Relatos de dominación

Ultimate Femdom Sumisión Total Erotica

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me pondría de rodillas tan rápido. Se llama Valeria, y la conocí en una app de citas de esas que usas cuando estás harto de la rutina. Yo soy un tipo normal, de esos que trabajan de nueve a cinco en una oficina cutre, con una vida sexual que se resume en palmadas rápidas mirando porno en el baño. Tenía treinta y pico, reprimido hasta las cejas, y un fetiche por la dominación que me carcomía por dentro. Soñaba con rendirme, con que una mujer me pisoteara el ego y me hiciera su puto juguete, pero nunca me atrevía a decirlo en voz alta. Hasta que apareció ella.

Valeria era tremenda, una morena de curvas asesinas, con ojos verdes que te clavaban como cuchillos y una sonrisa que decía «te voy a destrozar». Medía como un metro setenta, con tetas firmes que se marcaban bajo camisetas ajustadas y un culo que te hacía babear. Trabajaba de diseñadora gráfica freelance, independiente como pocas, y desde el primer mensaje en la app, supe que era una cabrona de campeonato. Me escribió: «Dime, ¿qué te pone cachondo de verdad? No me vengas con mentiras de manual». Le contesté algo tímido sobre querer complacer, y ella soltó una risa virtual: «Ja, típico pringado. Mañana nos vemos y me lo cuentas en persona. Si no, borro tu culo de aquí».

Quedamos en un bar cutre del centro, de esos con luces tenues y música indie de fondo. Llegó con unos vaqueros rotos que le ceñían las caderas y una blusa que dejaba ver el borde de un tatuaje en su escote. Me miró de arriba abajo como si evaluara una mercancía. «Eres más mono de lo que pareces en las fotos, pero apuesto a que eres un sumiso reprimido», dijo directo, sin anestesia. Me puse rojo como un tomate, pero mi polla ya empezaba a traicionarme, empalmándose bajo la mesa. Hablamos un rato de tonterías, pero ella dirigía la conversación, preguntándome sobre mis fantasías. Yo balbuceaba, y ella se reía: «Mírate, ya estás pillado. Sabes que me tienes que obedecer si quieres más». Al final de la noche, en su coche, me besó con fuerza, mordiéndome el labio hasta que dolió. «Si quieres jugar, usamos una palabra de seguridad: rojo. Dila y paramos. Pero no la vas a necesitar, ¿verdad, putito?». Asentí, con el corazón a mil, sabiendo que acababa de firmar mi rendición.

Esa misma semana empezó el juego. Me invitó a su piso, un ático chulo con vistas a la ciudad, lleno de libros de arte y juguetes discretos escondidos en cajones. «Desnúdate», me ordenó nada más entrar, sentada en el sofá con las piernas cruzadas. Obedecí, temblando, y mi polla ya estaba dura como una piedra. Ella se levantó, me rodeó como un depredador y me dio una palmada en el culo. «Buen chico. Ahora, arrodíllate y dime por qué mereces que te domine». Le confesé todo: mis polvos solitarios, mis sueños de ser usado. «Qué patético», murmuró, pero sus ojos brillaban de excitación. «Tu polla ya no te pertenece. Es mía para torturarte». Esa frase me puso a mil, joder. Sabía que me tenía pillado desde el minuto uno.

READ  La Ama Cruel en el Internado: Dominación Femenina con Jaula de Castidad y Pegging sin Piedad

(Alrededor de 420 palabras)

El desarrollo fue como una espiral que me chupaba más hondo cada día. Valeria no perdía el tiempo; era una dómina natural, cabrona y sensual, que me hacía suplicar con solo una mirada. Empezó con órdenes verbales, esas que te humillan y te excitan al mismo tiempo. Una noche, después de cenar –yo cocinando desnudo, sirviéndole el plato de rodillas–, me hizo arrodillarme frente a ella mientras se quitaba las botas. «Lame mis pies, putito. Muéstrame lo agradecido que estás». Sus pies eran perfectos, con uñas pintadas de rojo y un olor a sudor del día que me volvía loco. Lamí cada dedo, chupando como si fuera su coño, mientras ella me miraba con desprecio juguetón. «Eres un cerdo, ¿lo sabes? Pero mi cerdo. Sigue, y no pares hasta que te diga». Me tenía horas así, adorándola, y mi polla goteaba sin que me tocara. La humillación me quemaba por dentro, pero joder, me ponía empalmado como nunca.

Luego vino lo de la jaula. Me la mostró una tarde, un cacharro de metal frío y reluciente, con un candado diminuto. «Esto va a tu polla, perdedor. Para que aprendas control». Me la puso mientras yo estaba atado a la cama, lubricando mi verga hasta dejarla hinchada, y luego encajándola a presión. El clic del candado fue como una sentencia. «Ahora eres mío de verdad. Pídele permiso a tu ama para todo». La frustración era bestial; cada roce de la ropa me hacía gemir, y por las noches soñaba con correrse, pero ella negaba. Hacíamos edging largo, de horas: me obligaba a masturbarme al borde, con la jaula quitada solo para torturarme. «Mírame mientras te tocas, cornudo en potencia. Imagina que follo con otro mientras tú suplicas». Yo jadeaba, al límite, suplicando «Por favor, ama, déjame correrme», pero ella paraba todo, riendo. «Ni de coña. Tu placer es mío, y hoy no te lo doy». Esa negación me rompía el ego; me excitaba más la idea de ser su juguete negado que cualquier polvo vanilla.

No paraba ahí. Me ponía tareas degradantes para reforzar el control. Limpiaba su piso desnudo, con la jaula tintineando, mientras ella me vigilaba desde el sofá, fumando un cigarro. «Más rápido, esclavo. Si lo haces bien, quizás te deje oler mi coño». Servía de mesa humana, con copas en mi espalda, pidiendo permiso para mear: «Ama, ¿puedo ir al baño?». Ella decidía, a veces me hacía esperar hasta que me retorcía. La dominación psicológica era lo peor –o lo mejor–. Me hacía confesar fetiches en sesiones de «interrogatorio»: «Dime, ¿te pone que te llame puto? ¿Quieres que te folle el culo con un strap-on mientras te humillo?». Rompía mi orgullo palabra a palabra: «Eres un pringado que se empalma con la humillación. Admítelo, y quizás te recompense». Cada confesión me hundía más, pero mi sumisión crecía, excitante como un taboo que no podía ignorar.

READ  Gigante Strap-On Cuento: Esclavo Anal Totalmente Adicto

Una vez escaló a adoración total. Me tuvo de rodillas en su dormitorio, con ella en bragas y sujetador negro. «Adora mi culo, perra». Se dio la vuelta, abriéndose las nalgas, y yo enterré la cara, oliendo su aroma almizclado, lamiendo el sudor entre sus cachetes. «Chupa más profundo, lame mi ano como si fuera tu cena». Luego me hizo pasar al coño, mojado y caliente, saboreando sus jugos salados mientras ella gemía órdenes: «No te corras, jaula o no. Esto es para mí». La tensión era brutal; yo latía dentro de mi prisión, suplicando en silencio por alivio, pero el poder que me daba su control me tenía loco. Ella sabía exactamente cómo jugar con mi mente, convirtiendo cada humillación en un fuego que me consumía.

El pegging fue el siguiente nivel. Preparó todo con calma perversa: lubricante, el arnés con un dildo grueso de silicona negra. Me ató las manos a la cama, de espaldas, y me abrió las piernas. «Relájate, putito. Vas a sentir lo que es ser follado de verdad». Untó el arnés en mi culo, presionando lento al principio, el dolor quemando como fuego, pero mezclándose con un placer prohibido que me hacía gemir. «Gime más fuerte, cornudo. Imagina que es la polla de mi amante». Empujó más hondo, follándome con ritmo, sus caderas chocando contra mí, mientras me tiraba del pelo y me susurraba: «Tu culo es mío ahora. Suplícame que no pare». El dolor-placer me volvía loco, mi polla goteando en la jaula, y ella no paraba, azotándome las nalgas rojas. «Eres mi puta, ¿entiendes? Di que lo eres». Lo dije, rompiéndome, y la excitación psicológica me llevó al borde sin tocarme.

(Alrededor de 950 palabras)

El clímax llegó una noche que no olvidaré nunca, después de semanas de tortura. Valeria me había tenido en edging toda la tarde: quitándome la jaula solo para pajearme hasta el límite, tres veces, y luego encerrándome de nuevo. «Hoy te voy a usar hasta que supliques piedad, pero no te corras sin permiso», me dijo, con esa voz ronca que me ponía a mil. Su piso olía a incienso y a su perfume, pero debajo, el aroma de sexo inminente lo impregnaba todo. Me desnudó, me ató las muñecas a la cabecera de la cama, boca arriba, con las piernas abiertas. Ella se quitó la ropa despacio, revelando su cuerpo sudoroso, tetas erguidas con pezones duros, coño depilado brillando de humedad. «Mírame, puto. Vas a adorarme hasta que me corra en tu cara».

Empezó con adoración oral, sentándose en mi pecho, su coño a centímetros de mi boca. «Lame, esclavo. Saborea a tu ama». Bajó sobre mi lengua, y yo lamí con hambre, el sabor salado y dulce de sus labios hinchados inundándome. Su sudor goteaba en mi piel, cálido y pegajoso, mientras ella se frotaba contra mi cara, ahogándome en su calor. «Más profundo, chupa mi clítoris como si tu vida dependiera de ello». Gemía bajito al principio, sonidos guturales que me endurecían más dentro de la jaula, el metal frío mordiendo mi polla latiendo. Oía el chapoteo de mi lengua en su coño mojado, mezclado con sus jadeos: «Joder, sí, así, putito». Clavó las uñas en mi pecho, rayones rojos que ardían, y tiró de mi pelo, obligándome a mirarla mientras se corría. «¡Mírame mientras me corro pensando en otro! No en ti, cornudo». Su orgasmo fue violento, chorros calientes en mi boca, sabor a mar y almizcle, y yo tragué todo, humillado y excitado hasta el delirio.

READ  Mi Ama Cruel Impone Pegging y Jaula de Castidad en Sumisión Total Sin Piedad

No paró ahí. Sacó el strap-on, el mismo dildo grueso, y me volteó de lado, escupiendo lubricante en mi culo. «Ahora te follo como mereces». Presionó la punta, dilatándome lento, el dolor agudo convirtiéndose en una plenitud ardiente. Empujó hondo, su vientre sudoroso contra mis nalgas, y empezó a bombear con fuerza. Sentía cada centímetro estirándome, mi próstata pulsando, placer eléctrico subiendo por mi espina. «Gime, perra. Di que amas ser mi puta». Gemí alto, súplicas saliendo solas: «Sí, ama, fóllame más fuerte, no pares». El sonido era obsceno: chapoteo del lubricante, azotes de su mano en mi culo rojo, mis propios gemidos ahogados. Olía a sudor nuestro, a coño reciente y a goma del arnés. Ella se inclinaba, mordiendo mi hombro, sus tetas rozando mi espalda húmeda.

La humillación escaló cuando quitó la jaula por fin. «Tócate, pero no te corras. Quiero verte sufrir». Mi polla saltó libre, hinchada y sensible, y empecé a pajearme al ritmo de sus embestidas. Estaba al borde en segundos, el placer en mi culo amplificando todo, pero ella mandaba: «Para, ahora. Suplícame». Supliqué, voz rota: «Por favor, ama, déjame correrme en tu coño». Rió cruel, follando más duro, clavándome hasta que vi estrellas. «No, cornudo. Vas a correrte solo cuando yo diga, y quizás te haga lamerlo después». La tensión psicológica me mataba; me excitaba más su control que el roce, la idea de ser usado como objeto. Finalmente, jadeando, me dio permiso: «Córrete ahora, puto, pero en mi mano». Explosé, semen caliente salpicando sus dedos, chorros espesos y salados que ella me obligó a lamer. El sabor amargo en mi lengua, mezclado con su sudor, me hundió en éxtasis culpable. Ella se corrió de nuevo frotándose contra mí, gritando: «¡Eres mío, joder!», su coño chorreando sobre mi piel.

(Alrededor de 620 palabras)

Al final, exhaustos y pegajosos, Valeria me desató y me acurrucó contra su pecho, una dulzura cruel en su voz: «Buen chico, has sido perfecto. Pero recuerda, esto no acaba aquí. Tu jaula vuelve mañana, y tu vida es mía». Yo, jadeante y roto, asentí con una sonrisa culpable, el placer de mi sumisión latiendo más fuerte que nunca. Sabía que era adicto, que su dominio me había cambiado para siempre, y no quería salir de esa jaula mental. Ella me besó la frente, susurrando: «Duerme, putito. Mañana te torturo más».

Y así, con su risa eco en mi cabeza, me quedé pensando en lo jodidamente cachondo que me ponía ser su esclavo eterno.

(Alrededor de 250 palabras)

(Total aproximado: 2240 palabras)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba