Relatos de dominación

Ama Cruel en el Club Exclusivo: Dominación Femenina, Femdom y Sumisión Total sin Piedad

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llamaba Carla, una morena de curvas que te dejaban la polla tiesa solo con pensarla. Medía como un metro setenta, con tetas firmes que se marcaban bajo las camisetas ajustadas, un culo redondo que pedía a gritos que lo miraras, y unos ojos verdes que te clavaban como si ya supieran todos tus secretos sucios. Era de esas cabronas seguras de sí mismas, que caminaba por la calle como si el mundo le debiera algo, y coño, probablemente se lo debía. Yo era un pringado normal, de treinta y pico, trabajando en una oficina de mierda en Madrid, con una vida sexual que se resumía en pajas rápidas viendo porno de femdom en el baño. Siempre había fantaseado con rendirme a una mujer que me pusiera en mi sitio, pero nunca lo había probado. Hasta que la conocí en una app de citas, de esas que prometen aventuras pero suelen acabar en ghosting.

Empezó como un flirteo inocente. «Eres mono, pero apuesto a que eres de los que se corren en dos minutos», me escribió ella la primera noche. Me reí, pero me empalmó al instante. Le contesté algo tonto, y de ahí pasamos a mensajes más picantes. Me contó que le molaba el rollo dominante, que odiaba a los tíos que intentaban mandarla, y yo, en vez de cabrearme, me puse a mil. «Me pone cachondo que me controles», le solté una noche, y ella respondió con un «Bien, putito. Mañana nos vemos y ves lo que es control de verdad». Quedamos en un bar cutre del centro, y allí estaba ella, con una falda corta que dejaba ver sus muslos suaves y un top que apenas contenía sus pechos. Me miró de arriba abajo como si ya fuera suyo. «Siéntate y no me mires a los ojos hasta que te lo diga», me ordenó en voz baja mientras pedía una cerveza. Joder, me temblaban las piernas. Sabía que me tenía pillado desde el minuto uno. Hablamos de límites: ella fue clara, «Si algo te jode, di ‘rojo’ y paramos. Pero no lo dirás, ¿verdad?». Asentí, con la polla ya dura bajo la mesa. Esa noche no follamos, solo me hizo pagar las copas y me dejó en la puerta con un beso en la mejilla y un «Mañana vienes a mi piso. Desnudo». Me fui a casa con las bragas en la mano, oliendo a su perfume, y me pajeé pensando en cómo me iba a romper.

Al día siguiente, llegué a su piso en Lavapiés con el corazón en la garganta. Ella abrió la puerta en ropa interior negra, lencería que le ceñía el coño depilado y hacía que sus tetas parecieran aún más grandes. «Arrodíllate, perdedor», me dijo con una sonrisa sádica, y yo lo hice sin pensarlo. El suelo era frío contra mis rodillas, pero la excitación me quemaba por dentro. Me tenía loco esa tía, joder. Empezó suave, pero escalando: me ordenó que le quitara las bragas con los dientes, y mientras lo hacía, olía su coño ya húmedo, un aroma salado y dulce que me volvía tarado. «Lámelo, pero no te corras. Tu polla ya no te pertenece», murmuró, agarrándome el pelo. Me enterré la cara entre sus muslos, lamiendo sus labios hinchados, saboreando el jugo que me chorreaba por la barbilla. Gemía bajito, pero me paraba cada vez que notaba que me empalmaba demasiado. «Puto cachondo reprimido, ¿eh? Sabes que eres mío ahora».

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La cosa subió de nivel esa misma semana. Carla era una maestra en el control psicológico; me hacía confesar mis fetiches más sucios por WhatsApp antes de vernos. «Dime qué te pone de una cornudo», me exigió una noche, y yo, rojo como un tomate, le conté cómo me excitaba imaginarla follando con otro mientras yo miraba. Se rio, «Qué patético, pero me encanta. Mañana te pongo en jaula». Compró una de esas jaulas de castidad online, una cosa de metal fría que me encerró la polla como un criminal. La primera vez que me la puso, en su sofá, con ella sentada a horcajadas sobre mí, sentí la frustración física de inmediato: mi verga intentaba endurecerse, pero el metal la apretaba, un dolor sordo que me hacía sudar. «Ahora eres mi juguete, putito. No te corres sin permiso», dijo, y me obligó a adorarle los pies. Sus pies eran perfectos, con uñas pintadas de rojo, y me hizo olerlos primero, ese olor a sudor leve del día, mezclado con loción. Luego lamerlos, chupando cada dedo mientras ella se tocaba el coño despacio, gimiendo. «Mírame mientras me corro pensando en otro tío que sí me folla de verdad». Se vino en mis narices, salpicándome la cara con su jugo, y yo ahí, con la polla latiendo en la jaula, al borde del llanto de lo cachondo que estaba.

Pasaron días de edging puro infierno. Me citaba en su piso después del curro, me desnudaba y me ataba las manos a la espalda con unas esposas suaves pero firmes. «Tócate, pero para antes de correrte», ordenaba, y yo obedecía, acariciando mi polla hinchada hasta que las bolas me dolían de la presión. Lo hacía una y otra vez, llevándome al borde: el prepucio resbalando por el glande sensible, el calor subiendo por el pecho, y justo cuando iba a explotar, ella me paraba con una bofetada ligera. «Suplica, cornudo. Pídeme que te deje correrte». Yo balbuceaba, «Por favor, Ama, déjame… estoy loco de ganas». Pero no, la cabrona se reía y me hacía tareas degradantes para distraerme: limpiar su baño de rodillas, desnudo con la jaula tintineando, o servirle cena en bandeja mientras ella veía Netflix con las piernas abiertas, mostrándome su coño pero sin dejarme tocarlo. «Pide permiso para mear, puto», me dijo una vez, y joder, lo hice, arrodillado en el baño mientras ella controlaba el grifo. Me rompía el ego poquito a poco: «Eres un perdedor que se empalma con la humillación, ¿verdad? Admítelo». Y yo lo admitía, porque cada palabra suya me ponía más a mil, el taboo de perder el control excitándome más que cualquier polvo vanilla.

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Una noche escaló a lo bestia con el pegging. Había estado negándome el orgasmo tres días, con la jaula apretándome las bolas hinchadas. Llegué a su piso temblando, y ella ya estaba lista: un strap-on negro de silicona gruesa, lubricado y brillante, ceñido a su cadera. «De rodillas y chúpalo primero, como buena putita», me ordenó. Lo tomé en la boca, sintiendo el sabor plástico y salado de su piel en la base, mientras ella me follaba la garganta despacio. «Buen chico, prepárate para que te abra el culo». Me untó lubricante frío en el ano, metiendo un dedo primero, luego dos, dilatándome mientras yo gemía contra el suelo. El dolor era agudo al principio, pero mezclado con placer cuando rozaba mi próstata. Se colocó detrás, agarrándome las caderas, y empujó: la punta del strap-on abriéndome, centímetro a centímetro, hasta que sentí mi culo lleno, estirado al límite. «Gime para mí, cornudo», gruñó, y empezó a bombear, fuerte y rítmico. Cada embestida me hacía jadear, el dolor convirtiéndose en oleadas de placer que me nublaban la mente. Ella sudaba encima de mí, su coño rozando la base del arnés, y me azotaba el culo rojo. «Siente cómo te follo como a una perra. Tu polla en jaula no vale nada». Yo suplicaba más, perdido en la humillación, excitado por ser su objeto.

El clímax llegó una semana después, en una sesión que me dejó roto y reconstruido. Habíamos hablado de límites otra vez –»Rojo si para», dijo ella, y yo asentí, confiando en esa cabrona jodidamente atractiva que me tenía enganchado. Me llevó a su habitación, con velas parpadeando y el aire cargado de su perfume mezclado con algo más primitivo. «Desnúdate y arrodíllate», ordenó, y lo hice, la jaula de mi polla ya un tormento constante, mis bolas pesadas de semen acumulado. Ella se quitó la ropa despacio, revelando su cuerpo desnudo: pechos con pezones duros, coño depilado reluciente de humedad, culo firme que se movía con cada paso. Me obligó a adorarla entera: primero los pies, lamiendo el arco sudoroso, saboreando la sal de su piel después de un día largo. «Chupa bien, putito, o no te follo». Luego subió a su culo: me hizo enterrar la cara entre sus nalgas, oliendo el almizcle terroso, lamiendo su ano apretado mientras ella se arqueaba, gimiendo «Sí, lame el culo de tu Ama». El sabor era crudo, amargo y adictivo, y mi polla intentaba liberarse en vano, latiendo contra el metal frío.

Pero no paró ahí. Se giró y me empujó contra la cama, atándome las muñecas a los postes con cuerdas suaves. «Ahora el edging final, cornudo. Vas a suplicar hasta que te rompas». Sacó la llave de la jaula y la abrió, mi polla saltando libre, roja e hinchada, goteando precum. Me masturbó despacio, su mano experta resbalando por el tronco, el tacto cálido y firme de sus dedos haciendo que mis caderas se arquearan. «No te corras», advirtió, y me llevó al borde tres veces: una vez apretando la base para cortarme el orgasmo, sintiendo el semen retroceder dolorosamente; otra rozando el glande con la uña, un picor que me hacía gemir como loco; la tercera chupándomela un segundo, su boca caliente envolviéndome, lengua girando alrededor de la cabeza sensible, saboreando mi sal antes de parar. «Por favor, Ama, déjame correrme… te lo suplico», balbuceé, lágrimas de frustración en los ojos. Ella se rio, cruel y sensual, «No hasta que me corra en tu cara primero».

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Se subió a mi pecho, su coño mojado rozando mi piel sudorosa, y se frotó contra mi boca. «Lame, puto». Metí la lengua en sus pliegues calientes, saboreando el néctar ácido y dulce, el chapoteo de mi saliva mezclándose con sus jugos. Olía a sexo puro, sudor y excitación, mientras ella gemía alto, «Joder, sí, come mi coño». Sus uñas se clavaban en mis hombros, tirando de mi pelo para guiarme más profundo. Se corrió fuerte, su cuerpo temblando, chorros de squirt salpicándome la cara, el sabor inundándome la boca. «Ahora tú, pero bajo mis reglas». Se colocó el strap-on de nuevo, más grueso esta vez, y me penetró sin piedad, el lubricante facilitando la entrada pero el estiramiento doliendo deliciosamente. Cada embestida era un estruendo: el slap de su piel contra mi culo, mis gemidos ahogados, sus gruñidos de dominio. «Siente cómo te poseo, cornudo. Tu placer es mío». Me masturbó al mismo tiempo, su mano apretando mi polla latiendo, y cuando sentí el orgasmo subir, no paró: exploté dentro de ella, semen caliente salpicando mi estómago, el placer tan intenso que vi estrellas, mezclado con la humillación de correrme mientras me follaba el culo. Olores everywhere: sudor salado, mi semen espeso, su coño aún húmedo. Sonidos: chapoteo del strap-on, mis súplicas rotas, sus risas triunfales. Sensaciones internas: mi ano dilatado palpitando, la polla sensible post-orgasmo en su agarre, la mente nublada por la pérdida total de control que me excitaba más que nada.

Después, me desató y me dejó tumbarme, exhausto y cubierto de fluidos. Ella se acurrucó a mi lado un momento, dulce-cruel, acariciándome el pelo. «Has sido un buen putito hoy. Pero esto no acaba aquí; tu jaula vuelve mañana, y la próxima vez te hago lamer a mi amante después de follarme». Yo asentí, con una sonrisa culpable, sabiendo que mi lugar era a sus pies, rendido y cachondo por la idea. Joder, qué cabrona, pero qué adicta era esa sumisión.

Y ahora, cada vez que me pongo la jaula solo, pensando en ella, sé que volveré a suplicar por más.

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