Relatos de dominación

Dominación Femenina Cruel: Sumisión Implacable

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Me llamo Dani, un tipo normal de veintitantos, de esos que curra en una oficina de mierda, sale con los colegas los fines de semana y se pajea viendo porno vanilla porque la vida real es un coñazo. Pero todo cambió cuando la conocí en una app de ligoteo. Se llamaba Laura, aunque ella prefería que la llamara Ama o algo así, pero eso vino después. La vi en las fotos: morena, con curvas que te ponían a mil, ojos verdes que te clavaban como cuchillos y una sonrisa de cabrona que decía «te voy a joder la cabeza». Estaba tremenda, con un cuerpo atlético de gym, tetas firmes que se marcaban bajo las camisetas ajustadas y un culo que pedía a gritos ser adorado. Medía como 1,70, pero con tacones parecía una diosa intocable.

Nos encontramos en un bar cutre del centro. Yo iba nervioso, con el corazón latiéndome como un tambor, porque sus mensajes ya me habían puesto en modo sumiso sin que me diera cuenta. «Ven, pero no me mires a los ojos a menos que te lo pida», me escribió. Joder, qué morbo. Llegué puntual, y ahí estaba ella, sentada con las piernas cruzadas, fumando un cigarro electrónico con esa pose de reina. Llevaba un vestido negro ceñido que dejaba poco a la imaginación, y cuando me acerqué, me miró de arriba abajo como si evaluara a un perrito callejero. «Siéntate, putito», me soltó sin más, y yo obedecí, sintiendo ya cómo mi polla se movía en los pantalones. Hablamos de tonterías al principio: trabajo, hobbies, pero ella dirigía la charla, y cada dos por tres soltaba algo que me ponía malo. «Pareces de los que se corren en dos minutos, ¿eh? No sirves para follar de verdad». Reí nervioso, pero por dentro me ardía. Sabía que me tenía pillado desde el minuto uno.

La cosa escaló rápido. En la segunda cita, en su piso, me lo soltó claro: «Quiero controlarte, Dani. Todo. Tu polla, tu tiempo, tu puta mente. ¿Estás dispuesto? La palabra de seguridad es ‘rojo’, si no, te comes lo que te dé». Asentí como un idiota, con la boca seca y la verga dura. Era consentido, joder, y eso me ponía más cachondo aún. Ella era segura de sí misma, una cabrona atractiva que no pedía permiso para nada. Me había contado que le molaba el femdom desde joven, que disfrutaba rompiendo tíos como yo, reprimidos y con ganas de rendirse. Yo, con mi vida de mierda, solo quería soltar el control. Esa noche, me hizo arrodillarme y besarle los pies descalzos, oliendo su sudor del día, y supe que estaba jodido. «Buen chico», me dijo, acariciándome la cabeza como a un perro. Me ponía a mil solo de mirarla, de olerla, de sentir su poder. Era el principio de todo.

Al principio, todo era juego, pero Laura lo convertía en algo adictivo, paso a paso. Una semana después de conocernos, ya me tenía en su piso, desnudo y temblando. «Quítate la ropa, putito. Quiero ver qué mercancía tengo», ordenó con esa voz ronca que me erizaba la piel. Obedecí, sintiendo el aire fresco en mi polla medio empalmada, y ella se rio, sentándose en el sofá con las piernas abiertas, mostrando el tanga negro que apenas cubría su coño depilado. «Mírame. Tu polla ya no te pertenece. Es mía para jugar». Joder, esas palabras me clavaron. Me arrodillé sin que me lo pidiera, y ella extendió un pie, con las uñas pintadas de rojo. «Adórame los pies, lame cada dedo como si fuera tu cena». Olían a sudor y crema, un mix que me volvía loco. Lamí, chupé, saboreando la sal de su piel, mientras mi verga goteaba pre-semen en el suelo. Ella gemía bajito, tocándose por encima del tanga. «Qué patético, Dani. Te excitas lamiendo pies. Confiésame, ¿qué más te pone? Dime tus fetiches de mierda». Balbuceé que me molaba la humillación, que soñaba con que me controlara, y ella sonrió, rompiéndome el ego poco a poco. «Eres un perdedor reprimido. Mañana te pongo jaula, para que no te toques sin permiso».

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La jaula llegó por correo al día siguiente. Era de metal frío, pequeña, con un candado que brillaba como una puta sentencia. Laura me la puso en su habitación, lubricándola con saliva para que resbalara. «A ver, métete esa polla floja ahí». Intenté, pero estaba semi-dura por la excitación, y ella se impacientó, empujándome la verga con los dedos hasta que encajó. Clic. El candado se cerró, y sentí la presión inmediata, como si mi libertad se evaporara. «Ahora eres mío, cornudo en potencia. No te corres sin mi orden». La frustración fue brutal. Al principio, era solo física: la polla queriendo crecer contra el metal, doliendo como un demonio cada vez que pensaba en ella. Pero lo mental era peor. Me tenía loco, mandándome fotos de su coño mojado mientras yo estaba en el curro, con la jaula apretando. «Míralo, putito. Esto no lo pruebas hasta que yo diga». Suplicaba por mensajes: «Por favor, Ama, déjame tocarme». Ella respondía con risas: «Ni de coña. Esta noche edging, sin correrte».

El edging se convirtió en rutina. Me citaba en su piso dos veces por semana, y lo primero era inspeccionar la jaula. «Sácatela, pero solo para torturarte». Me ponía de rodillas, me untaba lubricante en la polla liberada, y empezaba a pajearme despacio, con su mano experta, parando justo cuando sentía que iba a explotar. «No te corras, joder, o te castigo». Lo hacía una y otra vez, media hora, una hora, hasta que suplicaba como un cerdo. «¡Ama, por favor! ¡Me muero!». Ella se reía, oliendo mi sudor desesperado, y me obligaba a lamer su culo mientras seguía el edging. «Huele mi ano, lame el sudor de mis nalgas. Eres mi felpudo». Su culo era perfecto, redondo, con un aroma almizclado que me hacía delirar. Lamía el agujero, saboreando su esencia, mientras mi polla latía al borde, negada. La tensión psicológica era lo que me mataba: saber que ella controlaba mi placer, que yo era solo un juguete para su diversión. Una vez, me hizo confesar mientras me edgingaba: «Dime, ¿te pone que te humille? ¿Que te llame puto?». «Sí, Ama, me pone a mil», gemí, y ella aceleró, parando en el último segundo. «Bien, porque vas a ver cómo me corro con otro».

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No mentía. Una noche, trajo a un tío, un macizo del gym, y me obligó a mirar desde una silla, con la jaula puesta y las manos atadas. «Siéntate ahí, cornudo. Mira cómo follo de verdad». Ella se desnudó, tetas saltando libres, y se montó en él, cabalgando su polla gruesa mientras yo sudaba. Los sonidos eran una tortura: el chapoteo de su coño mojado contra él, sus gemidos de placer real. «¡Mírame mientras me corro pensando en otro, putito! Tu polla enjaulada no llega ni a la suela». Me excitaba tanto la humillación que la jaula me dolía como nunca, pre-semen chorreando. Después, cuando el tío se fue, me hizo lamer su coño lleno de semen ajeno. «Limpia, perra. Saborea lo que no eres tú». El sabor era salado, amargo, mezclado con su jugo dulce, y por dentro me rompía, pero mi mente gritaba de placer culpable. Ella me tenía roto, escalando el dominio cada día.

La dominación psicológica era su arma maestra. Me mandaba tareas degradantes: limpiar su piso desnudo, con la jaula tintineando, sirviéndole copas en bandeja mientras ella relaxaba. «Pide permiso para mear, puto. Todo lo tuyo es mío». Una vez, me hizo gatear por el pasillo, lamiendo el suelo que ella había pisado con sus tacones. «Eres mi esclavo, Dani. Admítelo». Lo admití, susurrando «Sí, Ama», y ella me recompensaba con un edging más largo, rompiéndome el ego hasta que solo quería rendirme más. El poder era todo mental: cada orden me hacía sentir pequeño, pero cachondo como nunca, porque el taboo de perder el control me ponía la polla a reventar contra la jaula.

El clímax llegó una noche de viernes, después de una semana de tortura. Laura me citó con un mensaje: «Ven preparado, putito. Hoy te follo como mereces». Llegué temblando, y ella abrió la puerta en lencería de cuero negro, con un strap-on enorme colgando de sus caderas. Era un dildo de 20 cm, negro y grueso, que me aterrorizaba y excitaba a partes iguales. «Arrodíllate y adórame primero». Obedecí, besando sus pies, subiendo por las pantorrillas hasta su coño, que olía a excitación pura, mojado y caliente. Lamí su clítoris, saboreando el jugo salado-dulce, mientras ella me agarraba del pelo y tiraba fuerte. «Chupa bien, que luego te toca a ti». Mis pensamientos eran un torbellino: joder, esta tía me tiene loco, me duele la jaula pero no quiero que pare. Ella se corrió en mi boca, gritando «¡Sí, puto!», inundándome con su squirt, y yo tragué todo, gimiendo de frustración.

Entonces vino lo gordo. Me quitó la jaula por fin, mi polla saltó libre, dura como una barra de hierro, goteando. Pero no me dejó tocarme. «Manos atrás». Me untó lubricante en el culo, frío y resbaladizo, y me puso a cuatro patas en la cama. «Relájate, cornudo. Vas a sentir lo que es ser follado de verdad». El strap-on presionó contra mi ano, y el dolor fue intenso al principio, como si me partiera en dos. «¡Ama, duele!», supliqué, pero ella empujó más, centímetro a centímetro, dilatándome hasta que el glande del dildo entró del todo. «Cállate y gime como la perra que eres». Empezó a bombear, lento al inicio, el roce del cuero contra mi piel sudorosa, sus uñas clavándose en mis caderas, tirando de mi pelo para arquearme. El dolor se mezcló con placer, mi próstata latiendo con cada embestida, mi polla balanceándose sin tocar, al borde del orgasmo solo por la penetración.

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Los sonidos llenaban la habitación: mis gemidos ahogados, el chapoteo del lubricante, los azotes que me daba en el culo con la mano libre, dejando marcas rojas. «¡Más fuerte, Ama! ¡No pares!», supliqué, perdido en la humillación que me excitaba más que nada. Ella aceleró, follando mi culo con saña, su sudor goteando en mi espalda, oliendo a sexo puro, a coño mojado y esfuerzo. «Siente cómo te poseo, putito. Tu culo es mío, tu polla es mía». Alcancé el edging sin manos, la polla latiendo, pre-semen cayendo en chorros al colchón, pero ella no me dejó correrme. En cambio, se sacó el strap-on de golpe, me volteó y se montó en mi cara. «Lame mi coño mientras te pajeo al límite». Su coño estaba empapado, saboreé el sudor y el jugo, el clítoris hinchado rozando mi lengua, mientras su mano volaba en mi verga, parando una y otra vez. «¡Suplica, cornudo! Dime que eres mío».

«¡Soy tuyo, Ama! ¡Por favor, déjame correrme!», grité, el olor de su entrepierna ahogándome, el tacto de sus muslos apretando mi cabeza. Ella se corrió otra vez, gritando, su squirt en mi boca, y solo entonces, con un movimiento cruel, me pajeó hasta el final. Explote, semen saliendo en chorros calientes, salpicando mi pecho y su mano, mientras mi cuerpo convulsionaba. El placer fue brutal, mezclado con la culpa de la sumisión total, el ano aún palpitando del pegging, la jaula esperando de nuevo. Ella lamió un poco de mi semen, escupiéndomelo en la boca. «Prueba tu propia mierda, puto». El sabor era amargo, pegajoso, pero me excitó el taboo.

Al final, con los dos jadeando, ella se acurrucó contra mí un momento, dulce-cruel como siempre. «Buen chico, Dani. Has sido perfecto». Me volvió a poner la jaula, el clic resonando como una promesa, y me besó la frente. «Esto no acaba aquí. Eres mío para siempre, cornudo. Mañana, más tareas». Me marché cojeando, con el culo dolorido y la mente en llamas, aceptando mi lugar con un placer culpable que me tenía enganchado. Joder, qué cabrona, pero no cambiaría esto por nada. Ahora, cada vez que siento la jaula apretar, sé que su poder me posee, y eso me pone cachondo solo de pensarlo. ¿Y tú, lector? ¿Te animas a arrodillarte?

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