Relatos de dominación

Dominación Femenina Femdom: Sumisión Implacable

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que acabaría así, de rodillas ante una tía que me tenía pillado desde el primer vistazo. Me llamo Alex, un tío normal de treinta y pico, con un curro de oficina que me deja medio muerto de aburrimiento y una vida sexual que era puro polvo acumulado. Siempre había sido el típico que fantaseaba con porno femdom en secreto, pero nunca me atrevía a más. Hasta que la conocí a ella: Valeria. La tía era una bomba, de esas que te dejan la polla dura solo con una mirada. Alta, con curvas que mataban – tetas firmes, culo redondo y una piel morena que brillaba como si estuviera untada en aceite. Pelo negro largo, ojos verdes que te clavaban como cuchillos, y una sonrisa de cabrona que decía «te voy a romper». Trabajaba en el gimnasio al que iba, como entrenadora personal, y yo era el pringado que pagaba por que me machacara el cuerpo mientras me ponía a mil con sus shorts ajustados y tops que dejaban poco a la imaginación.

Nos conocimos en una de esas sesiones. Yo sudando como un cerdo en la cinta, ella corrigiendo mi postura con manos firmes. «Más recto, Alex, o no vas a durar nada», me soltó con esa voz ronca, y joder, me temblaron las piernas. Empecé a coquetear torpemente, pero ella lo giró todo. Una tarde, después de entrenar, me invitó a su piso para «una sesión privada». Yo flipé, pensando que iba a caer la del año, pero nada más entrar, me miró de arriba abajo y dijo: «Quítate la camiseta, putito. Quiero ver qué material tengo». Me quedé tieso, pero obedecí. Estaba empalmado como un caballo, y ella lo notó. Se rio, se acercó y me pasó un dedo por el pecho. «Sabes, Alex, apuesto a que eres de los que sueñan con que una mujer como yo te ponga en tu sitio. ¿Me equivoco?» Negué con la cabeza, el corazón latiéndome a mil. «Bien, porque hoy empezamos. Palabra de seguridad: rojo. Si la dices, paramos. Pero no la vas a necesitar, ¿verdad, mi nuevo juguete?»

Me tenía loco desde ese momento. Valeria no era solo guapa; era jodidamente dominante, como si el mundo le perteneciera y yo fuera solo un accesorio. Empezamos suave, con mensajes sucios por WhatsApp: «Envíame una foto de tu polla tiesa, pero no te corras sin mi permiso». Yo, en mi piso solo, obedeciendo como un idiota cachondo, sintiendo esa mezcla de vergüenza y excitación que me ponía la piel de gallina. Sabía que me había pillado, que esa cabrona me había calado en dos patadas. Y lo peor –o lo mejor– es que me encantaba. Era como si toda mi represión reprimida saliera a flote, y ella era la llave. Poco a poco, el juego escaló. Me invitó a su casa de nuevo, y ahí empezó lo serio. «Arrodíllate, Alex. Y no me mires a los ojos hasta que te lo diga». Joder, el pulso se me aceleró, pero lo hice. Sentí su bota rozándome la mejilla, y su olor –sudor mezclado con perfume caro– me invadió. «Buen chico. Hoy vas a aprender quién manda aquí».

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El desarrollo de todo esto fue una puta montaña rusa. Valeria no perdía el tiempo; era directa, cruda, y cada orden suya me hacía sentir más pequeño y más cachondo. La primera noche real, después de esa rodilla en el suelo, me mandó desnudarme del todo. Yo ahí, tieso como una tabla, la polla latiendo en el aire, y ella sentada en el sofá con las piernas cruzadas, bebiendo vino como si nada. «Mírate, putito. Empalmado solo por obedecerme. Tu polla ya no te pertenece; es mía. ¿Entiendes?» Asentí, la boca seca. Me obligó a confesar mis fetiches, uno por uno. «Dime, Alex, ¿qué te pone de verdad? ¿Quieres lamer mis pies después de un día sudado?» Lo admití todo, rojo de vergüenza, y ella se reía, rompiéndome el ego con palabras que dolían y excitaban a partes iguales. «Eres patético, pero eso me encanta. Un tío normalito como tú, suplicando por ser mi perrito».

Al día siguiente, subió la apuesta. Me compró una jaula de castidad online –un cacharro de metal frío que me encerró la polla como un criminal. «Póntela, ahora». La frustración fue inmediata: mi verga hinchándose contra las barras, doliendo como el demonio, pero sin poder liberarse. «Vas a llevarla una semana, puto. Cada vez que te empalmes pensando en mí, vas a recordar quién te controla». Joder, era una tortura mental brutal. Iba al curro con la polla presa, sintiendo cada roce de la ropa como una promesa de alivio que no llegaba. Por las noches, me mandaba fotos suyas en lencería, o videos cortos tocándose, y yo suplicaba por mensajes: «Por favor, Ama, déjame correrme». Ella respondía: «Ni lo sueñes. Mírame mientras me corro pensando en otro tío que sí puede follarme como se debe». Esa humillación me mataba, pero me ponía más a mil que nunca. El edging vino después: me obligaba a masturbarme al borde, durante horas, con la jaula quitada solo para torturarme. «Tócate despacio, Alex. Llega al límite y para. Si te corres, te castigo». Lo hacía, jadeando, el cuerpo temblando, suplicando como un desesperado. «¡Por favor, Valeria, no pares! ¡Me tienes loco!» Ella solo sonreía, controlándolo todo.

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Luego vinieron las tareas degradantes. Me hacía servirla desnudo, solo con la jaula puesta, limpiando su piso mientras ella se relajaba. «Limpia el baño, putito, y hazlo a cuatro patas». Yo de rodillas, fregando, la polla goteando precum en el suelo porque oler su colonia en la ropa me volvía loco. Una vez, me obligó a adorar sus pies: se quitó las zapatillas después de entrenar, pies sudorosos y calientes, y me los puso en la cara. «Olerlos, lame cada dedo. Saborea el sudor de tu Ama». El sabor salado, el olor a cuero y piel, me tenía al borde de la locura. Lamía como un poseso, la lengua recorriendo sus plantas, chupando los talones mientras ella gemía de placer. «Buen chico, eso es. Tu lengua es para servirme». Pero no paró ahí. El pegging fue el siguiente nivel. Me compró un strap-on enorme, negro y grueso, y me preparó con lubricante frío. «De rodillas, culo en pompa. Hoy te follo como a una perra». El dolor inicial fue bestia, esa punta abriéndose paso en mi culo virgen, pero luego vino el placer retorcido, mi próstata latiendo con cada embestida. «¡Gime para mí, cornudo! Siente cómo te poseo». Yo gritaba, la jaula apretándome la polla hinchada, y ella tiraba de mi pelo, clavándome las uñas en la espalda. «Esto es lo que eres: mi puta personal».

La dominación psicológica era lo que me rompía de verdad. Me hacía confesar cosas que ni a mí mismo me admitía: «Dime, Alex, ¿te excita imaginarme con otro? ¿Ser mi cornudo mientras te tengo encerrado?» Lo confesé todo, y ella lo usaba. Una noche, trajo a un tío del gimnasio –un macizo con polla grande– y me obligó a mirar desde una esquina, atado, la jaula doliéndome. «Mira cómo me folla de verdad, putito. Tú solo sirves para limpiar después». Los gemidos de ella, el chapoteo de sus cuerpos, me humillaban hasta el núcleo, pero mi polla intentaba liberarse de la jaula como loca. Después, me hizo lamer su coño chorreante de semen ajeno, el sabor amargo y salado mezclándose con su jugo dulce. «Traga, cornudo. Esto es tu sitio». Cada paso escalaba la tensión, rompiéndome el ego y reconstruyéndolo en torno a ella. Me tenía pillado, joder, y lo sabía.

El clímax llegó una noche que no olvidaré nunca. Valeria me citó en su piso, vestida solo con un corsé negro que le apretaba las tetas y un tanga que apenas cubría su coño depilado. «Hoy te voy a destrozar, Alex. Quítate todo y arrodíllate». Obedecí, el corazón martilleándome, la jaula ya quitada pero con órdenes de no tocarme. Me ató las manos a la espalda con unas esposas suaves, me tiró del pelo para que la mirara. «Vas a adorarme entera, putito. Empieza por mis pies». Lamí sus pies otra vez, subiendo por las piernas, el olor a sudor fresco invadiéndome. Ella se recostó en la cama, abriendo las piernas. «Ahora mi coño. Chúpalo hasta que me corra en tu cara». Me enterré entre sus muslos, la lengua hundiéndose en su coño mojado, saboreando ese néctar salado y dulce que me volvía loco. Olía a excitación pura, a mujer en control, y sus gemidos –»¡Sí, lame más profundo, perra!»– resonaban en mi cabeza. Clavó las uñas en mi cuero cabelludo, tirando fuerte, mientras su coño palpitaba contra mi boca. Se corrió gritando, inundándome la cara con jugos calientes, y yo tragué todo, la polla latiendo sin control.

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Pero no paró. «Ahora el strap-on. Culo arriba». Me penetró despacio al principio, el dildo grueso abriéndose paso, el dolor quemando como fuego pero convirtiéndose en placer cuando rozó mi próstata. «¡Fóllame más fuerte, Ama!», supliqué, y ella obedeció, embistiendo con fuerza, el chapoteo del lubricante mezclándose con mis gemidos ahogados. Su sudor goteaba en mi espalda, piel contra piel resbaladiza, y el olor –sudor, coño, mi propio miedo excitado– llenaba la habitación. Me azotó el culo con la mano libre, sonidos secos y ardientes, dejando marcas rojas que dolían deliciosamente. «Eres mío, cornudo. Dilo». «¡Soy tuyo, Valeria! ¡Tu puta!» Ella se rio, acelerando, y me obligó a edging con una mano en mi polla: «Tócate al borde, pero no te corras». La polla latía en mi puño, hinchada, el semen acumulándose, pero paraba justo antes, suplicando. Finalmente, me dejó correrme, pero solo después de que ella se corriera de nuevo frotándose el clítoris mientras me follaba. El orgasmo fue brutal: semen saliendo a chorros, caliente y espeso, mientras mi culo se contraía alrededor del strap-on. Saboreé el sudor de su piel cuando me obligó a lamer sus tetas, y la humillación final –»Limpia tu semen del suelo, putito»– me hizo correr de nuevo, el taboo quemándome por dentro.

Al final, exhaustos, ella me desató y me acurrucó contra su pecho, dulce pero cruel. «Has sido bueno, Alex. Pero esto no acaba aquí. Tu jaula vuelve mañana, y yo decido cuándo sales». Asentí, el placer culpable invadiéndome, sabiendo que mi lugar era a sus pies, rendido y cachondo por su control. Joder, qué cabrona; me tenía enganchado para siempre.

Y mientras me dormía oliendo su aroma, pensé: ¿quién coño necesita libertad cuando rendirse a ella es el mejor jodido subidón?

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