Relatos de dominación

Dominación Femenina Chastity: Sumisión Extrema

La Jaula de Mi Ama

Joder, todo empezó en esa puta app de citas que uso cuando estoy solo y cachondo, de esos días en que la polla me pica y no hay nadie para rascarla. Yo soy un tipo normal, de 32 años, curro en una oficina de mierda en Madrid, con una vida predecible: curro, birra con colegas, paja rápida antes de dormir. Reprimido hasta las cejas, porque mis fantasías siempre han sido jodidamente retorcidas. Me flipan las tías que mandan, que te ponen de rodillas y te hacen su juguete. Pero nunca lo había probado de verdad. Hasta que apareció ella.

Se llamaba Laura, pero pronto supe que era mi Ama, o al menos eso me obligaría a llamarla. Su foto en la app era un puto escándalo: morena con curvas que te dejaban la boca seca, ojos verdes que te taladraban el alma, y una sonrisa de cabrona que prometía problemas. «Tía de 28, busco sumisos que sepan su lugar», ponía en su bio. Me picó el gusanillo al instante. Le escribí, intentando sonar normal: «Hola, me mola tu rollo directo». Ella respondió en dos minutos: «Prueba superada. ¿Quieres ser mi perrito o qué?». Joder, me empalmé solo leyéndolo. Chateamos un par de días, coqueteando con lo heavy. Me contó que era una dominatrix amateur pero con experiencia, que le ponía controlarlo todo, y yo confesé mis fetiches reprimidos: la idea de rendirme, de que una tía como ella me tuviera pillado por las pelotas. «Safe word es ‘rojo’, guapo. Si lo dices, paramos. Pero no lo dirás», me escribió. Consentimiento claro, y eso me tranquilizó. Quedamos en un bar cutre de Malasaña.

La vi entrar y supe que estaba jodido. La tía estaba tremenda: falda negra ajustada que marcaba un culo redondo y firme, blusa escotada que dejaba ver lo justo para volverte loco, y tacones que resonaban como órdenes. Se sentó frente a mí, cruzó las piernas y me miró como si ya fuera suyo. «Me pones cachondo solo de mirarte», le solté, nervioso. Ella rio, una risa baja y sexy. «Cállate y escucha. Esta noche vienes a mi piso. Vas a arrodillarte y vas a suplicar que te use. ¿Entendido, putito?». Me tenía pillado desde el minuto uno. Asentí, con la polla dura bajo la mesa. Sabía que esto era el principio de algo que me iba a romper, pero joder, qué ganas.

Llegamos a su piso, un ático chulo en Chamberí, con vistas a la ciudad que daban igual porque solo la veía a ella. Cerró la puerta y me ordenó: «Desnúdate. Todo. Ahora». Lo hice, temblando de excitación y vergüenza. Estaba ahí, empalmado como un idiota, y ella me escaneó de arriba abajo. «No estás mal, pero tu polla ya no te pertenece. Es mía». Sacó una caja de debajo de la cama: una jaula de castidad de metal, fría y pequeña. «Póntela. Vamos a ver si aguantas ser mi juguete». Me la colocó ella misma, sus uñas rojas rozándome la piel, y el clic del candado fue como una sentencia. Frustración instantánea: mi polla latiendo dentro, queriendo crecer pero imposibilitada. «Qué cabrona», murmuré. Ella sonrió: «Bien, perrito. Ahora, a mis pies».

READ  Cuento Erótico Brutal: Pegging que Rompió a mi Sumiso Esclavo

Eso fue el inicio del desarrollo de su dominación, paso a paso, como si me estuviera desarmando el ego capa por capa. Primero, las órdenes verbales, humillantes y sucias, que me ponían a mil. Me hizo arrodillarme en el suelo de su salón, desnudo salvo por la jaula que me apretaba los huevos. «Mírame, putito. Dime lo patético que eres», ordenó, quitándose los tacones y estirando las piernas. Sus pies, perfectos, con uñas pintadas de negro, olían a cuero y un toque de sudor del día. «Adórame los pies. Lámelos como si fueran tu puta religión». Me incliné, el corazón latiéndome en la polla atrapada, y empecé a lamer: el arco suave, los dedos salados, chupando cada uno mientras ella gemía de placer. «Más fuerte, cerdo. Siente cómo te humillo y te excitas». Cada lamida era una puñalada psicológica; me excitaba más la idea de ser su esclavo que el tacto mismo. Confesé mis fetiches: «Me pone que me rompas, Ama. Que me hagas suplicar». Ella rio: «Lo sé, zorrito. Tu ego es mío para pisotearlo».

La tensión escaló con el control de castidad. Llevaba la jaula tres días cuando me citó de nuevo. Estaba frustrado hasta el delirio: la polla hinchada, goteando precum que no podía tocar, los huevos pesados como plomo. Mentalmente era peor; soñaba con ella follando con otros, y eso me ponía más cachondo. «Ven, perrito. Hora de edging», dijo al abrir la puerta, vestida solo con lencería roja que acentuaba sus tetas firmes y su coño depilado asomando. Me ató las manos a la espalda y se sentó en el sofá, abriendo las piernas. «Mira mi coño. Tócalo con la lengua, pero no te corras. Ni lo intentes». Olía a excitación, ese aroma almizclado que me volvía loco. Lamí su clítoris hinchado, saboreando su jugo salado y dulce, mientras ella se tocaba y gemía: «Imagina que me corro pensando en un tío de verdad, no en tu polla enjaulada». Me tenía al borde: la jaula me dolía, mi polla pulsando inútilmente, suplicando en voz alta: «Por favor, Ama, déjame correrme». Negación total. Me paró una y otra vez, edging largo y cruel, hasta que lloriqueé como un crío. «No, putito. Tu placer es mío. Suplica más».

READ  Empodera Tu Liderazgo: Las Mejores Herramientas para Mujeres Fuertes

Luego vinieron las tareas degradantes, que me hundían más en su red. Me obligaba a servirla desnudo, con la jaula tintineando. «Limpia mi piso, perra. A gatas». Fregaba el suelo mientras ella me azotaba el culo con una pala de cuero, cada golpe un fuego que me hacía gemir. «Pide permiso para mear, cornudo». Sí, introdujo la humillación cornudo sutilmente: me contaba anécdotas de folladas con ex, obligándome a imaginarlo. «Anoche un tío de verdad me folló el culo. Tú solo miras». Servir así me rompía: el ego hecho trizas, pero la excitación crecía con cada degradación. Una noche, me hizo confesar todo: «Dime tus fetiches más sucios, puto. ¿Quieres que te pegue?». Sí, lo quería. Sacó el strap-on, un dildo negro de 20 cm, y me lubricó el culo. «De rodillas, abre». La penetración fue lenta, dolor-placer puro: el estiramiento quemaba, pero su control me excitaba. «Gime para mí, zorra. Siente cómo te follo como a una perra». Empujaba rítmicamente, sus caderas chocando contra mí, mientras yo jadeaba, la jaula goteando. Rompió mi ego: «Eres mío, no un hombre. Solo mi juguete».

La dominación psicológica era lo que me tenía loco. Me hacía mirarla mientras se masturbaba, negándome tocarme. «Mírame mientras me corro pensando en otro, cornudo». Sus gemidos, el chapoteo de sus dedos en el coño mojado, me volvían majareta. Confesé: «Me excita ser tu puto, Ama. La humillación me pone más que nada». Ella asentía, cabrona: «Lo sé. Por eso te tengo pillado».

El clímax llegó una noche de viernes, cuando me invitó a su piso con una promesa: «Hoy te libero, pero bajo mis reglas». Estaba al límite: una semana en la jaula, edging diario, tareas que me dejaban exhausto y cachondo. Entré y ella ya estaba lista, en un conjunto de cuero negro que la hacía parecer una diosa sádica. «Arrodíllate, perrito. Safe word sigue siendo rojo, pero no lo uses». Me quitó la jaula con una llave que colgaba de su cuello, y mi polla saltó libre, dura como piedra, venas palpitando, goteando precum. «No te toques. Primero, adórame». Me tiró del pelo y me guio a su coño: olía a deseo puro, sudor mezclado con su esencia femenina. Lamí con hambre, saboreando cada pliegue salado, su clítoris endureciéndose bajo mi lengua. Ella gemía alto, «Sí, putito, chúpame bien», clavándome las uñas en el cuero cabelludo, tirando fuerte hasta que dolió deliciosamente.

La escena escaló a sexo intenso, ella al control absoluto. Me empujó al suelo, montándome la cara: «Siente mi coño ahogándote». Su peso, sudoroso y cálido, me sofocaba; el olor intenso de su excitación me invadía la nariz, mientras su jugo me empapaba la boca. Gemía ordenando: «Más profundo, lame mi culo ahora». Giró, plantándome el culo en la cara: redondo, firme, con un aroma terroso y almizclado. Lamí su ano, saboreando el taboo, mientras ella se tocaba y azotaba mi polla con la mano. «No te corras, edging final». Me tenía al borde, mi polla latiendo sola, suplicando: «Ama, por favor, no pares». El sonido era una sinfonía sucia: sus gemidos roncos, el chapoteo de mi lengua en su coño mojado, mis jadeos ahogados, el slap de sus azotes en mi piel enrojecida.

READ  Ama Cruel de Madrid: Dominación Femenina, Femdom y Sumisión Total con Jaula de Castidad sin Piedad

Entonces, el pegging definitivo. Me puso a cuatro patas, lubricando el strap-on con gel frío que me erizó la piel. «Relájate, cornudo. Hoy te follo como mereces». Empujó la punta, dilatando mi culo: dolor agudo que se fundía en placer, cada centímetro estirándome, llenándome. «Gime, puto, dime cómo te gusta». Empujaba fuerte, sus caderas chocando contra mis nalgas con un clap-clap sudoroso, el dildo masajeando mi próstata hasta que mi polla goteaba sin control. Olores por todos lados: su sudor salado, el cuero del arnés, mi propia excitación. Sensaciones internas brutales: el culo ardiendo pero queriendo más, la polla latiendo en agonía negada, la humillación excitándome como un fuego. Ella tiraba de mi pelo, clavándome uñas en la espalda: «Eres mi perra, mírame mientras te penetro». Me giró, follándome de lado, sus tetas rebotando, gemidos mezclados con órdenes: «Suplica, zorra». Supliqué: «Más fuerte, Ama, rómpeme». El clímax de ella llegó primero: se corrió gritando, su cuerpo temblando sobre mí, jugos chorreando por mis muslos.

Finalmente, me permitió correrme, pero con twist cruel. Sacó el strap-on y se sentó sobre mi polla, cabalgándome: «Córrete dentro, pero sabe que después limpias». Su coño apretado, caliente y resbaladizo, me envolvió; tacto de piel sudorosa contra sudorosa, sus uñas arañándome el pecho. Sonidos intensos: el chapoteo de su coño follándome, mis gemidos roncos, sus risas sádicas. Saboreé su sudor lamiéndole el cuello, salado y adictivo. Exploté dentro, chorros calientes llenándola, la humillación máxima cuando me obligó a lamer el semen de su coño: sabor amargo y pegajoso, mezclado con su jugo, mientras ella gemía: «Buen chico, come tu lefa, cornudo».

Después, el cierre fue su reafirmación total. Me acurruqué a sus pies, exhausto, con placer culpable latiendo en cada fibra. Ella acarició mi pelo, dulce pero cruel: «Has sido bueno, perrito. Pero esto no acaba. Mañana, nueva jaula. Acepta tu lugar: bajo mis tacones, para siempre». Asentí, excitado de nuevo por la idea. Joder, qué cabrona. Me tenía roto, y eso me ponía más cachondo que nunca. Si sigues así, Ama, voy a suplicar por más… y lo sabes.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba