Relatos de dominación

La Dómina Cruel de Doña Isabella: Dominación Femenina con Jaula de Castidad y Pegging sin Piedad

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llamaba Laura, y la vi por primera vez en un bar cutre del centro, uno de esos sitios donde la peña va a ligar sin complicaciones. Yo era el típico pringado de oficina, treinta y pico tacos, con una vida monótona que me tenía reprimido hasta las cejas. Me ponía a mil con fantasías de sumisión que no le contaba a nadie, pero siempre reprimidas, como si fueran un puto secreto sucio. Ella, en cambio, era una diosa cabrona: morena con curvas que te dejaban babeando, ojos verdes que te clavaban como cuchillos, y una sonrisa que decía «te voy a destrozar y te va a encantar». Llevaba un vestido negro ajustado que marcaba su culo redondo y sus tetas firmes, y caminaba como si el mundo le perteneciera. Yo estaba en la barra, tomando una birra para hacerme el interesante, cuando se acercó y me miró de arriba abajo.

«¿Qué miras, perdedor? ¿Te gusta lo que ves?», me soltó sin más, con esa voz ronca que me puso la polla tiesa al instante. Me quedé mudo, tartamudeando algo sobre que era guapa, pero ella se rio en mi cara. «Guapa no, guapísima. Y tú pareces de los que se mean encima con una tía de verdad». Joder, qué cabrona. Pidió un gin-tonic y se pegó a mí, rozándome el brazo con sus uñas rojas. Hablamos un rato, o mejor dicho, ella hablaba y yo escuchaba, embobado. Me contó que era terapeuta sexual, pero con un twist: le molaba el poder, el control total sobre tíos como yo, los que reprimimos lo que nos pone. Yo, idiota, le confesé un poco, que siempre había fantaseado con rendirme, con que una mujer me mandara. Ella sonrió, maliciosa. «Interesante. ¿Sabes qué? Vamos a mi piso. Pero con una regla: si entramos, tú obedeces. Y tenemos una palabra de seguridad: ‘rojo’. Si la dices, paramos todo. ¿Trato?».

Asentí como un tonto, el corazón latiéndome a mil. En su coche, ya me tenía agarrado de la nuca, guiándome como a un perro. Su piso era moderno, con juguetes por todos lados: correas, látigos, y una caja que vi de reojo con algo metálico dentro. Me hizo desnudarme en el salón, de pie como un gilipollas, mientras ella se sentaba en el sofá con las piernas cruzadas, mirándome la polla semiempalmada. «No está mal, pero de ahora en adelante, esa polla es mía. ¿Entendido, putito?». Me arrodillé sin pensarlo, y ahí empezó todo. Sabía que me tenía pillado, que esa tía era jodidamente atractiva y peligrosa. Me ponía malo solo de oler su perfume mezclado con su sudor, de ver cómo se lamía los labios pensando en lo que me iba a hacer. Era el principio de mi rendición total, y joder, no quería parar.

READ  Ama Cruel en Femdom: Jaula de Castidad, Pegging y Humillación Total para Mi Esclavo Sumiso hasta su Completa Rendición

La cosa escaló rápido, pero paso a paso, como si ella supiera exactamente cómo romperme el coco. Al día siguiente, después de una noche en la que solo me dejó tocarla un poco –lamerle los pezones hasta que gimió, pero sin que yo me corriera–, me llevó al dormitorio y sacó la jaula. Era de metal frío, con un anillo que se ajustaba a la base de mi polla y una cajita que la encerraba toda. «Mírala, es tu nueva casa. Te la pongo porque tu polla ya no te pertenece. Es mía para jugar, para castigar». Intenté protestar, pero ella me miró fijo, con esa seguridad que me derretía. «Arrodíllate y extiende las bolas, putito». Obedecí, temblando, mientras me la colocaba. El clic del candado fue como un mazazo: fría, apretada, mi polla queriendo endurecerse pero sin poder. La frustración fue inmediata, un hormigueo en las pelotas que me volvía loco. «Ahora vas a limpiarme la casa desnudo, con la jaula puesta. Y si te portas bien, quizás te deje oler mi coño».

Pasé la mañana así, fregando el suelo a cuatro patas, sintiendo el metal rozándome con cada movimiento. Cada vez que me agachaba, la jaula tiraba, recordándome que estaba atrapado. Ella se paseaba en bragas y camiseta, dándome órdenes: «Limpia mejor, cornudo en potencia. Imagina que estoy follando con otro mientras tú friegas». Me ponía a mil la humillación, el ego hecho mierda pero la excitación subiendo. Por la tarde, me hizo confesar fetiches. Sentado a sus pies, con la cabeza en su regazo, tuve que contarle todo: cómo me moría por adorarle el culo, por lamerle los pies después de un día largo. «Qué patético», se reía, pero sus ojos brillaban. «Ahora demuéstralo. Quítame las sandalias y huele». Sus pies eran perfectos, sudorosos del calor, con un olor a piel y sal que me volvió loco. Lamí sus dedos uno a uno, chupando como un perrito, mientras ella me pisaba la jaula con el otro pie. «Más lengua, inútil. Siente cómo tu polla intenta crecer, pero no puede. Eso es edging sin tocarte: al borde, suplicando».

La negación duró horas. Me tenía arrodillado entre sus piernas, oliendo su coño a través de las bragas. «Mírame mientras me toco, pero no te acerques». Se masturbaba despacio, gimiendo bajito, describiendo cómo se corría pensando en un tío de verdad, no en un sumiso como yo. «Mira cómo me mojo, putito. Tu jaula está goteando pre-semen, ¿eh? Pídele permiso para lamer». Supliqué, voz ronca: «Por favor, Ama, déjame probarte». Ella se rio y me apartó de una patada suave. «No, vas a edging tú solo. Tócate la jaula, frota las pelotas, pero no te corras». Lo hice, al borde una y otra vez, el dolor en las bolas mezclado con placer mental. Confesé más: que me excitaba la idea de ser cornudo, de verla con otro. «Bien, eso lo probaremos. Pero primero, una tarea degradante: ve a la cocina y masturba la jaula sobre mi copa de vino. Mezcla tu frustración con mi bebida, y luego bébetela».

READ  Jaula de Castidad Implacable: Sumisión Total

Hice todo, el vino con mi pre-semen salado en la lengua, humillado pero empalmado hasta el límite en esa puta jaula. Ella me observaba, bebiendo de su copa limpia, y me mandó a la cama bocabajo. Sacó el strap-on: un dildo negro grueso, con arnés de cuero. «Hoy te abro el culo, perra. Pide que te folle». «Fóllame, Ama, por favor», gemí, el culo en pompa. Untó lubricante frío, y sentí la punta presionando. Dolor al principio, como si me partiera, pero luego placer, ondas que me subían por la espalda. Empujaba lento, controlando el ritmo: «Siente cómo te lleno, cornudo. Tu polla en jaula late, pero no es tuya». Gemí como loco, suplicando más fuerte, mientras ella me tiraba del pelo y me azotaba las nalgas. «Di que eres mi puto, que te encanta ser penetrado». Lo dije, rompiendo el ego, excitado por la sumisión total. El pegging duró lo que ella quiso, edging mi mente hasta que supliqué el orgasmo que no llegó.

La dominación psicológica era lo peor –o lo mejor–. Me hacía repetir: «Soy tu esclavo, mi polla es tuya, haz conmigo lo que quieras». Cada orden verbal me hundía más: «Arrodíllate, putito, y lame mi culo hasta que brille». Lo hice, enterrando la cara en sus nalgas firmes, oliendo su sudor y saboreando la sal, la lengua explorando su ano apretado. Ella gemía, pero me negaba el coño: «No, eso es para tíos de verdad. Tú solo sirves». La frustración en la jaula era física, bolas hinchadas, polla intentando endurecerse contra el metal, pero mentalmente era un subidón: me excitaba la pérdida de control, el taboo de ser su juguete.

El clímax llegó una noche, después de días así. Ella me había tenido en edging toda la tarde: atado a la cama, con un vibrador en el culo y la jaula apretando. «Hoy te libero, pero bajo mis reglas. Vas a follarme, pero yo decido cuándo y cómo». Quitó el candado con un clic que me hizo jadear, mi polla saltando libre, roja y latiendo. Estaba al borde ya, pre-semen goteando. Me montó encima, su coño mojado envolviéndome de golpe: caliente, resbaladizo, apretándome como un puño. «No te muevas, putito. Yo follo». Se movía despacio al principio, sus uñas clavándose en mi pecho, dejando marcas rojas que ardían. Sudor perlando su piel, goteando sobre mí, olor a sexo crudo: su coño almizclado, mi polla oliendo a frustración acumulada. Gemía bajito, controlando: «Siente cómo te ordeño, pero no te corras. Mírame a los ojos mientras te humillo».

READ  La Dómina Cruel Impone Sumisión Total: Castidad, Pegging y Humillación sin Piedad

Aceleró, chapoteo de su coño contra mi polla, sonidos húmedos que llenaban la habitación. Me tiró del pelo, obligándome a mirarla: «Eres mío, cornudo. Imagina que esto es lo más cerca que estarás de follar de verdad». Supliqué: «Ama, por favor, déjame correrme». Ella se rio, cruel, y me pellizcó los pezones hasta que grité. El tacto era intenso: su piel sudorosa deslizándose sobre la mía, nalgas rebotando contra mis muslos, pelo revuelto cayéndole en la cara. Olores por todos lados: sudor salado de sus axilas, coño empapado con ese aroma dulce-ácido que me volvía loco, y el mío, semen precalentado. Sabores: me obligó a chuparle los dedos, salados de su excitación, y luego besarla, lengua con sabor a gin y deseo.

Cambió de posición, me puso a cuatro patas y volvió el strap-on, pero esta vez con mi polla libre frotándose contra las sábanas. Me penetró duro, el dildo dilatando mi culo, dolor-placer que me hacía gemir como una puta. «Ahora sí, córrete mientras te follo el culo». Empujaba fuerte, azotes en las nalgas que sonaban como chasquidos, mis súplicas mezcladas con sus gemidos roncos: «Más profundo, Ama, joder, no pares». La jaula ya no estaba, pero el control sí: mi polla latía sola, rozando la tela, al borde. Sentí el orgasmo subiendo, bolas apretadas, y exploté: semen caliente salpicando las sábanas, chorros espesos que olían a semanas de negación. Ella no paró, follándome hasta que grité, el culo dilatado ardiendo, humillación excitándome más que el placer físico. Me hizo lamer mi propio semen de las sábanas, sabor amargo-salado en la lengua, mientras ella se corría frotándose el clítoris, gimiendo mi nombre como un insulto.

Después, exhausto, con el cuerpo temblando, ella me abrazó un segundo, dulce-cruel: «Bien hecho, putito. Pero mañana volvemos a la jaula». Sabía que era total, que mi lugar era a sus pies, aceptando con placer culpable esa rendición. Me excitaba el taboo, la idea de ser su perra para siempre. Y joder, si me pillaba otra vez, no diría ‘rojo’.

(Al día siguiente, cuando me puso la jaula de nuevo, supe que el juego apenas empezaba. ¿Cuánto más podría aguantar antes de suplicar por más humillación?)

[Palabras: 2147]

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba