Relatos de dominación

Dominación Femenina Implacable: Sumisión Extrema

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llama Carla, y la conocí en una app de ligoteo hace unos meses. Yo era el típico pringao normalito: treinta y pico, curro de oficina, cachondo reprimido hasta las cejas porque mi ex me había dejado seco en la cama. Siempre fantaseando con que alguien me mandara, me pusiera en mi sitio, pero nunca lo pedía. Ella, en cambio, era una bomba: morena con curvas que te dejaban babeando, ojos verdes que te clavaban como cuchillos, y una sonrisa de cabrona que te hacía saber que mandaba cojones. En su foto de perfil salía con un vestido negro ajustado, tacones que subían como un cohete, y esa mirada de «tú no llegas a mi nivel, pero igual te uso».

Nos escribimos un par de días, coqueteando con chorradas. Yo intentando impresionar con mis chistes tontos, ella respondiendo con pullitas que me ponían a mil. «Eres mono, pero pareces de los que necesitan que les digan qué hacer», me soltó una noche. Me quedé tieso, la polla empalmada solo de leerlo. Sabía que me tenía pillado. Quedamos en un bar del centro, uno de esos sitios con luces tenues y música chill. Llegó quince minutos tarde, como si el mundo girara a su ritmo, y joder, estaba tremenda: falda corta de cuero, blusa escotada que dejaba ver el borde de un tatuaje en la teta, y botas hasta las rodillas. Me miró de arriba abajo, se rio bajito y dijo: «Vaya, el perrito ha venido a ladrar». Me puse rojo como un tomate, pero en vez de cabrearme, me excité. Pedimos unas copas, charlamos de todo y nada, pero ella dirigía la conversación: me preguntaba por mi curro, mis rollos pasados, y de repente soltaba: «¿Alguna vez has dejado que una tía te mande de verdad? ¿O eres de los que fingen ser el machote?». Balbuceé algo sobre que me gustaba experimentar, y ella sonrió, esa sonrisa perversa. «Prueba conmigo, chaval. Pero si entramos en esto, yo mando. Y hay una palabra de seguridad: ‘rojo’. Si la dices, paramos todo. ¿Entendido?». Asentí como un idiota, el corazón latiéndome en la polla. Esa noche no follamos, pero me dejó con los huevos azules, besándome el cuello y susurrando: «Pronto vas a arrodillarte para mí». Salí de allí hecho un manojo de nervios, masturbándome en casa pensando en sus botas pisándome la cara. Sabía que estaba jodido, que me había enganchado a esa dominación que tanto reprimía. Ella era segura, cabrona, jodidamente atractiva, y yo… yo solo quería rendirme.

Al día siguiente me mandó un mensaje: «Ven a mi piso esta noche. Trae ropa interior limpia y nada más. Te espero en bragas». Joder, el pulso se me aceleró solo de leerlo. Llegué puntual, sudando como un pollo, y ella abrió la puerta en un conjunto de lencería roja que me dejó sin aliento: tanga que apenas cubría su coño depilado, sujetador push-up con pezones duros asomando, y el pelo suelto cayéndole por la espalda. «Pasa, putito», dijo, y ya con eso me tuvo. Me hizo quitarme la ropa en el salón, despacio, mientras ella se sentaba en el sofá con las piernas cruzadas, mirándome como si fuera su juguete. «Mira qué polla más patética tienes ya empalmada. ¿Te excita que te mande una tía como yo?». Asentí, tartamudeando un sí, y ella se rio. «Arrodíllate, joder. Y no me mires a los ojos hasta que te lo diga». Me puse de rodillas en la alfombra, la polla latiendo, y sentí esa tensión psicológica que me volvía loco: el ego rompiéndose, la excitación por ser su perrito. Empezó suave, con órdenes verbales que me humillaban de cojones. «Dime, ¿qué fetiches tienes reprimidos? Confiésalo todo, o no te dejo tocarme». Balbuceé sobre mis fantasías de sumisión, de lamer pies, de que me negaran el orgasmo. Ella se acercó, me puso el pie en la cara –un pie perfecto, con uñas rojas y olor a crema– y dijo: «Bésalo, lame cada dedo. Tu boca ya no es tuya, es para servirme». Lamí como un desesperado, saboreando el sudor salado de su piel, el olor a mujer que me ponía a mil. «Buen chico, pero no te corras. Tu polla ya no te pertenece, ¿entiendes? Es mía para torturarte».

READ  Femdom Chastity Humillación: Sumisión Implacable

La cosa escaló rápido. Una semana después, me citó de nuevo y sacó una cajita de debajo de la cama. «Hoy vamos a ponerte esto», dijo, enseñándome una jaula de castidad de metal, fría y ajustada. Joder, el corazón me dio un vuelco. «No, por favor, Carla…». Ella me cortó: «Ama. Llámame Ama. Y sí, vas a ponértela porque me divierte verte frustrado». Me obligó a masturbarme delante de ella hasta ponerme al borde, edging puro: «Tócate despacio, putito, pero para cuando estés a punto de correrte». Lo hice, la polla hinchada, venas marcadas, goteando precum, suplicando con los ojos. «Por favor, Ama, déjame correrme». Se rio en mi cara: «Ni de coña. Ahora, la jaula». Encajó el anillo en la base de mis huevos, metió la polla flácida en la jaula –fría como el hielo– y la cerró con un candado. El clic fue como una sentencia. Sentí la frustración física de inmediato: la polla queriendo endurecerse pero atrapada, apretando contra el metal, un dolor sordo que me hacía gemir. Mentalmente era peor: cada vez que la veía, o pensaba en ella, la jaula me recordaba que no controlaba nada. «Límpiala todos los días, pero solo yo te la quito. ¿Entendido, cornudo en potencia?». Me mandó tareas degradantes para romperme más: limpiar su piso desnudo, solo con la jaula colgando, servirle copas de rodillas, pedir permiso para mear. «Pide permiso para todo, perra. Di: ‘Ama, ¿puedo orinar como el puto que soy?'». Lo hacía, rojo de vergüenza, pero la humillación me excitaba tanto que la jaula se llenaba de presión, un edging constante sin alivio.

READ  Dominación Femenina Extrema: Sumisión Brutal

Pasaron dos semanas de tortura. Me tenía loco con mensajes: fotos de su coño mojado, pero «nada de tocarte». Una noche, me hizo adorar su cuerpo entero. «Ven aquí, lame mi culo». Se puso a cuatro patas en la cama, el culo redondo y firme alzado, y yo me arrastré, oliendo su aroma almizclado, sudor mezclado con perfume. Separé sus nalgas, lamí el agujero apretado, saboreando el gusto terroso y salado, mientras ella gemía bajito: «Más profundo, putito. Imagina que es tu polla la que no entra nunca». Luego me hizo pasar al coño: «Chúpame hasta que me corra, pero tú no te mueves». Hundí la lengua en sus labios hinchados, húmedos, el sabor ácido y dulce de su excitación inundándome la boca, el chapoteo de mi lengua contra su clítoris endurecido. Ella se corrió fuerte, tirándome del pelo, gritando: «¡Sí, joder, lame todo!», y yo tragué sus jugos, la jaula doliéndome como un demonio. Pero no paró ahí. Sacó un strap-on negro, grueso, con arnés de cuero. «Hoy te follo yo, cornudo. Arrodíllate y lubrica esto con tu saliva». Lo chupé como una polla de verdad, gimiendo, mientras ella me azotaba el culo con la mano: palmadas que ardían, dejando marcas rojas. Me puso a cuatro patas, escupió en mi agujero y empujó despacio. El dolor inicial fue brutal, el strap-on abriéndome como un fuego, pero luego vino el placer prohibido: cada embestida rozando mi próstata, la jaula balanceándose, mi polla goteando sin poder endurecerse. «Gime para mí, puto. Di que te encanta que te folle como a una zorra». Lo dije, suplicando más fuerte, el sudor chorreando, mientras ella me clavaba las uñas en la cadera. La dominación psicológica era lo que me mataba: «Piensa que un tío de verdad me folla así, y tú solo miras. ¿Te pone, eh? Confiésalo». Sí, joder, me ponía. Rompía mi ego, me hacía suyo.

El clímax llegó una noche que no olvidaré nunca. Me había tenido una semana sin soltar la jaula, edging por videollamada: «Tócate los huevos, pero no la polla. Suplica». Estaba al límite, la mente nublada por la frustración, cuando me citó en su piso. Entré y allí estaba, desnuda salvo por las botas y el strap-on ya puesto, el coño reluciente de humedad. «Hoy te suelto, pero solo para torturarte más. Arrodíllate y mírame mientras me toco». Se sentó en la cama, piernas abiertas, dedos hundiéndose en su coño con chapoteos obscenos, el olor a sexo llenando la habitación –sudor, excitación femenina, un toque de su perfume. Gemía alto, mirándome fijo: «Mírame mientras me corro pensando en otro, putito. Tu polla no me sirve». Yo de rodillas, la jaula quitada por fin, la polla saltando libre, dura como piedra, pero ella no me dejaba tocar: «Manos atrás. Solo mira». Se corrió con un grito, jugos chorreando por sus muslos, y el olor era adictivo, me ponía a mil. «Ahora, ven y lame lo que has visto». Me arrastré, enterré la cara en su coño empapado, lamiendo el sabor salado y dulce de su orgasmo, el pelo púbico rozándome la nariz, mientras ella me tiraba del pelo con fuerza, clavándome las uñas en el cuero cabelludo. «Buen perro. Ahora, fóllame, pero despacio, y para cuando yo diga».

READ  Ama Cruel Impone Dominación Femenina: Femdom con Jaula de Castidad, Humillación Pegging y Adoración de Pies hasta su Completa Rendición

Me montó encima, su piel sudorosa pegándose a la mía, el calor de su cuerpo envolviéndome. Bajó sobre mi polla, el coño apretado y mojado tragándosela entera con un sonido húmedo, chapoteante. Joder, la sensación era brutal: sus paredes internas pulsando, caliente como un horno, mientras yo gemía como un animal. Pero ella mandaba: «No te muevas, cornudo. Yo follo». Subía y bajaba, azotándome la cara con palmadas que resonaban, «¡Cállate y aguanta!», y yo suplicaba: «Por favor, Ama, déjame correrme». El tacto de su culo rebotando contra mis muslos, sudor goteando entre nosotros, olores mezclados –su coño mojado, mi precum, el sudor agrio de la excitación. Sonidos por todos lados: sus gemidos roncos, el slap-slap de carne contra carne, mis súplicas ahogadas. Me acercó al borde una y otra vez, edging cruel: «Para ahora, joder. Siente cómo late tu polla dentro de mí, pero no sales». La frustración era un fuego, la polla hinchada, venas latiendo, al punto de explotar, pero ella se bajaba, riendo: «No, putito. Hoy te niego». Luego giró, me puso a cuatro y volvió al strap-on, esta vez sin piedad. Empujó duro, el dolor-placer dilatando mi culo, rozando la próstata hasta que vi estrellas, gemidos escapando de mi garganta mientras ella gruñía: «¡Toma, zorra! Siente cómo te rompo». El olor a lubricante y sudor, el sabor de mis propios labios mordidos, sensaciones internas volviéndome loco: la jaula mental aún allí, la humillación excitándome más que el físico, pensando en cómo me tenía roto, su perra. Finalmente, me hizo correrme sin tocarme: «Córrete para mí, pero lame todo después». Explote, chorros calientes saliendo de mi polla contra su vientre, el placer cegador, saboreando luego mi propio semen salado de su piel sudorosa, mientras ella se corría de nuevo frotándose el clítoris.

Al final, exhaustos en la cama, ella me acarició la cabeza con una dulzura cruel: «Has sido un buen sumiso hoy, pero esto no acaba. La jaula vuelve mañana, y tu vida es mía ahora». Yo, jadeando, con el cuerpo dolorido y el alma rendida, asentí: «Sí, Ama. Soy tuyo». Sentía placer culpable, esa rendición total que me excitaba incluso en la fatiga. Me había roto, y joder, quería más. Ella se rio bajito, besándome la frente: «Duerme, putito. Mañana te follo con un tío de verdad delante». Y con eso, me dejó pensando en la jaula apretándome de nuevo, la polla removiendo solo de imaginarlo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba