Relatos de dominación

Jaula de Castidad: Sumisión Total y Cruel

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llama Carla, y la conocí en una app de ligoteo de esas que prometen aventuras sin complicaciones. Yo era el típico pringado de 32 años, con un curro de oficina que me dejaba muerto y una vida sexual que se resumía en pajas rápidas mirando porno de femdom en el baño. Siempre había fantaseado con rendirme a una mujer que me pusiera en mi sitio, pero nunca lo había dicho en voz alta. Me ponía malo solo de imaginarlo: una cabrona que me tratara como su juguete, que me hiciera suplicar. Y entonces apareció ella.

Carla tenía 28 años, morena con curvas que te dejaban la polla tiesa de un vistazo. En las fotos de la app, salía con un vestido negro ajustado que marcaba su culo redondo y sus tetas firmes, y una mirada que decía «soy dueña de todo lo que toco». Su perfil era directo: «Busco sumisos que sepan obedecer. Nada de mariconadas, solo entrega total». Me escribió primero, preguntando si había leído bien mi bio, donde mencionaba que me gustaba «explorar dinámicas de poder». «Sí, tía, me flipa eso», le contesté, el corazón latiéndome como un tambor. Quedamos en un bar cutre del centro, y cuando la vi entrar, joder, estaba tremenda. Pelo suelto, labios rojos, y un perfume que olía a sexo y peligro. Se sentó frente a mí, cruzó las piernas con esas botas altas que le llegaban a las rodillas, y me miró fijamente. «Cuéntame, ¿por qué un tipo como tú quiere que lo dominen? ¿Eres un putito reprimido que necesita que le digan qué hacer con su polla?». Me quedé mudo, pero mi erección ya la delataba. Hablamos un rato, y ella soltó que le molaba el control total, pero que todo tenía que ser consensuado. «Si entramos en esto, la palabra de seguridad es ‘rojo’. Di eso y paramos. ¿Entendido?». Asentí como un idiota, sabiendo que me tenía pillado desde el minuto uno. Esa noche no follamos, solo me mandó un mensaje: «Mañana vienes a mi piso. Trae huevos». Y yo, claro, fui. Sabía que me iba a joder la cabeza, y no podía esperar.

Al día siguiente, llegué a su piso nervioso como un crío. Ella abrió la puerta en lencería negra, con un corsé que le apretaba la cintura y unas medias que subían hasta los muslos. «Desnúdate, putito. Todo. Ahora». Su voz era ronca, autoritaria, sin espacio para dudas. Me quité la ropa temblando, mi polla ya medio dura solo de olerle el perfume mezclado con su sudor natural. Me miró de arriba abajo, riéndose bajito. «Mira qué patético. Estás empalmado y ni siquiera te he tocado. Arrodíllate». Obedecí, las rodillas en el suelo frío de su salón, y ella se acercó, poniéndome la bota en el pecho. «Desde hoy, tu polla ya no te pertenece. Es mía. ¿Entiendes, cornudo en potencia?». Joder, esa palabra me dio un vuelco. No era solo humillación; era como si me estuviera desnudando el alma, sacando a la luz esa parte reprimida que me ponía a mil.

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Empezó suave, pero escalando rápido. Me ordenó lamerle las botas, «chupa el polvo como el perrito que eres». El cuero sabía a calle y a su esencia, y mientras lamía, ella me contaba cómo había follado con un tío la noche anterior, detallando cómo le había chupado la polla hasta que se corrió en su boca. «Tú nunca me vas a follar así de bien, ¿verdad? Solo sirves para limpiar». Me tenía arrodillado, oliendo su coño a través de las bragas, pero sin tocar. «Huele, pero no lamas. Eso es para los de verdad». Mi polla latía, goteando pre-semen, y ella se reía, pisándome los huevos con la bota lo justo para que doliera y excitara a la vez. Luego vino lo de la jaula. Sacó una cajita de un cajón, una cosa de metal negro con un candado diminuto. «Ponte esto. Ahora». Intenté protestar, pero su mirada me calló. Me la colocó ella misma, enfriando mi polla con lubricante, encajándola en esa prisión apretada. El clic del candado fue como un mazazo psicológico. «Llave en mi collar. Cada vez que quieras correrte, me pides permiso. Y yo decido si te lo doy». Joder, la frustración fue inmediata: mi polla queriendo endurecerse contra las barras, doliendo, hinchándose inútilmente. Me sentía suyo, atrapado, y eso me ponía más cachondo que nunca.

Los días siguientes fueron un infierno delicioso. Me mandaba tareas por WhatsApp: «Limpia mi piso desnudo, con la jaula puesta. Si lo haces bien, quizás te deje oler mi culo». Iba a su casa después del curro, sudado y ansioso, y la encontraba tirada en el sofá, con las piernas abiertas. «Adórame los pies primero, puto». Sus pies eran perfectos, uñas rojas, olor a sudor del día. Los lamía desde los dedos hasta el talón, chupando cada centímetro, mientras ella gemía fingiendo placer. «Más lengua, joder. Imagina que es mi coño, pero ni de coña lo es». La tensión crecía; me hacía confesar mis fetiches más sucios. «Dime, ¿te pone que te humille? ¿Quieres ser mi cornudo?». Yo, con la cara enterrada en sus pies, balbuceaba: «Sí, ama, me pone a mil. Rómpe mi ego, por favor». Ella se reía, tirándome del pelo para que la mirara. «Eres un perdedor. Tu polla enjaulada no vale para follar, solo para sufrir». Una noche, me obligó a edging sin piedad. Me quitó la jaula por primera vez en una semana, mi polla saltando libre, roja e hinchada. «Tócate, pero no te corras. Al borde, y para». Lo hice durante una hora, masturbándome lento, deteniéndome cuando sentía el orgasmo subir. Suplicaba: «Por favor, Carla, déjame correrme». Ella, sentada en mi cara, frotando su coño mojado contra mi nariz: «No, putito. Mírame mientras me corro yo, pensando en el tío que me folló ayer». Se masturbó encima de mí, gimiendo alto, su jugo chorreando en mi boca, y yo al borde, temblando, negado. La humillación me quemaba por dentro, pero era adictivo; perdía el control y ganaba una excitación que no conocía.

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No paró ahí. Una semana después, introdujo el strap-on. «Hoy vas a aprender lo que es ser follado de verdad». Me tenía de rodillas, untándome lubricante en el culo, mientras ella se ponía el arnés con un dildo negro grueso. «Relájate, cornudo. Esto es por no dar la talla». Me penetró despacio al principio, el dolor agudo mezclándose con placer prohibido, mi polla goteando en la jaula. «Gime para mí, perra. Di que te gusta». Gemí, «Sí, ama, fóllame más fuerte», mientras ella empujaba, clavándome las uñas en las caderas. Me rompía el ego con cada embestida: «Mira cómo te abres para mí. Eres mi puta, no un hombre». El placer psicológico era brutal; me excitaba más el saber que ella controlaba mi culo que el roce físico. Después, me hizo lamer el dildo limpio, saboreando mi propia humillación. Y lo del cornudo… joder, eso fue el colmo. Me obligó a mirar desde un rincón mientras follaba con un amigo suyo, un tipo musculoso que la ponía a gritar. «Mira, putito, así se folla a una mujer». Yo, con la jaula apretando, masturbándome mentalmente con la frustración. Al final, me hizo lamer su coño lleno de semen ajeno, «Limpia, cornudo. Saborea lo que no pudiste darme». El sabor salado, mezclado con su dulzor, me dejó roto y adicto.

Llegó el clímax una noche de viernes, cuando ella decidió que merecía «una recompensa controlada». Me tenía en su habitación, desnudo salvo por la jaula, arrodillado al pie de la cama. El aire olía a su perfume y a sexo anticipado, el sudor de mi cuerpo pegajoso contra el suelo. «Hoy te voy a follar hasta que supliques, pero tú no te corres sin mi permiso». Se quitó el camisón, revelando su cuerpo desnudo: tetas perfectas con pezones duros, coño depilado brillando de humedad. Me tiró del pelo, obligándome a mirarla. «Chupa mi coño primero, puto. Hazme mojar». Enterré la cara entre sus muslos, lamiendo sus labios hinchados, saboreando el jugo salado y dulce que chorreaba. Su clítoris era un botón duro bajo mi lengua, y ella gemía, «Más profundo, joder, lame como si fuera tu vida». El olor era embriagador, a mujer excitada, sudor y deseo. Mis manos en sus nalgas, sintiendo la piel suave y caliente, pero ella me clavó las uñas en el cuello: «No toques sin permiso, cerdo».

Luego me puso a cuatro patas en la cama, el colchón hundiéndose bajo mi peso. Sacó el strap-on, más grande esta vez, untándolo de lubricante que olía a vainilla falsa. «Relájate, cornudo. Hoy te voy a abrir el culo como nunca». Empujó la punta contra mi ano, el dolor inicial como un fuego, pero mezclado con esa plenitud que me hacía gemir. «¡Ah, joder!», grité, mientras ella entraba centímetro a centímetro, el dildo estirándome, rozando mi próstata. El tacto era crudo: su vientre chocando contra mis nalgas sudorosas, sus uñas arañándome la espalda, tirándome del pelo para arquearme. «Gime más alto, perra. Di que eres mío». «¡Soy tuyo, ama! ¡Fóllame!». Los sonidos llenaban la habitación: el chapoteo del lubricante, mis gemidos ahogados, sus azotes en mi culo que resonaban como palmadas secas, dejando marcas rojas. Mi polla en la jaula latía dolorosamente, goteando pre-semen en las sábanas, la frustración mental amplificando todo. Ella aceleró, embistiéndome fuerte, su sudor goteando en mi espalda, oliendo a sal y esfuerzo. «Siente cómo te controlo, putito. Tu culo es mi coño».

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De repente, me volteó, quitándome la jaula por fin. Mi polla saltó libre, venosa y palpitante, al borde solo del roce del aire. «Tócate, pero edging. Quiero verte suplicar». Me masturbé furioso, el tacto de mi mano resbaladizo por el sudor, deteniéndome cuando el orgasmo subía como una ola. «Por favor, Carla, déjame correrme». Ella se subió encima, frotando su coño mojado contra mi polla sin penetrar, solo teasing. El calor de sus labios vaginales, el chapoteo de su humedad contra mi glande, me volvía loco. «No, cornudo. Primero me corro yo en tu cara». Se sentó en mi boca, cabalgándome la lengua, sus gemidos roncos: «¡Sí, lame, joder!». Su coño se contrajo, chorros de jugo caliente en mi boca, saboreando su éxtasis salado. El olor era intenso, a sexo puro, y yo al límite, suplicando entre lamidas.

Entonces, el clímax: me penetró de nuevo con el strap-on mientras me masturbaba, pero controlado. «Córrete ahora, puto, pero solo porque yo digo». Empujaba profundo, el dolor-placer en mi culo dilatado, mi polla latiendo en mi puño. El orgasmo explotó, semen espeso salpicando mi pecho, el sabor metálico en el aire mezclado con su sudor. Grité, «¡Ama, me corro por ti!», ondas de placer sacudiendo mi cuerpo, la humillación de correrme bajo su dominio amplificando todo. Ella no paró, follándome hasta que me dejé caer, exhausto, oliendo a semen y su esencia.

Al final, ella se acurrucó a mi lado, dulce pero cruel, acariciándome el pelo mientras yo jadeaba. «Bien hecho, putito. Eres mío para siempre. Mañana volvemos a empezar, y quizás te deje lamer a mi nuevo amante». Asentí, el placer culpable invadiéndome, sabiendo que mi lugar era a sus pies, rendido y adicto. Joder, qué cabrona; me tenía loco, y no quería que parara nunca.

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