió del baño en lencería negra: sujetador que apenas contenía sus tetas, tanga que marcaba su coño hinchado, y tacones que resonaban. «Mírame, perrito. Hoy vas a adorarme entera antes de que te folle». Empecé por sus pies, lamiendo los dedos, subiendo por las pantorrillas hasta sus muslos. El sabor salado de su piel, mezclado con el sudor del día, me ponía a mil. «Ahora mi culo», ordenó, girándose y bajando la tanga. Me enterré la cara entre sus nalgas, inhalando su aroma almizclado, terroso, lamiendo el ano con devoción mientras ella se tocaba el coño. «Joder, qué bien lo haces, putito. Saborea cómo huelo después de pensar en pollas de verdad».

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La tensión subía, mi polla latiendo dolorida en la jaula, cada roce contra el metal un recordatorio de su control. Me hizo tumbarme en el suelo, y se sentó en mi cara, su coño mojado presionando contra mi boca. «Chúpame, hazme correrte encima». Lamí, succioné el clítoris hinchado, saboreando sus jugos dulces y salados, el chapoteo de mi lengua contra sus labios vaginales. Ella gemía alto, tirándome del pelo con fuerza, clavándome las uñas en el cuero cabelludo. «Más rápido, zorra. No pares hasta que me corra». Su sudor goteaba en mi cara, mezclándose con el olor intenso de su excitación, y yo asfixiándome de placer culpable. Cuando se corrió, fue un torrente: su coño contrayéndose, chorros calientes en mi boca, sus gemidos roncos llenando la habitación. «Trágatelo todo, cornudo. Es tu premio».

Pero no paró ahí. Quitó la jaula por fin, mi polla saltando libre, roja y palpitante. «Ahora te voy a follar mientras te niego el orgasmo». Se puso el strap-on, me embistió de nuevo, esta vez con más furia. El dolor-placer del estiramiento en mi culo, su cuerpo sudoroso chocando contra el mío, los azotes en mis nalgas que resonaban como latigazos. «Siente cómo te rompo, putito». Me masturbó la polla al ritmo de sus embestidas, edging sin piedad: al borde, al borde, parando. Supliqué: «Por favor, ama, déjame correrme». Ella rió, cruel. «No hasta que yo diga». El olor a sexo impregnaba todo: su coño mojado rozando mi piel, mi pre-semen goteando, el lubricante resbaladizo. Gemía como un animal, el chapoteo de la penetración, mis súplicas ahogadas. Finalmente, cuando ella se corrió de nuevo frotándose el clítoris, me permitió correrme: un chorro potente que salpicó mi pecho, el placer tan intenso que dolía, mezclado con la humillación de su control absoluto. Saboreé el semen salado cuando me obligó a lamerlo de mis dedos, su mirada clavada en mí, reafirmando quién mandaba.

Después, nos tumbamos, ella con la cabeza en mi hombro, pero su mano aún en la jaula que volvió a ponerme. «Has sido un buen chico hoy, pero esto no acaba. Eres mío, perrito, y lo sabes». Asentí, con un placer culpable revolviéndome las tripas, excitado por la idea de más. Me sentía roto, pero jodidamente vivo, aceptando mi lugar a sus pies. «Mañana más, ¿eh? Prepárate para lo que te tengo guardado». Y con eso, me dejó pensando en su coño, en su control, en cómo me tenía enganchado para siempre.

Joder, si supieras lo que daría por arrodillarme ante ella ahora mismo y suplicar que me encierre de nuevo.

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