Relatos de dominación

Ama Cruel en el Jardín: Dominación Femenina, Femdom y Pegging con Strap-On para Esclavo Cornudo en Castidad, Humillación de Pies y Adoración hasta su Completa Rendición

La Jaula de la Dómina

Joder, nunca pensé que una tía como ella me pondría de rodillas tan rápido. Me llamo Alex, un tipo normal de veintiocho años, de esos que curra en una oficina cutre en Madrid, sale con los colegas los fines de semana y se empalma solo con un buen porno en la intimidad. Siempre he sido un poco reprimido, ¿sabes? Fantaseo con mujeres que manden, que me hagan sentir pequeño y cachondo al mismo tiempo, pero en la vida real nunca he dado el paso. Hasta que la conocí a ella: Valeria. La tía estaba tremenda, con curvas que te dejaban babeando, pelo negro largo que le caía como una cascada salvaje y unos ojos verdes que te clavaban como si ya supieran todos tus secretos. Era segura de sí misma, de esas cabronas que caminan por la calle como si el mundo les debiera algo, y joder, me ponía malo solo de mirarla.

Nos conocimos en una app de citas, de las que usas cuando estás aburrido y con ganas de algo más que un polvo rápido. Su perfil era directo: «Busco sumisos que sepan su lugar. Si no aguantas, pasa de largo». Me picó la curiosidad, le escribí un mensaje torpe, y para mi sorpresa, respondió. Quedamos en un bar cutre del centro, y desde el minuto uno, supe que me tenía pillado. Llevaba un vestido negro ajustado que marcaba su culo redondo y sus tetas perfectas, y cuando se sentó frente a mí, cruzó las piernas y me miró de arriba abajo como si me estuviera evaluando para un curro de mierda. «Cuéntame, Alex, ¿qué te trae por aquí? ¿Eres de los que sueñan con que una mujer te pise el cuello?». Me quedé mudo un segundo, pero su risa ronca me desarmó. Hablamos de todo: de mis fantasías reprimidas, de cómo me ponía imaginarme sirviendo a alguien como ella. Yo, nervioso, confesando que siempre he sido un pringado en el sexo, que me excita la idea de rendirme. Ella, sonriendo con esa maldad que te hace temblar, me dijo: «Si quieres jugar, hay reglas. Yo mando, tú obedeces. Y tenemos una palabra de seguridad: rojo. Si la dices, paramos todo. ¿Entendido, putito?». Asentí como un idiota, con la polla ya medio dura solo de oírla. Esa noche no follamos, pero me dejó con un beso en la mejilla y un mensaje: «Mañana vienes a mi piso. Desnudo y listo para mí».

Al día siguiente, llegué a su ático en un barrio pijo, sudando como un cerdo. Ella abrió la puerta en lencería roja, con tacones que la hacían parecer una diosa cabrona. «Entra y quítate la ropa, ahora», ordenó, y yo lo hice sin pensarlo dos veces. Estaba empalmado como nunca, mi polla tiesa apuntando al techo, pero ella solo se rio. «Mira qué patético. Ya eres mío, Alex. Tu polla ya no te pertenece». Me arrodillé en su salón, con el corazón latiendo a mil, y supe que esto iba en serio. Valeria era jodidamente atractiva, con esa piel morena que olía a perfume caro y sudor sutil, y su voz, grave y mandona, me tenía loco. Empezó el juego despacio, haciendo que le sirviera un vino mientras yo gateaba desnudo. «Buen chico», me dijo, acariciándome la cabeza como a un perro. Sabía que me tenía pillado, y yo, el muy cabrón, me excitaba más por esa humillación que por cualquier caricia.

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La cosa escaló rápido. Al principio, eran órdenes simples: «Límpiale las botas con la lengua, putito». Me ponía de rodillas y lamía el cuero, oliendo su aroma mezclado con el mío de excitación, mientras ella se reía y me pisaba la polla con el tacón, no fuerte, pero lo justo para que doliera y me pusiera a mil. «Mírate, Alex, un tío normalito convertido en mi perrito. ¿Te gusta que te humille así?». Yo balbuceaba un sí, rojo de vergüenza, pero mi polla goteaba pre-semen solo de oírla. Luego vino lo de la jaula. Me trajo una cajita de metal fría, y me ordenó: «Métete esto. Tu placer es mío ahora». Era una jaula de castidad, pequeña y cruel, que me aprisionaba la polla en cuanto se cerró con llave. Joder, la frustración fue inmediata: sentía cómo se hinchaba contra las barras, latiendo inútilmente, pero no podía tocarme. «Llora todo lo que quieras, pero no te corres sin mi permiso», me dijo, colgándose la llave al cuello como un collar. Caminaba por el piso con esa gracia felina, y yo, encadenado a sus pies, la seguía con la mirada, deseando que me liberara aunque fuera un segundo.

La dominación psicológica era lo que me rompía de verdad. Una noche, me hizo confesar todos mis fetiches mientras estaba de rodillas, con la jaula apretándome como un puño. «Dime, Alex, ¿qué te pone más? ¿Que te folle el culo como a una putita o que te haga limpiar mi coño después de follar con otro?». Me ardía la cara, pero se lo solté todo: mis sueños de ser cornudo, de lamerla mientras ella gemía por otro. Ella se reía, tirándome del pelo para que la mirara. «Eres un degenerado, pero eso me encanta. Hoy vas a adorarme el culo». Me obligó a tumbarme boca arriba, y se sentó en mi cara, su culo redondo y firme aplastándome. Olía a ella, a sudor y a esa humedad que me volvía loco. «Lame, putito, lame como si fuera tu cena». Saqué la lengua y la hundí entre sus nalgas, saboreando su piel salada, lamiendo su ano apretado mientras ella se movía, gimiendo bajito. Mi polla luchaba en la jaula, hinchada y dolorida, pero no podía correrme. Me tenía al borde, suplicando: «Por favor, Valeria, déjame tocarme». Ella solo se rio: «Ni lo sueñes. Suplica más, que me pone».

Otro día, subió la apuesta con edging. Me ató las manos a la espalda y me sacó la jaula por fin, mi polla saltando libre, dura como una piedra. «Te voy a llevar al límite, Alex. Pero no te corres». Me masturbaba despacio con sus uñas pintadas rozándome el glande, parando justo cuando sentía que iba a explotar. «Mírame mientras te torturo», ordenaba, y yo la miraba, sus tetas subiendo y bajando, su coño depilado brillando de humedad. Lo hizo una y otra vez, hora y media de puro infierno: mi polla latiendo, bolas hinchadas, yo suplicando como un idiota. «¡Por favor, dómina, déjame correrme! ¡Te lo ruego!». Ella negaba con la cabeza, sonriendo: «Tu orgasmo es mío. Gime para mí, putito». La frustración mental era brutal; me excitaba más el saber que ella controlaba hasta mi placer que el roce en sí. Al final, me volvió a poner la jaula, y yo estaba destrozado, pero cachondo como nunca, aceptando que mi ego se rompía con cada orden.

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No paró ahí. Me mandaba tareas degradantes: limpiar su piso desnudo, con la jaula tintineando, o servirle el desayuno en bandeja mientras ella leía, ignorándome hasta que le pedía permiso para mear. «Pide, Alex: ‘Por favor, ama, ¿puedo orinar?'». Lo decía, rojo de vergüenza, y ella decidía si sí o no. Una vez, me hizo esperar tanto que casi me meo encima, y se rio tanto que casi se cae. «Eres patético, pero eso te pone, ¿verdad? Admítelo». Sí, joder, me ponía. La humillación me hacía sentir vivo, como si por fin estuviera en mi lugar. Y luego vino el pegging, que me dejó temblando. Me untó lubricante frío en el culo, preparándome con sus dedos: uno, dos, estirándome mientras yo gemía en el suelo. «Relájate, cornudito. Hoy te follo como mereces». Se puso el strap-on, un artilugio negro y grueso que la hacía parecer una amazona. Me penetró despacio al principio, el dolor quemándome, pero luego placer, un placer prohibido que me hacía jadear. «¡Más fuerte, dómina!», suplicaba yo, y ella embestía, tirándome del pelo, azotándome el culo. «Esto es lo que querías, ¿no? Ser mi putita». El dolor se mezclaba con la excitación de la jaula, mi polla goteando sin alivio, y yo me corría en seco, solo por la sumisión.

La tensión crecía cada día. Una vez, para romperme más, me hizo tarea de cornudo light: me obligó a verla masturbarse pensando en otro. «Mírame, Alex, imagina que es el polla dura de mi ex la que me folla». Se tocaba el coño delante de mí, gimiendo su nombre, y yo, atado, solo podía mirar, la jaula apretándome mientras ella se corría a chorros, salpicándome la cara. «Límpialo, putito. Saborea lo que no es para ti». Lamí su jugo, amargo y dulce, excitado por la humillación pura. Sabía que me tenía enganchado, que mi mente era suya. Cada orden verbal era un clavo en mi ego: «Arrodíllate y huele mi coño, pero no lo toques. Es para hombres de verdad». Yo obedecía, oliendo su aroma almizclado, suplicando más, y ella me negaba, construyendo esa tensión que me volvía loco.

Llevábamos semanas así cuando llegó el clímax. Era una noche de viernes, yo exhausto de la semana, pero ella me citó: «Ven, desnudo y con la jaula puesta. Hoy te rompo del todo». Llegué temblando, y allí estaba, en su dormitorio, con velas y un arnés nuevo. Me quitó la jaula por fin, mi polla saltando hinchada, venas marcadas, goteando. «Hoy te follo hasta que supliques piedad, pero no te corres hasta que yo diga». Me ató las manos a la cama, boca abajo, y empezó con adoración: me obligó a lamer sus pies, chupando cada dedo, oliendo el sudor de sus tacones. «Buen perrito, lame bien». Luego su coño, sentándose en mi cara, ahogándome en su humedad. Sabía a sal y deseo, su clítoris hinchado contra mi lengua mientras ella gemía: «¡Chúpame, putito! Hazme correr». La lamí con furia, sintiendo cómo se contraía, su jugo empapándome la boca, hasta que se corrió fuerte, gritando, clavándome las uñas en el cuello.

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Pero no paró. Se puso el strap-on, más grande esta vez, y me penetró sin piedad. El tacto de su piel sudorosa contra mi espalda, sus uñas hundiéndose en mis caderas, tirándome el pelo para arquearme. «¡Gime para mí, cornudo! Siente cómo te abro el culo». El dolor inicial fue fuego, pero luego placer puro, mi próstata latiendo con cada embestida. Sonidos everywhere: mis gemidos ahogados, el chapoteo del lubricante, sus azotes en mi culo rojo, el tintineo de la cama. Olía a sudor nuestro, a su coño mojado rozándome las bolas, a mi propia excitación reprimida. Ella se movía como una fiera, follándome profundo, y yo suplicaba: «¡Más, dómina, no pares! ¡Me tienes loco!». La humillación me excitaba más: «Eres mi puta, Alex. Di que lo eres». «¡Soy tu puta!», grité, y sentí cómo mi polla latía sin tocarse, al borde.

Volteó, me montó a lo cowgirl pero con el strap, obligándome a mirarla mientras me penetraba. Sus tetas rebotando, sudor goteando de su cuello a su vientre. Me masturbó un poco, edging otra vez, parando justo antes. «Prueba tu propio sabor», ordenó, untando pre-semen en mis labios. Sabía salado, humillante, y me ponía a mil. Luego, sacó el strap y se sentó en mi polla, pero solo para torturarme: cabalgó despacio, su coño apretado envolviéndome, caliente y resbaladizo. «No te corras, putito». Gemía ella, fuerte, sonidos guturales que me volvían loco, mientras yo sentía cada contracción interna, mi polla latiendo dentro, bolas apretadas. Olía a sexo puro, semen pre y su jugo mezclados. Clavó uñas en mi pecho, dejando marcas, y aceleró: chapoteo húmedo, piel contra piel. «¡Ahora, córrete para mí!». Exploté como nunca, chorros calientes llenándola, saboreando mi propia culpa mientras ella se corría encima, su coño ordeñándome, gimiendo mi nombre por fin. Sensación interna brutal: alivio mezclado con sumisión, mi mente rota en placer culpable.

Al final, me desató, pero no me dejó ir. Se acurrucó contra mí, dulce pero cruel, acariciando mi polla flácida. «Eres mío, Alex. Tu jaula vuelve mañana. ¿Entiendes tu lugar?». Asentí, exhausto y feliz, aceptando esa rendición con un placer que me quemaba por dentro. Joder, ser su putito era lo mejor que me había pasado. Y mientras me vestía, ella sonrió: «La próxima vez, te hago lamer de verdad a un cornudo. Prepárate». Me fui con la polla latiendo de nuevo, pensando en lo que vendría, cachondo y atrapado para siempre.

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