Relatos de dominación

Dominación Femenina Extrema: Sumisión Brutal

La Jaula de mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Me llamo Alex, un tipo normal de veintitantos, de esos que curra en una oficina cutre, sale con los colegas los fines de semana y se reprime un montón de morbo que no sabe por dónde empezar. Siempre he sido el típico que fantasea con porno heavy, pero en la vida real, ni de coña me atrevo a nada. Hasta que la conocí a ella, a Laura. La tía estaba tremenda, de esas que te dejan la polla tiesa solo con una mirada. Pelo negro largo, curvas que matan, tetas firmes que se marcan bajo la blusa, y un culo redondo que parece hecho para que lo adores. Pero lo que me volvía loco era su actitud: segura de sí misma, cabrona hasta el tuétano, con esa sonrisa de «sé exactamente lo que quieres y te lo voy a dar… a mi manera».

Nos conocimos en una app de ligoteo, de esas donde la gente busca folladas rápidas. Yo puse un perfil soso, nada del otro mundo, pero ella me escribió directa: «Veo que te gustan las mujeres que mandan. ¿Estás listo para obedecer?». Me quedé flipando. Intercambiamos mensajes un par de días, y joder, cómo me ponía. Me contaba cosas sucias, como que le molaba dominar a tíos como yo, hacerlos rogar. Yo, que soy un reprimido de manual, me empalmaba solo leyéndola. «Si quieres verme, vienes a mi piso y traes una cerveza. Y no llegues tarde, putito», me dijo. Acepté, claro. Mencionamos lo del safe word de pasada – «rojo» para parar todo – y que era todo consensuado, pero una vez empezara, yo era suyo. Sabía que me tenía pillado desde el minuto uno. Llegué a su puerta nervioso como un crío, con el corazón a mil. Ella abrió vestida con un top ajustado y leggings que le marcaban el coño, y me miró de arriba abajo. «Entra y cierra la boca», soltó con esa voz ronca que me erizaba la piel. Me invitó a sentarme en el sofá, pero no se sentó conmigo; se quedó de pie, cruzada de brazos, mirándome como si ya fuera su propiedad. «Cuéntame, ¿qué te pone de verdad? ¿Quieres que te humille, que te haga su perrito?». Yo balbuceaba, rojo como un tomate, admitiendo que sí, que me moría por rendirme a una como ella. La tía se rio, una risa que me hacía sentir pequeño y cachondo a partes iguales. «Bien, porque desde ahora, tu polla es mía. Y vas a aprender a disfrutarlo». Esa noche no pasó nada físico, solo charla sucia y órdenes simples: «Quítate la camisa y quédate quieto mientras te miro». Me tenía loco, y supe que estaba jodido. O mejor dicho, que quería estarlo.

Al día siguiente, volví. No pude resistirme. Laura me había mandado un mensaje: «Ven con la polla limpia y lista para que te la encierre». Llegué temblando de excitación y miedo. Ella me recibió en bragas y sujetador negro, el cuerpo oliendo a perfume caro mezclado con algo salvaje. «Arrodíllate, putito», ordenó, y joder, obedecí sin pensarlo. Estaba de rodillas en su salón, mirándola desde abajo, con la polla ya dura como una piedra. Sacó una cajita del cajón: una jaula de castidad de metal, pequeña y fría. «Esto va a ser tu nueva realidad. Tu polla ya no te pertenece, es mía para torturarte». Me la puso mientras yo gemía, el metal apretando mi erección hasta que se encogió del frío y la presión. Clic, y la llave colgada de su cuello. La frustración fue inmediata: sentía la polla latiendo dentro, queriendo crecer pero imposibilitada, un dolor sordo que me hacía sudar. «Ahora, vas a adorarme los pies, perra». Se sentó en el sofá, estiró las piernas y me puso los pies en la cara. Eran suaves, con las uñas pintadas de rojo, y olían a loción y un toque de sudor del día. «Lámelos, chúpame los dedos como si fuera tu cena». Me lancé, lamiendo desde el talón hasta las puntas, saboreando la sal de su piel. Me ponía a mil, la jaula apretando más con cada lametazo. Ella gemía bajito, pero no por mí: «Piensa que otro tío me los masajearía mejor, cornudo». Esa humillación me rompió algo por dentro; me excitaba el saber que no era suficiente, que era solo su juguete.

READ  Dominación Femenina Extrema: Sumisión Implacable

La cosa escaló rápido. Pasaron días con la jaula puesta, y Laura me mandaba fotos suyas tocándose, pero ni de coña me dejaba correrme. Me citaba en su piso para sesiones de edging que me volvían loco. «Quítate todo y mastúrbate delante de mí, pero para cuando te diga», ordenaba. Yo, desnudo y con la jaula, tenía que esperar a que me la quitara por un rato. Ella se recostaba, abría las piernas y se tocaba el coño despacio, mostrándomelo todo: los labios hinchados, mojados, el clítoris asomando. «Mírame mientras me corro pensando en otro, putito. Tú solo mírate la polla patética». Yo me pajeaba furioso, al borde del orgasmo, sintiendo cómo los huevos se me hinchaban de necesidad. «Para. Ahora». Paraba jadeando, la polla goteando precum, suplicando: «Por favor, Ama, déjame correrme». Ella se reía, cruel y jodidamente sexy. «Ni lo sueñes. Eres mi cornudo en potencia; quizás te deje mirar cómo me follo a un tío de verdad». Esa dominación psicológica me tenía roto: confesé fetiches que ni yo sabía, como que me ponía imaginarla con otros, lamiendo su coño después de que la llenaran. «Admite que eres un puto sumiso reprimido», me hacía decir, y yo lo repetía, el ego hecho trizas, pero la excitación multiplicada por diez.

Una noche, me obligó a una tarea degradante: limpiar su piso desnudo, con la jaula tintineando, mientras ella salía «de fiesta». Volvió tarde, oliendo a alcohol y a hombre. «Ven, lame mi coño, cornudo. Acabo de follarme a un tío en el baño del bar». Me arrodillé entre sus piernas, el olor a semen ajeno mezclado con su excitación me golpeó como un puñetazo. Lamí, chupé, saboreando la mezcla salada y dulce de su coño usado. Ella gemía, tirándome del pelo: «Saborea lo que no puedes darme tú, perra». Mi polla luchaba en la jaula, la humillación me hacía latir el corazón en la garganta. Al día siguiente, escaló a pegging. Me untó lubricante en el culo, frío y resbaladizo, y se puso el strap-on: un dildo negro grueso, atado a su cintura. «De rodillas, culo arriba. Vas a aprender a ser mi puta». Empujó despacio al principio, el dolor me hizo jadear, pero luego vino el placer prohibido, dilatándome, follándome como si fuera ella la que mandaba en todo –que lo era–. «Gime para mí, di que te encanta ser mi agujero». Yo suplicaba «más fuerte, Ama», mientras ella azotaba mi culo, dejando marcas rojas. Cada embestida rompía un poco más mi resistencia, el taboo de ser penetrado me excitaba hasta el delirio.

READ  Stunning Forced Chastity Story: Temptation Unleashed

El clímax llegó una semana después, cuando Laura decidió que era hora de romperme del todo. Me citó de noche, y al entrar, el aire estaba cargado de su perfume y algo más primitivo. «Desnúdate y arrodíllate, putito. Hoy te voy a usar hasta que supliques piedad». Obedecí, la jaula aún puesta, mi polla latiendo dolorida contra el metal. Ella se acercó, vestida solo con medias de red y tacones, el cuerpo sudoroso por la anticipación. Me quitó la jaula con un clic que sonó como libertad falsa; mi polla saltó erecta, venosa y goteante. Pero no me dejó tocarla. «Solo edging, y si te portas bien, quizás te deje correrme dentro de la jaula». Se sentó en mi cara, el coño mojado presionando contra mi boca. «Lame, chupa mi clítoris como el perrito que eres». Lamí con hambre, el sabor salado y almizclado de su excitación inundándome la lengua, mientras ella se movía, restregándose, gimiendo fuerte: «Joder, sí, así, puto. Pero no te corras, ni lo intentes». Olía a sexo puro, sudor mezclado con su jugo, y el sonido de su respiración agitada, chapoteos húmedos contra mi barbilla, me volvían loco. Mis manos atadas a la espalda –ella las había inmovilizado con unas esposas suaves–, solo podía usar la boca, lamiendo hasta que sentí su coño contraerse, corriéndose en mi cara con un grito ronco: «¡Me corro, cabrón! ¡Límpialo todo!».

No paró ahí. Me tiró al suelo boca arriba, montándome la cara de nuevo para que oliera su orgasmo fresco, el sudor goteando en mi piel. «Ahora, el strap-on. Prepárate para que te folle como a una zorra». Me puso a cuatro patas, untándome más lubricante, el culo aún sensible de sesiones pasadas. Empujó el dildo, grueso y implacable, dilatándome centímetro a centímetro. El dolor inicial se fundió en placer ardiente, mi polla colgando dura, rozando la alfombra con cada embestida. «Siente cómo te poseo, cornudo. Imagina que es la polla de otro, llenándote mientras yo miro». Gemía yo ahora, sonidos patéticos de súplica y éxtasis: «Más, Ama, fóllame más fuerte». Ella azotaba mi culo, el chasquido de la piel contra piel resonando, uñas clavándose en mis caderas, tirando de mi pelo para arquearme. El olor a sudor nuestro llenaba la habitación, mezclado con el lubricante y mi precum. Sentía el strap-on latiendo en mi interior, no era real pero mi mente lo hacía vibrar, el placer-prohibido expandiéndose desde el culo hasta los huevos hinchados. «Pídeme permiso para correrme, perra». Supliqué, voz rota: «Por favor, déjame, estoy al borde». Ella aceleró, follándome salvaje, el chapoteo del dildo entrando y saliendo, sus gemidos dominando los míos. «No, aguanta. Eres mío para torturar». La tensión era insoportable, mi polla latiendo al vacío, la humillación de rogar amplificando todo –me excitaba más saber que ella controlaba mi placer, que mi ego era polvo bajo sus tacones.

READ  Dominación Femenina Chastity: Cruel y Adictiva

Al final, cuando ya no podía más, me volteó y se sentó en mi polla, pero solo para edging final. Cabalgó despacio, su coño caliente envolviéndome, apretando como un puño. «Siente cómo te ordeño sin dejarte acabar». El tacto de su piel sudorosa contra la mía, pechos rebotando, uñas rastrillando mi pecho –dolor dulce que me hacía gemir–. Olía a sexo crudo, su coño chorreando sobre mis bolas, sonidos de carne húmeda chocando. Saboreé su sudor lamiendo su cuello cuando me lo acercó, salado y adictivo. Dentro, mi polla palpitaba, al borde, pero ella paraba cada vez que sentía mi pulso acelerarse. «Confiesa: eres mi esclavo, mi puto personal». Lo grité, rompiéndome: «Sí, Ama, soy tuyo, haz lo que quieras». Solo entonces, con una sonrisa cruel, me dejó correrme: un chorro brutal, semen caliente salpicando su vientre, mientras ella seguía moviéndose, exprimiéndome hasta la última gota. Yo temblaba, el orgasmo prolongado en agonía-placer, saboreando mi propia derrota.

Después, exhausto en el suelo, Laura me recolocó la jaula con gentileza fingida. «Bien hecho, putito. Has aprendido tu lugar». Yo, jadeando, sentía un placer culpable, sabiendo que volvería por más. Ella se recostó a mi lado, acariciándome el pelo como a un perro fiel, pero sus ojos decían: «Esto no acaba aquí; te tengo enganchado para siempre». Y joder, tenía razón –la idea de su control total me ponía la jaula a reventar de nuevo, listo para la próxima humillación que me rompería un poco más.

(Word count: 2147)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba