Relatos de dominación

1. La Ama Implacable Impone Sumisión Total con su Jaula de Castidad Sin Piedad 2. Femdom Extrema: Humillación Total del Esclavo Bajo los Pies de su Dómina Cruel 3. Control Orgasmo Absoluto: La Dómina que Niega Placer a su Sumiso Sumiso 4. Pegging Dominante de la Ama que Rompe la Voluntad de su Esclavo Cornudo 5. Adoración Pies Obligatoria: Humillación Eterna para el Sumiso en Castidad 6. Dómina Cruel Enjaula al Cornudo Hispano en una Vida de Sumisión Total 7. Femdom Tabú: El Esclavo Roto por Strap-On y Control Orgasmo Implacable 8. Humillación Femenina: La Ama que Exige Adoración Pies sin Rendición 9. Castidad Forzada: Sumiso Convertido en Esclavo de la Dómina sin Escapar 10. Pegging Salvaje de la Ama que Domina al Cornudo en su Propia Casa 11. Sumisión Total al Poder de la Femdom que Controla Orgasmo y Castidad 12. Dómina Implacable: Humillación con Strap-On hasta la Rendición del Esclavo 13. Adoración Pies y Jaula: El Sumiso Vive para el Placer de su Ama Cruel 14. Cornudo en Castidad: Femdom que Impone Humillación y Sumisión Eterna 15. Control Orgasmo Brutal de la Dómina que Encierra al Esclavo sin Misericordia 16. Pegging Femenino: La Ama que Conquista al Sumiso con Dominación Total 17. Humillación Extrema con Pies: Esclavo Arrodillado ante su Dómina Sin Piedad 18. Strap-On y Castidad: Femdom que Rompe al Cornudo en Sumisión Absoluta 19. Ama Dominante Exige Adoración Pies y Control Orgasmo hasta su Ruina 20. Esclavo en Jaula: La Dómina Cruel Impone Humillación y Rendición Total

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que acabaría así, de rodillas en el suelo de mi propio piso, con la polla metida en una jaula de metal que me tenía loco de frustración. Todo empezó hace unos meses, en una de esas noches en las que sales con colegas y terminas en un bar cutre del centro. Yo era el típico pringado de veintiocho años, curro de oficina que me dejaba muerto, y una vida sexual que se resumía en pajas rápidas pensando en tías que ni conocía. Cachondo reprimido total, de esos que se empalman con cualquier cosa pero no tienen huevos para ir a por ello. Y entonces apareció ella: Valeria.

La tía estaba tremenda, no te miento. Pelo negro largo que le caía por la espalda como si no le importara un carajo, ojos verdes que te clavaban como cuchillos, y un cuerpo que gritaba «ven si te atreves». Vestía ajustada, con una falda corta que dejaba ver unas piernas interminables y tacones que la hacían parecer una diosa cabrona. Yo la vi desde la barra, pidiendo una copa con esa seguridad que te pone malo solo de mirarla. «Joder, qué mujer», pensé, y me acerqué como un idiota, ofreciéndole un trago. Ella me miró de arriba abajo, sonrió de lado y dijo: «Tú pagas, pero no esperes nada a cambio, chaval». Me tenía pillado desde el minuto uno. Hablamos, o mejor dicho, ella hablaba y yo escuchaba embobado. Me contó que era diseñadora freelance, que odiaba a los tíos blandos y que le molaba el control en todo. Yo, con mi ego de mierda, intenté impresionar, pero ella solo se reía. «Sabes que te estoy follando la cabeza ya, ¿verdad?», me soltó, y joder, tenía razón.

Al final de la noche, acabamos en mi casa. No fue un polvo normal; ella mandaba desde el principio. Me besó como si me estuviera probando, con la mano en mi paquete apretando justo lo suficiente para que supiera quién controlaba. «Si quieres más, sigues mis reglas», dijo, y yo, como un puto perrito, asentí. Hablamos de límites esa misma noche, porque ella no era de las que van a lo loco. «La palabra de seguridad es ‘rojo’, si la dices, paramos todo. ¿Entendido?». Asentí, con el corazón a mil. Sabía que me iba a rendir, que esa cabrona me tenía enganchado. Al día siguiente, me mandó un mensaje: «Ven a mi piso esta noche. Y trae huevos». Fui, claro. Y así empezó el juego de poder que me ha cambiado la vida.

Desde entonces, Valeria se convirtió en mi Ama. No era solo sexo; era ella metiéndose en mi cabeza, rompiéndome el orgullo poco a poco. Yo, que siempre había sido el «normal», ahora me ponía a mil solo con un mensaje suyo: «Arrodíllate y espera». Joder, qué vicio.

El desarrollo de todo esto fue como una escalada jodida, paso a paso, y cada peldaño me hundía más en su red. La primera vez que me tuvo de verdad bajo su bota fue una semana después de conocernos. Llegué a su piso, un loft chulo con vistas a la ciudad, y ella me abrió la puerta en lencería negra, con un arnés de cuero colgando del armario. «Desnúdate, putito», me ordenó, con esa voz ronca que me ponía la polla dura al instante. Me quité la ropa temblando, y ella se rio: «Mira qué patético, ya estás empalmado y ni te he tocado». Me hizo arrodillarme y me miró desde arriba, como si fuera basura. «Tu polla ya no te pertenece. Es mía para jugar». Sacó una jaula de castidad de un cajón, un cacharro de metal frío con un candado diminuto. Me la puso mientras yo jadeaba, el roce del metal contra mi piel me volvía loco. «Esto te va a enseñar humildad, cornudo en potencia». La cerró con un clic que resonó en mi cabeza, y joder, la frustración fue inmediata. Mi polla intentaba endurecerse, pero el metal la aprisionaba, doliendo como un hijo de puta. «Ahora, lame mis pies», dijo, sentándose en el sofá y extendiendo una pierna. Sus pies eran perfectos, uñas rojas, olor a crema y un toque de sudor del día. Me incliné, la lengua rozando su piel salada, saboreando cada centímetro mientras ella me pisaba la cara con la otra. «Más profundo, lame entre los dedos, perra». Me excité tanto que la jaula me mordía, y ella solo se reía: «Pobrecito, sufriendo por mí».

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Eso fue solo el principio. Los días siguientes fueron un infierno dulce. Me mandaba tareas degradantes por WhatsApp: «Limpia mi baño desnudo, con la jaula puesta, y envíame fotos». Yo lo hacía, de rodillas fregando el suelo con el agua fría salpicándome la polla atrapada, pensando en lo patético que era pero empalmándome igual. Una noche, me citó para edging. «Quítate la jaula solo para esto, pero no te corras sin mi permiso». Me masturbaba frente a ella, lento, mientras me describía cómo se follaba a otros tíos. «Imagínate mi coño mojado por una polla de verdad, no esa cosita tuya». Me llevaba al borde una y otra vez, mi polla latiendo, gotas de pre-semen chorreando, suplicando: «Por favor, Ama, déjame correrme». Ella negaba con la cabeza, sonriendo cruel: «Ni lo sueñes, putito. Suplica más». Horas así, mi mente rota, excitado por la negación, por saber que ella controlaba mi placer. Al final, me ponía la jaula de nuevo, y el dolor me hacía gemir.

La dominación psicológica era lo que me mataba. Una tarde, me tuvo atado a la cama, vendado. «Confiesa tus fetiches, zorro reprimido. ¿Qué te pone de verdad?». Yo balbuceaba, rojo de vergüenza: «Me excita que me humilles, Ama, que me trates como un cornudo». Ella se reía, montándose en mi cara. «Adora mi coño entonces». Bajó su tanga, y el olor me invadió: almizclado, húmedo, joder, adictivo. Lamí su clítoris hinchado, saboreando sus jugos salados y dulces, mientras ella se movía contra mi lengua. «Mírame mientras me corro pensando en otro», ordenó, quitándome la venda. Sus ojos fijos en los míos, gimiendo fuerte, y yo lamiendo como un desesperado, mi jaula apretando. Se corrió temblando, empapándome la cara, y yo al borde otra vez, suplicando. «No, puto. Tú no corres hoy».

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Pero lo que subió la apuesta fue el pegging. Una noche, después de una semana con la jaula sin quitármela, me dijo: «Hoy te follo yo». Me preparó con lubricante, dedos primero, abriéndome el culo mientras yo gemía en la cama. «Relájate, perra, o dolerá más». Sacó el strap-on, un dildo negro grueso atado a su cintura, y me penetró despacio. El dolor inicial fue bestia, como si me partiera en dos, pero luego vino el placer, su polla falsa rozando mi próstata, haciendo que mi jaula goteara. «Gime para mí, cornudo», decía, embistiéndome más fuerte, sus uñas clavándose en mis caderas. Yo suplicaba: «Más, Ama, fóllame duro». Ella controlaba el ritmo, saliendo y entrando, su sudor cayendo sobre mí, y mi mente explotaba con la humillación de ser follado como una puta. «Esto es lo que eres, mi juguete». Me corrí sin tocarme, un orgasmo arruinado dentro de la jaula, semen espeso saliendo a chorros mientras ella seguía moviéndose. Joder, qué intensidad, el taboo me ponía a mil.

Y no paraba ahí. Me obligaba a tareas diarias: servirle desnudo, pedir permiso para mear, incluso. «Di ‘por favor, Ama, permite que tu puto se alivie'». Cada orden rompía un poco más mi ego, pero me excitaba como nada. Una vez, para humillarme como cornudo, me hizo mirar mientras se follaba a un tío en su cama. «Siéntate en la esquina y observa, no toques esa polla inútil». Yo ahí, jaula apretando, viendo cómo ella montaba a ese cabrón, gimiendo de verdad, su coño tragándose su verga gruesa. Al final, me obligó a lamer el semen de su interior, saboreando la mezcla salada y amarga mientras ella me decía: «Limpia bien, es lo único que tendrás de mí hoy». La frustración mental era brutal, pero joder, me tenía adicto.

El clímax de todo vino una noche que no olvidaré nunca. Habíamos jugado tanto que yo ya era suyo por completo, pero ella quiso empujar los límites. Me citó a su piso a medianoche, con la jaula puesta desde hacía diez días. Cuando llegué, el aire olía a su perfume mezclado con algo más crudo, como anticipación. «Desnúdate y arrodíllate, putito», ordenó, vestida solo con botas altas y un corsé que apretaba sus tetas perfectas. Me até las manos a la espalda con unas esposas que sacó de un cajón, y me tiró del pelo para que mirara arriba. «Hoy te voy a romper del todo». Su piel estaba caliente al tacto, sudorosa ya de la excitación, y el olor de su coño me llegó antes de que se acercara, ese aroma húmedo y almizclado que me ponía la polla latiendo contra el metal.

Empezó con adoración total. Me obligó a besar sus botas, lamiendo el cuero hasta que mi lengua dolía, luego subió: «Ahora mi culo». Se giró, abriendo las nalgas firmes, y presionó mi cara contra ellas. El sabor era intenso, sudor salado y un toque de su esencia, mientras yo inhalaba profundo, gimiendo contra su piel. «Chupa bien, perra, hazme mojar». Sus gemidos empezaron bajos, pero subían con cada lamida, el chapoteo de mi lengua contra su ano. Me dolía la mandíbula, pero no paraba, excitado por el control que tenía sobre mí.

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Luego vino el edging brutal. Quitó la jaula por fin, mi polla saltando libre, roja e hinchada, venas palpitando. «Tócate, pero lento, al borde y para». Yo obedecía, mano temblando, sintiendo cada roce como fuego, el pre-semen lubricando mi piel. Ella se masturbaba frente a mí, dedos hundiéndose en su coño chorreante, sonidos húmedos llenando la habitación. «Suplica, cornudo, dime cuánto lo necesitas». «Por favor, Ama, déjame correrme, estoy loco», jadeaba yo, al borde tres, cuatro veces, mi cuerpo temblando, sudor goteando. El olor a sexo era espeso, su coño mojado mezclado con mi excitación. Pero negaba, riendo: «No hasta que te folle».

El pegging fue el pico. Me puso a cuatro patas, lubricante frío en mi culo, y entró el strap-on de un empujón. Dolor-placer puro, su dildo grueso dilatándome, rozando lo profundo. Sus uñas se clavaban en mi espalda, tirando de mi pelo con fuerza, obligándome a arquearme. «Gime más fuerte, puto, déjame oír cómo te rompo». Los sonidos eran una sinfonía sucia: mis jadeos ahogados, el chapoteo del lubri al entrar y salir, sus azotes en mis nalgas que ardían rojas. El olor a sudor nuestro, intenso y animal, me invadía, y el sabor de su piel cuando me obligó a lamer su cuello salado. Dentro, mi próstata latía, cada embestida enviando ondas de placer que me hacían suplicar: «Más fuerte, Ama, fóllame como a tu puta». Ella aceleró, su respiración agitada contra mi oreja, gimiendo su propio clímax frotándose el clítoris. Yo exploté sin permiso, semen caliente saliendo en chorros pegajosos al suelo, el orgasmo ruinosamente intenso, prolongado por sus movimientos. Humillación total, placer culpable, mi mente en blanco solo por ella.

Se corrió segundos después, temblando sobre mí, su coño goteando jugos en mi espalda. Me dejó ahí, exhausto, semen enfriándose en el suelo, mientras ella se retiraba el strap-on con calma.

Al final de esa noche, Valeria me desató y me miró con esa sonrisa cabrona que me desarmaba. «Eres mío ahora, putito. No hay vuelta atrás». Yo, jadeando en el suelo, asentí con una sonrisa culpable, el placer de la rendición más fuerte que cualquier orgullo. Sabía que volvería por más, que su control era mi adicción. Ella me besó la frente, dulce pero cruel: «Duerme con la jaula puesta, y sueña conmigo follándome a otro». Me fui a casa con el metal apretando de nuevo, pero joder, qué subidón. Ahora, cada día sin ella es un vacío que solo su dominio llena. ¿Y tú? ¿Te imaginas de rodillas, suplicando por un toque que no llega? Porque yo sí, y me pone a mil solo pensarlo.

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