Relatos de dominación

Dominación Femenina Extrema: Sumisión Implacable

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llamaba Carla, una morena de curvas que te ponían a mil solo con una mirada. Medía como un metro setenta, con tetas firmes que se marcaban bajo las camisetas ajustadas, un culo redondo que pedía a gritos que lo miraras y unos ojos verdes que te clavaban como si supiera todos tus secretos sucios. Era de esas cabronas seguras de sí mismas, de las que caminan por la calle como si el mundo les debiera algo, y coño, lo parecía. Yo era un pringado normalito, treinta y pico, trabajando en una oficina de mierda, cachondo reprimido hasta la médula. Siempre había fantaseado con rendirme, con que una mujer me pusiera en mi sitio, pero nunca lo había dicho en voz alta. Hasta que la conocí en una app de citas, de esas donde la gente busca rollos sin complicaciones.

Empezó como un chat inocente. «Ey, guapo, ¿qué te trae por aquí? ¿Buscas que te dominen o qué?», me soltó de primeras, directa como un puñetazo. Me quedé tieso, la polla ya medio empalmada solo de leerlo. Le conté que sí, que me ponía burro imaginarme arrodillado ante una tía como ella, pero que era todo fantasía. «Fantasía mi coño», respondió. «Si eres un putito reprimido, lo sabré en la primera cita». Quedamos en un bar cutre del centro, y allí estaba ella, con una falda corta que dejaba ver sus muslos suaves y un top que apenas contenía sus pechos. Me miró de arriba abajo, sonrió con esa mueca de superioridad que me dejó claro quién mandaba. «Siéntate, perrito. Y no me mires tanto el escote o te castigo aquí mismo».

Hablamos un rato, pero ella controlaba todo. Me hacía preguntas sucias: «¿Alguna vez has lamido un coño hasta que la tía se corra gritando? ¿O has soñado con que te cierren la polla en una jaulita para que no te toques sin permiso?». Yo balbuceaba, rojo como un tomate, admitiendo que sí, que me moría por eso. Ella se reía, cabrona, rozándome la pierna con el pie bajo la mesa. «Consentimos, ¿eh? Palabra de seguridad: rojo para parar. Verde para más. ¿Entendido, sumiso?». Asentí, el corazón latiéndome a mil. Esa noche no follamos, pero me mandó a casa con la orden de no pajearme en una semana. «Prueba a ver si aguantas, putito». Sabía que me tenía pillado desde el minuto uno. La tía estaba tremenda, y yo, un tipo normal con ganas de rendirme, ya era suyo.

Al día siguiente, me invitó a su piso. Era un ático chulo en las afueras, con vistas que daban igual porque solo podía mirar a ella. Entré nervioso, y allí estaba, en lencería negra, con tacones altos que la hacían parecer una diosa cruel. «Desnúdate, todo. Ahora». Obedecí, la polla ya tiesa como una piedra, colgando patética ante ella. Se acercó, me palpó el paquete con desdén. «Mira qué cosa más insignificante. Esto ya no es tuyo, ¿entiendes? De ahora en adelante, tu polla me pertenece». Sacó una cajita de la mesita: una jaula de castidad de metal frío, con un candado diminuto. Me la puso mientras yo jadeaba, el roce de sus dedos en mi piel me volvía loco. Cerró el candado con un clic que resonó en mi cabeza como una sentencia. «Llave conmigo, perrito. Vas a aprender a obedecer».

READ  Ultimate Stunning Worship: Sweaty Feet After High Heels Tale

El desarrollo fue una tortura deliciosa, paso a paso, como si ella disfrutara rompiéndome el ego poco a poco. Primero, las órdenes verbales. Me tenía arrodillado en el suelo de su salón, desnudo salvo por la jaula que me apretaba los huevos cada vez que intentaba ponerme duro. «Arrodíllate, putito, y mírame a los ojos mientras te digo lo patético que eres», ordenaba, sentada en el sofá con las piernas cruzadas. Yo la miraba, hipnotizado por su piel olivácea, y ella seguía: «Tu polla ya no te pertenece, es mi juguete. ¿Quieres tocarla? Pídelo, suplica como el perrito que eres». Supliqué, joder, me arrastré verbalmente, y ella se reía, abriéndose de piernas para que viera su coño depilado, húmedo ya. «Míralo, pero no lo toques. Imagina cómo sabe, pero no es para ti hoy».

Luego vino el control de la jaula, que me volvía loco de frustración. Llevaba días con esa cosa puesta, y cada roce de la ropa me recordaba mi lugar. Ella me hacía tareas degradantes para reforzar: «Limpia el suelo de rodillas, desnudo, con la lengua si hace falta. Y pide permiso para cada movimiento». Servía café, masajeaba sus pies –unos pies perfectos, con uñas rojas–, mientras ella me pisaba la jaula con el talón. «Siente cómo te duele, puto. Eso es por ser un cornudo en potencia». Me excitaba tanto la humillación que la polla intentaba hincharse dentro del metal, un dolor agudo que me hacía gemir. «Qué cabrona eres», pensaba, pero me ponía más burro.

Escaló con la adoración. Una noche, después de un día de mensajes suyos ordenándome no correrme ni en sueños, me hizo tumbarme boca arriba. «Adora mi culo, perrito. Bésalo, lámelo como si fuera tu religión». Se sentó en mi cara, su culo firme y redondo aplastándome, el olor a sudor y perfume invadiéndome. Lamí, chupé, metí la lengua en su ano mientras ella gemía bajito, moviéndose para que no pudiera respirar bien. «Más profundo, zorra. Saborea cómo huelo después de un día sin ducharme para ti». Luego pasó al coño, obligándome a olerlo primero: un aroma almizclado, mojado, que me hacía salivar. «Chupa, pero no te corras. Tu jaula te lo impide». Estaba al borde, el edging empezaba: me dejaba lamer hasta que ella se corría, temblando sobre mi boca, pero a mí me negaba todo. «Suplica, putito. Di ‘por favor, Ama, déjame correrme'». Supliqué horas, al límite, la polla latiendo inútil en la jaula, lágrimas de frustración en los ojos. Ella se reía: «No, hoy no. Tu placer es mío».

READ  Dominación Femenina Jaula: Rendición Explosiva

La dominación psicológica fue lo que me rompió de verdad. Me hacía confesar fetiches en voz alta, sentado a sus pies como un perrito. «Dime, ¿has soñado con verme follar con otro? ¿Ser mi cornudo?». Admití todo, rojo de vergüenza, y ella lo usaba: «Eres un puto cornudo reprimido, te excita que te humille pensando en mi coño con una polla de verdad». Una vez, trajo un vibrador enorme y me obligó a mirar mientras se follaba, gimiendo nombres de tíos imaginarios. «Mírame mientras me corro pensando en otro, no en ti». La frustración mental era brutal, me excitaba más que cualquier toque físico; perdía el control, el ego se desmoronaba, y solo quería más.

Incluyó pegging para sellar mi rendición. «Hoy te voy a follar el culo, perrito, para que sientas lo que es ser penetrado de verdad». Me untó lubricante frío, me puso a cuatro patas, y ató un strap-on negro y grueso a su cadera. El primer empujón dolió como la hostia, dilatándome, pero el placer mezclado –dolor que se convertía en éxtasis– me hizo gemir como una perra. «Toma, puto, siente cómo te abro. Gime para mí». Empujaba rítmicamente, clavándome las uñas en la espalda, tirándome del pelo. «Tu culo es mío, como todo lo demás». La jaula me recordaba mi polla inútil, latiendo, y yo suplicaba más, perdido en la humillación.

El clímax llegó una noche que nunca olvidaré, cuando ella decidió que era hora de romperme del todo. Habíamos estado en edging toda la tarde: me ató a la cama, con la jaula aún puesta, y me masturbó el culo con un plug vibrador mientras me susurraba guarradas al oído. «Siente cómo late tu polla enjaulada, putito. Quieres correrte, ¿eh? Pero no hasta que yo diga». Mi cuerpo sudaba, el tacto de sus uñas clavándose en mis muslos me hacía arquear la espalda, el olor a su coño mojado flotando en el aire mientras se frotaba contra mi pierna. Quitó la jaula por fin, mi polla saltó libre, hinchada y roja, goteando precum. «Ahora sí, pero bajo mis reglas».

Me montó como una amazona, su coño caliente y resbaladizo engullendo mi polla en un solo movimiento. El chapoteo de su humedad contra mi piel era ensordecedor, mezclado con sus gemidos roncos: «Fóllame, pero no te corras sin permiso, cornudo». Cabalgaba fuerte, sus tetas rebotando, sudor perlando su cuello y cayendo sobre mi pecho. Yo sentía cada contracción de su coño apretándome, latiendo alrededor de mi polla, el placer tan intenso que dolía. Ella tiraba de mi pelo, obligándome a mirarla: «Dime que eres mi puto, que te encanta ser humillado». «Sí, Ama, soy tu puto, me pone a mil la jaula, el dolor, todo», confesé, la voz rota por los gemidos. El olor a sexo nos envolvía –sudor salado, su coño almizclado, mi precum mezclándose con sus jugos–. Lamí el sudor de su clavícula, salado y adictivo, mientras ella azotaba mi pecho: palmadas secas que resonaban y dejaban marcas rojas.

READ  Ultimate Dominación Femenina Femdom: Chastity Ecstasy

Cambió de posición, poniéndome a cuatro patas otra vez. Sacó el strap-on, más grueso esta vez, y me penetró sin piedad, su cuerpo sudoroso pegado al mío. El dolor-placer explotaba en mi culo dilatado, cada embestida haciendo que mi polla latiera sola, rozando las sábanas. «Siente cómo te follo, perra. Tu culo se abre para mí como una flor sucia». Gemía yo, chapoteo de lubricante, sus azotes en mis nalgas sonando como latigazos. Ella se corrió primero, gritando, su cuerpo temblando contra mi espalda, el calor de su orgasmo filtrándose en mí. «Ahora tú, pero solo porque me da la gana». Sacó el strap-on y me volteó, montándome de nuevo. Su coño chupaba mi polla, apretando, y cuando me dejó correrme, fue una explosión: semen caliente saliendo a chorros dentro de ella, el sabor imaginado de mi propia corrida mezclado con su jugo cuando me obligó a lamer después. «Chupa, cornudo, saborea lo que has dejado en mí». Lamí, el sabor salado-amargo de semen y coño mojado en mi lengua, mientras ella reía, clavándome las uñas en el cuero cabelludo. La humillación me hacía latir más, el taboo de ser usado así me excitaba hasta el alma. Sensaciones internas: mi polla aún latiendo en vacío, el culo ardiendo dilatado, el ego destrozado en placer culpable. Ella controlaba cada jadeo, cada gota.

Al final, exhaustos en la cama, ella me acarició la mejilla con una dulzura cruel, reafirmando su dominio. «Buen chico, has sido un putito perfecto. Pero recuerda, la jaula vuelve mañana. Eres mío, para siempre». Yo asentí, aceptando mi lugar con un placer culpable que me hacía sonreír como un idiota. Me encantaba ser su sumiso, su cornudo, su todo. Ella se durmió a mi lado, y yo, mirando el techo, solo pensaba en la próxima vez.

Pero coño, si supieras lo que duele –y lo que excita– saber que tu polla nunca será libre de nuevo…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba