Relatos de dominación

Dominación Femenina Extrema: Sumisión Brutal

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una app de citas me iba a cambiar la vida de esta forma tan jodidamente loca. Yo soy Alex, un tío normal de treinta y pico, de esos que curra en una oficina de mierda, sale con los colegas los viernes y se pajea viendo porno vanilla los fines de semana. Cachondo reprimido total, con la polla siempre medio empalmada pero sin atreverme a más. Hasta que apareció ella: Laura. La tía estaba tremenda, con ese pelo negro largo que le caía como una cascada salvaje, ojos verdes que te clavaban como cuchillos y un cuerpo curvilíneo que gritaba «mírame y sufre». Medía como 1,70, tetas firmes que se marcaban bajo las camisetas ajustadas y un culo redondo que te hacía babear solo de pensarlo. Era cabrona, de esas que te miran con una sonrisa torcida y sabes que te van a joder la cabeza.

Nos conocimos en Tinder, claro. Yo puse una foto normalita, ella una donde salía en un vestido negro ceñido, con una pose que decía «soy la jefa». Empezamos chateando tonterías, pero pronto la cosa se puso picante. «Dime, ¿qué te pone a mil?», me escribió una noche. Yo, como un pringado, le confesé que me flipaba la idea de que una mujer me mandara, que me controlara. Ella respondió con un «Interesante, putito. ¿Estás listo para que te rompa?». Joder, me puse empalmado al instante. Quedamos en un bar del centro, uno de esos con luces tenues y música suave. Llegó con vaqueros rotos y una blusa que dejaba ver el encaje de su sujetador, oliendo a perfume caro y a algo más, como a deseo crudo.

Desde el principio, supe que me tenía pillado. Se sentó frente a mí, cruzó las piernas y me miró fijo. «Cuéntame más de ti, Alex. ¿Por qué un tío como tú quiere que le digan qué hacer?». Hablé como un idiota, nervioso, con la polla latiendo bajo la mesa. Ella reía bajito, tocándome la mano con uñas rojas que arañaban un poco. «Me gusta eso. Eres un sumiso nato, ¿verdad? Dime, ¿has soñado alguna vez con arrodillarte ante una como yo?». Asentí, rojo como un tomate. Antes de irnos, me susurró al oído: «Si quieres jugar, hay reglas. Palabra de seguridad: rojo para parar. ¿Entendido?». Dije que sí, y joder, ya estaba enganchado. Esa noche, en su piso, me besó como si me poseyera, mordiéndome el labio hasta que dolió. «Buen chico», dijo, y supe que había empezado el juego de poder. Me ponía malo solo de mirarla, de oler su piel salada. Ella era segura, dominante, una cabrona atractiva que me hacía querer rendirme ya.

Al día siguiente, me mandó un mensaje: «Ven a mi casa esta noche. Trae ropa interior limpia, nada más». Llegué temblando, con el corazón a mil. Ella abrió la puerta en bata de seda, descalza, con el pelo revuelto. «Desnúdate», ordenó, sin preámbulos. Me quité todo, empalmado como un caballo, y ella se rio. «Mira qué polla patética. Ya no te pertenece, ¿entiendes? Es mía». Joder, esas palabras me recorrieron como un rayo. Me hizo arrodillarme en el salón, con el suelo frío contra las rodillas. «Bésame los pies, putito. Muéstrame lo mucho que quieres complacerme». Sus pies eran perfectos, uñas pintadas de negro, olor a crema y a algo más terroso. Los lamí despacio, sintiendo el sabor salado de su piel, mientras ella me observaba con esa sonrisa cruel. «Buen perro. Ahora, mastúrbate pero no te corras. Quiero verte al borde».

READ  Dominación Femenina Total: Ama Cruel Impone Castidad, Pegging y Humillación al Sumiso Cornudo en Sumisión Total sin Piedad

Eso fue el principio del desarrollo de nuestra dominación. Paso a paso, me fue rompiendo. La primera semana, fue todo órdenes verbales humillantes. Me tenía en su piso cada noche, desnudo, sirviéndole copas o masajeándole los hombros. «Arrodíllate y mírame mientras me toco», me decía, abriendo las piernas en el sofá. Su coño era depilado, hinchado de excitación, y el olor me volvía loco: almizclado, mojado, como a sexo puro. «No toques esa polla inútil. Solo mira cómo me corro pensando en un tío de verdad». Se frotaba el clítoris con dedos expertos, gimiendo bajito, y yo suplicaba con la mirada. «Por favor, Ama, déjame…». «Cállate, cornudo en potencia. Tu placer es mío».

Pronto escaló a control de castidad. Un viernes, llegó con una cajita. «Abre». Dentro, una jaula de metal para polla, pequeña y fría. «Póntela. Ahora». Me la encajé, sintiendo cómo mi erección luchaba contra las barras. El clic del candado fue como una sentencia. «Esto te mantiene frustrado, ¿verdad? Tu polla latiendo, queriendo salir, pero no puede». Joder, la frustración era brutal. Caminaba por la calle con la jaula apretando, cada roce de la ropa un recordatorio de que ella me controlaba. Mentalmente, me rompía: por las noches, me mandaba fotos de ella en lencería, o peor, con un tío del gym. «Mira lo que te pierdes, putito». Me ponía a mil, pero no podía correrme. Edging largo, eso era lo siguiente. Me ataba las manos a la espalda y me hacía chuparle el coño hasta que ella explotaba, saboreando su jugo ácido y dulce en la lengua. Luego, me liberaba un poco la jaula, me masturbaba despacio con sus pies, llevándome al borde. «Para. No te corras, o te castigo». Lo hacía una y otra vez, horas enteras. «Súplica, Alex. Dime lo patético que eres». «Soy un puto sumiso, Ama, por favor, déjame correrme…». Ella reía, negándome, y la humillación me excitaba más que nada. Sentía la polla hinchada, bolas pesadas, el sudor corriéndome por la espalda.

La adoración vino natural. «Adora mi culo, perra». Se ponía a cuatro patas en la cama, abriendo las nalgas. El olor era intenso: sudor mezclado con su excitación. Lo lamí todo, lengua hundiéndose en su ano apretado, saboreando el musgoso, mientras ella gemía «Más profundo, lame como si fuera tu cena». Me tenía horas así, oliendo, chupando, hasta que mi cara estaba empapada. Tareas degradantes completaban el cuadro. Me hacía limpiar su piso desnudo, con la jaula tintineando, o servirle el desayuno de rodillas. «Pide permiso para mear, putito». Cada «sí, Ama» me hundía más en esa sumisión deliciosa. Psicológicamente, era una maestra. Una noche, me obligó a confesar fetiches: «Dime, ¿te pone ser cornudo? ¿Imaginas verme follar con otro?». Confesé todo, rojo de vergüenza, y ella me rompió el ego: «Eres un perdedor, Alex. Tu polla enjaulada no vale para mí. Pero me encanta tenerte así, roto y cachondo». Joder, cada palabra era un latigazo que me ponía más duro contra el metal.

READ  Ultimate Femdom Chastity Humiliation Tales

El pegging fue el paso que me voló la cabeza. Después de una semana de edging, me dijo: «Hoy te follo yo». Sacó el strap-on, un dildo negro grueso, ceñido a su cadera. Me untó lubricante en el culo, fríos dedos abriéndome. «Relájate, putito. Vas a gemir como una zorra». Me puso a cuatro patas, y entró despacio al principio, el dolor agudo mezclándose con placer. «Mira cómo te penetro, como si fueras mi puta». Empujaba más fuerte, el sonido de piel contra piel, mis gemidos ahogados. Sentía el dildo dilatándome, rozando la próstata, la jaula balanceándose con cada embestida. «Siente cómo te poseo, cornudo. Imagina que es la polla de mi amante». La humillación psicológica era brutal: me excitaba más el saber que ella me usaba, que yo era su juguete, que el dolor-placer me hacía suplicar «Más fuerte, Ama, no pares».

La tensión crecía cada día. Una vez, me obligó a mirar mientras se masturbaba con un vibrador, gimiendo nombres de otros tíos. «Tú solo miras, jaula-boy. Limpia después». Lamí su coño post-orgasmo, saboreando sus jugos mezclados con mi propia saliva, frustrado hasta el delirio. Sabía que me tenía pillado total, y yo lo disfrutaba, esa pérdida de control era mi droga. Ella era la dómina perfecta, cabrona y sensual, escalando mi sumisión paso a paso.

Llegó el clímax una noche de viernes, cuando ya no podía más. Habíamos acordado intensificar: «Hoy te libero, pero bajo mis reglas», dijo. Su piso estaba a media luz, velas parpadeando, olor a incienso y a su perfume. Me quitó la jaula, y mi polla saltó libre, hinchada, venosa, goteando pre-semen. «Mírate, qué desesperado». Me ató las manos a la cabecera de la cama, de rodillas, culo al aire. Ella se desnudó despacio, tetas pesadas balanceándose, pezones duros. Se subió al strap-on de nuevo, pero esta vez lubricado y listo. «Hoy te follo hasta que supliques, y solo entonces decido si te corres».

Empezó con azotes: su mano plana contra mi culo, sonidos secos y calientes, piel enrojeciéndose. «Cuenta, putito. Uno… gracias, Ama». Cada golpe era fuego, tacto ardiente, y yo gemía, polla latiendo sin tocarse. Luego, se colocó detrás, uñas clavándose en mis caderas, tirando de mi pelo para arquearme. «Siente esto». El strap-on entró de un empujón, grueso, estirándome el ano. Dolor inicial, como un fuego que se convertía en éxtasis. Empujaba rítmicamente, chapoteo de lubricante, mis gemidos roncos mezclándose con sus gruñidos de placer. «Eres mi puta, Alex. Dilo». «Soy tu puta, Ama, fóllame más». El olor era abrumador: sudor nuestro, su coño mojado rozando mis muslos, almizcle crudo de sexo. Sentía el dildo rozando mi próstata, ondas de placer subiendo por la polla, bolas apretadas listas para explotar.

READ  Jaula de Castidad: Rendición Total y Humillación Brutal

Cambió de posición: me puso boca arriba, piernas abiertas, y se montó encima, pero no para follarme la polla. «Chúpame mientras te penetro». Su coño en mi cara, jugoso, sabor salado y dulce, clítoris hinchado que lamí con furia. Ella se movía, strap-on hundiéndose en mi culo, tacto de su piel sudorosa contra la mía, uñas arañando mi pecho. Sonidos everywhere: mis lengüetazos chapoteando en su coño, azotes suaves en mis bolas, sus gemidos altos «Sí, lame, puto, hazme correrme». Olía a todo: sudor axilar salado, su excitación vaginal, incluso un toque de mi propio olor sumiso. Psicológicamente, era el pico: «Imagina que otro me folla de verdad, y tú limpias. ¿Te excita, cornudo?». Asentí contra su coño, humillación quemándome, haciendo que mi polla latiera más fuerte.

Entonces, el edging final. Me liberó las manos y me dejó tocarme, pero lento. «Al borde, no más». Me masturbaba furioso, polla resbaladiza de pre-semen, mientras ella me pegaba, dildo entrando y saliendo. «Súplica». «Por favor, Ama, déjame correrme en tu coño…». Ella se rio, cruel, y se corrió primero: su cuerpo temblando sobre mí, jugos inundándome la boca, sabor ácido explotando en la lengua. «Ahora tú, pero en mi mano». Me ordeñó la polla con puño firme, tacto áspero, y exploté: semen caliente salpicando su piel, chorros gruesos, sensaciones internas como un volcán, bolas vaciándose en espasmos. Gemí como loco, el placer mezclado con lágrimas de alivio y sumisión. Ella lamió un poco de mi semen, escupiéndolo en mi boca: «Prueba tu propia mierda, perra». El sabor amargo, salado, me hundió más en el éxtasis culpable.

Después, me dejó jadeando en la cama, strap-on aún dentro, su peso sobre mí. «Buen chico. Pero recuerda, esto no acaba».

Y no acabó. Laura reafirmó su dominio total esa noche, quitándome la jaula de nuevo pero poniéndome un collar simbólico. «Eres mío, Alex. Tu polla, tu culo, tu mente. Acepta tu lugar, y te daré más». Yo, exhausto y satisfecho, asentí con placer culpable, sabiendo que esa humillación era mi adicción. Me acurruqué a sus pies, oliendo su piel post-sexo, y susurré «Sí, Ama». Ella me acarició la cabeza, dulce-cruel: «Duerme, putito. Mañana, más tareas. Quizás invite a un amigo». Joder, el gancho me dejó pensando en lo que vendría, polla removiéndose ya. Si esto es sumisión, no quiero libertad nunca.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba