Relatos de dominación

Ama Cruel Femdom: Humillación Intensa y Pegging

La Jaula de mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llama Carla, una morena de curvas que te dejan tonto, con ojos que te clavan como cuchillos y una sonrisa de cabrona que sabe exactamente lo que quiere. La conocí en una app de ligoteo, de esas donde la gente busca rollos sin complicaciones, pero desde el primer mensaje supe que esto iba a ser diferente. Yo soy un tipo normal, de esos que curra en una oficina de mierda, ve fútbol los fines de semana y se reprime las ganas de algo más salvaje porque, vamos, ¿quién coño va a admitir que le mola que le manden? Pero con Carla, todo saltó de golpe. Me escribió: «Dime, ¿qué te pone de verdad? No me vengas con mariconadas». Le confesé que me flipaba la idea de rendirme, de que una mujer me controlara, y ella soltó una risa en audio que me puso la polla tiesa al instante. «Interesante, putito. Mañana nos vemos y vemos si aguantas».

Quedamos en un bar cutre del centro, de esos con luces tenues y música de fondo que no molesta. Llegó con un vestido negro ajustado que le marcaba el culo redondo y las tetas firmes, tacones que la hacían parecer una diosa cabrona. Me miró de arriba abajo como si ya me estuviera evaluando para el matadero. «Tú eres el pringado que quiere que le pise, ¿no?». Me reí nervioso, pero ella no. Pidió una copa y me obligó a pagar, solo con una mirada. Hablamos un rato, pero era ella quien llevaba el ritmo: me preguntaba por mis fantasías, riéndose cuando admití que me ponía imaginarme atado y suplicando. «Sabes qué, chaval? Me molan los sumisos como tú. Pero no gratis. Si quieres jugar, hay reglas. Palabra de seguridad: ‘rojo’ para parar todo. ¿Entendido?». Asentí, con el corazón latiéndome a mil. Me tenía pillado desde el minuto uno. Esa noche acabamos en su piso, un ático chulo con vistas a la ciudad, y ahí empezó el juego de verdad. Me hizo desnudarme mientras ella se sentaba en el sofá, cruzando las piernas con esa seguridad que te hace sentir pequeño. «Arrodíllate y dime por qué mereces que te toque». Joder, solo de oírla mi polla se empalmó como una barra de hierro. Sabía que me tenía en sus manos, y eso me ponía más cachondo que cualquier polvo vanilla.

Al día siguiente, ya estaba metido hasta el cuello. Carla no perdía el tiempo; era directa, como una jefa que no tolera tonterías. Me mandó un mensaje: «Ven a mi casa ahora mismo, y trae huevos». Llegué sudando, con la polla ya medio dura solo de pensar en ella. Me abrió la puerta en ropa interior, un conjunto de encaje negro que le hacía el coño jugoso y los pezones duros asomando. «Desnúdate, putito. Hoy empezamos con lo básico». Me arrodillé en su salón, el suelo frío contra las rodillas, mientras ella se sentaba en el sofá y estiraba las piernas. Sus pies, perfectos, con uñas rojas y un olor leve a crema que me volvía loco. «Bésalos. Adóralos como si fueran lo único que vas a tener en la vida». Lamí sus dedos, chupando cada uno con devoción, el sabor salado de su piel mezclándose con el calor de mi lengua. Me ponía a mil, joder, sentirme tan bajo, tan usado. Ella gemía bajito, pero no por placer mío: «Eso es, lame como el perrito que eres. Tu polla no te pertenece ya, ¿entiendes? De ahora en adelante, pides permiso para tocarte».

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La cosa escaló rápido. Esa misma semana me compró la jaula. Llegó en un paquete discreto, pero cuando me la puso, fue como si me cerraran la puerta al cielo. Era de metal frío, ajustada alrededor de mi polla flácida, con un candado que ella guardaba en su collar como un trofeo. «Mírate, encajado como un eunuco. Ahora vas a aprender a frustrarte por mí». Los primeros días fueron una puta tortura. Me despertaba con la polla intentando endurecerse, pero la jaula la apretaba, un dolor sordo que me hacía gemir. En el curro, cada roce con los pantalones era un recordatorio: soy suyo. Le mandaba fotos cada hora, como me ordenaba, mostrando la jaula hinchada. «Bien, putito. Hoy edging sin correrte. Coge tu polla… ah, espera, no puedes. Mírame masturbarme por videollamada». Y lo hacía: se tumbaba en la cama, abriendo las piernas para mostrarme su coño depilado, húmedo, frotándose el clítoris con dedos que entraban y salían chapoteando. «Mírame mientras me corro pensando en otro, en un tío de verdad que me folle como se debe». Supliqué, joder, le rogué que me quitara la jaula, pero ella solo reía: «No, cornudo. Tu sitio es mirar y sufrir».

No paraba ahí. Me obligaba a tareas degradantes que me rompían el ego poquito a poco. «Limpia mi piso desnudo, con la jaula puesta. Y si te pones duro, azotes». Iba de habitación en habitación, fregando el suelo a cuatro patas, el culo al aire, mientras ella me vigilaba desde el sofá, bebiendo vino. Una vez me pilló empalmándome contra la jaula al oler su ropa interior tirada. «¡Puto cerdo! Ven aquí». Me ató las manos a la espalda y me azotó el culo con una pala de cuero, cada golpe un fuego que me hacía jadear. «Confiesa, ¿qué fetiches tienes que no me has dicho? ¿Te mola que te humille delante de otros?». Admití todo: que soñaba con ser su cornudo, con lamerla después de que se follara a otro. Ella sonrió, esa sonrisa cruel que me tenía loco. «Buen chico. Mañana te demuestro lo que es control real».

La dominación psicológica era lo que más me jodía y excitaba. Me hacía confesar en sesiones de «terapia», como ella lo llamaba. Sentado a sus pies, con la cabeza en su regazo, mientras ella me acariciaba el pelo. «¿Por qué te mereces esto, eh? Eres un pringado reprimido que necesita que una tía como yo le rompa». Y yo balbuceaba, admitiendo que mi vida era una mierda sin su control, que la humillación me ponía más que cualquier orgasmo. Una noche, me obligó a adorar su culo. Se puso a cuatro patas en la cama, el ano perfecto asomando entre nalgas firmes. «Olerlo primero. Respira hondo, putito». El aroma almizclado, terroso, me invadió, y lamí como un poseído, la lengua hundida en su raja, saboreando su sudor. Ella se tocaba el coño meanwhile, gimiendo: «Más profundo, joder. Tu lengua es lo único útil que tienes». Me dejó al borde, lamiendo su clítoris hinchado, el jugo salado chorreando por mi barbilla, pero nada de correrse. «Suplica, di que eres mi esclavo». «Por favor, Ama, soy tu puto esclavo», gemí, la jaula latiendo dolor.

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El pegging fue el siguiente nivel. Me preparó una noche entera: ducha obligatoria, enema para dejarme limpio. «Hoy te follo yo, cornudo. Vas a saber lo que es ser usado». Me untó lubricante en el culo, un dedo, luego dos, dilatándome mientras yo jadeaba en la cama, atado de manos y pies. El strap-on era negro, grueso, con venas que lo hacían real. «Relájate, o duele más». Empujó despacio, la punta abriéndose paso, un ardor que se mezclaba con placer prohibido. «¡Joder, Ama!», grité, pero ella no paró, embistiéndome con ritmo, sus caderas chocando contra mi culo. «Gime como la perra que eres. Siente cómo te poseo». El dolor se convirtió en olas de éxtasis, mi polla goteando en la jaula, suplicando liberación. Me folló hasta que vi estrellas, rompiendo mi ego con cada thrust: «Esto es tuyo ahora, putito. Mi polla en tu culo».

(Desarrollo: aprox. 1050 palabras)

Llegó el clímax una noche que no olvidaré nunca. Habíamos estado jugando toda la semana: edging interminable por videollamada, donde me ordenaba frotar la jaula hasta que dolía, su coño en pantalla corriéndose una y otra vez mientras yo suplicaba. «Hoy te libero, pero bajo mis reglas». Entré en su piso temblando, la polla ya latiendo contra el metal. Me quitó la jaula con una llave del collar, y joder, mi polla saltó libre, dura como piedra, venas hinchadas y goteando precum. «No te corras hasta que yo diga, ¿entendido?». Me ató a la cama, wrists y ankles a los postes, desnudo y expuesto. Ella se desvistió despacio, su cuerpo sudado brillando bajo la luz baja: tetas pesadas con pezones erectos, coño mojado reluciendo, culo que pedía ser adorado.

Empezó por el edging. Se subió a horcajadas sobre mi pecho, el peso de sus muslos aplastándome, su coño a centímetros de mi cara. «Lámelo, pero despacio. Si te pasas, te enjaulo de nuevo». Hundí la lengua en sus labios hinchados, el sabor ácido y dulce de su excitación inundándome la boca. Lamí su clítoris, chupando suave, mientras ella se mecía, gimiendo ronco: «Eso es, putito, hazme correrme». Sus jugos me empapaban la cara, el olor almizclado mezclándose con su sudor fresco. Tiró de mi pelo, clavándome las uñas en el cuero cabelludo, obligándome a mirarla mientras se corría, un chorro caliente salpicándome la barbilla. «¡Joder, sí! Bebe todo, cornudo».

Pero no paró. Bajó por mi cuerpo, su piel sudorosa rozando la mía, pezones durísimos arañándome el torso. Agarró mi polla con una mano, apretando la base: «Mírate, latiendo como un desesperado. Tócate, pero al borde». Me masturbé bajo su mirada, el tacto de mi propia mano eléctrico después de días encerrado, pero ella paraba cada vez que sentía el orgasmo subir. «Para. Suplica». «Por favor, Ama, déjame correrme, te lo ruego», gemí, el cuerpo temblando, bolas pesadas y azules. Repitió el edging tres veces, mi polla roja e hinchada, precum chorreando por mi vientre. El sonido de mi mano resbalando era obsceno, chapoteo húmedo, mezclado con mis jadeos y sus risas crueles.

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Luego vino lo heavy. Se puso el strap-on, lubricándolo mientras yo la miraba, aterrado y cachondo. «Hoy te follo hasta que supliques piedad». Me giró boca abajo, el culo al aire, y escupió en mi ano antes de empujar. La penetración fue brutal: el grosor abriéndome, un dolor agudo que se fundió en placer cuando tocó mi próstata. «¡Ah, joder!», grité, el chapoteo de sus embestidas llenando la habitación, sus bolas de silicona golpeando las mías. Sudor goteaba de su cuerpo al mío, el olor salado invadiendo todo. Me azotó el culo con la mano, marcas rojas ardiendo, mientras tiraba de mi pelo: «Gime más fuerte, perra. Di que eres mío». «¡Soy tuyo, Ama! ¡Fóllame más!», supliqué, el placer construyéndose en mi polla libre, latiendo contra las sábanas.

No me dejó correrme aún. Me desató y me obligó a ponerme de rodillas. «Ahora, adórame el coño mientras te monto». Se sentó en mi cara, asfixiándome con su peso, coño y culo cubriéndome. Lamí desesperado, saboreando su sudor y jugos, el ano salado cuando me ordenó lamer ahí también. Ella se masturbó encima, gimiendo alto, y de repente, un chorro de su corrida me ahogó, caliente y pegajosa. «Bebe, putito». Finalmente, me tiró al suelo y se montó en mi polla, cabalgándome como una amazona. Su coño apretado me envolvió, húmedo y caliente, walls contrayéndose. «Córrete ahora, pero solo porque yo lo digo». El tacto era fuego: uñas clavadas en mi pecho, dejando surcos rojos; su sudor goteando en mi boca, salado; gemidos suyos mezclados con mis súplicas; el chapoteo de su culo contra mis muslos. Mi polla latió dentro, explosión tras explosión, semen llenándola mientras ella reía: «¡Lléname, cornudo! Pero recuerda, todo es mío».

(Clímax: aprox. 650 palabras)

Después de correrme, me quedé jadeando en el suelo, el cuerpo temblando, semen goteando de su coño mientras ella se levantaba y me miraba desde arriba. «Límpialo, putito. Con la lengua». Lamí mi propio semen de sus labios, el sabor amargo y espeso mezclándose con su jugo, humillación pura que me hacía querer más. Ella se sentó a mi lado, acariciándome el pelo con una ternura cruel: «Buen chico. Has aguantado bien. Pero esto no acaba aquí. Mañana, jaula de nuevo, y quizás invite a un amigo para que veas cómo se folla de verdad». Asentí, exhausto pero feliz, aceptando mi lugar: a sus pies, rendido, con ese placer culpable que me ata más que cualquier cadena. Joder, ser suyo es adictivo, un vicio que no quiero curar.

Y mientras me dormía en su sofá, con la jaula ya de vuelta en su mano, pensé: esta cabrona me tiene jodido para siempre, y no cambiaría ni un segundo.

(Total: aprox. 2200 palabras)

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