Relatos de dominación

Dominación Femenina Cruel: Sumisión Implacable

La Jaula de Mi Dómina

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llamaba Carla, y la vi por primera vez en un bar cutre de Madrid, de esos donde la gente va a ligar sin complicaciones. Yo era un pringado normal, de treinta y pico, trabajando en una oficina de mierda, con una vida sexual que se resumía a pajearme viendo porno en solitario. Cachondo reprimido total, siempre fantaseando con que una mujer me pusiera en mi sitio, pero nunca me atrevía a decirlo. Hasta que apareció ella.

Carla era tremenda, joder. Alta, con curvas que te dejaban la polla tiesa solo de mirarla: tetas firmes que asomaban por un escote que gritaba «mírame, pero no toques». Pelo negro largo, ojos verdes que te clavaban como cuchillos, y una sonrisa de cabrona que te hacía sentir pequeño. Vestía ajustado, unos vaqueros que le marcaban el culo redondo y un top que dejaba ver un tatuaje en la cadera. Estaba charlando con unas amigas, riéndose fuerte, segura de sí misma como si el mundo le perteneciera. Yo, con una cerveza en la mano, no podía quitarle los ojos de encima. Me ponía malo solo de imaginarla encima de mí, mandando.

Al final, me armé de valor y me acerqué. «Ey, ¿qué tal? Te vi desde allá y… joder, estás cañón», le solté, intentando sonar casual. Ella me miró de arriba abajo, como evaluando un cachorro, y soltó una risa que me erizó la piel. «Vaya, el valiente. ¿Y tú qué, un pringado cualquiera queriendo impresionar?» Su voz era ronca, con ese acento neutro que mezclaba España y Latinoamérica, directa como un puñetazo. Me quedé mudo un segundo, pero ella siguió: «Siéntate, no muerdo… a menos que me lo pidas». Joder, ya me tenía enganchado. Hablamos un rato, coqueteo tonto, pero noté cómo me guiaba la charla, preguntándome cosas personales, como si me estuviera desarmando. Yo le conté mi curro aburrido, mis noches solo, y ella sonrió maliciosa. «Seguro que te mueres por que una tía como yo te diga qué hacer, ¿eh? No me mientas, se te nota en la cara».

Al final de la noche, me dio su número. «Llámame si tienes huevos para algo más que charlar, perrito». Me fui a casa con la polla dura como una piedra, pensando en ella. Al día siguiente, le escribí, nervioso como un crío. Quedamos en su piso, un ático chulo en el centro. Cuando abrió la puerta, llevaba un vestido negro corto, tacones altos, y me miró con esa seguridad que me hacía sentir expuesto. «Pasa, y cierra la boca antes de que te la cierre yo». Empezamos con copas, pero pronto el rollo cambió. Me preguntó directo: «¿Alguna vez has dejado que una mujer te controle de verdad? ¿Te has arrodillado, has suplicado?» Negué, pero mi erección me delataba. Ella rio. «Mientes fatal. Hoy empezamos suave, pero con reglas. Si quieres parar, di ‘rojo’. Si no, eres mío». Consentimiento claro, joder, y yo asentí como un idiota, excitado por el taboo. Sabía que me tenía pillado, y eso me ponía a mil.

READ  Dominación Femenina Intensa: Castidad Implacable

Desde ese momento, Carla se convirtió en mi dómina. No era solo follar; era rendirse, perder el control, y joder, eso me volvía loco más que nada.

El desarrollo empezó lento, pero cada paso me hundía más en su red. La primera noche, después de las copas, me ordenó: «Quítate la ropa, putito. Quiero verte entero». Me quedé en calzoncillos, temblando, y ella se rio. «Todo, joder. No seas tímido». Desnudo, con la polla medio tiesa, me miró como si fuera un juguete. «Arrodíllate». Lo hice, el suelo frío contra mis rodillas, y el corazón latiéndome fuerte. «Buen chico. Ahora, mírame a los ojos y dime por qué mereces que te toque». Su voz era sucia, humillante, y yo balbuceé algo sobre lo cachondo que me ponía. «Tu polla ya no te pertenece, ¿entiendes? Es mía para jugar». Joder, esas palabras me clavaron, el ego se me rompió un poco, pero la excitación era brutal. Me tocó la polla con la punta del zapato, frotando suave, y yo gemí. «No te corras, ni lo pienses. Si lo haces sin permiso, te castigo».

Al día siguiente, subió la apuesta. Me invitó a su casa de nuevo, y sacó una caja. Dentro, una jaula de castidad de metal, fría y reluciente. «Póntela. Quiero que sientas lo que es ser mío de verdad». Intenté protestar, pero ella me miró fija: «Hazlo, o lárgate». Me la coloqué, el clic del candado fue como una sentencia. La polla se me hinchaba contra las barras, frustrante, dolorosa. «Mira qué patético. Estás encerrado por mí, y ni siquiera me has tocado». Caminaba alrededor, taconeando, y yo suplicaba con la mirada. Esa frustración mental era lo peor: saber que ella decidía si me liberaba, que mi placer era suyo. «Hoy vas a limpiarme el piso desnudo, con la jaula puesta. Y cada vez que te duela, piensas en mí follándome a otro». Joder, la idea me humillaba, pero me ponía más duro, latiendo en esa puta cárcel.

Pasaron días así, edging interminable. Me citaba, me hacía masturbarme al borde, pero paraba. «Tócate despacio, puto. Quiero verte suplicar». Lo hacía, la polla goteando, al límite, y ella contaba: «Diez segundos más… nueve… para». Gemía, «Por favor, Carla, déjame correrme», y ella reía. «No. Tu orgasmo es mío. Confiesa: ¿qué fetiches te avergüenzan? Dime, rompe ese ego de mierda». Le solté todo: que me ponía adorar pies, que fantaseaba con ser cornudo. «Qué cerdo. Hoy vas a demostrarlo». Me obligó a arrodillarme y lamerle los pies. Sus dedos en mi boca, salados, olor a sudor del día, y yo chupando como un desesperado. «Bájalos más, lame entre los dedos. Huele mi piel, perrito». El sabor era adictivo, mezclado con la humillación de estar así, jaula apretando. Luego, me hizo oler su culo, agachada en el sofá, tanga aparte. «Inhala, joder. Ese es tu sitio». El aroma almizclado me volvía loco, la polla luchando por salir.

READ  Jaula de Castidad: Sumisión Total Eterna

Una noche, escaló a lo bestia con el pegging. «Hoy te follo yo, cornudo». Me untó lubricante en el culo, frío y resbaladizo, y se puso el strap-on, un dildo negro grueso que le marcaba las caderas. «De rodillas, culo arriba». Empujó despacio, el dolor inicial me hizo jadear, pero luego placer, dilatándome. «Gime para mí, puto. Siente cómo te poseo». Entraba y salía, chapoteo de lubricante, mis gemidos mezclados con los suyos de excitación. «Tu culo es mío, como tu polla. Imagina que soy otro tío follándome mientras te penetro». La dominación psicológica me rompía: el dolor-placer, la idea de ser su juguete, me tenía al borde sin tocarme.

No paró ahí. Una vez, para humillarme como cornudo, me obligó a mirar. Trajo a un tío, un tipo alto y follador, y me ató en una silla, jaula puesta. «Mira cómo me folla de verdad, perrito. Tú solo miras». Ella encima de él, gimiendo fuerte, tetas rebotando, coño tragándose su polla. Yo suplicaba, «Carla, por favor», pero ella: «Cállate y aprende. Después limpias». El olor a sexo llenaba la habitación, sudor y coño mojado. Cuando terminaron, él se corrió dentro, y ella me acercó: «Lame, cornudo. Saborea lo que no eres tú». El sabor salado, mezclado con su jugo, me humillaba hasta el alma, pero joder, me excitaba como nunca.

Cada tarea degradante me hundía más: servirle copas desnudo, pedir permiso para mear, confesar fetiches en voz alta. «Dime qué zorra te pone, pero recuerda, yo soy tu ama». Rompía mi ego con palabras crudas, y yo me rendía, excitado por la pérdida de control.

El clímax llegó una noche que no olvidaré. Carla me citó tarde, el piso a media luz, olor a incienso y su perfume. «Hoy te libero un rato, pero bajo mis reglas. Quítate todo, jaula fuera». El alivio fue brutal, la polla saltó dura, venosa, goteando pre-semen. Ella se desnudó despacio, tetas perfectas con pezones duros, coño depilado brillando de humedad. «Acércate, pero no toques. Arrodíllate y adórame». Me tiré a sus pies, lamiendo tobillos sudorosos, subiendo a muslos. El tacto de su piel suave, cálida, me quemaba. «Ahora mi coño, puto. Chúpalo hasta que me corra». Hundí la cara, olor intenso a excitación femenina, salado y dulce. Lamí clítoris hinchado, lengua chapoteando en jugos, ella gimiendo: «Más profundo, joder, hazme temblar». Sus uñas se clavaron en mi pelo, tirando fuerte, dolor que me hacía gemir contra su carne. El sabor me inundaba, coño mojado empapándome la barbilla.

READ  Dominación Femenina Extrema: Crueldad Seductora

De repente, me empujó al suelo, montándome. «No te muevas. Yo follo». Su coño se tragó mi polla de un golpe, caliente, apretado, chapoteo rítmico mientras cabalgaba. «Siente cómo te uso, perrito. Tu polla latiendo dentro, pero no te corres». Sudor nos pegaba, piel resbaladiza, olores mezclados: su sudor almizclado, mi excitación, el leve rastro de semen viejo de otras veces. Azotaba mi pecho, marcas rojas, y yo suplicaba: «Ama, por favor, déjame…». Ella reía, «No, edging otra vez. Al borde y para». Frenaba, mi polla palpitando en su interior, frustración mental que dolía más que físico. Luego, sacó el strap-on de nuevo. «Gira, culo arriba. Te follo mientras te masturbo al límite».

Me penetró, el dildo abriéndome, dolor-placer quemando, mientras su mano me pajero lento. Gemidos míos roncos, suyos mandones: «Más fuerte, zorra, siente mi poder». El chapoteo del lubricante, azotes en nalgas que sonaban como latigazos, y dentro de mí, sensaciones brutales: culo dilatado, polla latiendo en jaula imaginaria de control. Olor a sudor y sexo, sabor de su coño en mi boca cuando me besó forzada. «Córrete ahora, pero solo porque yo digo». Exploto, semen caliente salpicando, gemido gutural, mientras ella sigue empujando, ordeñándome. La humillación de correrme bajo su mando, el taboo de ser su puto, me hizo temblar entero. Ella se corrió después, frotándose contra mi espalda, jugos calientes goteando.

Jadeando, nos quedamos así, ella encima, control absoluto. Tacto de su pelo en mi cuello, olores persistiendo, sonidos de respiraciones entrecortadas. Joder, era el pico de todo.

Al final, Carla se apartó, encendió un cigarro y me miró con esa sonrisa cruel-dulce. «Buen chico, has aguantado bien. Pero recuerda, esto no acaba. Eres mío, jaula o no, y cada día te hundiré más». Yo, exhausto, con placer culpable latiendo en las venas, asentí: «Sí, ama. Donde tú digas». Me vestí, piernas flojas, sabiendo que volvería. Ella reafirmaba su dominio con un beso en la frente, posesivo: «Duerme pensando en mí follándote la mente». Y joder, lo hice, excitado y roto, aceptando mi lugar como su perrito eterno.

Pero ¿y si la próxima vez trae al cornudo de vuelta? Solo de pensarlo, me pongo tieso de nuevo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba