Relatos de dominación

Intensa Dominación Femenina Femdom: Sumisión Total

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llama Laura, y la conocí en una app de citas, de esas donde la gente busca algo más que un polvo rápido. Yo soy un tipo normal, de esos que curran de nueve a cinco, con una vida aburrida y una polla que se empalma con cualquier cosa pero que nunca ha probado nada fuera de lo vanilla. Cachondo reprimido total, de los que se mean solo pensando en rendirse a alguien que mande de verdad. Ella, en cambio, era una bomba: morena con curvas que te dejaban babeando, ojos verdes que te taladraban el alma y una sonrisa de cabrona que decía «te voy a romper, putito». La vi en las fotos y supe que me tenía jodido. «Ven a mi casa si te atreves», me escribió después de un par de chats donde solté que me ponía a mil la idea de que una mujer me controlara. Yo, con el corazón en la garganta, acepté. Llegué nervioso, sudando como un pollo, y ahí estaba ella, en shorts ajustados y una camiseta que marcaba unas tetas perfectas, descalza en el salón de su piso en el centro.

«¿Eres el perrito que busca ama?», me dijo con esa voz ronca, riéndose mientras me escaneaba de arriba abajo. Me puse rojo como un tomate, pero mi polla ya empezaba a traicionarme. Nos sentamos en el sofá, charlando, y ella fue directa: «Mira, chaval, si entras en esto, hay reglas. Yo mando, tú obedeces. Palabra de seguridad: ‘rojo’ si algo va mal. ¿Lo pillas?». Asentí como un idiota, excitado solo por su tono. Me contó que le molaba el femdom, romper tíos como yo, hacerlos suplicar. Yo le confesé mis fantasías reprimidas: adorar pies, jaulas, humillaciones que me hagan sentir pequeño. «Qué mono», se burló, cruzando las piernas y dejando que viera sus uñas pintadas de rojo. Esa noche no pasó nada físico, solo besos donde ella mordía mi labio y me susurraba «ya eres mío». Me fui a casa con la cabeza loca, empalmado durante horas, sabiendo que la había cagado: estaba enganchado a esa cabrona jodidamente atractiva.

Al día siguiente me mandó un mensaje: «Ven con ropa interior limpia y nada más debajo. Y tráete tu propia jaula si la tienes; si no, te pongo una yo». Joder, ¿jaula? Había leído sobre eso en foros, pero nunca lo había probado. Compré una de plástico barata en una sex shop, temblando al pagar. Cuando llegué, ella me abrió la puerta en lencería negra, con un arnés ya puesto y una sonrisa malvada. «Desnúdate, putito. Vamos a ver si aguantas». Me quité la ropa como un autómata, mi polla tiesa apuntando al techo. Ella se rio, cogiendo la jaula de mi mano. «Patético. Esto ya no es tuyo, ¿entiendes? Tu polla me pertenece ahora». Me obligó a sentarme en el borde de la cama, y con manos expertas, me la metió fría y apretada. El clic del candado fue como un puñetazo en el estómago: frustración pura, mi erección luchando contra las barras, doliendo de cojones. «Ahora eres mi perrito enjaulado», dijo, tirando de la cadena que colgaba. Me ponía malo de excitación y rabia; quería correrme ya, pero ella solo me miró con desdén. «Pide permiso para todo, ¿vale? Ni cagas sin mi orden».

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Desde ese día, el juego escaló paso a paso, y joder, me tenía loco. Empezó con órdenes verbales que me humillaban hasta el hueso. Una tarde, después de curro, me planté en su piso de rodillas en la entrada, como me había mandado por WhatsApp. «Arrodíllate, putito, y dime lo patético que eres», soltó mientras se quitaba los tacones. Yo balbuceé: «Soy un perdedor, Ama, solo sirvo para lamerte». Ella se rio, apoyando un pie en mi hombro. «Bien, ahora adórame los pies. Han estado sudados todo el día». Olía a cuero y sal, ese aroma terroso que me volvía loco. Lamí sus dedos, chupando cada uno como si fuera mi última comida, sintiendo la piel suave contra mi lengua. «Más profundo, cerdo. Imagina que es mi coño». Mi jaula se apretaba más, el dolor mental era peor: me excitaba ser su felpudo, confesarle que soñaba con eso desde chaval. Ella gemía bajito, tocándose por encima de las bragas, pero negándome cualquier roce. «No te corras, eh. Tu placer es mío».

La dominación psicológica era lo que más me rompía. Una noche, me tuvo desnudo salvo la jaula, sirviéndole copas mientras ella veía Netflix. «Cuéntame tus fetiches sucios, sumiso. Todo». Me senté a sus pies, rojo de vergüenza, y solté: «Me pone adorarte el culo, Ama. Olerte, lamerte mientras tú… follas con otro». Ella arqueó una ceja, divertida. «Cornudo en potencia, ¿eh? Tu ego es una mierda; yo decido cuándo te tocas, si es que alguna vez». Me obligó a confesar más: cómo me masturbaba pensando en ser humillado, cómo odiaba y amaba sentirme débil. Cada palabra era un clavo en mi orgullo, pero mi polla latía contra la jaula, traicionándome. Luego vinieron las tareas degradantes. Me mandaba limpiar su piso en cuatro patas, desnudo, con un tapón en el culo que ella insertaba con lubricante frío. «Limpia bien, perra, o te azoto». Servía la cena en bandeja, pidiendo permiso para comer yo. «Gracias, Ama, por permitírmelo», decía, y ella solo reía: «Eres mi juguete, nada más».

La tensión subió con el edging. Dios, eso fue brutal. Una sesión entera dedicada a llevarme al límite. Me ató las manos a la espalda, quitó la jaula por primera vez en días –mi polla saltó libre, hinchada y sensible–. «Te voy a ordeñar, putito, pero sin correrme. Si lo haces, castigo». Me masturbaba ella misma, lento, con uñas rozando la piel, describiendo cómo se corría pensando en tíos de verdad, no en cornudos como yo. «Mírame mientras me corro pensando en otro», ordenó, tocándose el coño depilado, mojado y brillante. Yo suplicaba: «Por favor, Ama, déjame correrme». Ella aceleraba, paraba justo cuando sentía el pulso en mi polla, riéndose de mis gemidos. Horas así, al borde, sudando, con bolas azules y mente rota. «Tu polla ya no te pertenece; es mi juguete para torturar». Al final, me volvió a encerrar, frustrado hasta las lágrimas, pero excitado como nunca. Esa negación me hacía rogar más, anhelando su control.

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Y no paró ahí. El pegging fue el siguiente paso, cuando ya estaba tan pillado que habría hecho cualquier cosa. «Hoy te follo yo, sumiso. Prepárate el culo». Me untó lubricante, fríos dedos abriéndome, y me puso a cuatro patas en la cama. El strap-on era negro, grueso, y ella se lo ajustó con una sonrisa sádica. «Relájate, puto, o duele más». Empujó lento al principio, el dolor agudo me hizo jadear, pero pronto se mezcló con placer prohibido, mi próstata latiendo. «Gime para mí, como la perra que eres». Follaron fuerte, sus caderas chocando contra mi culo, azotes en las nalgas que ardían. «Siente cómo te poseo, cornudo». Yo gemía, suplicando más, la humillación de ser penetrado me ponía a mil. Ella tiraba de mi pelo, susurrando: «Esto es lo que mereces, no follarme a mí». Me corrí sin tocarme –o casi, porque la jaula estaba fuera–, semen salpicando las sábanas, pero ella no paró hasta que se cansó, dejando mi culo dilatado y palpitante.

La humillación cornudo llegó como un mazazo. Me avisó: «Hoy viene un tío de verdad. Tú miras y limpias después». Llegó Alex, un tipo alto y cachas, y ella lo besó delante de mí, arrodillado en una esquina con la jaula puesta. «Mira cómo me folla, putito. Aprende». Los vi en el sofá: ella montándolo, coño tragándose su polla gruesa, gemidos que me retorcían las tripas. «Dile lo patético que eres», le ordenó a él, y Alex se rio: «Eres un cornudo de mierda». Yo lloraba de rabia y excitación, mi jaula goteando precum. Cuando acabaron, sudorosos y jadeantes, ella me llamó: «Lame, limpio mi coño de su semen». Me arrastré, saboreando la mezcla salada, amarga, su clítoris hinchado contra mi lengua. Olor a sexo ajeno, sabor a humillación. «Buen chico», murmuró, mientras yo lamía también sus muslos, rompiéndome más.

Llegó el clímax esa noche, después de semanas de tortura. Ella me tenía al límite, jaula quitada por fin, atado a la cama con correas en muñecas y tobillos. «Hoy te uso como quiero, sumiso. Prepárate para suplicar». Estaba desnuda, piel bronceada brillando bajo la luz tenue, tetas firmes y coño ya mojado rozando mi muslo. Empezó con adoración: se sentó en mi cara, ordenando «Lame mi coño, puto. Hazme correr». Olía a deseo puro, salado y dulce, jugos empapando mi boca mientras chupaba su clítoris, lengua hundiéndose en pliegues calientes. Gemía fuerte, «Sí, así, cerdo», clavando uñas en mi pecho, dejando marcas rojas que ardían. Mi polla latía libre, rozando su culo al moverme, pero ella controlaba: «Ni se te ocurra correrme sin permiso». El chapoteo de mi lengua en su coño mojado llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos roncos y mis súplicas ahogadas.

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Luego vino el pegging intenso. Se levantó, untó el strap-on con lubricante que olía a vainilla, y me penetró de lado, una pierna sobre mi cadera. «Siente cómo te abro, cornudo». El dolor inicial se fundió en placer abrasador, mi culo dilatado tragando cada embestida, próstata masajeada hasta que vi estrellas. Sus caderas chocaban con un slap-slap sudoroso, piel contra piel pegajosa. Tiró de mi pelo, obligándome a mirarla: «Dime que eres mío». «¡Soy tuyo, Ama! ¡Fóllame más fuerte!», grité, voz quebrada. Olor a sudor nuestro, a coño y lubricante, me invadía. Ella se tocaba mientras me follaba, gimiendo «Me corro pensando en Alex, no en ti», humillándome hasta el núcleo. Mi polla goteaba, bolas tensas, al borde sin tocar.

No paró. Me desató solo para ponerme a cuatro patas, azotando mi culo con una pala de cuero que silbaba en el aire, dejando marcas calientes. «Suplica, putito». «Por favor, déjame correrme dentro de ti», rogué, pero ella rio: «No, hoy te corro yo». Se montó encima, guiando mi polla a su coño empapado –calor envolvente, paredes apretando como un puño–. Cabalgaba salvaje, tetas rebotando, uñas clavándose en mi pecho. Sonidos everywhere: chapoteo de coño tragando polla, sus gemidos guturales «¡Joder, sí!», mis súplicas «¡Ama, no pares!», azotes en mis muslos. Sudor corría por su espalda, salado en mi lengua cuando lamí su cuello. Sensación interna brutal: mi polla latiendo en su calor, venas pulsando, pero ella paraba al borde, edging final. «Siente la humillación, perra. Te corro solo cuando yo diga».

Al fin, me permitió: «Córrete ahora, dentro de mí». Explosión total, semen caliente llenándola, mi cuerpo convulsionando mientras ella se corría encima, coño contrayéndose ordeñándome. Saboreé su sudor besándola, mezclado con el olor almizclado de nuestro clímax. Gemí como loco, placer culpable inundándome, humillado por su control absoluto.

Después, exhaustos en la cama, ella me acarició la mejilla con dulzura cruel: «Has sido un buen sumiso, pero esto no acaba. Tu jaula vuelve mañana; eres mío para siempre». Yo asentí, placer culpable bullendo en mí, aceptando mi lugar como su perrito. Joder, qué adicción. La próxima vez, ¿quién sabe qué cabronada me hará? Me tiene loco, y no quiero salir.

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