Relatos de dominación

1. Ama Cruel Impone Sumisión Total en Jaula de Castidad Sin Escapar 2. Femdom Intensa: Humillación con Pies hasta su Completa Rendición 3. Dómina Dominante Controla Orgasmo de Esclavo con Pegging Implacable 4. Adoración de Pies Obligada en Sumisión Total a Mi Capricho 5. Cornudo Sumiso Sufre Castidad Eterna Bajo mi Dominación Femenina 6. Strap-On Furioso: Humillo a Mi Esclavo en Pegging Sin Piedad 7. Ama Exige Adoración de Pies y Sumisión Total de su Mascota 8. Control de Orgasmo Total: La Jaula que Rompe su Voluntad 9. Femdom Tabú: Dómina Cruel Convierte Marido en Cornudo Sumiso 10. Humillación Extrema con Chastity y Pegging hasta que Suplique 11. Esclavo Encadenado en Sumisión Total ante mi Dominación Femenina 12. Adoración de Pies y Castidad: Mi Control Absoluto sobre Él 13. Pegging Salvaje de Ama: Humillación para su Rendición Completa 14. Cuckold Hispano en Jaula, Sufriendo mi Dominación Sin Fin 15. Dómina Implacable Impone Chastity y Sumisión Total Eterna 16. Pies Dominantes: Humillo a Esclavo en Adoración Obligada 17. Femdom Brutal con Strap-On y Control Orgasmo sin Compasión 18. Cornudo Esclavo Rinde Pies a mi Dominación Femenina Cruel 19. Sumisión Total en Castidad: Mi Pegging Rompe su Resistencia 20. Ama Controla Todo: Humillación y Adoración hasta su Rendición

La Jaula de Mi Ama

Joder, ¿por dónde empezar? Todo arrancó en una app de citas, de esas que usas cuando estás harto de tu vida de mierda y buscas un polvo rápido para desahogarte. Yo era el típico pringado de 32 años: curro de oficina que me mataba el alma, soltero desde hacía meses, y una polla que no paraba de reclamar atención. Me ponía a mil la idea de una tía que me mandara, que me pusiera en mi sitio, pero nunca lo había confesado ni a mí mismo. Hasta que apareció ella.

Se llamaba Carla, 28 años, y la foto de perfil era una puta bomba: morena con curvas que te dejaban babeando, ojos verdes que te clavaban como cuchillos, y una sonrisa de esas que dicen «te voy a destrozar, chaval». Hablamos un par de días, coqueteo tonto al principio, pero pronto sacó el tema del control. «Me gusta que los tíos se arrodillen, ¿tú qué?», me soltó de sopetón. Me quedé tieso, la polla ya empalmada solo de leerlo. «Joder, sí, me pone a mil», admití, y ahí empezó el juego. Quedamos en un bar cutre del centro, nada romántico. Ella llegó con un vestido negro ajustado que marcaba cada curva, tacones que la hacían un metro ochenta de diosa cabrona. Yo, nervioso como un crío, con mi camisa planchada y el corazón a mil.

Nos tomamos unas copas, y mientras hablábamos, noté cómo me escaneaba, como si ya supiera que me tenía pillado. «Eres un sumiso nato, ¿verdad? Se te nota en la mirada, cómo bajas los ojos», me dijo, rozándome la mano con la suya. Me puse rojo como un tomate, pero no pude negarlo. «Sí, tía, me flipa que mandes». Ella rio, una risa baja y sexy que me erizó la piel. «Bien, porque yo soy tu Ama a partir de ahora. Pero oye, si algo no te mola, di ‘rojo’ y paramos. Consentimiento claro, ¿capiche?». Asentí, excitado como nunca, sabiendo que acababa de firmar mi rendición. Esa noche no follamos, solo me besó en la mejilla y me mandó a casa con la orden de no tocarme la polla sin permiso. «Es mía ahora, putito». Me fui a casa hecho un manojo de nervios, empalmado toda la noche, pensando en esa cabrona que ya me tenía loco.

Al día siguiente, me citó en su piso, un ático chulo en las afueras, con vistas que daban envidia. Entré temblando, y ella ya estaba ahí, en vaqueros y camiseta, pero con esa aura de jefa que te hace sentir pequeño. «Desnúdate, ahora», ordenó sin preámbulos. Joder, el corazón me latía en la polla. Me quité todo, quedando en pelotas delante de ella, expuesto y vulnerable. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi erección. «Mira qué patético, ya estás duro solo por obedecerme. Arrodíllate, perrito». Me arrodillé, el suelo frío contra las rodillas, y sentí una oleada de humillación que me excitó más. Ella se sentó en el sofá, cruzó las piernas y sacó un paquete de su bolso. «Esto es para ti. Tu nueva jaula».

Era una cosa de metal negro, pequeña y cruel, con un candado brillante. «Tu polla ya no te pertenece, ¿entiendes? Vas a llevarla puesta hasta que yo diga». Tragué saliva, el miedo y la lujuria mezclados. «Sí, Ama». Me la puso ella misma, sus dedos fríos rozando mi piel, encajando mi polla flácida en esa prisión diminuta. Hizo clic el candado, y de repente, el mundo cambió. Intenté empalmarme, pero solo dolía, una presión que me recordaba quién mandaba. «Ahora eres mío, cornudo en potencia. Vas a suplicar por un polvo, y yo decidiré si te lo doy». Me dejó así, atado, y me mandó a casa con la llave colgada de su cuello como un collar. Esa noche no dormí, la jaula me apretaba cada vez que pensaba en ella, en su coño que no podía tocar. Estaba pillado, joder, pillado hasta el fondo.

READ  Femdom Dominación Femenina: Humillación Implacable

Los días siguientes fueron un infierno delicioso. Carla me mandaba mensajes a todas horas: «Envíame una foto de tu jaula, putito. Quiero ver cómo sufres». Yo obedecía, en el curro, en el baño, donde fuera, sintiendo la humillación quemarme por dentro. Me excitaba esa pérdida de control, saber que mi polla era su juguete. Una semana después, me citó de nuevo. «Ven, y trae vino. Hoy vas a servirme». Llegué con las manos temblando, y ella abrió la puerta en lencería roja, tetas firmes asomando, culo redondo que pedía ser adorado. «Desnúdate y ponte a cuatro patas. Hoy limpias mi casa como el esclavo que eres».

Me arrastré por el suelo, desnudo salvo por la jaula, fregando con un trapo mientras ella se paseaba, azotándome el culo con una regla cada vez que lo hacía mal. «Más rápido, inútil. Tu polla late en su prisión, ¿verdad? Pobre, queriendo crecer pero sin poder». Cada azote era fuego, pero mi mente gritaba por más. Terminamos en su habitación, y me ordenó adorar sus pies. Se quitó los tacones, pies perfectos, uñas rojas, con un olor leve a sudor del día. «Lámelos, chúpame los dedos como si fueran mi coño». Me lancé, lengua recorriendo cada centímetro, saboreando la sal de su piel, el arco de su pie contra mi boca. Gemí, la jaula me torturaba, pero su risa cruel me ponía a mil. «Buen chico, pero no te corras. Ni lo intentes».

La cosa escaló rápido. Una noche, me ató a la cama, manos y pies, la jaula aún puesta. Sacó un vibrador y se lo metió ella misma, gimiendo frente a mí. «Mírame mientras me corro pensando en otro, en un tío de verdad con polla libre». Sus jugos chorreaban, el olor a coño mojado llenaba la habitación, y yo suplicaba: «Por favor, Ama, quítamela, déjame follarte». Ella rio, acercando el vibrador a mi cara. «Límpialo, lame mis jugos de esta polla de goma. Eres un cornudo patético». Lamí, saboreando su esencia salada y dulce, mientras mi polla intentaba liberarse, el dolor mental peor que el físico. Me dejó al borde mil veces esa noche, rozando la jaula con sus uñas, edging sin piedad. «Siente cómo late, queriendo explotar. Pero no, putito, solo yo decido». Supliqué hasta quedarme ronco, la frustración me hacía llorar de placer reprimido. Era su juguete, y eso me volvía loco de ganas.

No paró ahí. Me obligó a confesar mis fetiches más sucios, sentado a sus pies mientras ella bebía vino. «Dime, ¿qué te pone? ¿Ser cornudo? ¿Que te folle el culo?». Bajé la cabeza, rojo de vergüenza. «Sí, Ama, todo. Quiero que me rompas». Ella sonrió, malvada. «Bien, porque mañana traes lubricante. Vas a conocer el strap-on». Al día siguiente, llegó el paquete: un arnés negro con un dildo grueso, venoso, de 20 centímetros. Me puso a cuatro patas en la cama, culo en pompa. «Pide permiso para que te folle como a una puta». «Por favor, Ama, fóllame el culo», rogué, excitado y aterrado. Untó lubricante frío, sus dedos abriéndome, y luego el dildo presionó. Dolor al principio, quemando, pero ella empujó lento, sus caderas contra mi piel. «Relájate, perra. Siente cómo te lleno». Gemí, el placer surgió del fondo, mi próstata latiendo con cada embestida. Ella aceleró, azotándome, tirándome del pelo. «Tu culo es mío, como tu polla enjaulada. Dime que eres mi puto». «¡Soy tu puto, Ama!», grité, la humillación amplificando todo. Me corrí sin tocarme, semen salpicando la sábana, pero ella no paró hasta que yo supliqué misericordia. «No te quito la jaula aún, cornudo. Mañana verás cómo me follo a otro».

READ  Dominación Femenina Extrema: Sumisión Implacable

La dominación psicológica era lo peor y lo mejor. Me hacía pedir permiso para todo: «Ama, ¿puedo mear?» o «Ama, ¿puedo comer?». Cada «sí» era una victoria pírrica, cada «no» una puñalada que me empalmaba en la jaula. Una vez, me obligó a lamer su culo después de un día largo, separando nalgas firmes, el olor terroso y sudoroso invadiéndome. «Chupa mi ano, huele cómo soy tu diosa». Lamí, lengua hundida, saboreando su esencia íntima, mientras ella se tocaba el coño. «Imagina a otro follándome aquí, y tú limpiando después». La idea me destrozaba el ego, pero me excitaba como un demonio, el taboo rompiéndome por dentro.

(Desarrollo: aprox. 1050 palabras)

El clímax llegó una noche de viernes, cuando todo explotó. Carla me había tenido en ascuas toda la semana, mensajes sucios: «Prepárate, putito. Hoy te rompo de verdad». Llegué a su piso con la jaula apretando, el cuerpo temblando de anticipación. Ella abrió la puerta desnuda, piel olivácea brillando bajo la luz tenue, tetas altas con pezones duros, coño depilado reluciendo de humedad. «Entra y desnúdate. Hoy no hay jaula». Caí de rodillas, besando sus pies como saludo. «Buen chico. Pero quítatela tú, despacio, y no te toques».

Temblando, abrí el candado, mi polla saltó libre, roja e hinchada por días de tortura, venas pulsando, gotas de precum chorreando. Joder, el alivio fue brutal, pero ella no me dejó disfrutarlo. Me ató las manos a la espalda con unas esposas de cuero, suaves pero firmes, y me tiró del pelo para que la mirara. «Hoy vas a adorarme entera, y luego te follo hasta que supliques. Pero nada de correrte sin permiso». Empezó por su coño: se sentó en mi cara, muslos fuertes aprisionándome, el peso de su culo contra mi pecho. «Lame, puto. Saborea mi coño mojado». Hundí la lengua, el sabor salado y almizclado explotando en mi boca, jugos calientes resbalando por mi barbilla. Olía a sexo puro, sudor mezclado con su excitación, y gemí contra sus labios hinchados, chupando el clítoris como si fuera mi vida. Ella se movía, frotándose, sus gemidos roncos llenando la habitación: «Ah, sí, más profundo, lame mi agujero». Clavó las uñas en mis hombros, piel sudorosa pegándose a la mía, el tacto ardiente de su calor contra mi cara.

No paró ahí. Se giró, presentándome su culo, redondo y perfecto. «Ahora mi ano, cornudo. Imagina que otro me ha follado aquí antes». El olor era intenso, sudor y un toque prohibido, y lamí, lengua circundando el anillo apretado, saboreando la sal de su piel. Ella empujó contra mí, chapoteo húmedo de su coño goteando, y azotó mi polla expuesta con la mano: plaff, plaff, sonidos secos que dolían y excitaban. «Mira cómo late tu polla, latiendo como un corazón desesperado. Pero no te corres, ¿eh?». Estaba al borde, el edging de días acumulándose, bolas pesadas y sensibles, suplicando en silencio. «Por favor, Ama, déjame…». «Cállate y chupa».

READ  La Ciencia del Deseo y las Jerarquías de Poder

Entonces sacó el strap-on, el mismo dildo grueso, pero esta vez con más lubricante, reluciente. Me puso a cuatro patas en la cama, el colchón hundiéndose bajo nosotros, y sentí sus uñas arañando mi espalda, dejando marcas rojas. «Pide que te penetre, perra». «Fóllame, Ama, rómpeme el culo». Empujó, el dildo abriéndose paso, dolor agudo al dilatarme, pero placer inmediato en la próstata. Gemí alto, sonidos guturales escapando, mientras ella embestía, caderas chocando contra mi culo con palmadas sudorosas. «Siente cómo te lleno, cómo tu culo se traga mi polla. Eres mi puta ahora». El chapoteo del lubricante, sus gemidos mezclados con los míos, el olor a sexo y sudor impregnando todo. Tiró de mi pelo, arqueándome, y me obligó a mirarme en el espejo: yo, sudado, polla goteando, ella dominándome. La humillación me quemaba, pero excitaba más, el taboo de ser su objeto rompiéndome el ego en pedazos deliciosos.

Cambió de posición, me tumbó boca arriba, piernas abiertas, y se subió encima, el strap-on hundiéndose de nuevo mientras se tocaba el coño. Sus tetas rebotaban, sudor resbalando por su vientre, y me miró a los ojos: «Ahora te voy a hacer correrte, pero solo porque yo quiero». Aceleró, el dildo masajeando mi interior, mi polla rozando su piel sin poder entrar. Sentí la presión construir, bolas contrayéndose, y exploté: semen caliente salpicando su tripa, chorros blancos contra su piel olivácea, el sabor metálico en el aire cuando ella lo untó en mis labios. «Límpialo, lame tu propia corrida, cornudo». Lamí, salado y espeso, mientras ella se corría encima de mí, jugos chorreando sobre mi pecho, gemidos ahogados y temblorosos. El tacto de su cuerpo convulso, olores mezclados de semen, coño y sudor, sonidos de jadeos y carne chocando… todo me llevó al límite. Ella controlaba cada pulso, cada súplica, y yo era suyo, completamente roto y feliz.

(Clímax: aprox. 650 palabras)

Después de eso, nos quedamos tirados en la cama, sudorosos y exhaustos. Carla me desató, pero no me dejó ir; me acurruqué a sus pies, la jaula de nuevo en su mano, lista para volver. «Has sido un buen putito hoy», murmuró, acariciándome el pelo con una dulzura cruel que me erizaba. «Pero recuerda, tu polla es mía, tu culo es mío, todo tú eres mío. Si quieres más, suplicas y obedeces». Asentí, el placer culpable invadiéndome, sabiendo que volvería por más humillación, por esa pérdida de control que me hacía sentir vivo. Ella se rio bajito, colgándose la llave al cuello. «Duerme aquí, esclavo. Mañana, tareas nuevas».

Y así, con su olor todavía en mi piel y la promesa de más tormento, supe que estaba perdido. Joder, qué cabrona, pero qué adicta. Si esto es rendirse, que no pare nunca.

(Cierre: aprox. 250 palabras)

(Total: aprox. 2200 palabras)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba