Relatos de dominación

Jaula de Castidad: Sumisión Total Implacable

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llamaba Carla, y la vi por primera vez en una app de ligoteo, de esas que usas cuando estás harto de la rutina y buscas algo que te saque de la monotonía. Yo era un tipo normal, de treinta y pico, con un curro de oficina que me mataba el alma, y una vida sexual que se resumía en pajas rápidas viendo porno en el baño. Cachondo reprimido hasta las cejas, con fantasías que no me atrevía a contarle ni a mi mejor colega. Quería rendirme, ser dominado, pero siempre acababa solo, frustrado, pensando en tías que me pisaran el ego y me pusieran la polla dura solo con una mirada.

Ella, en cambio, era una diosa cabrona. Foto de perfil: morena con curvas que te dejaban babeando, ojos verdes que te clavaban como cuchillos, y una sonrisa que decía «te voy a destrozar, perrito». Su bio era directa: «Busco sumisos que sepan obedecer. Si no aguantas, no me escribas». Me puse a mil solo de leerlo. Le mandé un mensaje, algo torpe, tipo «Me intrigas, ¿qué buscas exactamente?». Respondió al día siguiente: «A alguien que me adore y sufra por mí. ¿Tú? ¿O solo eres otro que se empalma con la idea?». Joder, qué directa. Intercambiamos mensajes durante una semana, ella pinchándome, preguntándome sobre mis fantasías ocultas. Confesé que me ponía la idea de ser controlado, de no tener el control de mi polla. Ella se rio en un audio: «Pobrecito, reprimido hasta el culo. Nos vemos en persona, pero con una regla: la safe word es ‘rojo’, y si la dices, paramos todo. ¿Entendido?».

Quedamos en un bar cutre del centro, neutral, para tantear. Llegó con unos vaqueros ajustados que le marcaban el culo redondo y una blusa que dejaba ver el borde de un tatuaje en la clavícula. Estaba tremenda, joder, con ese pelo suelto y un perfume que me llegó directo a la polla. Yo sudaba, nervioso, con una erección a medias solo de olerla. Hablamos de todo, pero ella dirigía: me preguntaba sobre mi vida, mis inseguridades, y de repente soltaba: «Mírame a los ojos y dime por qué mereces que te domine». Me tenía pillado, me ponía malo solo de mirarla. Al final de la noche, en la calle, me acercó y me susurró al oído: «Ven a mi piso mañana. Trae ropa interior limpia y prepárate para arrodillarte». Salí de allí con la polla dura como una piedra, sabiendo que me había metido en algo grande. Era el principio de mi rendición total.

Al día siguiente, llamé a su puerta con el corazón en la garganta. Me abrió en bata, descalza, con el pelo recogido en una coleta desordenada. «Entra, putito», dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. El piso era un caos sexy: velas, juguetes discretos en una estantería, y un sofá enorme donde me indicó que me sentara. No, espera: «Arrodíllate en el suelo, delante de mí». Obedecí sin pensarlo, el suelo frío contra mis rodillas, mirándola desde abajo. Ella se sentó en el sofá, cruzó las piernas y me miró como si fuera su propiedad. «Buen chico. Ahora, cuéntame tus fetiches sucios. Todo, sin filtros». Empecé a balbucear, rojo como un tomate: la dominación, el control de mi orgasmo, lamerle los pies… Ella se reía, suave pero cruel: «Qué predecible. Pero me encanta romper tíos como tú. Desnúdate, despacio. Quiero verte empalmado y patético».

READ  Ama Cruel en Femdom: Jaula de Castidad, Pegging y Humillación Total para Mi Esclavo Sumiso hasta su Completa Rendición

Me quité la ropa, temblando, mi polla saltando libre, dura y goteando ya. Ella la miró con desdén: «Mira qué cosa. Tu polla ya no te pertenece, ¿entiendes? Es mía para torturarte». Sacó una jaula de castidad de un cajón, un cacharro de metal negro con un candado diminuto. «Póntela. Ahora». La frustración empezó ahí: intenté encajarla, pero mi erección no bajaba. Ella esperó, impaciente, y cuando por fin cedió un poco, la cerró con un clic que resonó en mi cabeza. El metal frío apretando mi polla flácida, impidiéndome ponerme duro del todo. «Duele un poco, ¿verdad? Bien. Así aprenderás a suplicar». Me hizo gatear hasta sus pies, que olían a crema y un toque de sudor del día. «Adórame los pies, lame cada dedo como si fuera tu cena». Saqué la lengua, saboreando la piel salada, chupando sus uñas pintadas de rojo. Me ponía a mil, la jaula apretando dolorosamente cada vez que intentaba empalarme. «Qué puto pervertido», murmuró ella, restregando el pie en mi cara. «Hueles a perdedor».

La cosa escaló esa misma noche. Me ordenó tareas degradantes: limpiar su cocina desnudo, con la jaula tintineando entre mis piernas, mientras ella me vigilaba desde el sofá con un vino en la mano. «Pide permiso para cada movimiento, esclavo. ¿Quieres beber agua? Pregúntame». Yo, rojo de humillación, suplicaba: «Por favor, Ama, ¿puedo beber?». Ella negaba a veces, solo para verme sufrir. La dominación psicológica era lo peor –o lo mejor–. Me hizo confesar más: «Dime, ¿te excita que te humille? ¿Que te diga que tu polla enjaulada es una broma?». Asentí, gimiendo, porque sí, joder, me excitaba más la pérdida de control que cualquier paja libre. Al día siguiente, me negó el orgasmo por primera vez de verdad. Me ató las manos a la espalda, sacó lubricante y empezó a edging: me masturbaba con la mano enfundada en guante, lenta, hasta que mi polla luchaba contra la jaula, hinchándose, doliendo. «No te corras, putito. Si lo haces, te castigo». Me llevaba al borde una y otra vez, mi cuerpo temblando, suplicando: «Por favor, Ama, déjame correrme». Ella se reía: «Ni de coña. Mira cómo sufres por mí. Eso es lo que me pone».

Pasamos días así, la tensión subiendo como una olla a presión. Una noche, me obligó a adorar su culo: se puso a cuatro patas en la cama, el tanga aparte, y me dijo: «Olerlo, lame mi culo como el cerdo que eres». El aroma era embriagador, sudor mezclado con su excitación, y yo enterré la cara, lamiendo el agujero apretado, saboreando su esencia mientras la jaula me torturaba. «Más profundo, lengua dentro». Gemía ella, pero no me dejaba tocarme. Luego vino el pegging, su toque maestro. Me lubricó el culo con dedos fríos, abriéndome despacio. «Relájate, cornudo. Vas a sentirme dentro». Se puso el strap-on, un dildo negro grueso, y me penetró de rodillas, lento al principio, el dolor quemando como fuego, pero convirtiéndose en placer cuando rozaba mi próstata. «Gime para mí, di que eres mi puta». Yo jadeaba: «Sí, Ama, fóllame más fuerte». El chapoteo de la lubricante, mis gemidos patéticos, su risa –todo me volvía loco. Me tenía roto, el ego hecho trizas, excitado por la humillación pura.

READ  Ultimate Femdom Chastity Humiliation Surrender

La cosa se puso más jodida cuando introdujo la humillación cornudo. Una noche, trajo a un tío, un tipo alto y follador que había conocido en el gym. Me hizo sentarme en una silla, atado, con la jaula puesta. «Mira cómo me folla de verdad, perrito. Tu polla enjaulada no llega ni a la suela». Ella se desnudó, tetas firmes y coño depilado reluciente, y se montó en él en el sofá, gimiendo alto: «¡Sí, fóllame fuerte, no como este marica!». Yo miraba, la polla latiendo inútilmente contra el metal, lágrimas de frustración y excitación. Oía el chapoteo de sus cuerpos, olía su sudor mezclado con el semen de él cuando se corrió dentro. Después, me desató y me ordenó: «Límpialo, lame mi coño lleno de su corrida». Me arrodillé, saboreando la mezcla salada, amarga, mi lengua explorando su clítoris hinchado mientras ella gemía aún. «Buen cornudo. Esto es tu lugar».

Cada elemento me hundía más: las órdenes verbales como «Arrodíllate y mírame mientras me corro pensando en otro» me dejaban al borde; la jaula era una tortura constante, mi polla hinchada y sensible, rogando por alivio; el edging duraba horas, ella usándome como juguete, parando justo cuando iba a explotar. Las tareas –servir desnudo, pedir permiso para cagar, joder– me rompían el orgullo. Y la psicológica: «Confiesa, ¿te gusta ser mi esclavo patético? ¿Te excita que te controle hasta el último aliento?». Sí, me tenía loco, la humillación era el afrodisíaco definitivo.

Llegó el clímax una noche de viernes, cuando ya llevaba una semana enjaulado, desesperado. Ella me había preparado: «Hoy te voy a follar hasta que supliques piedad, pero no te corras sin permiso». Me llevó al dormitorio, luces tenues, el aire cargado de su perfume y anticipación. Me ató las muñecas a la cabecera de la cama, boca arriba, desnudo excepto por la jaula que me apretaba como un vicio. Carla se desnudó despacio, su cuerpo curvilíneo brillando con un aceite que olía a vainilla y pecado. Tetazas pesadas, pezones duros, coño ya mojado reluciendo entre los muslos. Se subió a la cama, restregando su piel sudorosa contra la mía, uñas clavándose en mi pecho, dejando marcas rojas que ardían deliciosamente. «Siente mi control, putito. Tu cuerpo es mío».

Empezó con adoración: se sentó en mi cara, su coño empapado cubriéndome la boca y nariz. «Lame, chupa mi clítoris hasta que me corra». El sabor era intenso, salado y dulce, jugos calientes goteando por mi barbilla mientras mi lengua trabajaba, lamiendo pliegues hinchados, succionando el nubbin sensible. Oía sus gemidos roncos, «¡Joder, sí, más profundo!», y el chapoteo húmedo de mi boca contra su carne. Mi polla latía furiosa en la jaula, el metal mordiendo, una frustración que me hacía gemir contra su coño. Sudor nos cubría a ambos, su culo restregándose en mi pecho, uñas tirando de mi pelo para guiarme. «Huele mi excitación, perdedor. Esto es lo más cerca que estarás de follarme».

READ  Relato Noche de Gala Bajo Órdenes Estrictas: Experiencia Exclusiva e Intensa

Bajó, liberó la jaula con un clic que me hizo jadear –mi polla saltó libre, roja, venosa, goteando precum–. Pero no me dejó tocarla. Se untó lubricante en las manos y empezó el edging final: pajeándome lento, apretando la base, subiendo hasta la cabeza sensible. «Mírame a los ojos mientras te torturo». Sensación interna brutal: mi polla palpitando, bolas pesadas, el orgasmo construyéndose como una ola, pero ella paraba, pellizcándome los huevos. «¡Suplica, di que eres mi puta!». Yo rogaba: «Por favor, Ama, déjame correrme, no aguanto». Risas suyas, crueles, y el olor a su coño mojado invadiendo todo.

Entonces, el pegging intenso. Me volteó boca abajo, culo al aire, y se ceñió el strap-on más grande, 20 cm de silicona negra, grueso como mi muñeca. Lubricante frío goteando en mi agujero, sus dedos abriéndome primero –uno, dos, tres–, dilatándome con un ardor que se mezclaba con placer. «Relájate, cornudo. Vas a sentirme dueña de tu culo». Empujó la cabeza, dolor agudo al principio, mi esfínter resistiendo, pero luego cedió, el dildo llenándome centímetro a centímetro. Gemí alto, un sonido gutural, el estiramiento quemando pero rozando mi próstata con cada embestida. Ella follaba fuerte, caderas chocando contra mis nalgas con palmadas sonoras –plaf, plaf–, sudor chorreando por su piel al mío. «¡Toma, puta, gime para mí!». Sensaciones internas: mi polla rozando las sábanas, latiendo sin control, el placer-prostático acumulándose, humillación pura excitándome más –sabía que era su juguete, penetrado y roto.

Cambió de posición: me puso de lado, una pierna levantada, y siguió penetrándome profundo, su mano ahora masturbándome al ritmo. Tacto: su piel sudorosa pegada a la mía, uñas clavadas en mi cadera, pelo tirado para arquearme. Olores: sudor masculino mezclado con su excitación, lubricante almizclado, mi propio precum salado. Sonidos: mis súplicas ahogadas, «¡Más fuerte, Ama, joder!», el chapoteo del dildo en mi culo dilatado, sus gemidos triunfales, azotes en mis muslos rojos. Sabores: ella me besó entonces, lengua invadiendo mi boca, sabor a vino y deseo, mientras yo lamía sus labios. Interno: mi polla al borde, venas hinchadas, el orgasmo negado convirtiéndose en éxtasis tortuoso; el culo lleno, cada embestida enviando ondas de placer-humillación que me hacían temblar entero.

Al final, cuando no pude más, ella aceleró: «¡Córrete ahora, putito, pero solo porque yo lo digo!». Explosión: semen caliente salpicando mi vientre, chorros espesos, mi cuerpo convulsionando alrededor del strap-on. Ella no paró, follándome a través del orgasmo, prolongando el placer hasta el dolor. Luego se corrió ella, frotando su clítoris contra la base del arnés, gritando: «¡Sí, toma mi placer, esclavo!».

Después, exhaustos, me desató y me acurruqué a sus pies, la jaula de vuelta en su sitio al amanecer. Ella acarició mi pelo, voz dulce pero firme: «Has sido bueno, perrito. Pero esto no acaba. Eres mío para siempre, y cada día vas a suplicar más». Acepté con un placer culpable, sabiendo que mi lugar era rendido a sus pies, excitado por la cadena invisible. Joder, qué cabrona –y qué adicción.

Y mientras me dormía oliendo su piel, pensé: ¿quién coño querría ser libre cuando esto duele tan jodidamente bien?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba