Relatos de dominación

Dominación Femenina Intensa: Castidad Implacable

La Jaula de la Dómina

Me llamo Alex, un tío normal y corriente, de esos que curra en una oficina de ocho a cinco, sale con los colegas a tomar unas birras y se pone a pajearse viendo porno cuando la novia no está. Pero joder, siempre he tenido esa cosa reprimida, esa fantasía de rendirme a una hembra que me pise el ego y me deje hecho un puto muñeco en sus manos. No era de los que lo admitía en voz alta, claro; me ponía colorado solo de pensarlo. Hasta que apareció ella, Laura, la cabrona más jodidamente atractiva que he visto en mi vida.

La conocí en una app de ligues, de esas donde buscas un polvo rápido sin complicaciones. Su foto era una pasada: morena con curvas que te dejaban la boca seca, ojos verdes que te taladraban el alma y una sonrisa de loba que prometía problemas. «Ven a mi casa si te atreves, pero no llores si no aguantas», me escribió el primer día. Me pilló desde el minuto uno. Quedamos en un bar cutre del centro, y cuando la vi llegar con ese vestido negro ajustado que le marcaba el culo como un guante, supe que estaba jodido. La tía estaba tremenda, con tacones que la hacían un metro ochenta de pura dominación, y un perfume que me llegaba directo a la polla.

Hablamos de todo y nada, pero ella dirigía la charla como si fuera la jefa. Me preguntaba sobre mis gustos, y yo, como un idiota, solté que me gustaba el rollo de control, de que una mujer mande. Se rio, pero no de burla; era una risa que me ponía a mil. «Ya sabía que eras de los que se arrodillan, putito», me dijo bajito, rozándome la mano con sus uñas rojas. Me dejó tieso ahí mismo. Volvimos a su piso, un ático chulo con vistas a la ciudad, y antes de que cerrara la puerta, me clavó: «Si entras, jugamos a mi manera. La palabra de seguridad es ‘rojo’, y si la dices, paramos. ¿Entendido?». Asentí como un perrito, el corazón latiéndome a mil. Sabía que me tenía pillado; solo de mirarla, con ese cuerpo que gritaba «soy tu ama», me ponía malo. Empezó el juego esa misma noche, y joder, no había vuelta atrás.

Al principio fue suave, pero con esa tensión que te deja el aire espeso. Me hizo quitarme la camisa y sentarme en el sofá mientras ella se ponía cómoda, quitándose los zapatos y cruzando las piernas. «Mírame bien, Alex. Vas a aprender a obedecer». Su voz era ronca, como si fumara puros, y me ordenó que me arrodillara. No lo pensé; caí de rodillas frente a ella, sintiendo el suelo frío contra mis piernas. Me ponía cachondo solo imaginarlo, pero el subidón real vino cuando me miró con desprecio juguetón y dijo: «Tu polla ya no te pertenece, ¿entiendes? Es mía para jugar». Joder, esas palabras me golpearon como un puñetazo en el estómago, pero en vez de dolor, sentí una erección que me dolía en los pantalones.

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Pasaron los días, y el juego escaló. Laura era una maestra en eso de romperte la cabeza poco a poco. Una noche, después de un día de curro de mierda, llegué a su piso y me esperó con una caja negra en la mano. «Quítate todo, putito. Vamos a ponerte una jaula». Me quedé tieso, pero ella no aceptaba dudas. Me desnudó ella misma, sus manos frías recorriéndome el pecho, bajando hasta mi polla, que ya estaba medio dura solo de oler su perfume. Sacó ese artilugio de metal, una jaula de castidad pequeña y cruel, con un candado que brillaba bajo la luz. «Esto te va a enseñar a no pajearte sin mi permiso», me dijo mientras me la ponía. El frío del metal contra mi piel me erizó los huevos; intenté ponerme duro, pero la jaula lo impedía, apretándome como un puño. Frustración pura: sentía la sangre latiendo, queriendo expandirse, pero nada. Me miró y se rio: «Pobrecito, ya estás sufriendo. Pero es por tu bien, cornudo en potencia».

La jaula se convirtió en mi puta cárcel mental. Cada mañana, al despertarme con la polla intentando levantarse, el metal me recordaba quién mandaba. Laura me controlaba todo: no podía tocarme, ni siquiera en la ducha. Me hacía contarle mis sueños sucios, confesiones que me avergonzaban. «Dime, Alex, ¿qué te pone más? ¿Lamer mis pies después de un día largo o verme follar con otro?». Joder, confesar eso me rompía el ego, pero me excitaba como un demonio. Me tenía pillado; la humillación era el afrodisíaco, no el sexo en sí. Una vez, me obligó a una tarea degradante: limpiar su piso desnudo, con la jaula tintineando contra mis muslos, mientras ella se tumbaba en el sofá viendo Netflix. «Más rápido, esclavo, o te quedas sin edging esta noche». Servir así, pidiendo permiso para mear, me hacía sentir pequeño, pero cachondo perdido. «Por favor, ama, déjame correrme», le suplicaba, y ella solo sonreía: «Ni de coña, putito. Tu placer es mío».

La adoración vino después, escalando la tensión como una olla a presión. Me hacía empezar por los pies. «Arrodíllate y lame, como el perro que eres». Sus pies eran perfectos, con uñas pintadas de rojo sangre, un poco sudorosos después de las botas. El olor era salado, terroso, me llegaba directo al cerebro. Lamía despacio, sintiendo la piel suave bajo mi lengua, chupando cada dedo mientras ella gemía bajito, controlándolo todo. «Eso es, saborea a tu dómina. ¿Te gusta el gusto de mis pies, eh? Dime que sí». «Sí, ama, me pone a mil», respondía yo, la jaula apretándome más. Subía a su culo después: me ponía a cuatro patas y me ordenaba olerlo, enterrar la cara entre sus nalgas firmes. «Huele cómo huelo yo, no como esa polla inútil que tienes encerrada». El aroma era intenso, a mujer excitada, y lamía su ano con devoción, sintiendo cómo se contraía bajo mi lengua. Pero lo mejor era su coño: me dejaba lamerlo solo si suplicaba. «Chúpame el clítoris hasta que me corra, pero tú no te toques». Su coño era jugoso, con labios hinchados y un sabor ácido-dulce que me volvía loco. La oía gemir, «Más fuerte, puto, hazme disfrutar», y yo obedecía, la boca llena de su humedad, mientras mi polla latía en vano en la jaula. La negación era brutal: me llevaba al edging una y otra vez. Me sacaba la jaula por un rato, me pajaba lento hasta que estaba al borde, polla goteando pre-semen, y paraba. «Suplica, Alex. Dime lo patético que eres». «Por favor, ama, déjame correrme, estoy loco de ganas». Pero nada; me volvía a encerrar, la frustración mental comiéndome vivo. Esa mierda psicológica me tenía enganchado; el dolor de no correrse era adictivo, me hacía rendirme más.

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Una noche, la cosa subió de nivel con el pegging. Laura me preparó: me untó lubricante frío en el culo, sus dedos explorando sin piedad. «Relájate, cornudo. Vas a sentir lo que es ser follado de verdad». Se puso el strap-on, un dildo negro grueso que le colgaba entre las piernas como una amenaza. Me puso a cuatro patas en la cama, el corazón martilleándome. «Mírame mientras te penetro», ordenó, y empujó. El dolor inicial fue como un fuego, dilatándome, pero se mezcló con placer cuando dio en la próstata. Gemí como una perra, «Joder, ama, más», y ella azotaba mi culo mientras embestía. «Toma, putito, esto es lo que mereces». El chapoteo del lubricante, mis gemidos ahogados, su risa cruel… me rompía, pero me ponía más cachondo que nunca. Confesé fetiches sucios: «Me excita imaginarte con otro, dómina». Ella sonrió: «Pronto lo verás, pero hoy te follo yo».

El clímax llegó una noche de viernes, cuando ya no aguantaba más. Laura me había tenido en castidad una semana entera, y mi mente era un lío de lujuria reprimida. Entré en su piso temblando, y ella me esperaba en la habitación, desnuda salvo por lencería negra que le ceñía las tetas y el coño depilado. «Quítate todo y arrodíllate, esclavo. Hoy te voy a romper del todo». Le obedecí, la jaula quitada por fin, mi polla saltando libre, dura como una barra de hierro, goteando. Pero no me dejó tocarla; se sentó en la cama, abriendo las piernas. «Adórame primero. Lame mi coño hasta que te diga». Me arrastré, enterrando la cara entre sus muslos. El olor era embriagador: sudor femenino mezclado con excitación, salado y almizclado. Lamí su clítoris hinchado, chupando con hambre, sintiendo su humedad empaparme la barbilla. Ella gemía, «Sí, puto, come mi coño como si fuera tu cena», y clavaba sus uñas en mi pelo, tirando fuerte. El dolor me hacía jadear, pero lamía más, saboreando su jugo ácido que me resbalaba por la garganta.

De repente, me apartó. «Ahora, a cuatro patas. Te voy a follar hasta que supliques». Sacó el strap-on, ya lubricado, y se lo ajustó. Me posicioné, el culo en pompa, temblando de anticipación. Empujó despacio al principio, el dildo abriéndome centímetro a centímetro, un ardor que se convertía en placer punzante. «Mírame, cornudo», ordenó, y giré la cabeza para ver su cara de éxtasis, tetas rebotando con cada embestida. El tacto era crudo: su piel sudorosa contra mi espalda, uñas arañándome las caderas, dejando marcas rojas. Oía el chapoteo del lubri contra mi culo, mis propios gemidos roncos mezclados con sus gruñidos: «Toma, perra, siente cómo te domino». Sudor goteaba de su cuerpo al mío, salado en mi lengua cuando lamí una gota de su abdomen. Ella aceleró, follándome fuerte, el dildo golpeando mi próstata hasta que sentí la polla latiendo sola, al borde sin tocarme.

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Pero no paró ahí. Me volteó boca arriba, montándome como si yo fuera su juguete. «Ahora vas a correrme en la boca, pero tú esperas». Se masturbó sobre mí, dedos hundiéndose en su coño mojado, el sonido húmedo llenando la habitación. Oía su respiración agitada, «Joder, me corro pensando en un tío de verdad, no en tu polla patética». El olor a coño excitado me volvía loco, y cuando se corrió, un chorro caliente me salpicó la cara, salado y dulce en mi boca abierta. Lamí lo que pude, saboreando su orgasmo mientras suplicaba: «Ama, por favor, déjame correrme». Ella rio, cruel, y me montó de verdad, hundiendo mi polla en su coño resbaladizo. El calor era abrasador, sus paredes apretándome como un vicio. Cabalgó salvaje, tetas saltando, uñas clavadas en mi pecho. «No te corras hasta que yo diga», jadeaba, y yo luchaba, la polla latiendo dentro de ella, sintiendo cada contracción. El sudor nos unía, pegajoso; oía el slap-slap de su culo contra mis muslos, mis súplicas: «No pares, dómina, me tienes loco». Ella se corrió otra vez, gritando «¡Sí, puto!», su coño convulsionando alrededor de mí, jugos chorreando por mi polla.

Finalmente, cuando estaba al límite, me ordenó: «Córrete ahora, esclavo. Lléname». Exploté como nunca, semen caliente brotando en oleadas, llenándola mientras gemía como un animal. Sentí cada pulso, el placer mezclado con humillación: era suyo, completamente. Ella se apartó, mi semen goteando de su coño, y me obligó a lamerlo. «Limpia tu desastre, cornudo». El sabor era amargo, salado, mezclado con su esencia, y lamí obediente, el culo aún palpitando del pegging, la mente rota de placer culpable.

Al final, nos quedamos tumbados, ella acariciándome el pelo con una ternura cruel. «Eres mío, Alex. Tu jaula vuelve mañana, y quién sabe, quizás te haga ver cómo me follo a otro». Asentí, exhausto pero feliz en mi rendición. Joder, aceptar mi lugar como su putito me ponía más que cualquier polvo vanilla. Sabía que volvería por más, enganchado a esa dominación que me dejaba el alma en carne viva.

Y mientras me dormía oliendo a ella, pensé: «Qué cabrona, me tiene jodido para siempre».

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