Relatos de dominación

1. Dominación Femenina Implacable: Encerrando al Sumiso en Jaula de Castidad Sin Piedad 2. Ama Cruel y Su Esclavo: Humillación Total con Adoración de Pies Devota 3. Femdom Intensa: Control de Orgasmo que Lleva a la Sumisión Total Eterna 4. Dómina que Domina con Strap-on: Pegging que Rompe al Cornudo Sumiso 5. Castidad Forzada en la Jaula: Mi Esclavo Rinde su Voluntad al Ama 6. Humillación Erótica de la Dómina: Adoración de Pies hasta la Rendición Completa 7. Sumiso Bajo el Talón del Ama: Dominación Femenina con Control Absoluto 8. Pegging Salvaje de la Femdom: Convertí a Mi Esclavo en Propiedad Total 9. Cornudo Hispano en Castidad: Humillación por la Dómina que lo Posee 10. Adoración de Pies Obligatoria: Sumisión Total ante la Ama Sin Escapatoria 11. Jaula de Chastity y Dominación: El Esclavo Suplica por Misericordia Cruel 12. Femdom con Strap-on Implacable: Humillando al Sumiso hasta su Placer Único 13. Control de Orgasmo por la Dómina: Rendición Total de Mi Esclavo Leal 14. Ama que Encierra en Castidad: Pegging y Humillación para el Cornudo 15. Dominación Femenina Extrema: Adoración de Pies que Enloquece al Sumiso 16. Esclavo en Jaula de Chastity: La Dómina Toma Control Sin Compasión 17. Sumisión Total al Strap-on: Humillación Erótica de la Femdom Dominante 18. Cornudo Bajo la Bota del Ama: Castidad y Pegging hasta la Derrota 19. Dómina Cruel en Acción: Control de Orgasmo para la Adoración Eterna 20. Femdom que Humilla con Pies: Mi Esclavo en Sumisión Total y Devoción

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a poner de rodillas tan rápido. Se llamaba Carla, y la conocí en una app de ligoteo, de esas donde la gente busca un polvo rápido sin complicaciones. Yo era un tipo normal, de veintiocho años, currando en una oficina de mierda en Madrid, con una vida sexual que se resumía a pajearme viendo porno de femdom a escondidas. Siempre había sido un reprimido de cojones: me ponía cachondo imaginando que una mujer me controlaba, me humillaba, pero en la realidad era un pringado que no se atrevía a nada. Hasta que apareció ella.

La foto de su perfil era tremenda: una morena de curvas asesinas, con unos ojos verdes que te taladraban el alma, labios carnosos y un cuerpo que gritaba «soy dueña de todo lo que miro». Medía como un metro setenta, con tetas firmes que se marcaban bajo una blusa ajustada, y un culo redondo que te hacía babear. Cabrona desde el minuto uno, su bio ponía: «Busco sumisos que sepan su lugar. Si no aguantas, swipe left». Me la jugué y le escribí: «Me pones a mil solo con la foto. ¿Qué tengo que hacer para conocerte?». Respondió al cabo de una hora: «Primero, dime por qué mereces mi atención, perrito». Joder, ya me tenía pillado. Hablamos un par de días por chat, y cada mensaje suyo era un gancho: me preguntaba sobre mis fantasías, se reía de mis confesiones tímidas. «Así que te gusta que te manden, ¿eh? Eres de los que se empalman con una orden». Yo, rojo como un tomate, le contaba todo: mi rollo con la dominación, cómo me excitaba la idea de rendirme.

Quedamos en un bar cutre del centro. Llegó con un vestido negro ceñido que le marcaba el coño y las tetas, tacones altos que la hacían parecer una diosa. «Ven aquí», me dijo nada más verme, y me plantó un beso en la mejilla que olía a perfume caro y a promesa de problemas. Hablamos poco; sus ojos me devoraban mientras bebía su gin-tonic. «Sé que me quieres, ¿verdad? Dime, ¿te has pajado pensando en mí?». Asentí, con la polla ya dura bajo los pantalones. Ella sonrió, esa sonrisa de zorra que sabe que te tiene en la palma de la mano. «Bien. Vamos a mi piso. Pero recuerda: yo mando. Si no te mola, di ‘rojo’ y te vas. ¿Entendido?». Asentí de nuevo, el corazón latiéndome como un tambor. Sabía que estaba jodido, pero qué coño, era justo lo que necesitaba. Entramos en su ático, minimalista y con juguetes discretos por todas partes: esposas, un arnés, una jaula que vi de reojo en el cajón. «Desnúdate», ordenó, y ahí empezó todo. Me quitó la ropa con calma, inspeccionándome como si fuera ganado. «No estás mal, pero tu polla ya no es tuya. Es mía». Me tocó los huevos con la uña, y casi me corro solo con eso. Joder, qué cabrona.

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La cosa escaló rápido esa primera noche, pero fue solo el aperitivo. Carla me tenía loco con su seguridad; era de esas tías que no piden, exigen. Al día siguiente, me mandó un mensaje: «Ven con ropa interior limpia. Hoy jugamos en serio». Llegué nervioso, empalmado antes de tocar el timbre. Me abrió en lencería roja, con un arnés de cuero colgando de la cadera. «Arrodíllate, putito», dijo con voz ronca, y yo obedecí sin pensarlo. El suelo era frío contra mis rodillas, pero su olor –sudor mezclado con ese perfume suyo– me ponía a mil. «Mírame», ordenó, y levantó el pie, poniéndome la planta en la cara. «Bésalo. Adórame como merezco». Lamí sus dedos, saboreando el salado de su piel, mientras ella se reía bajito. «Eres patético, ¿lo sabes? Te excita lamer mis pies sucios después de un día de curro». Tenía razón; mi polla latía, dura como una piedra, pero ella no me tocaba. En vez de eso, me hizo confesar mis fetiches más oscuros: «Dime, ¿te pone que te niegue el orgasmo? ¿Que te encierre?». Asentí, jadeando, y ella sacó la jaula. Era de metal frío, pequeña, con un candado que brillaba. «Esto va en tu polla. Ya no te corres sin mi permiso».

Me la puso con cuidado cruel, apretando hasta que dolía un poco. La frustración fue inmediata: mi erección luchaba contra las barras, hinchándose pero sin alivio. «Mira cómo patético estás», se burló, tirándome del pelo para que viera mi reflejo en el espejo. «Tu polla ya no te pertenece. Es mi juguete». Me obligó a servirla desnudo, menos la jaula: limpiar su piso en cuatro patas, con un plug pequeño en el culo que me hacía gemir cada vez que me movía. «Pide permiso para beber agua, perrito». Cada orden era un clavo en mi ego, pero joder, me excitaba más la humillación que cualquier polvo vanilla. Pasamos horas así; ella se tumbaba en el sofá, tocándose el coño por encima de las bragas, gimiendo para torturarme. «Mírame mientras me corro pensando en otro. En un tío de verdad, con polla libre». Yo suplicaba, pero ella solo reía: «No, puto. Edging hoy, nada más».

La segunda sesión fue el edging largo, un infierno delicioso. Me ató las manos a la espalda y me sentó en el borde de la cama. Sacó lubricante y empezó a tocarme la jaula, masajeando mis huevos hasta que la presión era insoportable. «Sientes cómo late, ¿verdad? Quiere salir, pero no puede». Me quitó la jaula por un rato, solo para pajearme despacio, parando justo cuando estaba al borde. «No te corras, o te castigo». Lo repetimos una y otra vez: mi polla hinchada, goteando precum, yo suplicando «Por favor, Ama, déjame correrme». Ella se reía, clavándome las uñas en los muslos. «Confiesa: eres un cornudo en potencia, ¿eh? Te pondría verte lamiendo mi coño después de que me folle otro». Las palabras me rompían; el ego se desmoronaba, pero la excitación crecía. Me hizo adorar su culo después: se puso a cuatro patas, abriéndolo con las manos. «Lámelo, huele cómo está mojado por excitarme yo, no tú». Enterré la cara, saboreando su sudor y el almizcle de su ano, lamiendo hasta que gimió. La dominación psicológica era brutal; cada confesión mía –»Me pone ser tu esclavo, Ama»– la hacía más poderosa, y yo más sumiso.

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Luego vino el pegging, que me dejó temblando. «Hoy te follo yo», anunció, ajustándose el strap-on. Era un dildo negro grueso, lubricado, y me puso de rodillas con el culo en pompa. «Relájate, perrito, o dolerá más». Empujó despacio al principio, el dolor agudo convirtiéndose en placer cuando rozó mi próstata. «Gime para mí», ordenó, follándome con ritmo creciente, azotándome el culo rojo. Yo jadeaba, la jaula tirando de mi polla encadenada. «Siente cómo te poseo. Tu culo es mío». Cada embestida era una lección de rendición; el dolor-placer me hacía suplicar más, rompiendo cualquier resto de orgullo. Después, tareas degradantes: limpiarle las botas con la lengua, servirle cena desnudo mientras ella comía y yo esperaba en el suelo. «Pide permiso para comer, puto». Todo escalaba, y yo lo ansiaba.

El clímax llegó una noche que no olvidaré nunca. Habíamos jugado toda la semana con la jaula puesta, negándome el orgasmo hasta que estaba al límite. Carla me citó en su piso a medianoche. «Hoy te rompo del todo», dijo al abrir la puerta, vestida solo con botas y el arnés. Me arrastró al dormitorio, me esposó las muñecas a la cabecera de la cama y me quitó la jaula. Mi polla saltó libre, dura y palpitante, goteando como un grifo. «Mírala, qué patética. Ha estado sufriendo por mí». Se subió a horcajadas, frotando su coño mojado contra mi cara. «Adórame primero». Lamí su clítoris, saboreando el jugo salado y dulce, oliendo su excitación cruda mientras ella gemía y me tiraba del pelo. «Chupa más fuerte, puto. Hazme correrme en tu boca». Sus muslos sudorosos me apretaban la cabeza, el chapoteo de mi lengua contra su carne llenaba la habitación. Ella se corrió gritando, inundándome la cara con su flujo, y yo bebí todo, excitado por el sabor humillante.

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No me dejó follarla. En vez de eso, se giró y me montó al revés, guiando mi polla a su coño sin piedad. «No te muevas. Yo follo». Empezó a cabalgar, su culo rebotando contra mis caderas, el sonido de piel contra piel mezclado con mis gemidos ahogados. Sus uñas se clavaban en mi pecho, dejando marcas rojas, y el sudor nos cubría a los dos –salado, pegajoso, oliendo a sexo puro. «Sientes cómo te aprieto, ¿eh? Tu polla es solo un juguete para mi placer». Yo suplicaba, al borde otra vez: «Ama, por favor, déjame correrme». Ella se rio, cruel, acelerando hasta que su coño chapoteaba alrededor de mí. «No. Aguanta». Me bajó, edging de nuevo, y sacó el strap-on. «Ahora te follo mientras te pajeo». Me penetró el culo con fuerza, el dildo estirándome, rozando esa zona que me hacía ver estrellas, mientras su mano libre me masturbaba lento. El dolor-placer era abrumador: mi próstata latiendo, la polla hinchada en su puño, olores de sudor, coño mojado y mi propio precum. Gemía como un animal, «Más fuerte, Ama, joder, no pares», y ella azotaba mis huevos, el chasquido resonando. «Confiesa: eres mi cornudo, mi perra». Las palabras me excitaban más que el tacto; la humillación era el afrodisíaco.

Finalmente, cuando estuve al borde del colapso, me quitó el strap y se sentó en mi cara de nuevo. «Córrete mientras me lames». Su coño presionaba mi boca, yo lamiendo frenético, y ella me ordeñó la polla con la mano. El orgasmo explotó: semen caliente salpicando mi estómago, saboreando su jugo mientras gritaba en su carne. Ella se corrió otra vez, ahogándome en su placer, sus gemidos roncos llenando el aire. Sensaciones internas me volvían loco –la polla latiendo vacía en la jaula que se pondría de nuevo, el culo dilatado y sensible, la mente rota por la sumisión total. Todo era tacto sudoroso, olores intensos, sonidos de súplica y chapoteo, sabores prohibidos. Joder, era el paraíso culpable.

Después, me acurrucó contra su pecho un rato, dulce pero firme. «Has sido bueno, perrito. Pero esto no acaba. Mañana, la jaula vuelve, y quizás invite a un amigo para que veas cómo me folla de verdad». Sonreí, exhausto, aceptando mi lugar con un placer que me quemaba por dentro. Sabía que era suyo para siempre, y eso me ponía más cachondo que nada. Porque en el fondo, ser su puto era lo que siempre quise. Y si ella manda, ¿quién coño soy yo para negarme?

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