Relatos de dominación

Ultimate Dominación Femenina Chastity Surrender

La Jaula de mi Ama

Joder, no sé por dónde empezar con esta historia, pero creo que todo arrancó esa noche en el bar de mala muerte del centro. Yo era un tipo normal, de esos que curra en una oficina de ocho a cinco, con una vida sexual que se resumía a pajearme viendo porno en el baño. Treinta y pico, soltero, y con una cabeza llena de fantasías reprimidas que me ponían a mil pero que nunca me atrevía a soltar. Me gustaba la idea de rendirme, de que una tía me pusiera en mi sitio, pero siempre lo dejaba en el cajón. Hasta que apareció ella.

La vi en la barra, pidiendo un gin-tonic como si el puto mundo le perteneciera. Se llamaba Carla, y joder, la tía estaba tremenda: morena con el pelo suelto hasta los hombros, ojos verdes que te clavaban como cuchillos, y un cuerpo que parecía esculpido para joderme la mente. Llevaba una falda negra ajustada que le marcaba el culo redondo y unas botas hasta la rodilla que gritaban «soy una cabrona y lo sabes». Yo la miré un segundo de más, y ella se giró, me pilló el vistazo y sonrió de esa forma que te hace sentir desnudo. «Ey, tú, el de la birra. ¿Me invitas o qué?», dijo con voz ronca, directa, sin rodeos. Me puse rojo como un tomate, pero le seguí el rollo. Charlamos un rato, y joder, sabía que me tenía pillado desde el minuto uno. Hablaba de todo: de su curro como diseñadora gráfica freelance, de cómo odiaba a los tíos que se creían machos alfa. Yo solté alguna gilipollez, y ella se rio, pero con esa risa que te hace pensar que te está midiendo para cortarte las alas.

Al final de la noche, me dio su número y me dijo: «Llámame si te atreves a jugar de verdad, no a las charlas de bar». Me dejó con la polla medio dura y la cabeza dando vueltas. Llamé al día siguiente, y así empezó el rollo. Quedamos en su piso, un ático chulo con vistas a la ciudad, y desde el principio noté que no era una cita normal. Me hizo esperar en el sofá mientras se cambiaba, y cuando salió, llevaba un conjunto de lencería negra que me dejó babeando. «Desnúdate», me ordenó sin más, y yo, como un idiota cachondo, obedecí. Ahí fue cuando me contó su rollo: era dominante, le molaba el control total, y si yo quería follar con ella, tenía que rendirme. Mencionó lo del safe word de pasada –»Si dices ‘rojo’, paramos todo»– y yo asentí, con el corazón a mil. Sabía que me ponía malo solo de mirarla, que esa seguridad suya me hacía querer arrodillarme ya. «Eres un putito reprimido, ¿verdad? –me dijo, acercándose y pasando un dedo por mi pecho–. Vas a ser mío, y tu polla ya no te pertenece». Joder, esas palabras me empalmaron al instante. Así empezó el juego, y no paró de escalar.

Los primeros días fueron como un calentón lento que me volvía loco. Carla me mandaba mensajes por la noche: «Ponte cachondo pensando en mí, pero no te corras». Yo obedecía, me tocaba la polla hasta el borde y paraba, sudando como un cerdo. Quedamos un par de veces más, y cada vez ella subía la apuesta. La segunda vez, me hizo arrodillarme en su salón mientras se quitaba las botas. «Adora mis pies, perrito», me soltó, y yo, con la polla tiesa como una barra, me acerqué. Sus pies eran perfectos, con las uñas pintadas de rojo, y olían a cuero y sudor del día. Me obligó a lamerlos despacio, chupando cada dedo mientras ella se reía. «Eso es, lame como el puto que eres. ¿Te gusta el sabor de mis pies sucios?». Joder, me ponía a mil la humillación, el saber que me tenía comiendo de su mano. Me dejó oler su coño por encima de las bragas, pero sin tocar. «Huele cómo estoy mojada por ti, pero no lo mereces aún». Salí de allí con las pelotas azules, frustrado y enganchado.

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Luego vino lo de la jaula. Me lo planteó una tarde por WhatsApp: «Si quieres ser mío de verdad, te pongo una jaula en esa polla inútil». Yo dudé un segundo, pero la idea de cederle el control total me excitaba tanto que dije que sí. Quedamos en su casa, y ella sacó el cacharro: un artilugio de metal frío, con un candado pequeño. Me desnudó, me miró la polla semiempalmada y se burló: «Mira qué patético, ya está goteando solo de pensarlo». Me la puso mientras yo estaba blando, el metal apretando justo lo suficiente para recordarme que no era mío. El clic del candado fue como un mazazo psicológico –ahora dependía de ella para correrme, para todo. «Llave en mi collar, putito. Vas a suplicar por liberarte». Los primeros días fueron un infierno delicioso. Caminaba por la calle y sentía la jaula rozando, la polla intentando endurecerse pero atrapada, latiendo contra las barras. Mentalmente era peor: cada noche soñaba con follarla, pero solo podía masturbarme el culo o lamer sus fotos. Me mandaba órdenes: «Envíame una foto de tu jaula hinchada». Yo lo hacía, rojo de vergüenza, y ella respondía: «Buen chico, pero no te corras. Tu placer es mío».

La dominación escalaba paso a paso, y cada escena me rompía un poco más el ego, pero me excitaba como nunca. Una noche me citó para una «tarea degradante». Llegué a su piso y me hizo servirla desnudo, solo con la jaula colgando. «Limpia el suelo de rodillas mientras yo miro Netflix», me ordenó. Yo, a cuatro patas con un trapo, sentía su mirada clavada en mi culo expuesto. «Mírate, un hombre hecho y derecho convertido en mi sirviente. ¿Te pone cachondo ser mi puta doméstica?». Sí, joder, me ponía. Luego me hizo confesar fetiches: «Dime qué te mola de verdad, o te dejo la jaula una semana más». Solté todo –que me gustaba la humillación verbal, imaginarme cornudo, el dolor mezclado con placer–. Ella se rio: «Eres un degenerado, y eso me encanta. Ahora, lame mi culo como disculpa». Se puso a cuatro patas en el sofá, se bajó las bragas y me acercó la cara. Su culo era firme, redondo, y olía a jabón mezclado con su aroma natural. Lamí despacio, metiendo la lengua en el agujero, saboreando el salado de su piel mientras ella gemía bajito. «Más profundo, putito. Adora lo que nunca vas a follar». Mi polla intentaba endurecerse en la jaula, el dolor de la frustración me hacía gemir contra su carne. Me dejó al borde, tocándome los huevos pero sin soltarme, edging puro que duró media hora. «Suplica», me dijo, y yo lo hice: «Por favor, Ama, déjame correrme». «No, hoy no. Mañana quizás, si me lames el coño hasta que me corra yo».

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Otro nivel fue el pegging. Me lo avisó con antelación: «Prepárate el culo, voy a reclamarte por detrás». Llegué nervioso, con el lubri en el bolsillo. Ella estaba en lencería, con un strap-on negro de ocho pulgadas ya ceñido a sus caderas. «Arrodíllate y chúpalo primero, como si fuera una polla de verdad». Lo hice, sintiendo el látex en la boca, imaginando que era para humillarme más. «Buena zorra, ahora a cuatro patas». Me penetró despacio al principio, el dolor agudo cuando la punta abrió mi culo, pero luego vino el placer prohibido, la próstata latiendo con cada embestida. «Siente cómo te follo como a una perra», gruñía ella, clavándome las uñas en las caderas. Yo gemía como un animal, la jaula balanceándose, el sudor goteando. «Dime que eres mi cornudo en potencia, que te excita que me folle a otros». Lo confesé, jadeando, y ella aceleró, el chapoteo del lubri llenando la habitación. Me dejó al borde otra vez, negándome el orgasmo mientras se corría frotándose el clítoris. Salí destrozado, pero anhelando más.

La tensión psicológica era lo que me tenía loco. Cada orden verbal me rompía: «Tu polla enjaulada es mía, no te la toques ni en sueños». Me hacía pedir permiso para todo –»¿Puedo mear, Ama?»– y se reía, demorando la respuesta para joderme la mente. Una vez me obligó a ver porno de ella con un tío: no era real, pero me lo describió vívidamente mientras yo lamía sus pies. «Imagina mi coño chorreando por una polla de verdad, no la tuya patética». La humillación me excitaba más que nada, el taboo de ser su juguete me hacía latir en la jaula como un poseso.

Llegó el clímax una noche que no olvidaré nunca. Me citó tarde, con un mensaje: «Ven ya, y trae tu mente sumisa». Entré en su piso y el aire estaba cargado, olía a su perfume mezclado con algo más crudo, como excitación. Ella estaba en el dormitorio, solo con un corsé negro que le apretaba las tetas perfectas y el strap-on ya listo, pero esta vez con un arnés que le dejaba el coño accesible. «Desnúdate y arrodíllate, putito. Hoy te rompo del todo». Obedecí, la jaula tirante contra mi piel, el corazón martilleando. Se acercó, me tiró del pelo para que la mirara: «Mírame mientras te digo la verdad. Eres mío, tu culo, tu polla, tu puta alma. Suplica por servirme». «Por favor, Ama, úsame», balbuceé, y ella sonrió, cabrona y jodidamente atractiva.

Empezó con adoración total. Me obligó a lamer su coño primero, arrodillado entre sus piernas abiertas. El olor era intenso, a mujer mojada, salado y dulce, con ese toque almizclado que me volvía loco. Metí la lengua en los labios hinchados, chupando el clítoris mientras ella gemía: «Eso, lame mi coño como el esclavo que eres. Saborea cómo estoy empapada por dominarte». El sabor era adictivo, jugos calientes en mi boca, y yo gemía contra ella, mi polla latiendo dolorosamente en la jaula, gotas de precum escapando por las barras. Ella me clavó las uñas en el cuello, tirándome el pelo para guiarme más profundo: «No pares, puto, hazme correrme en tu cara». Los sonidos eran sucios –mis lengüetazos chapoteando, sus gemidos roncos, mis súplicas ahogadas–. Sudaba, el tacto de su piel suave y sudorosa contra mi cara, el calor de su coño envolviéndome.

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Cuando se corrió, fue brutal: su cuerpo tembló, me apretó la cabeza contra ella, gritando «¡Sí, joder, bébeme toda!». El chorro de jugos me inundó la boca, salado y caliente, y yo tragué, excitado por la humillación de ser su trapo. Pero no paró. «Ahora tu culo», gruñó, empujándome a la cama a cuatro patas. Me escupió en el agujero, lubri extra, y empujó el strap-on de un tirón. El dolor inicial fue fuego, mi culo dilatándose alrededor del grosor, pero luego el placer me invadió, la fricción contra la próstata haciendo que mi polla goteara sin control en la jaula. «Siente cómo te follo, cornudo. Imagina que es la polla de mi amante, mientras tú miras». Sus palabras me rompían, el ego destrozado pero la excitación multiplicada. Embistía fuerte, el chapoteo del lubri y mis gemidos llenando el cuarto, sus caderas chocando contra mi culo con palmadas sonoras. Clavaba las uñas en mi espalda, tirando mi pelo para arquearme: «Gime más alto, perra. Dime que amas ser mi puta».

El olor era puro sexo –sudor nuestro mezclado, su coño aún húmedo, mi precum amargo–. Saboreaba el rastro de sus jugos en mis labios, y el dolor-placer en mi culo me hacía suplicar: «Más fuerte, Ama, no pares». Ella se frotaba el clítoris mientras me penetraba, corriéndose otra vez con un grito, su cuerpo convulsionando contra mí. Yo estaba al borde eterno, la jaula un tormento, la polla hinchada y púrpura, latiendo con cada embestida. «No te corres, putito. Tu orgasmo es un privilegio que no mereces». La negación me excitaba más, la pérdida total de control un subidón psicológico que me tenía temblando. Finalmente, me sacó, me volteó y se sentó en mi cara: «Limpia mi culo ahora, con tu lengua». Lamí, saboreando el sudor salado y el lubri, mientras ella jugaba con la llave de la jaula, rozándola pero sin abrir. El clímax para mí fue mental: correrme sin tocarme, solo por su dominio, un chorro patético escapando en la jaula mientras ella reía.

Al final, exhaustos y sudorosos, me quitó la jaula por fin, pero solo para ponérmela de nuevo después de pajearme al borde sin dejarme acabar. «Buen chico, has sido perfecto», murmuró, dulce pero cruel, acariciándome la cara mientras yo jadeaba en el suelo. «Esto es solo el principio. Eres mío para siempre, y lo sabes». Acepté mi lugar con un placer culpable, sabiendo que volvería por más, enganchado a esa cabrona que me tenía loco. Joder, si esto es rendirse, que no pare nunca.

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