Primera Humillación como Cornudo en Dominación Femenina: Jaula de Castidad y Pegging sin Piedad de mi Ama Cruel
La Jaula de Mi Ama
Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener pillado de esa manera. Me llamo Alex, tengo 32 años, un curro normalito en una oficina de mierda en Madrid, y siempre he sido el típico tío reprimido que se pone cachondo con fantasías que no cuenta ni a su mejor colega. Me gustaba ver porno de dominación femenina, pero en la vida real, era un pringado que no se atrevía a nada. Hasta que la conocí a ella, Laura. La tía estaba tremenda: morena con curvas que te dejaban la boca seca, ojos verdes que te clavaban como cuchillos, y una sonrisa de cabrona que te hacía saber que ella mandaba. Tenía 28, trabajaba como diseñadora gráfica freelance, y la conocí en una app de citas. Al principio, parecía lo normal: charlas tontas sobre series y cañas. Pero en la segunda cita, en un bar cutre de Malasaña, me soltó: «Sé que te mola que te manden, ¿verdad? No me jodas, lo veo en cómo me miras». Me quedé tieso, con la polla medio empalmada bajo la mesa. «Bueno, sí, un poco», balbuceé, y ella se rio, una risa que me puso a mil. «Un poco dice el putito. Esta noche vienes a mi piso y probamos. Si no te mola, te vas y ya. Palabra segura: rojo para parar». Consentimiento claro, joder, eso me tranquilizó. Pero sabía que no iba a parar. Me tenía enganchado desde el minuto uno. Llegamos a su ático chulo, con vistas a la ciudad, y ella ya iba mandando: «Quítate la camiseta, quiero verte». Obedecí, temblando de nervios y excitación. Era guapa de cojones, con esa seguridad que te hace sentir pequeño. Me miró de arriba abajo y dijo: «Eres un perdedor cachondo, Alex. Vas a ser mío esta noche». Y yo, como un idiota, asentí. Sabía que me tenía pillado, y me encantaba esa mierda.
Al día siguiente, todo escaló. Me desperté en su cama, con ella encima, montándome como si fuera su juguete. Pero no me dejó correr. «No te corras, puto. Aguanta», me ordenó, y yo, joder, me quedé al borde, la polla latiendo como loca dentro de ella. Se corrió ella, gimiendo mi nombre con esa voz ronca que me volvía loco, y luego se bajó, dejándome azul. «Buen chico. Ahora, a casa, pero vuelve mañana. Y trae tu polla enjaulada». ¿Enjaulada? Me explicó por WhatsApp: quería ponerme una jaula de castidad, de esas de metal que te aprietan la verga hasta que duele de ganas. Compré una online esa misma tarde, con el corazón a mil, pensando «qué coño estoy haciendo». Pero la frustración ya me tenía enganchado. Al día siguiente, en su piso, me arrodillé ante ella, desnudo, y se la puse yo mismo mientras ella me miraba con esa sonrisa sádica. «Mira qué patético, tu polla ya no te pertenece. Es mía, para cuando yo quiera». La jaula era fría, apretada, y mi verga intentaba endurecerse dentro, pero no podía. Me ponía malo de solo sentirla, esa presión constante que me recordaba quién mandaba. «Arrodíllate, putito, y lame mis pies», me ordenó. Se quitó las botas, y yo, de rodillas, olí su sudor del día, ese olor salado y caliente que me hacía babear. Lamí sus dedos, chupando cada uno como si fuera su coño, mientras ella me pisaba la jaula con el otro pie. «Sientes eso, ¿eh? Tu polla sufre por mí». Joder, la humillación me excitaba más que cualquier paja. Me tenía loco, rompiéndome el ego con palabras que dolían y ponían a mil al mismo tiempo.
La cosa fue subiendo de nivel cada día. Empezó con tareas degradantes para romperme del todo. «Hoy limpias mi piso desnudo, con la jaula puesta, y pides permiso para cada cosa», me dijo un sábado. Llegué temprano, me quité todo, y me puse a fregar el baño a gatas, con el culo al aire. Ella pasaba, me daba una palmada en las nalgas y se reía: «Qué puto servil, Alex. ¿Te gusta ser mi esclavo de mierda?». Yo asentía, rojo como un tomate, la polla intentando crecer en la jaula, frustrado hasta el dolor. Limpié su cocina, su dormitorio, lamiendo hasta el polvo del suelo si me lo pedía. «Pide permiso para beber agua, perrito». «Por favor, Ama, ¿puedo beber?», suplicaba, y ella me hacía esperar, negándome hasta que me ponía a gemir. Esa dominación psicológica era lo peor y lo mejor: me hacía confesar mis fetiches más sucios. Una noche, atado a la cama, me obligó a contarle todo. «Dime, ¿qué te pone más? ¿Ser cornudo? ¿Lamer mi coño después de que me folle a otro?». Balbuceé que sí, que me excitaba imaginarla con un tío de verdad, uno que pudiera correrse dentro de ella. «Patético», me escupió, pero sus ojos brillaban. Luego vino el edging. Me sacó de la jaula por primera vez en una semana, me masturbó lento, con su mano suave pero firme, llevándome al borde una y otra vez. «No te corras, o te castigo». Lo hice diez veces, suplicando: «Por favor, Ama, déjame correrme, estoy loco de ganas». Ella se reía, deteniéndose justo cuando sentía el semen subir. «Tu placer es mío, putito. Aguanta». La frustración era física, la polla hinchada, roja, latiendo, y mental: me sentía suyo, roto, excitado por no poder controlarme.
No paró ahí. Una tarde, después de adorar su culo –me obligó a olerlo, lamerlo entero, metiendo la lengua en su ano apretado mientras ella se tocaba el coño–, sacó el strap-on. «Hoy te follo yo, cornudo». Era un arnés negro con un dildo grueso, lubricado. Me puso a cuatro patas, en su cama, y empezó a penetrarme lento. El dolor inicial fue jodido, como si me partiera, pero luego vino el placer, esa presión en la próstata que me hacía gemir como una perra. «Toma, puto, siente cómo te abro el culo». Empujaba más fuerte, sus caderas chocando contra mis nalgas, el sonido de piel contra piel llenando la habitación. Yo suplicaba: «Más, Ama, no pares», y ella tiraba de mi pelo, clavándome las uñas en la espalda. «Eres mi puta, Alex. Di que lo eres». «Soy tu puta, joder, fóllame más». La jaula colgaba, mi polla goteando pre-semen, negada. Me corrí sin tocarme, un orgasmo seco que me dejó temblando, pero ella no paró hasta correrse ella, frotándose el clítoris mientras me penetraba. Esa noche, para rematar la humillación cornudo, me contó detalles de un polvo que tuvo con un ex: «Me folló mejor que tú nunca podrías, con polla de verdad, no esa cosita enjaulada». Me obligó a masturbarme al borde escuchándola, negándome el final. «Mírame mientras me corro pensando en él», dijo, tocándose frente a mí. Su coño mojado, el olor a excitación, me volvía loco. Lamí sus jugos después, saboreando su placer ajeno, excitado por ser un cornudo patético.
El clímax llegó una noche de viernes, después de una semana entera enjaulado sin edging ni nada. Laura me citó en su piso con un mensaje seco: «Ven desnudo bajo la gabardina. Y trae la jaula lista». Llegué temblando, la polla ya intentando endurecerse solo de pensarlo. Ella abrió la puerta en lencería negra, tetas firmes asomando, culo redondo que me ponía a mil. «Arrodíllate en la entrada, putito». Obedecí, y me puso la jaula de inmediato, el clic del candado como una sentencia. «Hoy te rompo del todo». Me llevó a gatas al salón, atándome las manos a la espalda con cuerdas suaves pero firmes. El tacto de su piel era sudoroso, cálido, olía a perfume mezclado con su excitación natural, ese aroma almizclado que me hacía babear. Se sentó en el sofá, abriendo las piernas: «Adora mi coño primero». Me arrastré, olí su humedad, ese olor fuerte a coño mojado que me volvía loco. Lamí despacio, la lengua en su clítoris hinchado, saboreando sus jugos salados y dulces. «Chupa más profundo, perra», gemía ella, clavándome las uñas en el pelo, tirando fuerte. Sonaba el chapoteo de mi lengua en su carne, sus gemidos roncos mezclados con mis jadeos ahogados. Mi polla latía en la jaula, el metal frío apretando, frustración pura que me excitaba más.
Luego vino el pegging, pero esta vez con edging extremo. Me desató, me puso a cuatro patas en la alfombra, lubricando mi culo con sus dedos. «Siente cómo te controlo, cornudo». Introdujo el strap-on, grueso, estirándome el ano con un dolor-placer que me hizo gritar. Empujaba rítmico, sus caderas chocando, el sonido de azotes cuando me palmaba las nalgas rojas. «Gime para mí, puto». Gemía como loco, «Sí, Ama, fóllame el culo», mientras el dildo rozaba mi próstata, ondas de placer subiendo por mi espina. Olía a sudor nuestro, a lubricante, a su coño goteando cerca. Sacó la jaula un momento, masturbándome con una mano mientras me follaba: edging largo, al borde tres veces, mi polla latiendo, semen asomando pero negado. «Suplica, Alex. Di que eres mi esclavo para siempre». «Por favor, Ama, soy tu esclavo, déjame correrme, joder». Ella se rio, cruel, y volvió a enjaularme, continuando el pegging más fuerte. El dolor se mezclaba con éxtasis, mi culo dilatado, sintiendo cada vena del dildo falso. Luego, para la humillación final, se corrió frotándose contra mi espalda, su orgasmo explotando en gemidos: «¡Me corro pensando en un tío de verdad, no en ti!». Su jugo caliente chorreaba por mi piel sudorosa. Me obligó a lamer el suelo donde cayó, saboreando su esencia, mi propia frustración mental –ser un cornudo negado– excitándome hasta el delirio. Sonidos everywhere: mis súplicas roncas, el slap de sus azotes, el squelch de su coño cuando se tocaba de nuevo. Sensaciones internas: la jaula mordiendo mi polla hinchada, el ano ardiendo pero anhelando más, la mente rota por el taboo de rendirme total. Ella mandaba en todo, y yo, joder, lo amaba.
Al final, exhaustos, me dejó tumbarme a sus pies, aún enjaulado. «Eres mío ahora, Alex. Totalmente. Di que lo aceptas». «Lo acepto, Ama. Soy tu puto para siempre», murmuré, con placer culpable latiendo en cada fibra. Ella me acarició la cabeza, dulce pero cruel: «Buen chico. Mañana más, si te portas bien». Me fui a casa cojeando, la jaula recordándome mi lugar, cachondo y roto. Pero sabía que volvería. Joder, ¿quién no lo haría por una cabrona como ella?
Y ahora, cada noche, sueño con su control, preguntándome hasta dónde me llevará. ¿Estás listo para tu jaula, lector? Porque una vez dentro, no sales.