Relatos de dominación

Dómina Cruel: Dominación Femenina con Femdom, Ama Exige Sumiso Esclavo en Jaula de Castidad, Humillación Pegging Strap-On Cornudo Adoración Pies y Control de Orgasmo en Sumisión Total Sin Piedad

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llamaba Carla, una morena de curvas que te dejaban la polla tiesa solo con mirarla. Tenía esos ojos verdes que te atravesaban como si ya supieran todos tus secretos sucios, y un cuerpo de infarto: tetas firmes que se marcaban bajo las camisetas ajustadas, culo redondo que pedía a gritos ser adorado, y unas piernas largas que terminaban en pies perfectos, siempre con tacones que la hacían parecer una diosa cabrona. Era segura de sí misma, de esas que entran en un bar y todos los tíos giran la cabeza, pero ella ni se inmuta; te mira con una sonrisa que dice «sé que me deseas, perdedor». Yo era el típico pringado: un currito de oficina de 32 años, con una vida normalita, pero con la cabeza llena de fantasías reprimidas. Me ponía a mil ver porno de femdom, imaginándome rendido a los pies de una mujer que me pisoteara el ego y la polla por igual. Reprimido hasta la médula, porque mi ex me había dejado claro que era un «raro» por esas mierdas.

Nos conocimos en una app de ligoteo, de esas donde la gente busca folladas rápidas. Yo puse una foto normal, sin postureo, y ella… joder, su perfil era puro fuego: fotos en lencería negra, con captions como «Busco sumisos que sepan su lugar». Le escribí un mensaje torpe, algo como «Me flipas, ¿qué buscas?», y ella respondió directo: «Un tío que no hable tanto y obedezca». Quedamos en un café esa misma semana. Llegó con un vestido rojo ceñido que le marcaba el coño y las tetas, y yo ya estaba sudando. Hablamos de tonterías al principio, pero pronto sacó el tema: «Sé que te pone que te manden, ¿verdad? Dime, ¿has sido un buen chico o un putito reprimido?». Me quedé mudo, con la polla empalmada bajo la mesa. Ella se rio, una risa baja y sexy, y me dijo: «Esta noche vienes a mi piso. Y trae condones, pero no esperes usarlos a tu antojo».

Llegamos a su casa, un ático chulo en el centro, y desde el minuto uno supe que estaba jodido. Me hizo quitarme los zapatos en la puerta, y mientras yo balbuceaba algo sobre no haber hecho esto antes, ella me cortó: «Cállate y arrodíllate. Vamos a dejar claro quién manda aquí». Tenía una safe word, «rojo», por si la cosa se ponía demasiado heavy, y yo la repetí como un loro, pero en el fondo sabía que no la usaría. Me tenía pillado, joder. Me miró desde arriba, con las manos en las caderas, y dijo: «Buen chico. Ahora, quítame las bragas con los dientes». Mi corazón latía a mil, y mientras me arrastraba por el suelo de madera, oliendo su perfume mezclado con algo más íntimo, supe que esto era el principio de algo que me iba a romper por dentro… y me encantaba.

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El juego empezó suave, pero Carla era una maestra en escalar la mierda paso a paso, rompiéndome el coco antes que el cuerpo. Esa primera noche, después de quitarle las bragas –negras de encaje, ya húmedas por su excitación–, me ordenó lamer sus pies. Estaba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas, y yo de rodillas como un perrito. «Chupa mis dedos, putito. Hazlo como si fuera lo único que mereces». Sus pies eran suaves, con uñas pintadas de rojo, y el olor era una mezcla de loción y sudor ligero del día. Lamí el arco, succioné cada dedo, sintiendo cómo mi polla se ponía dura como una piedra en los pantalones. Ella gemía bajito, pero no por placer puro, sino por el poder: «Mira cómo te empalmas solo por mis pies. Eres patético, pero me encanta». Me humillaba con palabras sucias, directas, y cada una me calaba más hondo. «Tu polla ya no te pertenece, ¿entiendes? Es mía para jugar».

Al día siguiente, me mandó un mensaje: «Ven con la polla limpia y lista». Cuando llegué, sacó una cajita de debajo de la cama: una jaula de castidad de metal, fría y reluciente. «Póntela, ahora». Intenté protestar, pero ella me miró fijo: «Obedece o lárgate». Me la coloqué, el anillo apretando las bolas, la jaula encerrando mi polla semi-dura. El clic del candado fue como un mazazo psicológico. «Buen chico. Ahora vas a estar así una semana. Nada de pajearte pensando en mí». Joder, la frustración fue brutal. Al principio, era solo incomodidad física –la polla queriendo crecer pero atrapada, latiendo contra las barras–, pero mentalmente me volvía loco. Cada noche soñaba con ella, con su coño depilado y jugoso, y despertaba con una erección imposible que dolía como la hostia. Le mandaba mensajes suplicando: «Por favor, Ama, me duele». Y ella respondía con fotos suyas tocándose, riéndose: «Sufre por mí, cornudo en potencia».

La cosa escaló con el edging. Una noche, me hizo desnudo en su habitación, jaula puesta, y me ató las manos a la espalda. «Hoy vas a suplicar, pero no te corres». Me untó lubricante en las bolas, masajeando alrededor de la jaula, y usó un vibrador pequeño contra las barras. Mi polla intentaba hincharse, goteando precum, al borde del abismo. «Mírame mientras te torturo», ordenó, abriéndose de piernas en la cama. Su coño estaba mojado, rosado, y el olor me llegaba fuerte, almizclado y caliente. Lamí el aire como un desesperado, pero ella no me dejó tocar. Me acercó la mano, rozando el glande expuesto, y paró justo cuando sentía que iba a explotar. «¡No! Suplica, puto». Grité: «Por favor, Ama, déjame correrme, me tienes loco». Lo repetí una docena de veces, sudando, con las lágrimas en los ojos, pero ella solo se reía y se tocaba el clítoris, corriéndose delante de mí con un gemido que me mataba. «Tu placer es mío. Y hoy, nada».

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Luego vinieron las tareas degradantes. Me hacía servirla desnudo, con la jaula tintineando. «Limpia el suelo de rodillas, perra». O «Pide permiso para mear». Una vez, me obligó a confesar mis fetiches más oscuros: «Dime, ¿te pone ser cornudo? Imagina cómo me follo a un tío de verdad mientras tú miras». Rompió mi ego pedazo a pedazo. «Eres un pringado que se empalma con la humillación. Admítelo». Lo admití todo, voz temblorosa, y cada confesión me excitaba más, como si perdiera el control y ganara una libertad jodida. Una noche, me hizo adorar su culo: «Ponte detrás y huele, lame». Era redondo, firme, con un aroma terroso y sexy. Enterré la cara, lamiendo el agujero, saboreando su sudor salado, mientras ella se arqueaba y decía: «Buen putito, adórame como merezco». La dominación psicológica era lo peor –o lo mejor–: me tenía comiendo de su mano, suplicando por migajas.

Pero el pegging fue el punto de no retorno. Después de una semana en la jaula, me liberó solo para prepararme. «Hoy te follo yo, cornudo». Me untó lubricante en el culo, introduciendo un dedo, luego dos, dilatándome mientras yo gemía de dolor y placer mezclado. «Relájate, o duele más». Se puso el strap-on, un dildo negro de 18 cm, grueso, y me puso a cuatro patas en la cama. «Mírame a los ojos mientras te penetro». Empujó despacio al principio, el glande abriéndose paso, quemando como fuego. Grité: «¡Ama, duele!», pero ella no paró, clavándome las uñas en las caderas. «Cállate y toma mi polla». El dolor se convirtió en una plenitud extraña, mi próstata latiendo con cada embestida. Follaron ritmado, chapoteo de lubricante, mis gemidos convirtiéndose en súplicas: «Más fuerte, por favor». Ella jadeaba, sudando, tirándome del pelo: «Eres mi puta ahora. Siente cómo te rompo». Me corrí sin tocarme, semen salpicando las sábanas, pero ella no paró hasta que me dejó temblando, vacío y lleno a la vez.

El clímax llegó una noche que no olvidaré nunca. Habíamos jugado tanto que mi mente era un lío de sumisión total. Carla me había mandado venir con la jaula puesta, pero esta vez la sacó y me ató a la cama, manos y pies extendidos, expuesto como una ofrenda. «Hoy te uso hasta que supliques piedad», dijo, quitándose la ropa despacio. Su piel brillaba bajo la luz tenue, sudorosa ya de anticipación, tetas pesadas con pezones duros como piedras. Se subió encima, rozando su coño mojado contra mi polla dura –liberada por fin, latiendo como un corazón desbocado–. El tacto era eléctrico: su calor húmedo envolviéndome, labios hinchados deslizándose por el glande, untándome de sus jugos. Olía a sexo puro, ese aroma almizclado de coño excitado que me volvía loco, mezclado con su sudor fresco de las axilas cuando se inclinó para morder mi cuello.

«Chupa mis tetas, puto», ordenó, clavándome las uñas en el pecho, dejando surcos rojos que ardían. Lamí sus pezones, saboreando el salado de su piel, mientras ella se frotaba contra mí, edging de nuevo: subía y bajaba, metiendo solo la punta, parando cuando sentía que iba a correrme. Mis súplicas llenaban la habitación: «¡Ama, por favor, fóllame ya! Me tienes al borde, joder». Ella se rio, una risa cruel y sensual, y de repente se giró, poniéndome el culo en la cara. «Lame mi coño primero. Saborea lo que no mereces». Enterré la lengua en su raja, lamiendo el clítoris hinchado, chupando sus labios jugosos –sabor ácido y dulce, como miel podrida–. El chapoteo de mi lengua contra su humedad era obsceno, mezclado con sus gemidos graves: «Sí, así, perra. Hazme correrme en tu boca». Se corrió fuerte, temblando, squirteando un chorro que me empapó la cara, salado y caliente.

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Pero no paró. Sacó el strap-on de nuevo, lubricándolo con su propio jugo, y me penetró sin aviso, mientras me masturbaba la polla con la mano libre. El dolor-placer era intenso: mi culo dilatado abriéndose alrededor del dildo, cada embestida golpeando mi próstata, haciendo que mi polla latiera incontrolable en su puño. Sudábamos los dos, piel pegajosa chocando, olores mezclados –sudor masculino mío, coño femenino de ella, lubricante artificial–. «Siente cómo te follo como a una zorra», gruñó, tirándome el pelo con fuerza, obligándome a arquear la espalda. Gemía como loco, sonidos guturales que no reconocía míos, chapoteo rítmico del strap-on en mi culo, azotes secos cuando me clavaba las uñas en las nalgas. Dentro, era una tormenta: la humillación de ser penetrado me excitaba más que nada, el taboo de rendirme por completo convirtiendo el dolor en éxtasis puro. «¡Voy a correrme, Ama! ¡No pares!», supliqué, y ella aceleró, ordeñándome la polla hasta que exploté. Semen espeso saliendo a chorros, caliente y pegajoso, salpicando su mano y mi estómago. Saboreé un poco cuando me obligó a lamerlo: amargo, mío, humillante. Ella se corrió de nuevo solo por el poder, frotándose el clítoris contra mi muslo, gritando: «¡Eres mío, puto! Todo tuyo es mío».

Ella se bajó, jadeante, y me desató solo para ponerme la jaula de nuevo, mi polla sensible aún goteando. «Buen chico. Has aguantado bien». Yo, exhausto, con el cuerpo marcado y el coco hecho papilla, solo pude asentir. En ese momento, acepté mi lugar: no era el macho alfa de mis fantasías pasadas, sino su sumiso, excitado por la culpa y la pérdida total de control. Carla me besó la frente, dulce pero cruel: «Vuelve mañana, cornudo. Tenemos más juegos». Y joder, no podía esperar. Saber que me tenía enganchado, que mi polla y mi voluntad eran suyas, me dejaba con un placer culpable que me quemaba por dentro. Ahora, cada noche en la jaula, pienso en su risa y me pongo a mil solo de imaginar lo que vendrá. ¿Y tú? ¿Te atreverías a arrodillarte ante una como ella?

(Palabras: 2147)

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