Relatos de dominación

Exclusive Femdom Sumisión Total Rendición

La Jaula de Mi Ama

Joder, no sé por dónde empezar con esta movida. Todo arrancó hace un par de meses en un bar cutre del centro de Madrid, uno de esos sitios donde la gente va a ligar sin complicaciones. Yo soy un tipo normal, de veintitantos, curro en una oficina de mierda como contable, y mi vida sexual era un puto desierto. Masturbaciones rápidas en el baño del curro, fantasías reprimidas que me dejaban con la polla dura y el alma en un pozo. Siempre había sido cachondo, pero reprimido hasta la médula, de esos que sueñan con rendirse a una mujer que les ponga los huevos en su sitio. Y entonces la vi a ella.

La tía estaba tremenda, no exagero. Pelo negro largo, ojos verdes que te taladraban el alma, y un cuerpo que gritaba «soy una cabrona y lo sabes». Vestía un vestido negro ajustado que marcaba unas tetas firmes y un culo que me ponía malo solo de mirarla. Se llamaba Carla, y cuando me acerqué a pedirle una copa, su sonrisa fue como un gancho en el estómago. «Vaya, un pringao que intenta ligar», me soltó con una risa que me dejó tieso. Pero no se fue; al revés, empezó a pincharme, a hacerme preguntas que me ponían nervioso. «¿Tú qué, buscas una noche loca o solo quieres que te mande a casa con la polla azul?» Joder, me tenía pillado desde el minuto uno. Hablamos toda la noche, y entre copas, le confesé un poco de mis fantasías –nada heavy, solo que me gustaba que una mujer tomara el control. Ella se rio, pero vi en sus ojos que le molaba. «Eres un sumiso en potencia, ¿eh? Mañana me escribes, a ver si vales la pena.»

Al día siguiente, ya estaba en su piso, un ático chulo en Chamberí. Consentimos todo claro: «Si algo va mal, di ‘rojo’ y paramos. Pero no lo vas a decir, ¿verdad, putito?» Asentí como un idiota, con el corazón a mil. Ella me miró de arriba abajo, con esa seguridad que te hace sentir pequeño. «Desnúdate. Ahora.» Me quité la ropa temblando, y ahí estaba yo, polla medio dura, expuesto. Carla se acercó, me rozó con las uñas por el pecho y susurró: «Esta noche empiezas a ser mío.» Sabía que me tenía en el bote; mi represión se evaporaba con cada orden. Era jodidamente atractiva, esa mezcla de belleza y crueldad que te excita el cerebro antes que el cuerpo. Y yo, un tipo normal, estaba listo para rendirme.

Los primeros días fueron como un juego, pero escaló rápido. Carla no era de medias tintas; era una dómina nata, de esas que te rompen el ego con una sonrisa. Me mandaba mensajes a todas horas: «No te toques hoy, guarro.» Y yo obedecía, sintiendo la frustración crecer como un fuego en los huevos. Una semana después, me citó en su casa. Entré y ella estaba en el sofá, piernas cruzadas, con botas altas y un conjunto de cuero negro que me dejó la boca seca. «Arrodíllate, putito», ordenó, y joder, lo hice sin pensarlo. Me miró desde arriba, como si fuera un perro. «Tu polla ya no te pertenece. A partir de ahora, decides tú cuándo y si se usa.»

READ  Dominación Femenina Exclusiva: Ama Implacable y Jaula

Sacó una jaula de castidad de un cajón –un cacharro de metal frío, con un candado reluciente. «Póntela.» Mis manos temblaban mientras me la encajaba; el aro apretaba mis huevos, y el tubo cubría mi polla, que intentaba endurecerse pero no podía. El clic del candado fue como una sentencia. «Llave en mi collar», dijo ella, colgándosela al cuello como un trofeo. La frustración fue inmediata: cada roce de la tela contra la jaula me recordaba mi lugar. Mentalmente, era peor; me sentía suyo, un objeto para su diversión. «Ahora, adórame los pies», mandó. Se quitó las botas y extendió los pies, uñas rojas y perfectas. Me arrastré y empecé a lamer, saboreando el sudor salado de su piel después del día. «Más profundo, lame entre los dedos, como el perrito que eres.» El olor a cuero y piel me ponía a mil, pero la jaula me torturaba; mi polla latía dentro, queriendo salir, pero nada. Pensé en suplicar, pero su mirada me calló. «Buen chico. Esto es solo el principio.»

La dominación subió de nivel esa misma noche. Me obligó a confesar mis fetiches más sucios, arrodillado desnudo menos la jaula. «Dime, ¿qué te pone más? ¿Ser cornudo? ¿Que te folle el culo?» Me sonrojé, pero su voz era un imán. «Todo… me excita que me humilles», admití. Ella rio. «Patético. Hoy vas a edging para mí. Quítate la jaula un rato, pero no te corras.» Liberó mi polla, que saltó dura como una piedra. Me hizo masturbarme lento, mirándola mientras se tocaba por encima de la falda. «Para cuando estés al borde, puto.» Lo hice tres veces; cada vez que sentía el orgasmo subir, paraba, jadeando, suplicando con la mirada. «Por favor, Carla…» «Cállate. Tu placer es mío.» La frustración mental era brutal: quería correrme, pero su control me excitaba más que el acto. Reprimido toda la vida, ahora esto era mi liberación –perder el control por ella.

Al día siguiente, tareas degradantes. Me mandó al súper a comprar sus cosas, con la jaula puesta bajo los pantalones, sintiendo cada paso como una humillación deliciosa. En casa, «Sirve desnudo, y pide permiso para todo.» Limpié su piso a gatas, polla encadenada balanceándose, mientras ella se reía y me azotaba el culo con una pala. «Más rápido, esclavo. Si lo haces bien, quizás te deje oler mi coño.» Y lo hice; al final, me arrodillé entre sus piernas. «Huele primero.» El aroma era intenso, a mujer excitada, mojado y almizclado. Luego, «Lame.» Mi lengua entró en su coño, saboreando el jugo salado y dulce, lamiendo su clítoris hasta que gimió. Pero nada para mí; volvió a ponerme la jaula. «Tu turno de sufrir.»

Escaló a lo psicológico una noche que no olvidaré. Me ató las manos a la cama, jaula puesta, y me hizo mirar mientras se vestía para salir. «Voy a follar con un tío de verdad, no como tú, que solo sirves para lamer.» Humillación cornudo, pura y dura. Me dejó solo dos horas, mente dando vueltas: ¿quién sería? ¿Estaría gimiendo por él? Cuando volvió, olía a sexo, perfume mezclado con sudor ajeno. «Arrodíllate y limpia.» Me obligó a lamer su coño usado, saboreando el semen de otro –salado, espeso, mezclado con sus jugos. «Mira lo que no puedes darme tú, cornudo.» Me excitaba tanto la degradación que la jaula me dolía; mi ego se rompía, pero el placer era adictivo. «Confiesa: eres mi puto sumiso.» «Sí, ama», gemí, rompiéndome un poco más.

READ  Ultimate Femdom Chastity Control Seduction

La cosa culminó en una sesión de pegging que me dejó temblando. Después de edging eterno –me masturbó al borde cinco veces, negándome el orgasmo cada vez–, sacó el strap-on. Un dildo negro grueso, enganchado a su arnés. «Vas a darme el culo, putito.» Me untó lubricante, frío y resbaladizo, y me puso a cuatro patas. «Relájate, o dolerá más.» Empujó lento al principio; el dolor fue agudo, mi culo virgen dilatándose alrededor del grosor. Grité, pero ella tiró de mi pelo: «Cállate y gime como la perra que eres.» Empezó a follarme con ritmo, cada embestida un mix de dolor y placer que me hacía latir la polla en la jaula. «Siente cómo te poseo, cornudo.» Mis gemidos llenaban la habitación, chapoteo del lubricante, sus azotes en mis nalgas. Mentalmente, era una puta rendición: ella dentro de mí, control total.

El clímax fue esa noche, cuando todo explotó en una escena de sexo que me marcó para siempre. Carla me tenía atado a la cama, manos y pies sujetos con esposas de cuero, jaula quitada por fin después de días de tortura. Mi polla estaba hinchada, venas marcadas, goteando precum solo de verla. Ella se subió encima, desnuda, piel sudorosa brillando bajo la luz tenue. Sus tetas rozaban mi pecho, pezones duros como piedras, y su coño mojado dejaba un rastro húmedo en mi vientre. «Hoy te follo yo, pero en mis términos», gruñó, clavándome las uñas en los hombros. El tacto era eléctrico: sus uñas se hundían en mi carne, dejando medias lunas rojas que ardían deliciosamente. Tiró de mi pelo, arqueándome el cuello para morderlo, y el dolor se mezclaba con el placer, haciendo que mi polla latiera contra su muslo.

Empezó a frotarse contra mí, su coño resbaladizo deslizándose por mi polla sin penetrar aún. El olor era embriagador: sudor fresco de su axilas, mezclado con el almizcle intenso de su excitación, y un toque de mi propio precum salado. «Huele lo que te hace», ordenó, presionando su coño contra mi nariz. Aspiré profundo, el aroma a mujer cachonda me volvía loco, como una droga que me nublaba la mente. Luego, se posicionó y se empaló en mi polla de un golpe, su coño apretado envolviéndome como un guante caliente y húmedo. «Joder, qué prieta estás», gemí, pero ella me abofeteó. «Cállate, puto. Tú no hablas, solo sientes.»

Movía las caderas con furia, cabalgándome como si fuera un caballo salvaje. El chapoteo de su coño contra mi polla llenaba la habitación, rítmico y obsceno, mezclado con sus gemidos roncos –»Sí, así, lléname»– y mis súplicas ahogadas: «Por favor, no pares, ama». Cada embestida era una oleada sensorial: el calor interno de su coño contrayéndose alrededor de mí, succionándome, mientras sus jugos chorreaban por mis huevos, pegajosos y calientes. Clavó las uñas más hondo en mi pecho, tirando de mi pelo hasta que lágrimas de placer-dolor me nublaron los ojos. «Mírame mientras me corro pensando en otro», mandó, y lo hice: sus ojos fijos en los míos, llenos de poder, mientras su cuerpo se tensaba. Gimió fuerte, un sonido gutural que me erizó la piel, y sentí su coño palpitar, ordeñándome sin piedad.

READ  Por qué las mujeres seguras eligen dominar

Pero no me dejó correrme aún. Se levantó, mi polla saliendo con un sonido húmedo, brillante de sus jugos. «Ahora el strap-on, para que sientas quién manda.» Me volteó a cuatro patas, atado, y untó más lubricante en mi culo. El dildo entró suave esta vez, gracias al edging previo; mi culo se abrió, dilatado por la anticipación, y el placer anal me golpeó como un rayo –próstata estimulada, haciendo que mi polla goteara sin tocarla. Follando con fuerza, sus caderas chocando contra mis nalgas con palmadas resonantes, azotes que dejaban mi piel roja y ardiente. El olor a sexo era denso: sudor nuestro mezclado, su coño aún mojado rozando mi espalda, y el lubricante con un toque químico. «Saborea esto», dijo, metiendo dedos en mi boca –sabían a su coño, salado y dulce, con un regusto a mi precum de antes.

La humillación psicológica me llevaba al límite: «Eres mi cornudo, mi esclavo, y te corres solo si yo digo.» Supliqué, voz rota: «Por favor, déjame correrse, estoy al borde». Ella aceleró, el strap-on golpeando profundo, dolor-placer que me hacía gemir como una puta. Finalmente, me quitó la polla de la jaula mental –»Córrete ahora, putito»– y exploté sin tocarme: semen caliente salpicando las sábanas, chorros espesos y blancos, mientras mi culo se contraía alrededor del dildo. Saboreé mi propia humillación lamiendo un poco de mi semen de sus dedos, salado y amargo, mezclado con el sudor de su piel. Ella se corrió de nuevo, frotándose el clítoris contra mi espalda, su jugo caliente goteando por mi espina. Sensaciones internas: mi polla latiendo vacía en la jaula post-orgasmo, culo dilatado y sensible, mente rota en éxtasis culpable. Todo era ella, control absoluto.

Después, Carla me desató, pero no con ternura; me miró con esa sonrisa cruel-dulce. «Buen chico. Pero recuerda, la jaula vuelve mañana. Eres mío, para siempre.» Me acurruqué a sus pies, aceptando mi lugar con un placer culpable que me hacía sentir vivo por primera vez. La represión se había ido; ahora era su sumiso, excitado por la pérdida total. Ella acarició mi pelo: «Duerme, putito. Mañana más.» Y joder, no podía esperar. Esta cabrona me tiene loco, y sé que no hay vuelta atrás –mi polla, mi mente, todo es de ella. ¿Y tú, lector? ¿Te pone imaginarte en mi lugar, suplicando por más humillación?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba