Relatos de dominación

Dominación Femenina Cruel: Ama Barcelona Encierra a Sumiso en Jaula de Castidad para Humillación Total con Strap-on y Adoración de Pies, Su Completa Rendición

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llama Valeria, una morena de curvas que te dejan babeando, con esos ojos verdes que te clavan como cuchillos y una sonrisa que dice «soy la jefa aquí». La conocí en una app de ligoteo, de esas donde la gente busca rollos rápidos, pero desde el primer mensaje supe que no era una cualquiera. Yo soy Pablo, un tío normal de treinta y pico, con un curro de oficina que me tiene quemado, y una vida sexual que se resume en pajas solitarias viendo porno de femdom. Siempre he sido el típico reprimido, cachondo pero sin cojones para pedir lo que de verdad me pone: que una mujer me domine, me haga sentir pequeño y suyo.

Empezó todo con un chat inocente. «Ey, guapo, ¿qué te mola de verdad?», me escribió. Yo, como un idiota, solté algo vago sobre gustarme las mujeres seguras. Ella se rio (o eso imaginé) y me mandó una foto de sus pies en tacones, con un pie mensaje: «Segura como esta. ¿Te arrodillarías?». Me puse a mil al instante, la polla empalmada solo de leerlo. «Sí, joder», respondí. Ahí empezó el juego. Me dijo que si quería verla en persona, tenía que ganármelo. Me mandó tareas tontas al principio: mandarle fotos de mí en calzoncillos, describirle mis fantasías más sucias. Sabía que me tenía pillado; era cabrona, pero jodidamente atractiva. Su voz en las llamadas era ronca, como si estuviera fumando un cigarro mientras me ponía en mi sitio.

Quedamos en un bar cutre del centro. Llegó con un vestido negro ajustado que marcaba su culo redondo y sus tetas firmes, tacones que la hacían un metro ochenta de diosa. Me miró de arriba abajo y dijo: «Tú eres el putito que me escribe, ¿no? Siéntate y no hables hasta que yo diga». Me temblaban las piernas, pero estaba empalmado como un crío. Hablamos poco; ella mandaba, yo asentía. Al final de la noche, en su piso, me hizo arrodillarme y besarle los pies. «Esto es solo el principio, Pablo. Si quieres más, usamos una palabra de seguridad: rojo para parar. ¿Entendido?». Asentí, con el corazón a mil. Sabía que no la usaría; me moría por rendirme.

Desde ese día, Valeria se convirtió en mi Ama. Me tenía loco con su control sutil al principio, pero pronto se volvió total. «Tu polla ya no te pertenece», me dijo la primera vez que follamos. No, no follamos como en las pelis; ella se corrió frotándose contra mi cara mientras yo lamía su coño depilado, chorreando jugos que me ahogaban. Yo no corrí; me dejó al borde, con la polla latiendo en mi mano, suplicando. «No, putito. Guárdate eso para mí». Y así empezó la jaula.

La compró online, una cosa de metal fría y ajustada que me ponía la polla en miniatura, encerrada como un criminal. La primera vez que me la puso, en su sofá, con las luces bajas, me miró con esa sonrisa sádica. «Mira qué mono, Pablo. Tu polla patética ahora es mía. Solo sale cuando yo diga». Intenté protestar, pero ella me calló con un beso que me dejó sin aire, su lengua invadiendo mi boca mientras sus uñas se clavaban en mis huevos. La frustración era brutal: cada roce de la ropa me recordaba que no podía empalmarme del todo, que estaba preso. Mentalmente, era peor; me pasaba el día pensando en ella, en su culo perfecto, imaginando cómo me usaría. Me ponía cachondo la idea de ser su juguete, de perder el control. «Envíame fotos de la jaula cada mañana», ordenaba. «Y si te pones duro, me lo cuentas. Castigo si mientes».

READ  Encuentro Inesperado en la Biblioteca de Barcelona

El desarrollo de su dominación fue paso a paso, escalando como una puta adicción. Primero, las órdenes verbales. Me llamaba por videollamada y me hacía desnudarme. «Arrodíllate, putito, y mírame mientras me toco». Se quitaba las bragas despacio, abriendo las piernas para mostrarme su coño rosado y húmedo. «Esto es lo que no vas a follar hasta que yo diga. Dime lo patético que eres». Yo balbuceaba: «Soy un puto perdedor, Ama, solo quiero servirte». Me excitaba tanto la humillación que la jaula me dolía, el metal apretando mi polla hinchada. Ella se reía, gimiendo mientras se frotaba el clítoris, y yo suplicaba: «Por favor, déjame correrme». «Ni de coña. Mira cómo me corro pensando en un tío de verdad, no en ti».

Luego vino la adoración. Me obligaba a ir a su casa los fines de semana, desnudo excepto por la jaula. «Empieza por los pies, esclavo». Sus pies eran perfectos, uñas rojas, olor a loción y sudor del día. Me hacía olerlos primero, inhalar ese aroma terroso que me volvía loco, luego lamerlos: desde los dedos hasta el talón, chupando cada centímetro mientras ella leía un libro o veía la tele, ignorándome. «Más lengua, joder, como si fuera mi coño». Subía a su culo: me ponía a cuatro patas y me sentaba en la cara, asfixiándome con sus nalgas firmes. «Oler mi culo, putito. Saborearlo». Lamía su ano, salado y prohibido, mientras ella se tocaba y gemía: «Buen chico, haz que me moje». El taboo me quemaba por dentro; era humillante, pero mi polla intentaba liberarse en vano, latiendo contra la jaula.

La negación de orgasmo era lo peor y lo mejor. Me tenía en edging durante horas. «Saca la polla de la jaula, pero no te corras». Me masturbaba despacio, describiéndole cada sensación: cómo la cabeza se hinchaba, el precum goteando. «Para ahora. Al borde, ¿eh? Suplica». Yo gemía: «Ama, por favor, déjame correrme, estoy loco». Ella negaba, riendo: «No, guárdatelo. Mañana más». Días enteros así, frustración acumulada que me hacía su esclavo total. Una vez, me tuvo una semana sin soltarme, solo edging por chat. «Confiesa tus fetiches, Pablo. ¿Te pone ser cornudo?». Sí, joder, me ponía. Rompió mi ego poco a poco: «Eres un perdedor que no folla, solo mira».

READ  Ama Cruel en Dominación Femenina: Sumiso en Jaula de Castidad, Humillación con Pegging y Adoración de Pies hasta su Completa Rendición

Las tareas degradantes completaban el paquete. Me hacía limpiar su piso desnudo, con la jaula tintineando, mientras ella me azotaba el culo con una pala si lo hacía mal. «Pide permiso para mear, putito». Cada «puedo mear, Ama?» me hacía sentir más suyo, más excitado por la pérdida de control. Y la dominación psicológica… uf. En sesiones, me interrogaba: «Dime por qué mereces esto». Confesaba todo: mi represión, mis pajas a femdom, cómo soñaba con ser su perra. «Bien, ahora vas a lamer mi coño hasta que me corra tres veces. Si fallas, te pongo la jaula un mes más».

Pero el pegging fue el escalón que me rompió del todo. La primera vez, me preparó con lubricante, hiriéndome el culo con un dedo mientras yo lamía sus tetas. «Relájate, cornudo. Vas a sentir lo que es ser follado de verdad». Se puso el strap-on, un dildo negro de 18 centímetros, y me penetró despacio. El dolor inicial fue agudo, como fuego, pero pronto se mezcló con placer: mi próstata latiendo, gemidos saliendo de mi garganta. «Más fuerte, Ama», suplicaba yo, mientras ella me tiraba del pelo y embestía: «Toma, putito, esto es lo que te mereces». Me corría sin tocarme, semen salpicando el suelo, pero ella no paraba, follándome hasta que lloraba de placer y humillación.

(Desarrollo: aprox. 1050 palabras)

El clímax llegó una noche que no olvidaré nunca. Valeria me citó en su piso con un mensaje seco: «Ven desnudo bajo el abrigo. Trae la jaula». Llegué temblando, el corazón en la garganta. Ella abrió la puerta en lencería roja, tetas desbordando el sujetador, coño apenas cubierto por una tanga. «Arrodíllate ya, esclavo. Hoy te rompo del todo». Me quitó el abrigo y me puso la jaula, fría contra mi piel caliente. La polla se endureció al instante, apretada, dolorida. «Buen chico. Ahora, a la cama».

Me ató las manos a la cabecera con esposas de cuero, el metal frío mordiendo mis muñecas. Su olor me invadió: perfume mezclado con sudor fresco, excitante como una droga. Se subió encima, frotando su coño mojado contra mi cara. «Lame, putito. Saborea a tu Ama». El sabor era salado, almizclado, sus labios hinchados abriéndose para mi lengua. Lamía el clítoris, chupando jugos que me resbalaban por la barbilla, mientras ella gemía ronco: «Sí, joder, más profundo». Sus uñas se clavaban en mis hombros, dejando marcas rojas que ardían, y tiraba de mi pelo, guiándome como a un perro.

«Ahora, el culo», ordenó, girándose. Su ano se abrió ante mí, olor terroso y prohibido. Lo lamí con devoción, lengua circundando el agujero mientras ella se masturbaba, chapoteos húmedos llenando la habitación. «Olerlo todo, Pablo. Eres mi retrete». Mi polla latía en la jaula, cada pulso un recordatorio de mi sumisión; la humillación me excitaba más que cualquier toque, el taboo de ser usado así me ponía al borde sin alivio.

READ  Dominación Femenina Intensa: Sumisión Absoluta

Desató mis manos solo para ponerme a cuatro patas. «Hora del strap-on, cornudo». Se lubricó el dildo, el sonido viscoso como una promesa. Me penetró de golpe, el dolor estallando en mi culo, dilatándome centímetro a centímetro. Gemí alto, un sonido gutural, mientras ella embestía: «Toma, puto, siente cómo te follo como a una perra». El placer crecía, mi próstata masajeada, oleadas de calor subiendo por mi espina. Sudor nos cubría a ambos, su piel resbaladiza contra mi espalda, olor a sexo crudo: coño mojado, mi precum filtrándose de la jaula, su sudor salado goteando en mi nuca.

Me giró y se sentó en mi polla… no, en la jaula. Frotó su coño contra el metal, gimiendo: «Mira cómo me corro con tu polla inútil encerrada». El chapoteo era obsceno, sus jugos empapando la jaula, mi piel. «Suplica, Pablo». «Por favor, Ama, fóllame más, humíllame, soy tuyo». Azotó mi culo, palmadas que resonaban y ardían, dejando huellas rojas. Sacó el strap-on y me obligó a chuparlo, sabor a mi culo y lubricante en mi boca, mientras ella se corría encima de mi cara, chorros calientes salpicando mis labios. «Traga, putito. Saborea mi corrida».

Finalmente, me liberó la jaula. Mi polla saltó libre, hinchada, venas palpitando. «No te corras hasta que yo diga». Me masturbó con mano experta, edging una vez más: al borde, deteniéndose, mi cuerpo temblando. «Confiesa: ¿te pone ser mi esclavo?». «Sí, joder, me pone a mil la humillación». Entonces, montó mi polla, su coño apretado envolviéndome, caliente y resbaladizo. Cabalgó fuerte, tetas botando, uñas en mi pecho. Gemidos suyos, mis súplicas: «Más fuerte, Ama, no pares». El clímax la golpeó primero, coño contrayéndose, chorros mojando mis huevos. «Ahora tú, cornudo. Córrete dentro de mí». Exploto, semen bombeando en oleadas, placer cegador mezclado con la culpa de ser tan sumiso. Ella se corrió de nuevo, riendo, mientras yo jadeaba, roto y completo.

(Clímax: aprox. 650 palabras)

Al final, Valeria se acurrucó contra mí un rato, su cuerpo sudoroso pegado al mío, pero pronto volvió a su rol. «Buen chico, Pablo. Has sido perfecto». Me besó la frente, dulce pero cruel, y me puso la jaula de nuevo mientras mi polla aún goteaba. «Esto es tu lugar: encerrado, mío. Mañana, más tareas. ¿Entendido?». Asentí, con placer culpable latiendo en mi pecho. Me vestí y salí, la frustración volviendo, pero sabiendo que volvería por más. Ella me tenía enganchado, y eso me excitaba más que nada.

Joder, si supieras lo que es rendirse así… me pone cachondo solo de recordarlo, pensando en la próxima vez que me abra esa puerta y me rompa un poco más.

(Cierre: aprox. 250 palabras. Total: aprox. 2300 palabras)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba