Relatos de dominación

Ama Cruel en la Mansión de las Sombras: Dominación Femenina, Femdom, Sumiso Esclavo en Jaula de Castidad, Humillación con Pegging Strap-On, Cornudo Adorando Pies, Sumisión Total y Control de Orgasmo sin Piedad.

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llama Carla, una morena de curvas que te dejan babeando, con ojos verdes que te clavan como si te estuvieran midiendo para un traje a medida. Es de esas mujeres que no piden permiso para nada; camina con el culo meneándose como si el mundo entero le debiera algo, y tiene una sonrisa cabrona que te hace sentir pequeño de buenas a primeras. Yo soy Pablo, un tío normal y corriente, de esos que curra en una oficina de ocho a cinco, con la polla siempre medio empalmada por fantasías que nunca se atreve a soltar. Cachondo reprimido hasta las cejas, vamos. Me ponía malo solo de mirarla en el gimnasio donde nos conocimos. Ella entrenando con leggings que se le pegaban al coño como una segunda piel, yo fingiendo que hacía pesas pero espiándola de reojo.

Todo empezó un viernes por la noche, después de unas copas en el bar del gym. Yo iba con unos colegas, pero mis ojos no se apartaban de ella, que estaba sola en una mesa, riéndose de su móvil. Me armé de valor –o de estupidez, quién sabe– y me acerqué. «Ey, ¿vienes mucho por aquí? Te he visto entrenando, estás tremenda», le solté, intentando sonar casual. Ella me miró de arriba abajo, con esa ceja arqueada que ya me tenía sudando. «Tremenda, ¿eh? Cuidado, chaval, que muerdo». Joder, su voz era ronca, como si estuviera fumando un cigarro eterno. Charlamos un rato, y noté cómo me iba guiando la conversación, preguntándome sobre mi curro, mis tías anteriores, pero siempre con un tono que me hacía sentir que ella mandaba. Al final, me invitó a su piso para «tomar algo más». Yo, como un idiota cachondo, acepté sin pensarlo dos veces.

Llegamos a su casa, un ático chulo con vistas a la ciudad, y en cuanto cerró la puerta, el aire cambió. Me sirvió un whisky y se sentó en el sofá, cruzando las piernas de forma que su falda se subiera un poco, dejando ver la piel suave de sus muslos. «Cuéntame, Pablo, ¿qué te pone a mil de verdad? No me vengas con rollos de flores y cenas románticas». Me quedé tieso, la polla ya empezando a notarse en los pantalones. Balbuceé algo sobre que me gustaba que una mujer tomara el control, y ella se rio, una risa que me erizó la piel. «Ah, ¿sí? ¿Quieres que te diga qué hacer, putito? ¿Que te arrodilles y me beses los pies?». Joder, solo de oírla decir eso me empalmé del todo. Asentí, rojo como un tomate, y ella me miró fijo. «Bien, pero si empezamos esto, hay reglas. Yo mando, tú obedeces. Y la palabra de seguridad es ‘rojo’ si te pasas de la raya. ¿Entendido?». Dije que sí, con el corazón latiéndome a mil. Sabía que me tenía pillado desde el minuto uno; esa seguridad suya, esa forma de mirarme como si ya fuera suyo, me volvía loco. Y así, sin más, el juego empezó. Ella se quitó los zapatos y extendió un pie. «Bésalo. Muéstrame lo sumiso que eres».

Aquella noche fue solo el aperitivo. Me hizo lamerle los dedos de los pies, oliendo ese aroma salado a sudor del gym, mientras me contaba cómo me iba a romper el ego poco a poco. Me puse de rodillas, con la polla dura como una piedra, y ella solo se reía. «Mira qué patético, empalmado por unos pies. Esto es solo el principio, Pablo. Pronto vas a suplicar por más». Joder, qué cabrona, pero qué atractiva. Me tenía enganchado, y yo lo sabía.

READ  Ama Cruel en Femdom: Jaula de Castidad, Pegging y Humillación al Esclavo Cornudo hasta su Completa Rendición

El desarrollo de todo esto fue como una puta montaña rusa, escalando paso a paso hasta que no reconocía al tío que era antes. Al día siguiente, me mandó un mensaje: «Ven a mi casa esta noche. Trae ropa interior limpia y nada más». Llegué nervioso, con la polla ya medio tiesa solo de imaginar. Ella abrió la puerta en un conjunto de lencería negra que le marcaba el coño y los pezones duros. «Desnúdate, putito. Todo». Obedecí, temblando, y ella me miró con desprecio juguetón. «Arrodíllate y mírame mientras te explico las reglas». Se sentó en una silla, abriendo las piernas un poco para que viera su coño depilado a través de las bragas. «Tu polla ya no te pertenece. Es mía. Vas a aprender a controlarte, o mejor dicho, yo te controlaré a ti».

Primera orden humillante: me hizo confesar mis fetiches más sucios. «Dime, Pablo, ¿qué te excita de verdad? ¿Te pone imaginarme follando con otro mientras tú miras?». Me ardió la cara, pero se lo soltó todo: el morbo de ser cornudo, de lamer después, de sentirme menos que nada. Ella se rio, clavándome las uñas en el hombro. «Qué puto pervertido. Me encanta. Ahora, chupa mis tetas mientras me toco». Me arrastró al sofá y me obligó a adorar su cuerpo. Empecé por sus pies otra vez, lamiendo el arco, saboreando la sal de su piel, subiendo por las pantorrillas hasta su culo redondo. «Separa mis nalgas y huele, perdedor. Huele cómo se moja tu ama pensando en pollas de verdad». Olía a deseo puro, a coño caliente y húmedo, y yo lamía como un perro, con la lengua explorando cada pliegue. Ella gemía bajito, pero no me dejaba tocarme. «Ni se te ocurra, jaula en camino».

Eso fue lo siguiente: el control de castidad. Al cabo de unos días, me llevó a una sex shop discreta y me compró una jaula de metal para la polla. «Póntela ahora mismo, delante de mí». La cosa era pequeña, fría, y cuando me la encajé, mi erección luchaba contra las barras. Clic, cerrada con llave. Ella se la colgó al cuello como un collar. «Ahora eres mío del todo. Vas a llevarla una semana, y si te portas bien, quizás te deje salir». La frustración era brutal. Cada noche, me ponía a mil solo viéndola en vídeo, masturbándose y gimiendo: «Mírame mientras me corro pensando en otro, cornudo. Tu polla patética no vale para follarme». Intentaba tocarme por encima, pero el metal mordía, y el dolor se mezclaba con un placer psicológico que me volvía loco. Suplicaba por mensajes: «Por favor, Ama, déjame correrme». Ella respondía: «Ni de coña. Edging esta noche».

El edging fue una tortura deliciosa. Me hacía desnudo en su salón, con la jaula puesta, y me ordenaba masturbarme mentalmente mientras la veía tocarse. «Mírame el coño, Pablo. Imagina cómo sabe, pero no lo probarás hasta que ruegues». Se abría de piernas en el sofá, dedos hundiéndose en su humedad, chapoteando ruidos que me volvían loco. Yo me tocaba los huevos, sintiendo la polla hinchada contra la jaula, al borde del orgasmo pero sin poder cruzar. «Para ahora, putito. Siente cómo late, cómo duele no correrte». Lo repetía una y otra vez, horas enteras, hasta que lágrimas de frustración me corrían por la cara. «Qué cabrona eres, Ama, me tienes destruido», le decía, y ella solo sonreía: «Eso es lo que quiero. Que sepas tu lugar».

READ  Guía Completa: Psicología de la Dominación Femenina

Luego vinieron las tareas degradantes. Me tenía sirviéndola desnudo, solo con la jaula, limpiando su piso de rodillas mientras ella se duchaba. «Limpia el baño con la lengua si hace falta, perra». Pedía permiso para todo: «Ama, ¿puedo mear?». «Sí, pero con la puerta abierta, que te vea». Una vez, me obligó a cocinarle la cena en pelotas, y mientras comía, me hizo arrodillarme debajo de la mesa para lamerle el coño de postre. «Chupa bien, que te has ganado un premio». Su sabor era adictivo, salado y dulce, con ese olor a mujer excitada que me hacía olvidar el dolor en la polla. Pero la dominación psicológica era lo que más me rompía. Me hacía confesar: «Dime por qué eres un cornudo patético». «Porque no merezco follarte, Ama, solo verte con otros». Ella asentía, orgullosa: «Exacto. Y vas a ver cómo lo hago».

El pegging fue el siguiente nivel. Una noche, después de una semana en jaula, me dijo: «Hoy te voy a follar yo a ti». Sacó el strap-on, un dildo negro grueso que se ajustó a su cadera. Me puso a cuatro patas en la cama, untándome lubricante en el culo. «Relájate, putito, o dolerá más». Empujó despacio al principio, el dolor agudo mezclándose con un placer prohibido que me hacía gemir como una zorra. «Más fuerte, Ama, joder». Ella aceleró, clavándomelo hasta el fondo, sus caderas chocando contra mis nalgas. «Siente cómo te poseo, cornudo. Tu culo es mío». Yo suplicaba, la polla goteando en la jaula, excitado por la humillación total. Ella tiraba de mi pelo, azotándome el culo rojo. «Gime para mí, dime que eres mi puta». Y lo era, joder, completamente rendido.

La tensión subía cada día. Mezclaba todo: me negaba el orgasmo mientras me hacía adorar su culo, sentándose en mi cara hasta que casi me asfixiaba con su olor. «Huele mi sudor, lame mi ano, pero no te corras». O me obligaba a mirar vídeos de ella con un tío del gym, follándose como una diosa mientras yo, atado, solo podía ver y suplicar. «Lamerás su semen de mi coño después, perdedor». Cada elemento me hundía más en su poder, y el morbo psicológico era lo que me mantenía enganchado. No era solo el físico; era saber que ella me controlaba la mente, que mi ego se deshacía en placer culpable.

El clímax llegó una noche de viernes, después de dos semanas en jaula. Carla me había mandado un mensaje seco: «Ven. Hoy te destrozo del todo». Llegué temblando de anticipación, la polla ya luchando contra el metal. Ella abrió la puerta en un corsé rojo que le apretaba las tetas, con medias hasta los muslos y tacones que la hacían parecer una diosa cruel. «Arrodíllate en el salón, putito. Quitas la jaula solo si me convences». Me arrastré, suplicando con la voz ronca: «Por favor, Ama, te lo has ganado. Déjame servirte como quieras». Ella sonrió, sacando la llave y abriendo la jaula. Mi polla saltó libre, hinchada, goteando precum. «No te toques. Hoy mando yo».

Me llevó a la habitación, iluminada solo por velas que olían a vainilla y sexo. «A cuatro patas en la cama». Obedecí, el corazón martilleándome. Empezó con órdenes verbales sucias: «Mírame mientras me preparo el strap-on, cornudo. Vas a sentir cómo te follo hasta que supliques». Se untó lubricante, el sonido viscoso llenando el aire, y se colocó detrás de mí. Sus uñas se clavaron en mis caderas, tirando de mi pelo para arquearme. «Dime que eres mío». «Soy tuyo, Ama, joder, fóllame». Empujó el dildo, grueso y implacable, dilatando mi culo con un dolor que se convertía en fuego placentero. Gemí fuerte, el chapoteo de su piel contra la mía resonando como azotes. Sudor nos cubría a los dos; olía a su excitación, a coño mojado filtrándose por el arnés, mezclado con mi propio olor a sumisión.

READ  Encuentro Inesperado en la Biblioteca de Barcelona

Ella aceleró, follándome con ritmo brutal, sus tetas rebotando contra mi espalda. «Siente cómo te poseo, puto. Tu polla late sola, pero no te corres hasta que yo diga». Yo jadeaba, la polla colgando dura, rozando las sábanas ásperas, al borde del edging eterno. Cada embestida mandaba ondas de placer por mi cuerpo, el ano apretándose alrededor del strap-on, sintiendo cada vena falsa. «Más fuerte, Ama, me tienes loco». Ella se rio, azotándome el culo con la palma abierta, el sonido seco y el ardor extendiéndose como lava. «Gime como la perra que eres». Mis súplicas salían entrecortadas: «No pares, por favor, soy tu cornudo».

Cambió de posición, tirándome al suelo para que la adorara. «Chupa mi coño ahora, lame el sudor de mis muslos». Me enterré entre sus piernas, el olor intenso a coño excitado invadiéndome, salado y almizclado. Lamí con hambre, lengua hundiéndose en sus labios hinchados, saboreando su jugo que goteaba como miel caliente. Ella gemía alto, tirando de mi pelo para guiarme: «Más profundo, putito, hazme correrme en tu cara». El chapoteo de mi lengua contra su clítoris era obsceno, sus caderas moviéndose contra mi boca. Sudor corría por su piel, y yo lo lamía todo, el sabor salado mezclándose con su esencia dulce. Mi polla latía dolorida, negada, pero la humillación me excitaba más: saber que ella controlaba mi placer, que yo era solo su juguete.

Entonces, el pegging volvió, pero con ella encima. Me puso boca arriba, piernas abiertas, y se montó, el strap-on penetrándome profundo mientras se tocaba el coño. «Mírame correrme, cornudo. Tú solo miras». Sus gemidos subieron, uñas clavándose en mi pecho, dejando marcas rojas. Olía a sexo puro: sudor, lubricante, su orgasmo acercándose. «Siente cómo tiemblo, puto». Se corrió gritando, jugos salpicando mi estómago, y yo, al borde, supliqué: «Ama, déjame correrme, por Dios». Ella bajó despacio, aún dentro de mí, y susurró: «Córrete ahora, pero solo porque quiero verte patético». Exploto, semen caliente saliendo a chorros, salpicando mi pecho, el placer tan intenso que vi estrellas. Saboreé el aire cargado de nuestros olores, sintiendo el culo dilatado, la polla exhausta, y una humillación que me hacía querer más.

Después, jadeando, ella se quitó el strap-on y me obligó a lamerlo limpio. «Prueba tu propio culo, perdedor». Lo hice, el sabor amargo y lubricante en la lengua, mientras ella me acariciaba la cabeza con una ternura cruel. «Bien hecho, Pablo. Eres mío para siempre».

Al final de esa noche, tumbados en la cama, con mi cabeza en su regazo, ella jugaba con la llave de la jaula como si nada. «Esto no acaba aquí, putito. Mañana vuelves a la jaula, y quizás te invite a un amigo para que veas de cerca». Yo asentí, con una sonrisa culpable, el placer de mi rendición quemándome por dentro. Sabía que era adicto a su control, a esa forma de romperme y reconstruirme como su perra. Joder, qué cabrona, pero qué puta delicia. Y mientras me dormía oliendo su piel, solo podía pensar: ¿cuándo será la próxima vez que me haga suplicar?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba