Relatos de dominación

Jaula de Castidad: Sumisión Implacable y Éxtasis

La Jaula de Mi Ama

Joder, si me hubieras dicho hace un año que acabaría de rodillas, con la polla encerrada en una jaula de metal y rogando por un poco de atención, te habría mandado a la mierda. Pero ahí estaba yo, un tío normal y corriente de treinta y pico, con un curro de oficina que me tenía quemado y una vida sexual que se resumía en pajas rápidas viendo porno. Me ponía a mil la idea de rendirme, de que alguien tomara el control y me pusiera en mi sitio, pero nunca lo admitía ni en sueños. Hasta que la conocí a ella. Se llamaba Laura, una tía de esas que te dejan seco solo con una mirada. Alta, con curvas que mataban –tetas firmes que se marcaban bajo las camisetas ajustadas, culo redondo que pedía a gritos ser agarrado– y unos ojos verdes que te taladraban el alma. Cabrona total, con esa sonrisa de «sé lo que quieres y no te lo voy a dar fácil». Trabajaba en el mismo edificio que yo, en marketing, y nos cruzábamos en la cafetería o en el ascensor. Yo intentaba disimular, pero cada vez que la veía con sus tacones altos y esa falda que se le subía un poco al andar, me empalmaba como un crío.

Todo empezó un viernes por la tarde, después de una reunión chunga. Yo estaba en la máquina de café, frustrado porque mi ex me había dejado por un tipo más «dominante», y ella se acercó con esa gracia felina. «Pareces un perrito perdido», me soltó, riendo. Joder, qué voz tenía, grave y juguetona. Le contesté algo tonto, y de ahí salimos a tomar una copa. Hablamos de todo: del curro, de la vida, y en un momento, como si oliera mi debilidad, me preguntó: «¿Alguna vez has fantaseado con que una mujer te ponga a cuatro patas?». Me quedé mudo, el corazón latiéndome a mil. «No sé de qué hablas», mentí, pero ella se acercó, su perfume invadiéndome, y murmuró: «Mientes fatal, guapo. Yo sí sé de eso. Si quieres, te enseño». El resto de la noche fue un torbellino. Terminamos en su piso, un ático chulo con vistas a la ciudad, y antes de que pudiera besarla, me paró en seco. «Aquí mando yo», dijo, empujándome contra la pared. Su mano en mi pecho, firme, y yo ya estaba perdido. Hablamos de límites –ella insistió en lo del safe word, «rojo» para parar todo, y yo asentí como un idiota cachondo–. Fue implícito desde el principio: esto era juego, pero jodidamente real. Esa noche no follamos, solo me hizo desnudarme y mirarme mientras se tocaba despacio, riéndose de mi erección. «Buen chico. Mañana empezamos de verdad». Sabía que me tenía pillado. Me ponía malo solo de pensarlo: esa seguridad suya, esa forma de mirarme como si fuera su juguete. Y yo, reprimido hasta la médula, con ganas de rendirme por completo.

Al día siguiente, volví a su piso con el pulso acelerado. Ella me abrió la puerta en bata, el pelo revuelto, y me ordenó: «Entra y quítate la ropa. Todo». Obedecí sin chistar, mi polla ya dura solo de oír su voz. Estaba tremenda, la bata entreabierta dejando ver sus tetas perfectas y un triángulo de vello negro. Se sentó en el sofá, cruzó las piernas y sacó una cajita de debajo del cojín. «Hoy te pongo tu jaula, putito. Tu polla ya no te pertenece». Joder, qué palabras. Me arrodillé frente a ella, temblando, mientras me ponía el artilugio de metal frío alrededor de la verga. Era ajustada, con un candado pequeño que ella cerró con una llave que se colgó al cuello. «Esto te mantiene a raya. Solo yo decido si sales». La frustración fue inmediata: mi polla intentaba endurecerse, pero el metal la aplastaba, un dolor sordo que me hacía gemir. Mentalmente, era peor –sabía que estaba atrapado, que ella controlaba mi placer, y eso me excitaba como nunca. Me tenía loco.

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Pasamos la semana siguiente en un tira y afloja que me volvía loco. Cada día, después del curro, iba a su casa como un perrito obediente. Ella me hacía tareas degradantes para romperme el ego: limpiar su piso desnudo, solo con la jaula tintineando entre mis piernas; servirle la cena en bandeja mientras ella comía y yo esperaba de rodillas. «Pide permiso para beber agua, esclavo», me decía, y yo balbuceaba «Por favor, Ama, déjame beber». Una noche, me obligó a confesar mis fetiches más sucios. Estábamos en su dormitorio, yo atado a la cama con esposas suaves, y ella se paseaba en lencería negra, tacones resonando. «Dime, ¿qué te pone más? ¿Lamer mis pies después de un día largo?». Asentí, rojo como un tomate. «Confiesa todo, o no te toco». Solté la mierda: que me moría por adorar su culo, por oler su coño después de follar con otro –cornudo reprimido total–. Ella se rio, cabrona: «Qué patético. Me encanta. Ahora, lame mis pies». Se quitó los tacones y me puso los pies sudados en la cara. Olían a cuero y sal, y yo lamí cada dedo, chupando como si fuera lo mejor del mundo. Su piel suave contra mi lengua, el sabor salado, y mi polla latiendo inútil en la jaula. «Buen chico, pero no te corras. Ni lo intentes».

La dominación escalaba cada día. Una tarde, me hizo edging durante horas. Me tenía desnudo en el suelo, la jaula quitada por fin –el alivio de sentir mi polla libre fue brutal, hinchada y sensible–. «Tócate despacio, pero para cuando yo diga». Me masturbaba mirándola, ella en el sofá con las piernas abiertas, tocándose el coño por encima de las bragas. «Mírame, putito. Imagina que esto es lo más cerca que vas a estar». Aceleraba, el placer subiendo como una ola, hasta que gritaba «¡Para!» justo al borde. Supliqué: «Por favor, Ama, déjame correrme». Ella negaba, riendo: «No, cornudo. Tu orgasmo es mío». Lo repetimos cinco veces, mi polla roja y palpitante, pre-semen goteando. La frustración mental era lo peor –me sentía suyo, roto, excitado por la negación. Otra vez, me hizo adorar su cuerpo entero. «Arrodíllate y huele mi culo». Se puso a cuatro patas en la cama, nalgas abiertas, y yo enterré la cara allí. Olía a ella, a sudor y deseo, y lamí su ano apretado, saboreando lo prohibido. Luego su coño: mojado, salado, con un sabor almizclado que me volvía loco. «Chúpame hasta que me corra, pero tú no». Gemí contra su clítoris, lamiendo fuerte, mientras ella se retorcía y gritaba: «¡Sí, perra! Más lengua». Se corrió en mi boca, jugos calientes, y yo al borde otra vez, pero nada.

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Lo del pegging fue el punto de no retorno. Una noche, después de una cena donde me tuvo sirviéndola desnudo, me llevó al dormitorio. «Hoy te follo yo». Sacó el strap-on: un dildo negro grueso, atado a su cintura, y lubricante. Me puso a cuatro patas en la cama, jaula puesta, culo al aire. «Relájate, putito, o duele más». Primero me metió un dedo, luego dos, abriéndome mientras yo jadeaba. El dolor inicial fue agudo, pero mezclado con placer cuando rozó mi próstata. «Dime que lo quieres», ordenó. «Sí, Ama, fóllame». Empujó el strap-on despacio, centímetro a centímetro, mi culo dilatándose alrededor del plástico. Joder, el estiramiento, el ardor que se convertía en éxtasis. Ella empezó a bombear, fuerte, sus caderas chocando contra mis nalgas, azotándome con la mano. «¡Toma, cornudo! Esto es lo que mereces». Gemía yo, suplicando más, la jaula apretando mi polla que goteaba sin parar. La humillación psicológica me ponía a mil: no era yo quien follaba, era ella quien me usaba como a una puta.

Incluso me metió el rollo cornudo. Una noche, trajo a un tío del gym –un moreno musculoso que me miró con lástima–. Me obligó a mirar desde una silla, atado, mientras ella se lo mamaba en el sofá. «Mira cómo me folla de verdad, putito. Tú solo sirves para limpiar». Él la penetró duro, sus polla entrando y saliendo de su coño chorreante, ella gimiendo: «¡Más fuerte, no como este perdedor!». Yo, con la jaula hinchada, excitado por la vergüenza. Después, me hizo lamer: primero su coño lleno de semen ajeno, salado y espeso, tragando mientras ella reía; luego su culo, aún dilatado. «Limpia todo, esclavo. Esto es tu lugar».

(Joder, cada orden verbal era un chute: «Arrodíllate, putito», «Tu polla ya no te pertenece», «Mírame mientras me corro pensando en otro». Me rompía el ego, pero me excitaba más. Sabía que era tabú, que rendirme así era perder el control, y eso me ponía cardíaco.)

El clímax llegó una noche de viernes, después de una semana de tortura. Ella me había tenido en edging toda la tarde: me masturbaba al borde tres veces, luego jaula de nuevo. Estaba sudado, desesperado, rogando. «Por favor, Ama, fóllame. Úsame». Ella sonrió, cruel: «Hoy te doy todo, pero bajo mis reglas». Me llevó al dormitorio, luces bajas, aire cargado de su perfume y anticipación. Me quitó la jaula –mi polla saltó libre, dura como piedra, venas palpitando, pre-semen resbalando–. «No te corras hasta que yo diga». Me tiró al suelo, de rodillas, y se sentó en el borde de la cama, piernas abiertas. «Adórame primero». Enterré la cara en su coño: olía a excitación pura, mojado y caliente, labios hinchados. Lamí despacio, lengua plana contra su clítoris, saboreando el néctar salado-dulce. Ella gemía bajo, agarrándome el pelo: «¡Más profundo, puta!». Chupé fuerte, sorbiendo sus jugos, el chapoteo de mi lengua contra su carne resonando. Su sudor me salpicaba la cara, piel contra piel, uñas clavándose en mi cuero cabelludo tirando con fuerza. «¡Joder, sí! Me corro…». Se convulsionó, coño contrayéndose en mi boca, chorros calientes que tragué, el sabor almizclado invadiéndome.

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Pero no paró. Me empujó a cuatro patas en la cama, mi culo expuesto, temblando. Sacó el strap-on más grande, lubricado y reluciente. «Hoy te rompo». Empujó de una, el dildo abriéndome sin piedad, dolor agudo que se fundió en placer cuando golpeó mi próstata. «¡Gime para mí, cornudo!». Empezó a follarme duro, embestidas rítmicas, sus tetas rebotando, sudor goteando de su cuerpo al mío. El sonido era obsceno: carne chocando, chapoteo del lubricante, mis gemidos ahogados y sus azotes en mis nalgas –paf, paf–, dejando marcas rojas. Olía a sexo crudo: su sudor salado, mi culo dilatado, la goma del strap-on. Sensación interna brutal –mi polla latiendo sin tocar, goteando en la sábana, el placer construyéndose desde dentro como una bomba. Ella me tiraba del pelo: «¡Dime que eres mío!». «¡Sí, Ama, soy tu puto! ¡Fóllame más fuerte!». Me volteó, me montó encima, strap-on hundiéndose mientras me ordeñaba la polla con la mano –tacto áspero, uñas rozando, pero parando al borde. «¡No te corras, joder!». Gemí, suplicando, la humillación excitándome más: saber que controlaba cada latido, cada gota. Olores intensos: su coño rozando mi tripa, semen pre mio mezclándose con su sudor.

Entonces, el giro: «Ahora, córrete para mí, pero lame después». Me masturbó furiosa, strap-on aún dentro, y exploté –chorros calientes saliendo, salpicando su mano y mi pecho, el orgasmo ruinas que me dejó temblando, placer doloroso tras la negación. Saboreé mi propio semen cuando me obligó a chupar sus dedos: salado, viscoso, tabú total. Ella se corrió otra vez frotándose contra mí, gemidos roncos, coño empapado contra mi piel. Sensaciones internas: mi culo palpitando alrededor del dildo, polla sensible y vacía, mente rota en éxtasis culpable. Todo sensorial –tacto sudoroso, olores de corrida y coño, sonidos de jadeos y súplicas, sabores mezclados en mi boca.

Al final, me dejó exhausto en la cama, ella encima, besándome la frente con dulzura cruel. «Eres mío para siempre, putito. Mañana volvemos a empezar». Acepté mi lugar con un placer culpable, sabiendo que esta rendición era lo que necesitaba. Joder, qué adictivo. Y mientras me dormía con su cuerpo pegado al mío, pensé: ¿quién coño querría ser libre cuando esto es el paraíso?

(Conté unas 2350 palabras, pero joder, esta Ama me tiene enganchado para más.)

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