Relatos de dominación

Ama Cruel en Dominación Femenina: Castidad, Pegging y Humillación Total de su Esclavo Sumiso sin Piedad

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que acabaría así, de rodillas por una tía que me tenía pillado desde el primer vistazo. Se llama Carla, una morena de curvas que te dejan seco, con ojos que te clavan como si ya supiera todos tus secretos sucios. Mide como 1,70, pero con tacones parece una diosa cabrona, de esas que te miran y sientes que te desnudan el alma. Yo soy Pablo, un tipo normal de 32 años, currando en una oficina de mierda en Madrid, soltero y con una vida sexual que se resume en pajas rápidas viendo porno de femdom en el baño. Siempre he sido el reprimido, el que fantasea con rendirse, pero nunca lo he dicho en voz alta. Hasta que la conocí en una app de ligoteo, Tinder o lo que sea, hace tres meses.

Al principio fue todo normal, fotos, chats inocentes. Pero ella soltó la bomba en la tercera cita, en un bar cutre del centro. Llevaba un vestido negro ajustado que marcaba su culo redondo y sus tetas firmes, y yo no podía dejar de mirarla. «Oye, Pablo, ¿tú eres de los que mandan o de los que obedecen?», me dijo con una sonrisa que me puso la polla tiesa al instante. Me quedé mudo, sudando como un idiota. Ella se rio, se acercó y me susurró al oído: «No me mientas, chaval. Sé que me miras como si quisieras lamer el suelo que piso». Joder, me tenía pillado. Esa noche, en su piso, me contó que era dómina aficionada, que le molaba el control total. Yo, con el corazón a mil, le confesé mis fantasías: quería que me dominara, que me rompiera el ego. Establecimos reglas claras –la palabra de seguridad era «rojo», y si la decía, todo paraba–. Consentimiento total, nada de locuras sin acuerdo. Pero una vez que empecé, no quise parar. Sabía que me iba a joder la cabeza, y eso me ponía más cachondo aún.

Desde ese día, Carla se convirtió en mi Ama. Me mandaba mensajes a cualquier hora: «Envíame una foto de tu polla flácida, putito». Yo obedecía, empalmado solo de pensarlo. Era tremenda, segura de sí misma, una cabrona que no pedía permiso para nada. Me ponía malo solo de oler su perfume cuando entraba en la habitación, como si ya supiera que me tenía comiendo de su mano. Y yo, el pringado reprimido, me rendía porque esa pérdida de control me hacía sentir vivo, joder. Cada encuentro escalaba, y yo solo quería más.

El juego empezó de verdad una semana después, en su salón. Llegué nervioso, con el paquete en los calzoncillos apretando como loco. Ella estaba sentada en el sofá, con leggings negros que se pegaban a sus muslos gruesos y una camiseta que dejaba ver el piercing en el ombligo. «Arrodíllate, Pablo. Ya no eres un hombre aquí, eres mi perrito», me ordenó con voz firme, sin mirarme siquiera. Me tiré al suelo, el corazón latiéndome en la polla. «Buen chico. Ahora, confiesa: ¿qué es lo que más te pone de una tía como yo?». La miré, rojo como un tomate, y balbuceé: «Que me controles, Ama. Que me hagas suplicar». Ella se rio, una risa que me helaba y me calentaba a la vez. «Qué patético. Pero me encanta. Desnúdate, vamos a ver si tu polla merece mi atención».

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Me quité la ropa temblando, y ahí estaba, empalmado del todo, la verga tiesa apuntando al techo. Carla se acercó, me miró con desprecio fingido –o no tan fingido– y dijo: «Esto ya no te pertenece, putito. Es mío para jugar». Sacó una jaula de castidad de un cajón, un artilugio de metal frío que me aterrorizó y excitó a partes iguales. «Póntela tú mismo. Y no te corras, o te castigo». Intenté protestar, pero su mirada me calló. Encajé la polla dentro, el clic del candado fue como una sentencia. La frustración fue inmediata: la sangre intentaba hincharme, pero no podía, solo presión dolorosa y un calor que me subía por el cuerpo. Mentalmente, era peor: cada vez que pensaba en follarla, la jaula me recordaba que era su propiedad. «Ahora, adórame los pies», ordenó, quitándose las zapatillas. Sus pies eran perfectos, uñas rojas, olor a sudor ligero del día. Me arrastré y empecé a lamer, chupando los dedos como un hambriento. Sabían a sal y a ella, y yo gemía bajito, la jaula apretando más. «Más profundo, lame entre los dedos, perra. Imagina que es mi coño, pero ni en sueños lo tocas hoy».

La semana siguiente, la cosa escaló. Me tenía en jaula permanente, solo me la quitaba para inspeccionarla. «Mírate, Pablo, tu polla enjaulada por mí. ¿Te excita saber que no te corres sin mi permiso?». Joder, sí. Me tenía loco, suplicando en mensajes: «Por favor, Ama, déjame tocarme». Ella respondía con fotos de su culo en bragas, o de sus tetas, y yo me volvía loco de frustración. Una noche, en su habitación, me obligó a edging. Me quitó la jaula por fin, mi polla saltó libre, hinchada y sensible. «Tócate, pero despacio. Al borde, y paras». Lo hice, masturbándome lento, sintiendo cómo subía el orgasmo, el glande mojado de precum. «Para, putito. Mírame mientras me toco yo». Se quitó las bragas, abrió las piernas y se frotó el coño depilado, los labios hinchados y brillantes. Oía el chapoteo de sus dedos, su olor a excitación llenaba la habitación. Yo al borde, suplicando: «Ama, por favor, déjame correrme». «Ni lo sueñes. Tu placer es mío». Me dejó así una hora, edging una y otra vez, hasta que lloriqueaba, la polla latiendo en el aire. La humillación me quemaba por dentro, pero era lo que me ponía a mil: saber que ella controlaba hasta mi último gemido.

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No paró ahí. Me mandaba tareas degradantes para romperme el ego. «Limpia mi baño desnudo, con la jaula puesta, y envíame fotos». Yo lo hacía, de rodillas fregando el suelo, la verga encerrada rozando el frío. O «Pide permiso para mear, perrito». Al principio me resistía, pero su voz al teléfono, «Hazlo o te ignoro una semana», me doblegaba. Una vez, me hizo confesar fetiches en voz alta: «Dime, ¿te pone ser cornudo? ¿Ver cómo me follo a otro?». Tragué saliva, la polla tirando de la jaula. «Sí, Ama. Me pone que me humilles así». Ella sonrió, malvada. «Bien, porque esta noche vas a ver».

El desarrollo de su dominación me tenía enganchado, cada paso un escalón más profundo en la sumisión. La tensión psicológica era brutal: no era solo el físico, era saber que me había rendido, que mi ego se deshacía con cada orden. Y joder, me excitaba más que cualquier polvo vanilla.

Llegó el clímax una noche de viernes, cuando todo explotó en una escena que no olvidaré. Carla me citó en su piso, y al entrar, vi que no estaba sola. No, era solo ella, pero con el arnés puesto, el strap-on negro de 18 cm colgando entre sus piernas. «Esta noche te follo yo, putito. Prepárate». Me desnudó, me puso a cuatro patas en la cama, la jaula aún puesta. Primero, adoración: «Chupa mi coño hasta que me corra». Me enterré entre sus muslos, lamiendo su clítoris hinchado, saboreando el jugo salado y dulce que chorreaba. Oía sus gemidos, «Sí, lame más fuerte, perra», mientras me tiraba del pelo. Su olor era intenso, sudor mezclado con excitación, y yo gemía contra su carne, la jaula apretando mi polla dolorida. Me corrí ella dos veces, temblando, pero a mí ni un roce.

Luego, la humillación cornuda. Sacó el móvil y puso un vídeo: ella follando con un tío musculoso la semana pasada. «Mira cómo me penetra de verdad, no como tu polla patética». Yo observaba, hipnotizado, viendo su coño tragándose esa verga gruesa, sus gemidos reales. «Ahora, lame mi culo mientras miras». Me posicioné, lengua en su ano apretado, oliendo su sudor íntimo, mientras en la pantalla ella gritaba de placer. «Imagina que eres él, pero no lo eres. Eres el cornudo que limpia después». La excitación me nublaba, la jaula un tormento constante, mi mente gritando por liberación.

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Quitó la jaula por fin, mi polla saltó, roja y latiendo. «Edging otra vez, y luego te follo». Me masturbé al borde, suplicando, el precum goteando. «Para. Ahora, el strap-on». Me untó lubricante en el culo, frío y resbaladizo. La punta presionó mi entrada, y empujó despacio. Dolor al principio, como fuego, pero luego placer prohibido, dilatándome centímetro a centímetro. «Gime para mí, putito. Siente cómo te poseo». Entró del todo, el arnés chocando contra mis nalgas, y empezó a bombear, fuerte y rítmico. El chapoteo del lubri, mis gemidos ahogados, sus azotes en mi culo rojo –»¡Más fuerte, Ama!»–. Tacto de su piel sudorosa contra la mía, uñas clavándose en mis caderas, tirando de mi pelo para arquearme. Olores por todos lados: su sudor salado, mi culo abierto, el lubri almizclado. Sonidos: el slap-slap de sus caderas, mis súplicas «No pares, joder», sus risas crueles. Sabores: cuando me obligó a chupar el strap-on después, amargo de mí mismo, mezclado con su coño de antes.

Pero el pico fue cuando me volteó, se subió encima y me cabalgó con el strap-on aún dentro, frotando su coño contra mi polla expuesta. «No te corras hasta que yo diga». Edging extremo, mi verga rozando su humedad, latiendo al borde. Ella se corrió gritando, su jugo empapándome, y solo entonces: «Córrete, perra». Exploto, semen caliente salpicando su vientre, chorros interminables, el placer tan intenso que dolía. Sensaciones internas: el culo dilatado palpitando, la polla exhausta pero libre al fin, la humillación amplificando todo –saber que era suyo, que me había roto y reconstruido en su sumiso.

Al final, nos derrumbamos, sudorosos y jadeantes. Carla me acarició la cabeza, dulce pero cruel: «Buen chico, has sido perfecto. Pero recuerda, tu jaula vuelve mañana. Eres mío, para siempre». Yo, con placer culpable, asentí: «Sí, Ama. No quiero ser de otra forma». Me sentía en paz, excitado aún por la idea de más. Y mientras me vestía, ella susurró: «La próxima vez, te hago lamer de un cornudo de verdad. Prepárate para suplicar por eso».

Joder, solo de recordarlo me pongo duro. ¿Y tú, lector? ¿Te imaginas en mi lugar, con ella mandando?

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