Relatos de dominación

La Ama Cruel Impone Dominación Femenina con Jaula de Castidad y Pegging sin Piedad

La Jaula de Mi Ama

Joder, todo empezó en una app de citas de esas que usas cuando estás harto de la rutina. Yo era el típico tío normal, treinta y pico, trabajando en una oficina de mierda, con una vida sexual que se resumía a pajearme viendo porno femdom en secreto. Me ponía a mil la idea de una mujer que me pisoteara, que me hiciera sentir pequeño y cachondo a la vez, pero nunca había dado el paso. Hasta que apareció ella: Carla. La foto de su perfil era una bomba: morena con curvas que te dejaban babeando, ojos verdes que miraban como si ya te tuvieran pillado, y una sonrisa de cabrona que prometía problemas. «Si buscas aventuras, yo mando», ponía en su bio. Me empalmé solo de leerlo.

Le escribí un mensaje cutre, algo de «Hola, ¿qué tal?», y ella respondió al momento: «Dime por qué mereces mi tiempo, perrito». Joder, me dejó tieso. Empezamos a chatear, y en dos días ya sabía todo de mí: mis fantasías reprimidas, cómo me excitaba la idea de rendirme a una tía que me controlara la polla. «Eres un sumiso nato, ¿verdad? Uno de esos que se moja los calzoncillos pensando en ser mi juguete». Yo, rojo como un tomate, le confesé que sí, que necesitaba eso. Quedamos en un bar cutre del centro, y allí estaba ella: tremenda, con un vestido negro ajustado que marcaba sus tetas firmes y su culo redondo, tacones que la hacían un metro ochenta de diosa. Me miró de arriba abajo y soltó: «Pareces inofensivo. Perfecto para romperte».

Pagó las copas, me hizo sentarme a sus pies casi literal, y en media hora ya me tenía contándole mis vergüenzas más ocultas. «Si quieres jugar, hay reglas. Yo soy tu Ama, tú mi puto. Palabra de seguridad: rojo para parar. ¿Entendido?». Asentí como un idiota, el corazón latiéndome a mil. Me llevó a su piso esa misma noche, y mientras subíamos en el ascensor, me susurró: «Esta noche pruebas lo que es obedecer de verdad». Sabía que me tenía pillado; mi polla ya estaba dura solo de oler su perfume, mezclado con esa seguridad que me hacía sentir vulnerable. Era jodidamente atractiva, una cabrona que te follaba la mente antes que el cuerpo.

Entramos en su piso, un sitio moderno con luces tenues y un armario lleno de juguetes que me dejó boquiabierto. Me ordenó desnudarme despacio, y yo lo hice, temblando, con la polla empalmada apuntando al techo. Ella se rio, suave pero cruel: «Mira qué patético. Ya estás goteando por mí, y ni te he tocado». Se sentó en el sofá, cruzó las piernas y me miró fijamente. «Arrodíllate, putito. Y no me mires a los ojos hasta que te lo diga». Joder, me arrodillé en el suelo frío, el corazón en la garganta. Ahí empezó todo. Me sentía expuesto, pequeño, pero cachondo como nunca. Ella era mi diosa, y yo solo quería rendirme.

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El desarrollo de esta mierda fue un puto torbellino que me dejó la cabeza hecha un lío y la polla latiendo de frustración. Al día siguiente, después de esa primera noche donde solo me dejó lamerle los dedos de los pies mientras ella se tocaba despacio, me mandó un mensaje: «Ven a mi casa. Trae tu polla lista para la jaula». Joder, ¿jaula? Había oído de eso en el porno, pero pensarlo real me ponía nervioso y excitado a partes iguales. Llegué sudando, y allí estaba ella, en vaqueros ajustados y una camiseta que dejaba ver sus pezones duros. «Desnúdate y enséñamela», ordenó. Me quité todo, la polla ya medio tiesa, y ella sacó una cajita de metal: una jaula de castidad pequeña, con un candado brillante. «Esto te va a enseñar quién manda en tu placer. Tu polla ya no te pertenece; es mía».

Me la puso mientras yo jadeaba, el frío del metal contra mi piel caliente me hizo gemir. Encajaba justo, apretando lo suficiente para que no pudiera empalmarme del todo. «Inténtalo», me dijo con una sonrisa malvada. Intenté, joder, pero solo dolía, la polla queriendo crecer y no pudiendo. «Bien, putito. Ahora vas a estar así una semana. Si obedeces, quizás te deje correrte». La frustración fue brutal: cada vez que la veía, o pensaba en ella, la jaula me mordía, recordándome mi lugar. Me tenía loco, suplicando en silencio por un toque.

Pasaron los días, y ella escalaba el juego. Una noche me citó para adorarla. «Quítame las botas y lame mis pies hasta que brillen». Sus pies eran perfectos, con las uñas pintadas de rojo, un leve olor a sudor del día que me volvía loco. Me arrodillé y empecé, la lengua recorriendo cada dedo, chupando el arco, oliendo esa mezcla salada que me hacía babear. «Más profundo, cerdo. Imagina que es mi coño lo que adoras». Gemí contra su piel, la jaula apretando mi polla hinchada. Me hizo oler su culo después, poniéndome la cara contra sus nalgas firmes envueltas en tanga: «Huele cómo me mojo pensando en follar con otro, no contigo». El olor era intenso, almizclado, y saber que me humillaba así me excitaba más, el taboo quemándome por dentro.

Luego vino la dominación psicológica, que me rompió el ego en pedazos deliciosos. Una tarde, atado a la cama con esposas suaves, me obligó a confesar. «Dime tus fetiches más sucios, puto. ¿Te pone ser cornudo? ¿Ver cómo me follo a un tío de verdad?». Yo, rojo de vergüenza, admití que sí, que la idea de lamer su coño después de que otro la llenara me ponía a mil. Ella se rio: «Patético. Eres un cornudo nato. Mira esto». Sacó su móvil y puso un vídeo: ella cabalgando a un tío musculoso, gimiendo como una zorra mientras él la penetraba. «Mírame mientras me corro pensando en otro. Tú solo miras y suplicas». La jaula me dolía tanto que supliqué: «Por favor, Ama, déjame tocarme». Negación total. Me llevó al edging: me sacó la jaula por un rato, me masturbó despacio, parando justo cuando estaba al borde. «No te corras, cerdo. Si lo haces, te castigo». Lo repetí cinco veces, la polla latiendo, bolas hinchadas, suplicando como un perdedor. «Qué cabrona eres», pensé, pero me encantaba esa pérdida de control.

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No paró ahí. Me dio tareas degradantes para romperme más. «Limpia mi piso desnudo, con la jaula puesta, y pide permiso para cada movimiento». Serví café, fregué el suelo de rodillas, todo mientras ella me observaba, tocándose el coño por encima de los leggings. «Buen chico. Ahora, lame el sudor de mis axilas después de mi gym». El sabor salado, el olor fuerte, me hacía sentir su propiedad. Y el pegging… joder, eso fue el colmo. Una noche, después de edging eterno, me puso a cuatro patas. «Vas a sentir lo que es ser follado como la puta que eres». Untó lubricante en mi culo virgen, introdujo un dedo, luego dos, dilatándome mientras yo gemía de dolor y placer mezclado. El strap-on era grueso, negro, y cuando lo empujó dentro, grité: «¡Ama, duele!». «Cállate y empuja contra mí, putito». El dolor se convirtió en fuego placentero, cada embestida me hacía jadear, la polla goteando en la jaula. «Siente cómo te poseo. Eres mío por todos los agujeros».

La tensión crecía cada día, su control psicológico me tenía enganchado. Me excitaba más la humillación que el sexo en sí: saber que ella decidía mi placer, que mi ego se deshacía en sus palabras sucias. «Eres un perdedor cachondo, pero me sirves bien». Joder, quería más.

El clímax llegó una noche que no olvidaré nunca. Carla me había tenido en castidad diez días, edging diario hasta que suplicaba como un animal. «Hoy te voy a follar hasta que rompas», me dijo al entrar en su habitación, ya desnuda, su cuerpo brillante de aceite, tetas grandes con pezones duros, coño depilado reluciente de humedad. Me quitó la jaula de un tirón, mi polla saltó libre, roja e hinchada, goteando precum como un grifo. «No te corras sin permiso, o te encierro un mes». Me ató las manos a la cabecera, las piernas abiertas, expuesto como una puta.

Empezó con adoración total. Se subió a mi cara, su coño mojado presionando contra mi boca: «Lame, puto. Saborea cómo estoy empapada por controlarte». El sabor era dulce-ácido, salado de su excitación, el olor intenso de mujer cachonda me invadió la nariz. Lamí con hambre, la lengua hundiéndose en sus labios hinchados, chupando su clítoris mientras ella gemía: «Sí, así, cerdo. Hazme correrme en tu cara». Sus jugos me empapaban la barbilla, el chapoteo de mi lengua contra su carne sonaba obsceno. Tiró de mi pelo, clavándome las uñas en el cuero cabelludo, el dolor agudo mezclándose con el placer de servirla. «Mírame mientras me corro pensando en un polla de verdad», gruñó, y se vino fuerte, su coño contrayéndose contra mi boca, chorros calientes que tragué con avidez.

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No paró. Bajó y me montó, su coño caliente engullendo mi polla de un golpe. Joder, la sensación era brutal: su interior apretado, resbaladizo, envolviéndome como un puño de terciopelo. Cabalgó despacio al principio, controlando el ritmo, sus uñas arañando mi pecho, dejando marcas rojas que ardían. «Siente cómo te uso, putito. Tu polla es mi juguete». El sudor nos cubría, su piel resbaladiza contra la mía, olor a sexo crudo llenando la habitación: su coño mojado, mi piel salada, el almizcle de excitación. Gemía alto, sonidos guturales: «¡Fóllame más profundo, esclavo!», mientras yo empujaba desde abajo, desesperado. El chapoteo de su coño contra mis bolas era hipnótico, mis súplicas saliendo roncas: «Ama, por favor, déjame correrme».

Pero ella era la jefa. Paró justo cuando sentía el orgasmo subiendo, mi polla latiendo dentro de ella, al borde del abismo. «No, cornudo. Primero me das el culo». Me volteó a cuatro patas, untó lubricante frío en mi agujero, y el strap-on entró de nuevo, más grueso esta vez. El dolor inicial me hizo gritar, pero se convirtió en placer prohibido, cada embestida rozando mi próstata, haciendo que mi polla goteara sin tocarla. «Gime para mí, perra», ordenó, azotando mi culo con la mano, el sonido seco y el ardor extendiéndose. Olía a lubricante, a su sudor goteando en mi espalda, y el sabor de su coño aún en mi lengua me volvía loco. Sentía mi culo dilatado, lleno, la humillación de ser penetrado excitándome más que nada: «¡Sí, Ama, fóllame más fuerte!». Ella aceleró, sus caderas chocando contra mí, gemidos salvajes: «Eres mío, puto. Córrete ahora, pero solo porque yo lo digo».

Explosé como un volcán, el semen saliendo en chorros calientes sobre las sábanas, el placer cegador, olas que me sacudían mientras ella seguía empujando, prolongando mi agonía. Saboreé mi propia humillación al lamer el semen de las sábanas después, salado y espeso, bajo su mirada triunfante. El olor a corrida mezclada con su coño me dejó exhausto, pero cachondo aún.

Al final, Carla me desató y me acurrucó contra su pecho, dulce pero cruel, acariciando mi pelo sudoroso. «Has sido un buen putito esta vez. Pero recuerda: tu placer es mío, tu polla, tu culo, todo. Mañana volvemos a la jaula, y quizás te haga limpiar el semen de mi amante». Asentí, el placer culpable inundándome, sabiendo que mi lugar era a sus pies, rendido y adicto. Joder, qué cabrona, pero no cambiaría esto por nada. Me tiene loco, y solo de pensarlo, mi polla intenta endurecerse de nuevo en la jaula.

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