Relatos de dominación

Dominación Femenina Total: Ama Cruel Enjaula a Su Esclavo Sumiso en Bogotá, Su Completa Rendición

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me pondría de rodillas tan rápido. Se llamaba Laura, una morena de curvas que te dejaban la polla tiesa solo con una mirada. Alta, con esos ojos verdes que te clavaban como cuchillos, y un culo que parecía esculpido para que lo adoraras. Era de esas cabronas seguras de sí mismas, que sabían exactamente cómo mover el mundo a su antojo. Yo, en cambio, era un pringado normalito: Pablo, treinta tacos, curro de oficina que me tenía harto, y una vida sexual que se resumía en pajas rápidas mirando porno de femdom en el baño. Siempre había fantaseado con rendirme, con que una mujer me pisoteara el ego y me hiciera su juguete, pero nunca lo había confesado a nadie. Hasta que la conocí en una app de ligues, de esas donde la gente busca rollos sin complicaciones.

Empezó como un chat inocente. «Ey, guapo, ¿qué te trae por aquí? ¿Buscas que te dominen o qué?», me soltó de primeras, con un emoji de látigo que me dejó pillado. Yo, nervioso, le conté un poco de mis fantasías, sin entrar en detalles sucios. Ella se rio en voz alta por videollamada, con esa risa ronca que me erizaba la piel. «Mira que eres mono, Pablo. Un cachondo reprimido que quiere que le enseñen quién manda. ¿Has oído hablar de las jaulas de castidad? Porque si vas a ser mío, tu polla ya no es tuya». Joder, me puse a mil solo de oírla. Quedamos en un bar cutre del centro, y allí estaba ella, con un vestido negro ajustado que marcaba sus tetas firmes y sus muslos gruesos. Me miró de arriba abajo como si ya me estuviera evaluando para su colección de sumisos. «Si esto va en serio, hay reglas. Palabra de seguridad: rojo para parar. ¿Entendido, putito?». Asentí como un idiota, con el corazón latiéndome en la polla. Sabía que me tenía pillado desde el minuto uno. Esa noche, en su piso, me hizo arrodillarme y besarle los pies mientras me contaba cómo me iba a romper. «Vas a suplicar por un polvo, pero yo decido si te corres o no. ¿Listo para ser mi perrito?».

La cosa escaló rápido, pero con una tensión que me volvía loco. Al día siguiente, me mandó un paquete: una jaula de castidad de metal, fría y ajustada, con un candado que parecía gritar «propiedad privada». «Póntela ahora mismo y mándame foto, o no vuelves a verme», me escribió. Me temblaban las manos mientras me la encajaba. Joder, era pequeña, apretaba mi polla semi-dura hasta que se encogía, frustrándome de entrada. Cada vez que intentaba empalmarme pensando en ella, el metal me mordía, un dolor sordo que me recordaba quién mandaba. «Buen chico», me respondió con la foto. «Ahora, ven a mi casa. Desnudo, excepto la jaula».

READ  Ama Cruel en Femdom: Sumiso en Jaula de Castidad, Humillación con Strap-On y Adoración de Pies para su Completa Rendición

Llegué sudando, con la polla latiendo contra las barras, rogando por libertad. Ella me abrió la puerta en lencería roja, con tacones que la hacían parecer una diosa cabrona. «Arrodíllate, putito. Y no me mires a los ojos hasta que te lo diga». Obedecí, el suelo frío contra mis rodillas, y ella se sentó en el sofá, cruzando las piernas. «Primera lección: adoración. Empieza por mis pies». Extendió un pie, con las uñas pintadas de negro, y me lo acercó a la cara. Olía a sudor ligero del día, mezclado con su perfume caro. «Lámelos, chúpame los dedos como si fuera tu cena». Me lancé, la lengua recorriendo su arco, saboreando la sal de su piel. Joder, me ponía malo de excitación, pero la jaula me torturaba, mi polla hinchándose inútilmente, goteando pre-semen que no podía tocar. Ella gemía bajito, disfrutando mi humillación. «Qué patético eres, Pablo. Lamiendo pies como un perro mientras tu polla sufre. Dime, ¿te excita ser mi esclavo?».

Confesé todo, con la voz ronca: «Sí, Ama, me pone a mil. Quiero que me controles». Ella se rio, tirándome del pelo para que subiera. «Buen chico. Ahora, el culo. Ven aquí». Se giró, bajándose las bragas y arqueando la espalda. Su culo era perfecto, redondo y firme, con un olor almizclado que me volvía loco. «Olerlo primero. Respira hondo, puto». Hundí la nariz entre sus nalgas, inhalando su esencia, el calor de su piel contra mi cara. Luego, lamer: la lengua deslizándose por su raja, saboreando su sudor y el leve dulzor de su coño cerca. Ella se tocaba mientras, gimiendo: «Más adentro, lame mi ano como si fuera tu religión». Yo obedecía, la polla palpitando en la jaula, un edging involuntario que me dejaba al borde sin poder correrme. «Suplica por más, Pablo. Dime que eres mío».

La dominación psicológica era lo que más me jodía el cerebro. Una noche, me obligó a confesar mis fetiches más oscuros mientras me tenía de rodillas, con las bolas atadas a una cuerda que ella tiraba. «Cuéntame, ¿fantaseas con ser cornudo? ¿Te excita imaginarme follando con otro?». Negué al principio, pero ella apretó la cuerda, un dolor agudo que me hizo jadear. «Miente y te castigo. Sé que sí, putito. Admítelo». Confesé, rojo de vergüenza: «Sí, Ama, me pone cachondo pensarte con un tío de verdad, uno que sí pueda follarte como mereces». Ella sonrió, cruel. «Exacto. Tu polla enjaulada no sirve para nada. Solo para sufrir». Me hizo edging esa noche: me sacó la jaula por un rato, me masturbó lento con su mano enguantada, parando justo cuando sentía el orgasmo subir. «No te corras, o te encierro un mes». Supliqué, gimiendo: «Por favor, Ama, déjame…». Pero no, me volvió a encajar, la frustración mental peor que el dolor físico. Cada día pedía permiso para mear, para comer, para todo. «Soy tu dueño, Pablo. Tu ego se rompe aquí».

READ  Femdom Cruel: Control de Orgasmos y Pegging que Doblega al Cornudo Sumiso

Otra vez, tareas degradantes: me hizo limpiar su piso desnudo, con la jaula tintineando, mientras ella se duchaba. «Limpia bien el baño, puto. Y si lo haces mal, te azoto». Serví vino en bandeja, arrodillado, y ella me ignoraba, hablando por teléfono con un ligue. «Sí, estoy con mi perrito. No, no folla, solo mira». La humillación me excitaba tanto que gotas de pre-semen caían al suelo, y ella me obligó a lamerlas. «No desperdicies, cornudo en potencia».

El clímax llegó una noche que no olvidaré. Habíamos escalado: me había comprado un strap-on negro, grueso, con arnés de cuero. «Hoy te follo como a una perra», me dijo, empujándome al dormitorio. Estaba desnuda, el cuerpo brillante de sudor anticipado, tetas pesadas y coño ya mojado reluciendo bajo la luz tenue. Me ató las manos a la cama, boca abajo, el culo en pompa. «Primero, prepárate. Lubrica mi polla con tu boca». Me arrodillé, chupando el strap-on como si fuera una polla real, sintiendo su mano en mi nuca empujando. «Buen chico, toma toda. Imagina que es de un amante de verdad». El olor de su coño cerca, mezclado con el látex, me volvía loco. Luego, me posicionó: un dedo en mi culo primero, lubricado y frío, dilatándome lento. «Relájate, putito. Vas a gemir para mí».

El tacto fue brutal: su piel sudorosa contra mi espalda, uñas clavándose en mis caderas mientras empujaba la punta. Dolor al principio, un estiramiento que me hacía jadear, pero luego placer, un fuego que se extendía desde el culo hasta la jaula. «Mírame mientras te penetro», ordenó, girándome un poco. Sus ojos, fijos en los míos, me humillaban: «Tu culo es mío, Pablo. Siente cómo te abro». Empujó más profundo, el strap-on llenándome, chapoteando con el lube. Sonidos everywhere: mis gemidos ahogados, sus azotes en mis nalgas rojas, el slap de su pelvis contra mí. «¡Más fuerte, Ama! Joder, no pares!», supliqué, la polla latiendo en la jaula, hinchada y azul de necesidad. Olor a sudor nuestro, a su coño excitado rozando mi piel, y cuando se corrió frotándose contra mí, un chorro caliente que salpicó mi espalda, saboreé el aire cargado.

READ  Adoración de Pies Sudados: Lamiendo Tacones de Mi Ama Cruel

Pero no paró. Me desató, me puso de rodillas y se sentó en mi cara. «Adórame mientras sufres». Su coño chorreaba, sabroso y salado, lo lamí con avidez, lengua en su clítoris hinchado, bebiendo sus jugos mientras ella tiraba de mi pelo. «Tu turno de edging, cornudo. Tócate, pero no te corras». Saqué la polla de la jaula por fin, masturbándome furioso, al borde una y otra vez. Ella me miró correrse en su mano, negándome el alivio total: «No, puto. Solo un poco». El semen brotó, espeso y caliente, y ella me obligó a lamerlo de su palma, sabor amargo y humillante que me excitó más. Luego, pegging de nuevo, esta vez de lado, su cuerpo pegado al mío, uñas en mi pecho, gemidos suyos mezclados con mis súplicas. Sensación interna brutal: el strap-on pulsando en mi próstata, ondas de placer que me hacían temblar, la jaula olvidada pero el control total en ella. «Eres mío para siempre, Pablo. Di que lo aceptas». «Sí, Ama, soy tu puta», grité, rompiéndome en éxtasis.

Al final, exhaustos en la cama, ella me recolocó la jaula con un beso en la frente, dulce pero cruel. «Has sido bueno, putito. Pero esto no acaba. Mañana, te enseño lo que es un cornudo de verdad». Yo, jadeando, con el cuerpo dolorido y la mente en paz culpable, asentí. Sabía mi lugar: a sus pies, excitado por la sumisión eterna. Joder, qué adicción tan jodidamente perfecta; ahora, cada jaula es un recordatorio de que sin ella, no soy nada.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba