Relatos de dominación

Jaula de Chastity Cruel: Sumisión Extrema

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que acabaría así, de rodillas en el suelo de mi propio piso, con la polla encerrada en una puta jaula de metal que me tenía los huevos hinchados de frustración. Todo empezó hace unos meses, en una app de citas que usaba para ligar algo sin complicaciones. Yo soy un tipo normal, de esos que curran de nueve a cinco en una oficina cutre, con una vida sexual que se resume en pajas rápidas viendo porno y alguna follada ocasional que no pasa de lo básico. Cachondo reprimido total, siempre fantaseando con mujeres que me dominen, pero nunca me atrevía a decirlo en voz alta. Hasta que apareció ella: Carla.

La tía estaba tremenda, de esas que te dejan seco solo con una foto. Pelo negro largo, ojos verdes que te taladran, curvas que gritaban «mírame pero no me toques». En su perfil ponía que buscaba «juguetes divertidos», y yo, como un gilipollas, le escribí. Chateamos un par de días, y joder, me ponía malo solo de imaginarla. Sabía que me tenía pillado desde el principio; sus mensajes eran directos, con un toque cabrón que me hacía empalmarme al instante. «Dime, ¿qué te excita de verdad? No me mientas, putito», me soltó una noche. Yo, rojo como un tomate, confesé mis fantasías de sumisión. Ella se rio en voz alta por videollamada, y dijo: «Interesante. Ven a mi casa el viernes. Y trae condones, pero no esperes usarlos».

Llegué nervioso, con el corazón en la garganta. Vivía en un ático chulo en el centro, todo minimalista y con vistas que quitaban el hipo. Me abrió la puerta en un vestido negro ajustado que marcaba sus tetas perfectas y su culo redondo. Olía a perfume caro mezclado con algo salvaje, como si ya estuviera húmeda solo de verme sudar. «Pasa, perrito», me dijo con una sonrisa torcida, y yo entré como un cordero al matadero. Charlamos un rato en el sofá, bebiendo vino, pero ella dirigía la conversación. Me hizo admitir que nunca había probado nada de dominación real, que solo era un reprimido con polla tiesa por porno. «Bien, entonces empecemos despacio. ¿Tienes palabra de seguridad? Di ‘rojo’ si quieres parar. De lo contrario, obedeces. ¿Entendido?»

Asentí, y joder, en ese momento supe que estaba jodido. Me tenía comiendo de su mano. Se levantó, se quitó los zapatos de tacón y puso un pie en mi regazo. «Bésalo. Muéstrame lo cachondo que estás por ser mi puto». Yo, con la polla ya dura como una piedra, me incliné y besé su pie suave, inhalando el olor a piel cálida y un toque de sudor del día. Me miró desde arriba, riéndose bajito. «Qué patético. Pero me encanta. Esto va a ser divertido».

Desde esa primera noche, todo escaló. Carla no era solo guapa; era una cabrona segura de sí misma, de esas que saben exactamente cómo romperte el ego y hacerte rogar por más. Me tenía pillado, y yo lo sabía. Cada cita era un paso más en su juego de poder, y yo, el pringado, no podía parar.

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Al principio, eran órdenes verbales que me ponían a mil. La segunda vez que nos vimos, en su casa de nuevo, me mandó arrodillarme en el salón mientras ella se tumbaba en el sofá con una copa en la mano. «Mírame, putito. Hoy vas a adorar mis pies hasta que me aburra». Me arrastré hasta ella, besando sus dedos pintados de rojo, lamiendo el arco de su pie como si fuera el mejor manjar. El sabor salado de su piel me volvía loco, y mi polla palpitaba en los pantalones. «Joder, qué asco das», me soltó, pero su voz era ronca de excitación. «Lame más fuerte, que sienta tu lengua de perrito obediente». Yo obedecía, chupando cada centímetro, mientras ella se tocaba por encima del vestido, gimiendo bajito. «Tu polla ya no te pertenece, ¿entiendes? Es mía para jugar».

Eso fue el inicio de la jaula. Una semana después, me citó en una sex shop discreta que conocía. «Elige una que te quede justa, cornudo en potencia», me dijo el dependiente, pero era ella quien decidía. Compramos una de metal negro, con un candado pequeño que brillaba como una promesa de infierno. De vuelta en su piso, me hizo desnudarme delante de ella. Estaba empalmado, claro, pero ella solo se rio. «Pobre polla, tan ansiosa. Pero ahora va a aprender a esperar». Me la puso con manos expertas, el metal frío mordiendo mi piel, y cerró el candado. El clic fue como un mazazo. Intenté tocarme, pero no podía; la jaula me apretaba, frustrante como la hostia. «Llave en mi collar», dijo, colgándosela al cuello como un trofeo. «Vas a llevarla una semana. Si te portas bien, te dejo salir para edging. Si no, te quedas azul».

La frustración fue brutal. Al día siguiente, en el curro, sentía la jaula rozando con cada movimiento, recordándome que ella controlaba mi placer. Me escribía mensajes: «Estás pensando en mí, ¿verdad? En mi coño que no vas a tocar». Yo respondía como un idiota, suplicando. Por las noches, me mandaba fotos suyas en ropa interior, tocándose, y yo me retorcía en la cama, la polla intentando endurecerse pero aplastada por el metal. Los huevos me dolían, hinchados de semen acumulado, y la mente era un torbellino: humillación mezclada con una excitación que me tenía loco. Sabía que me estaba rompiendo, y joder, me encantaba.

Luego vinieron las tareas degradantes. Me obligaba a ir a su casa los fines de semana, desnudo excepto por la jaula. «Limpia el suelo de rodillas, puto. Usa la lengua si hace falta». Yo lo hacía, arrastrándome por el parquet, oliendo su aroma por toda la casa mientras ella se duchaba. Una vez, me hizo servirla la cena: yo en pelotas, con una bandeja, pidiéndole permiso para cada bocado que le daba. «Abre la boca, ama», decía, y ella masticaba despacio, mirándome con esos ojos que me desnudaban el alma. «Eres patético, pero mi patético. Confiesa: ¿qué más te pone? Dime tus fetiches sucios». Bajo su mirada, solté todo: el pegging, ser cornudo, lamer su culo después de follar con otro. Ella sonrió, cruel. «Bien, perrito. Mañana empezamos con eso».

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La dominación psicológica era lo peor –o lo mejor–. Me hacía confesar en sesiones donde me ataba las manos a la espalda y se sentaba en mi cara, no para follar, sino para que oliera su coño a través de las bragas. «Respira hondo, huele cómo estoy mojada por ti… o por quien sea». El olor almizclado me volvía loco, mi polla goteando en la jaula sin poder salir. «Eres un cornudo nato», me susurraba, tirándome del pelo. «Imagínate viéndome con un tío de verdad, uno con polla libre. Tú solo lamiendo las sobras». Mis pensamientos se retorcían: la humillación me excitaba más que cualquier toque. Me rompía el ego, y yo rogaba por más, sintiendo que perdía el control y lo ganaba todo a cambio.

Escaló a edging largo, una tortura que me dejó suplicando como un animal. Una noche, después de una semana con la jaula, me liberó. «De rodillas, mastúrbate despacio. Pero no te corras sin mi permiso». Yo obedecí, la polla saliendo hinchada, venosa, latiendo al aire libre por primera vez. La pajilla era agonizante: subía y bajaba, acercándome al borde, el placer acumulándose como una ola. «Para. Ahora». Ella observaba, tocándose el coño con los dedos, gimiendo. «Mírame mientras me corro pensando en otro». Sus jugos brillaban, el olor a sexo llenando la habitación, y yo gemía, al límite, los huevos contrayéndose. Repitió eso diez veces: edging hasta que sudaba, suplicaba «por favor, ama, déjame correrme». Pero no. «Guarda ese semen para mí, putito. Mañana te follo el culo».

Y llegó el pegging, joder, qué noche. Me preparó con lubricante, de rodillas en su cama, el culo expuesto. «Relájate, perra. Vas a tomar mi strap-on como un buen chico». Se puso el arnés, un dildo negro grueso que sobresalía de su cadera, y se untó de gel. El primer empujón fue dolor-placer puro: ardía, me abría, pero el roce contra mi próstata me hacía jadear. «Más profundo, ¿eh? Gime para mí». Empujaba rítmicamente, sus caderas chocando contra mis nalgas, el sonido de piel contra piel mezclado con mis quejidos. Ella tiraba de mi pelo, clavándome las uñas en la espalda. «Siente cómo te poseo. Tu culo es mío, igual que tu polla». Yo me retorcía, la jaula balanceándose, semen goteando sin correrme, la mente en blanco salvo por su dominio. Me corrí sin tocarme, un orgasmo seco que me dejó temblando, y ella se rio. «Buen chico. Pero no has terminado».

La humillación cornudo fue el pico antes del clímax. Me invitó a su casa un sábado, con la jaula puesta. «Hoy vas a mirar, putito». Entró un tío, alto, musculoso, el opuesto a mí. Se follaron en la cama delante de mis ojos, atado a una silla. Ella encima, cabalgándolo, sus tetas rebotando, gimiendo «joder, qué polla». Él la penetraba duro, chapoteos de coño mojado, y yo miraba, la jaula apretando mi erección imposible. «Mírame mientras me corro con un hombre de verdad», gritó ella, eyaculando jugos por sus muslos. Después, me hizo lamer: su coño chorreante de semen ajeno, el sabor salado y amargo en mi lengua. «Limpia, cornudo. Saborea lo que no eres». La humillación me quemaba, pero mi polla latía, excitada por el taboo, por ser su juguete roto.

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Todo culminó esa misma noche, después de que el tío se fuera. Carla me desató, pero no me quitó la jaula. «Ahora sí, perrito. Te voy a follar hasta que supliques piedad». Me tiró en la cama boca arriba, subiéndose encima. El tacto de su piel sudorosa contra la mía era eléctrico; sus uñas se clavaban en mis pezones, tirando de mi pelo con fuerza. Olía a sexo reciente, a sudor mezclado con el almizcle de su coño aún húmedo del otro. «Siente esto», gruñó, frotando su clítoris contra la jaula, el metal frío rozando su calor. Yo gemía, suplicando, el dolor en los huevos convirtiéndose en placer agonizante.

Sacó el strap-on de nuevo, pero esta vez me penetró mientras me masturbaba la jaula con la mano. «No te corras hasta que yo diga». El dildo entraba y salía, dilatando mi culo, golpeando la próstata con cada embestida. El sonido era obsceno: chapoteo de lubricante, mis gemidos roncos, sus jadeos de poder. «Joder, qué apretado estás, puto». Sudábamos juntos, su pelo cayendo sobre mi cara, el olor a ella invadiéndome. Me obligó a chupar sus tetas, el sabor salado de su sudor en mi lengua, mientras ella aceleraba, follándome más duro. «Confiesa: me adoras, ¿verdad? Eres mi perra eterna».

La tensión psicológica era brutal. Cada empujón me recordaba mi lugar: no era yo quien follaba, era ella quien me usaba. Mi mente gritaba humillación –»soy un cornudo con el culo reventado»–, pero eso me excitaba más, la polla latiendo en la jaula como un corazón preso. Ella se corrió primero, gritando, su cuerpo convulsionando sobre mí, jugos salpicando mi piel. «Ahora tú, pero solo porque me da la gana». Desbloqueó la jaula por fin, mi polla saltando libre, hinchada y sensible. Me pajilló rápido, sus dedos resbaladizos de lubricante, mientras el strap-on aún dentro me follaba. El orgasmo fue explosivo: semen caliente saliendo a chorros, cubriendo su mano, el sabor cuando me obligó a lamerlo –salado, pegajoso, mío pero suyo. Gemí como un animal, el placer mezclado con lágrimas de rendición, el culo palpitando, todo mi cuerpo temblando bajo su control.

Ella se rio, bajito, cruel-dulce, besándome la frente sudorosa. «Buen chico. Mañana volvemos a empezar».

Y así acabó esa noche, con ella reafirmando su dominio total. Me dejó dormir a sus pies, la jaula de nuevo puesta, pero con una sonrisa en la cara. Yo aceptaba mi lugar con un placer culpable, sabiendo que era adicto a su poder. Ella era mi ama, mi dueña, y joder, no quería que parara nunca. «¿Listo para más humillación, putito?», me susurró al oído. Mañana, con otro tío o lo que sea. Pero ahora, sueña con mi coño, porque eso es lo más cerca que vas a estar.

( Palabras: 2147 )

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