Relatos de dominación

Ama Cruel en Dominación Femenina: Castidad Permanente, Jaula de Esclavo Sumiso, Humillación con Strap-on Pegging, Adoración de Pies y Cornudo Controlado, su Sumisión Total sin Piedad

La Jaula de Mi Dómina

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llamaba Carla, una morena de curvas que te dejaban la polla tiesa solo con una mirada. Tenía esos ojos verdes que te taladraban el alma, labios carnosos que prometían problemas, y un cuerpo de infarto: tetas firmes que se marcaban bajo las camisetas ajustadas, culo redondo que se movía como si supiera que todos lo mirábamos, y unas piernas largas que terminaban en pies perfectos, siempre con tacones que la hacían parecer una diosa cabrona. Era de esas mujeres que no piden permiso para nada; segura de sí misma, con esa actitud de «yo mando aquí» que te ponía a mil. Trabajaba en una agencia de marketing, pero por cómo la vi en esa fiesta, supe que en la cama –o fuera de ella– era una dómina nata.

Yo era un tipo normal, de 32 años, oficinista en una empresa de logística. No era feo, pero tampoco Brad Pitt; llevaba una vida reprimida, masturbándome a escondidas con porno de femdom, soñando con rendirme a una mujer que me pusiera en mi sitio. Mi polla se ponía dura solo pensando en eso, pero nunca había dado el paso. Hasta esa noche en la fiesta de un amigo común. Estábamos en un bar cutre de Madrid, con música alta y gente bebiendo birra. La vi charlando con unos colegas, riendo con esa boca que me imaginaba gimiendo órdenes. Me acerqué con una excusa tonta, pidiendo fuego para un cigarro que no tenía. «Vaya, el pringao que fuma mentiras», me soltó con una sonrisa pícara. Joder, me dejó KO. Charlamos un rato, y noté cómo me devoraba con la mirada, como si ya supiera que yo era el tipo de sumiso que buscaba.

Al final de la noche, me invitó a su piso. «Ven, quiero ver si aguantas una copa conmigo», dijo, y su tono no era una pregunta. En su casa, un ático chulo con vistas a la ciudad, las cosas escalaron rápido. Me sirvió un whisky y se sentó en el sofá, cruzando las piernas. «Cuéntame, ¿qué te pone cachondo de verdad? No me vengas con chorradas románticas». Me quedé mudo al principio, pero su mirada me obligó a soltar la verdad: confesé mis fantasías de dominación, de ser controlado, de que una tía como ella me tratara como su puto juguete. Ella se rio, una risa que me erizó la piel. «Sabía que eras de los míos. Pero si entramos en esto, hay reglas. La safe word es ‘rojo’, y la usas solo si de verdad no puedes más. ¿Entendido, putito?». Asentí, con la polla ya dura bajo los pantalones. «Bien. Desnúdate y arrodíllate». Y así empezó todo. Me tenía pillado desde el minuto uno; era jodidamente atractiva, una cabrona que sabía cómo romperte el ego y hacerte rogar por más.

READ  Ama Cruel en Femdom: Castidad, Pegging y Humillación Total sin Piedad

La primera semana fue como un subidón constante. Carla no perdía tiempo; me mandaba mensajes a cualquier hora: «Envíame una foto de tu polla tiesa, pero no te corras sin mi permiso». Yo obedecía, sintiendo esa mezcla de vergüenza y excitación que me ponía a mil. Un viernes, quedamos en su piso. Entré y ella ya estaba ahí, en lencería negra, con un arnés de cuero que sujetaba una polla de silicona enorme. «Hoy vas a aprender quién manda, cornudo en potencia». Me obligó a desnudarme y a arrodillarme frente a ella. «Mírame a los ojos mientras te digo esto: tu polla ya no te pertenece. Es mía, y si quiero, te la enjaulo para que sufras». Saqué la jaula que me había mandado comprar online –un cacharro de metal frío que me apretaba los huevos como un recordatorio constante–. Me la puso ella misma, con manos expertas, cerrando el candado con un clic que resonó en mi cabeza. «Ahora eres mi putito enjaulado. Siente cómo late ahí dentro, queriendo salir, pero no puede».

La frustración era brutal. Cada día, me negaba el orgasmo. Me hacía edging durante horas: me ataba las manos a la espalda y me masturbaba la polla –o lo que quedaba de ella en la jaula– con los dedos, llevándome al borde. «Para, no te corras. Suplica, puto». Yo gemía, «Por favor, Carla, déjame correrme», pero ella se reía. «Ni de coña. Vas a lamer mis pies hasta que me aburra». Sus pies eran perfectos, con uñas pintadas de rojo, y me obligaba a olerlos primero, ese aroma a sudor ligero mezclado con loción que me volvía loco. Luego, lamer: la planta, los dedos, chupando como si fuera su coño. «Más profundo, zorra. Imagina que es mi culo». Me ponía la cara contra su trasero, redondo y firme, y me hacía inhalar su olor almizclado, lamer el agujero mientras ella se tocaba. «Sabes a perdedor, pero me encanta cómo te excita humillarte».

La dominación psicológica era lo que más me jodía –y lo que más me ponía–. Una noche, me hizo confesar todos mis fetiches. «Dime, ¿te imaginas viéndome follar con otro? ¿Lamiendo su semen de mi coño?». Asentí, rojo de vergüenza, y ella me rompió el ego: «Eres patético, un cornudo reprimido que solo sirve para limpiar. Pide permiso para mear, para comer, para todo». Me tenía sirviéndola desnudo, con la jaula tintineando, limpiando su piso de rodillas mientras ella se duchaba. «Mira cómo gotea mi coño, pero no lo toques. Es para pollas de verdad, no para tu cosita enjaulada». La tensión crecía; cada orden verbal era un golpe: «Arrodíllate, putito, y dime gracias por negarte el orgasmo». Yo lo hacía, excitado por la pérdida de control, por el taboo de ser su perra.

Escaló un fin de semana entero. Me llevó a su habitación, me ató a la cama boca arriba. «Hoy vas a adorar mi coño hasta que me corra tres veces, y tú ni rozarás». Se sentó en mi cara, su coño depilado y mojado presionando contra mi boca. Olía a excitación pura, salado y dulce; lamí sus labios hinchados, metiendo la lengua dentro, saboreando sus jugos mientras ella gemía. «Chupa más fuerte, lame mi clítoris como el esclavo que eres». Se corrió gritando, empapándome la cara, y yo latía en la jaula, suplicando. «Por favor, quítamela…». «Cállate y lame más». Luego, el pegging. Me puso a cuatro patas, lubricó mi culo con sus dedos –»Relájate, puto, o dolerá más»–. El strap-on era grueso, negro, y cuando lo empujó dentro, sentí el estiramiento, el dolor que se mezclaba con placer prohibido. «Toma, siente cómo te follo como a una puta». Empujaba rítmicamente, clavándome las uñas en las caderas, y yo gemía como un animal, la polla goteando precum en la jaula sin poder correrme. «Dime que eres mi cornudo», ordenaba, y yo balbuceaba: «Sí, soy tu cornudo, joder, no pares».

READ  Ama Cruel de Madrid: Dominación Femenina, Femdom y Sumisión Total con Jaula de Castidad sin Piedad

Para rematar, introdujo la humillación cornudo. Invitó a un tío de Tinder, un tipo musculoso que follaba como un campeón. Me obligó a mirar desde una silla, atado, con la jaula apretando. «Mira cómo me come el coño de verdad, putito». Él la penetraba duro, ella gimiendo «Más fuerte, cabrón», y yo moría de celos y excitación, la polla latiendo dolorosamente. Después, me hizo lamer: su coño lleno de semen ajeno, salado y espeso en mi lengua. «Traga, limpia a tu dómina». La degradación me excitaba más que nada; era el poder psicológico, saber que yo era nada comparado con eso, lo que me tenía enganchado.

El clímax llegó una noche de tormenta, cuando ya no podía más. Carla me había tenido en edging toda la semana, la jaula quitada solo para torturarme y volverla a poner. «Hoy te voy a romper del todo», dijo, empujándome al suelo de su habitación. Estaba desnuda, piel bronceada brillando bajo la luz tenue, tetas subiendo y bajando con su respiración agitada. Me ató las manos a la cabecera de la cama, boca abajo, el culo al aire. «Vas a suplicar por mi strap-on, cornudo». El tacto de su piel sudorosa contra la mía era eléctrico; sus uñas se clavaban en mi espalda, dejando surcos rojos que ardían deliciosamente. Olía a ella por todas partes: sudor fresco de sus axilas cuando se inclinaba, el aroma almizclado de su coño mojado rozando mi muslo, y un leve rastro de su perfume mezclado con excitación.

Empezó con azotes: su mano abierta en mi culo, sonando como chasquidos secos que resonaban en la habitación. «Cuenta, puto: uno, gracias ama; dos, gracias ama». Cada golpe hacía que mi polla latiera libre ahora –había quitado la jaula–, goteando precum en las sábanas. Los sonidos llenaban el aire: mis gemidos ahogados, el chapoteo de su mano en mi piel enrojecida, sus risas crueles. «Mírate, empalmado por el dolor. Eres patético». Luego, el strap-on: lubricado, grueso, presionando contra mi agujero. Sentí la cabeza abriéndose paso, el estiramiento quemando al principio, pero convirtiéndose en un placer profundo cuando empujó más adentro. «Toma toda mi polla, zorra», gruñó, tirándome del pelo para arquear mi espalda. El dolor-placer era intenso; mi culo se dilataba alrededor del juguete, cada embestida mandando ondas de éxtasis a mi polla, que rozaba la cama sin permiso para correrme.

READ  Stunning Power Encounter Tale in Bogotá: Exclusive Insights Revealed

Ella controlaba todo: se subía encima, cabalgándome como si yo fuera su montura, sus tetas rebotando, sudor goteando de su cuerpo al mío. Olía su coño cerca, mojado y caliente; me obligó a lamerlo mientras me follaba, mi lengua saboreando sus jugos salados, el clítoris hinchado pulsando contra mi boca. «Chupa mientras te penetro, putito. Siente cómo te uso». Los sonidos eran una sinfonía sucia: el chapoteo del strap-on en mi culo, mis súplicas roncas –»Más fuerte, dómina, joder, no pares»–, sus gemidos guturales cuando se tocaba el clítoris. Clavó las uñas en mis hombros, tirando mi pelo hasta que dolía, y aceleró: embestidas rápidas, profundas, mi próstata masajeada hasta el límite. La humillación picaba más: «Imagina si te corro dentro, cornudo. Tu culo es mi coño ahora». Mi polla latía sin control, el edging acumulado explotando en sensaciones internas –presión en los huevos, nervios ardiendo, el taboo de ser penetrado excitándome como nunca.

De repente, me volteó, me montó en la polla –ahora libre y desesperada–. Su coño era un horno húmedo, envolviéndome, chapoteando con cada bajada. «No te corras hasta que yo diga», ordenó, cabalgando salvaje, uñas en mi pecho, sudor salado en mis labios cuando la besé por instinto. Saboreé su piel, el sudor de su cuello, y luego su coño cuando se levantó para restregármelo en la cara otra vez. Se corrió primero, gritando, jugos inundando mi boca, el sabor ácido y dulce explotando en mi lengua. «Ahora tú, puto, córrete dentro de mí». No aguanté; exploté, semen caliente llenándola, mi cuerpo convulsionando mientras ella reía, controlando incluso mi orgasmo con sus caderas. Los olores se mezclaban: semen espeso, coño empapado, sudor nuestro pegajoso. Gemí como un animal, la humillación –saber que era suyo, roto y suyo– haciendo el clímax eterno.

Después, se acurrucó a mi lado un momento, dulce-cruel, acariciando mi polla flácida. «Bien hecho, mi putito. Pero la jaula vuelve mañana. Eres mío para siempre». Yo asentí, exhausto, con un placer culpable latiendo en el pecho. Acepté mi lugar: su sumiso, adicto a su control, excitado por la rendición total. Joder, qué cabrona; me tenía loco, y sabía que rogaría por más. Porque al final, en su jaula, encontraba la libertad más jodidamente caliente.

(Word count: 2147)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba