Relatos de dominación

Jaula de Castidad: Sumisión Implacable y Cruel

La Jaula de Mi Ama

Joder, todo empezó en una puta app de citas, de esas donde la gente busca algo rápido y sin complicaciones. Yo era un tipo normal, treinta y pico, con un curro de oficina que me dejaba exhausto y una vida sexual que se resumía a pajas rápidas en el baño pensando en fantasías que nunca me atrevía a confesar. Me ponía cachondo imaginarme rindiéndome a una mujer que me tuviera pillado por las pelotas, literal y figurado, pero siempre lo dejaba en eso: en mi cabeza. Hasta que apareció ella. Se llamaba Laura, o al menos eso ponía en el perfil. La foto era un selfie con una sonrisa de depredadora, pelo negro largo cayéndole por los hombros, ojos verdes que te taladraban, y un cuerpo que gritaba «ven aquí si te atreves». Estaba tremenda, con curvas que te dejaban la boca seca: tetas firmes asomando en un top ajustado, culo redondo que pedía a gritos ser adorado. Pero lo que me enganchó fue su bio: «Busco sumisos que sepan su lugar. No malgastes mi tiempo si no estás dispuesto a arrodillarte».

Le escribí un mensaje torpe, algo como «Me intrigas, ¿qué buscas exactamente?». Ella respondió al cabo de un rato, directo al grano: «A alguien que obedezca. ¿Tú?». Joder, me puse empalmado solo de leerlo. Chateamos un par de días, y en una de esas me soltó: «Cuéntame tus fantasías sucias, putito». Me costó, pero confesé lo de la dominación, cómo me excitaba la idea de que una tía como ella me controlara la polla, me humillara, me hiciera su juguete. Ella se rio en el chat –o eso imaginé– y me dijo: «Interesante. Nos vemos este viernes en el bar de la esquina de mi casa. Si llegas, empezamos. Si no, olvídate de mí». No había vuelta atrás. El viernes me planté allí, nervioso como un crío, con el corazón latiéndome en la polla. Y allí estaba, en persona aún más cabrona y jodidamente atractiva: vestido negro ceñido que marcaba cada curva, tacones altos que la hacían parecer una diosa intocable. Se acercó, me miró de arriba abajo y soltó: «Tú debes ser el perrito que me escribió. Siéntate y no hables hasta que yo diga».

Hablamos poco esa noche. Más bien, ella interrogó y yo respondí como un idiota. Me contó que era una dómina experimentada, que disfrutaba rompiendo egos de tíos como yo, los que se creían machos pero en el fondo querían ser pisados. «Consentimiento primero», dijo con esa voz ronca que me ponía a mil. «Nuestra palabra de seguridad es ‘rojo’. Si la dices, paramos todo. ¿Entendido?». Asentí, tragando saliva. «Bien. Ahora, sígueme a mi piso. Y no me toques hasta que te lo ordene». Subimos en su coche, yo en el asiento del copiloto sintiéndome ya como su propiedad. En su piso, minimalista y con un toque oscuro –cadenas en el armario, supongo–, me hizo quitarme la camisa. «Muéstrame qué tienes para ofrecerme», ordenó. Me quedé en calzoncillos, polla medio dura de puro nervio. Ella se rio, suave pero cruel: «Pobrecito, ya estás listo para mí. Desnúdate del todo». Obedecí, y ahí empezó el juego. Me miró la polla, la tocó con la punta del zapato: «Esto ya no es tuyo. Es mío. Mañana te pongo una jaula para que aprendas». Joder, me tenía pillado desde el minuto uno. Sabía que no iba a poder resistirme a esa tía.

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El desarrollo de todo aquello fue como una espiral que me fue chupando el alma y la polla al mismo tiempo. Al día siguiente, volvimos a vernos en su piso. Llevaba un conjunto de cuero negro que le marcaba el coño y las tetas, y en la mano un paquetito que me heló la sangre. «Arrodíllate, putito», me ordenó al entrar. Me tiré al suelo sin pensarlo, el corazón martilleándome. Ella se sentó en el sofá, cruzó las piernas y extendió un pie calzado con una bota alta. «Bésalo. Adórame como merezco». Lamí el cuero, oliendo el aroma a piel y a ella, y joder, me empalmé tanto que dolía. «Buen chico», murmuró, pero luego me dio un empujón con el pie: «Ahora, quítamelas con los dientes. Y no me mires a los ojos hasta que te lo diga». Lo hice, temblando, saboreando el sudor salado de sus pies cuando por fin quedaron al aire. Eran perfectos, uñas pintadas de rojo, y me obligó a olerlos, a lamer entre los dedos mientras ella se tocaba por encima del tanga. «Huele lo que nunca vas a follar sin mi permiso. Tu polla patética no entra en mí hasta que yo diga».

Ahí vino lo de la jaula. Sacó el paquetito: un cacharro de metal frío, con un candado diminuto. «Esto es para ti. Te lo pongo ahora». Me hizo tumbarme en la cama, polla dura como una piedra, y me la encajó con cuidado casi tierno, pero sus ojos brillaban de maldad. El anillo alrededor de la base me apretaba las bolas, y la jaula cubría todo, dejando solo espacio para que se hinchara un poco pero sin poder enderezarse del todo. «Clic», y el candado se cerró. «Llave en mi collar. Ahora eres mío de verdad». Intenté moverme, y el dolor fue una mezcla de frustración y placer que me dejó jadeando. «Ponte de rodillas y agradécemelo», dijo. «Gracias, Ama», balbuceé, y ella se rio: «Llámame Dómina, perra. Y ahora, a edging. Quiero verte suplicar». Me ató las manos a la espalda con unas esposas suaves, se quitó el tanga y se sentó en mi cara. «Lame mi coño hasta que te diga que pares, pero no te corras. Ni lo intentes».

Lamí como un desesperado, su coño mojado y salado inundándome la boca, el clítoris hinchado rozándome la lengua. Ella gemía bajito, tirándome del pelo: «Más profundo, putito. Siente cómo me corro en tu cara mientras tú sufres en esa jaula». Oía el chapoteo de mis lamidas, olía su excitación almizclada mezclada con mi sudor, y mi polla luchaba contra el metal, latiendo dolorosamente. Me llevó al borde tres, cuatro veces: me dejaba lamer hasta que ella se corría, temblando sobre mi boca, y luego me apartaba justo cuando yo estaba a punto de explotar. «No, no. Tu orgasmo es mío. Suplica». «Por favor, Dómina, déjame correrme», gemía yo, lágrimas de frustración en los ojos. Ella solo sonreía: «Ni de coña. Ahora, tarea: limpia el suelo de mi baño desnudo, con la jaula puesta. Y pide permiso para cada movimiento». Lo hice, gateando, fregando con un trapo mientras ella me observaba, bebiendo vino. Cada roce de la jaula contra mis muslos me recordaba mi lugar: un perrito sumiso, excitado por la humillación.

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La cosa escaló rápido. Una semana después, me tenía tan pillado que le confesé más fetiches. «Quiero que me rompas el ego», le dije una noche, arrodillado. Ella se rio, cruel: «Oh, lo haré. Mañana traes a un amigo. O mejor, yo elijo. Vas a ser mi cornudo personal». Joder, el taboo me ponía a mil. Al día siguiente, llegó un tío que conocía, un tipo atlético que ella había ligado online. Me hizo sentarme en una silla, atado, con la jaula apretándome las bolas. «Mira cómo me folla de verdad», me dijo, mientras se desnudaba y se subía a él en la cama. Yo veía todo: su polla grande entrando en su coño depilado, ella gimiendo «Sí, así, más fuerte» mientras me miraba a los ojos. «Tu polla enjaulada no llega ni a la mitad. Eres un cornudo patético». El olor a sexo llenaba la habitación, sus gemidos y el chapoteo de sus cuerpos me volvían loco. Cuando él se corrió dentro, ella se acercó a mí, coño chorreando semen: «Límpialo, putito. Chupa lo que él dejó». Lamí, saboreando la mezcla salada de su jugo y el semen ajeno, humillado hasta el alma pero con la jaula vibrando de excitación. «Confiesa: te excita ser mi perra cornudo», me ordenó. «Sí, Dómina, me pone cachondo ser tu juguete», admití, roto pero adicto.

No paró ahí. La dominación psicológica era su arma maestra. Me hacía confesar en sesiones: «Dime por qué mereces esta jaula». «Porque no soy hombre suficiente para ti, Ama». Y luego, el pegging. Una noche, después de edging eterno –me había masturbado al borde con un vibrador contra la jaula hasta suplicar misericordia–, me untó lubricante en el culo. «De rodillas, culo arriba. Hoy te follo como a una zorra». Llevaba un strap-on negro, grueso, que me aterrorizaba y excitaba a partes iguales. Empujó despacio al principio, el dolor quemándome, pero luego placer: «Gime para mí, putito. Siente cómo te lleno». Entraba y salía, sus caderas chocando contra mis nalgas, uñas clavadas en mi espalda. Yo gemía como una perra, polla goteando en la jaula, pensando en lo tabú de que ella me penetrara. «Tu culo es mío. Dilo». «Es tuyo, Dómina, fóllame más fuerte». Rompió algo en mí esa noche, y lo supe: estaba perdido.

El clímax llegó una noche de viernes, después de semanas de tortura. Me había hecho preparar la cena desnudo, servirla en bandeja mientras ella comía en la cama, jaula tintineando con cada paso. «Buen trabajo, perrito. Ahora, al lío. Quiero correrme usándote del todo». Me quitó la jaula por primera vez en días –mi polla saltó libre, roja y palpitante, pre-cum goteando–. Pero no me dejó tocarla. «Manos a la espalda». Me ató, me tiró del pelo y me obligó a arrodillarme entre sus piernas abiertas. Su coño estaba empapado, olor almizclado y dulce invadiendo mis fosas nasales. «Chupa hasta que te diga». Lamí con hambre, lengua hundiéndose en sus labios hinchados, saboreando el jugo salado que me corría por la barbilla. Ella gemía, voz ronca: «Sí, putito, así. Siente cómo me mojo por controlarte». Sus muslos sudorosos me apretaban la cabeza, piel caliente y resbaladiza contra mi cara. Oía mis lamidas chapoteando, sus jadeos cada vez más rápidos: «No pares, joder, me corro». Se convulsionó, coño contrayéndose en mi boca, chorros calientes que tragué entre gemidos míos de frustración.

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Pero no terminó ahí. Se levantó, sudor perlando su piel, y me empujó boca abajo en la cama. «Ahora te monto como a un semental roto». Untó lubricante en mi polla –que latía como un corazón desbocado– y se sentó encima, despacio, su coño caliente envolviéndome centímetro a centímetro. Joder, el tacto era eléctrico: paredes húmedas apretándome, uñas de ella clavándose en mi pecho, dejando marcas rojas. «No te muevas. Yo follo». Empezó a cabalgar, caderas girando, tetas rebotando sudorosas frente a mis ojos. Olía a sexo puro: su sudor salado, coño mojado chapoteando alrededor de mi polla, mi propio olor a excitación reprimida. «Mírame mientras te uso», ordenó, tirándome del pelo con fuerza. Gemía ella, sonidos guturales –»Ah, sí, más profundo»–, mezclados con mis súplicas ahogadas: «Por favor, Dómina, déjame correrme». Azotó mi muslo, piel ardiendo: «No hasta que yo diga. Eres mi polla andante». La tensión era insoportable; mi polla latía dentro de ella, al borde, bolas apretadas doliendo por soltar. Ella aceleró, coño contrayéndose, y se corrió de nuevo, gritando «¡Joder, sí!» mientras me ordeñaba sin piedad.

Entonces, el giro: se bajó, jadeante, y me obligó a voltearme. «Ahora el strap-on, para que sientas lo que es ser follado de verdad». Engrasó el artilugio y empujó, el dolor inicial convirtiéndose en placer prohibido. Entraba y salía, chapoteo del lubricante, sus gemidos de dominio: «Gime, cornudo, dime que amas mi polla». Yo suplicaba, «Sí, Ama, no pares, más fuerte», culo dilatado ardiendo, polla rozando las sábanas sin permiso. El olor a sudor y lubricante, sabor de su coño aún en mi boca, sensaciones internas me volvían loco: humillación pura excitándome más que nada. Al final, cuando ella decidió, me soltó las manos: «Córrete ahora, putito, pero en mi mano». Me masturbé frenético, polla sensible explotando chorros calientes en su palma, semen espeso y salado que ella me obligó a lamer. «Trágalo todo. Eres mío». El orgasmo fue brutal, olas de placer culpable mezcladas con vergüenza, cuerpo temblando bajo su mirada victoriosa.

Después, nos quedamos allí, ella acariciándome la cabeza con una dulzura cruel. «Has sido un buen perrito esta noche. Pero recuerda: tu jaula vuelve mañana. Eres mi propiedad, y lo sabes». Asentí, exhausto, con una sonrisa culpable en la cara. Me excitaba aceptar mi lugar, esa pérdida total de control que me hacía sentir vivo. «Sí, Dómina. Soy tuyo». Ella se rio suave: «Exacto. Y la próxima vez, traigo al amigo de nuevo. Prepárate para lamer más». Joder, solo de pensarlo, mi polla dio un tirón. ¿Cómo coño iba a dejar de volver a esa cabrona que me tenía tan pillado?

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