Relatos de dominación

Femdom Dominación Femenina: Humillación Implacable

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llama Carla, una morena de curvas que te dejan babeando, con ojos verdes que te clavan como dagas y una sonrisa de cabrona que dice «te voy a romper sin que te des cuenta». La conocí en una app de ligoteo, de esas donde la gente busca folladas rápidas, pero desde el primer mensaje supe que no era una más. Yo soy un tipo normal, de esos que curra en una oficina de mierda, come tacos de máquina y se pajea viendo porno de femdom en secreto. Cachondo reprimido total, con la polla siempre medio dura pensando en rendirme a una mujer que me domine de verdad. Tenía 32 años y un historial de relaciones vanales donde yo siempre era el que cedía, pero nunca hasta el punto de que me pusiera a mil solo con una orden.

Nos escribimos un par de semanas, coqueteando con lo típico al principio: «Qué guapa eres», «Me encanta tu foto en la playa». Pero ella pronto sacó las uñas. «Dime, ¿qué te pone de verdad? ¿O eres de los que solo miran sin tocar?». Le confesé que me flipaba la idea de una mujer al mando, de que me usara como quisiera. «Interesante», respondió. «Si nos vemos, yo mando. ¿Te atreves?». El corazón me latía como un tambor. Quedamos en un bar cutre del centro, uno de esos con luces tenues y cerveza barata. Llegó con un vestido negro ajustado que marcaba sus tetas firmes y un culo que pedía a gritos ser adorado. Me miró de arriba abajo, como evaluando a un perrito. «Siéntate», dijo, y yo obedecí sin chistar. Hablamos de todo, pero ella dirigía la charla, pinchándome con preguntas sobre mis fantasías. «Quieres que te humille, ¿eh? Que te diga lo patético que eres con esa polla tiesa». Me puse rojo como un tomate, pero la polla me traicionaba, empalmándome bajo la mesa. Sabía que me tenía pillado. Al final de la noche, en la puerta de su piso, me besó con fuerza, mordiéndome el labio. «Ven el sábado. Trae condones y tu orgullo… aunque lo vas a dejar en la puerta». El safe word lo establecimos rápido: «rojo» para parar todo. Consentimiento claro, pero joder, la idea de rendirme me ponía a mil. Entré en su mundo sabiendo que no había vuelta atrás.

El sábado llegó y yo estaba nervioso como un flan. Llamé a su puerta con el corazón en la garganta. Ella abrió en bata de seda, el pelo suelto y un olor a perfume que me mareaba. «Pasa, putito», dijo con una sonrisa ladeada. Su piso era moderno, con sofás de cuero y una habitación que olía a sexo pendiente. Me hizo sentarme en el suelo, a sus pies, mientras ella se acomodaba en el sofá con las piernas cruzadas. «Desnúdate. Quiero verte entero». Obedecí, quitándome la ropa con manos temblorosas. Mi polla ya estaba dura, apuntando al techo como una idiota. Ella se rio, una risa cruel y sexy. «Mírate, empalmado solo por estar aquí. Eres patético». Me arrodillé sin que me lo pidiera, y eso le gustó. «Buen chico. Ahora, cuéntame tus fetiches más sucios. Confiesa, o te echo a patadas».

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Empecé a hablar, tartamudeando: el morbo de ser controlado, de no poder correrme sin permiso. Ella asentía, bebiendo vino tinto mientras me miraba como a una presa. «Tu polla ya no te pertenece. Es mía. Si quiero, te la enjaulo y te dejo sufriendo». Sacó una cajita de debajo del sofá: una jaula de castidad de metal negro, pequeña y reluciente. «Póntela. Ahora». La frustración empezó ahí. Me la encajé, el frío metal apretando mi verga semi-dura. Hizo clic, y ella guardó la llave en su sujetador. «Bien. Hoy vas a aprender edging. Te voy a poner al borde mil veces, pero no te corres. Si lo haces, castigo». Me ordenó masturbarme despacio, pero con la jaula puesta era imposible. «Quítatela un rato, pero solo lo que yo diga». La liberó, y mi polla saltó libre, latiendo. Me hizo pajearme lento, parando justo cuando sentía el orgasmo subir. «Para, puto. Mírame mientras te niego lo que quieres». Lo repetimos una y otra vez, yo suplicando bajito: «Por favor, Carla, déjame correrme». Ella se reía, abriéndose la bata para mostrar su coño depilado, mojado de excitación. «Ni lo sueñes. Adora mis pies primero».

Se quitó las sandalias y extendió los pies, con las uñas pintadas de rojo sangre. «Bésalos, lame cada dedo. Olerlos como el perro que eres». Me incliné, el olor a piel suave y un toque de sudor me golpeó. Lamí su arco, chupando los dedos como si fueran caramelos, saboreando el salado de su piel. Me ponía malo de lo cachondo que me dejaba, la humillación quemándome por dentro. «Buen chico. Ahora mi culo». Se giró en el sofá, bajándose las bragas y separando las nalgas. «Méteme la lengua, pero no toques tu polla». Su culo era perfecto, redondo y firme. Lamí su ano, saboreando el musgoso, mientras ella gemía bajito. «Más profundo, cornudo en potencia. Imagina que otro te la mete mientras tú limpias». La dominación psicológica me rompía: confesé que me excitaba la idea de ser cornudo, de verla con otro. «Qué asco das», dijo, pero su voz era ronca de placer. «Mañana te hago mirar».

La cosa escaló esa tarde. Me obligó a tareas degradantes: limpiar su cocina desnudo, con la jaula tintineando entre mis piernas. «Pide permiso para cada cosa. ¿Quieres beber agua? Pídemelo de rodillas». Yo lo hacía, sintiendo el ego hecho trizas, pero la polla luchando contra el metal. Por la noche, sacó el strap-on: un dildo negro grueso, de unos 20 cm, atado a su cintura. «Vas a ser mi puta. Lubrícalo con tu saliva». Chupé el arnés, imaginando que era de verdad, mientras ella me azotaba el culo con la mano. «Arrodíllate en la cama, culo arriba». Me penetró despacio al principio, el dolor quemando como fuego, pero luego placer, el strap-on abriéndome, rozando mi próstata. Gemía como una perra, suplicando más. «Cállate y aguanta, putito. Esto es por ti, por ser tan débil». Me follaba fuerte, tirándome del pelo, clavándome las uñas en la espalda. La frustración de la jaula era brutal: sentía la polla gotear pre-semen, pero no podía correrme. «Tu sitio es debajo de mí, sirviendo». Me hizo confesar más: «Di que eres mi esclavo, que renuncas al control». Lo dije, roto, excitado hasta el delirio. Esa noche dormí a sus pies, encadenado mentalmente, sabiendo que el juego acababa de empezar.

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El clímax llegó al día siguiente, un domingo de lluvia que nos encerró en su piso como en una jaula propia. Carla me despertó con un azote en la cara. «Levántate, perra. Hoy te rompo del todo». Estaba desnuda, su cuerpo sudoroso brillando bajo la luz gris del amanecer. Me quitó la jaula, mi polla saltando libre, hinchada de días de negación. «No te corras hasta que yo diga. Si lo haces, te enjaulo un mes». Me ató las manos a la cabecera de la cama con unas esposas de cuero suave, dejándome expuesto. Se subió encima, frotando su coño mojado contra mi polla sin penetrarse. El olor a su excitación me volvía loco: almizclado, salado, como a sexo puro. «Mírame mientras me toco pensando en otro». Se masturbó despacio, los dedos chapoteando en su humedad, gimiendo mi nombre pero diciendo: «Es como follar con un verdadero hombre, no contigo». La humillación me excitaba más, la polla latiendo contra su clítoris, al borde del abismo.

Me desató y me obligó a lamerla. «Chúpame el coño hasta que me corra en tu cara». Me arrodillé entre sus piernas, el sabor ácido y dulce invadiéndome la boca. Lamía su raja, succionando el clítoris hinchado, mientras ella me tiraba del pelo y gemía fuerte: «Sí, así, puto. Bebe mi jugo». Su sudor goteaba en mi lengua, mezclado con el olor a coño caliente. Yo estaba empalmado hasta doler, rozándome contra la cama sin permiso. «Para o te azoto». Me enderezó y volvió al strap-on, esta vez lubricado con su propio jugo. «A cuatro patas, cornudo». Me penetró de golpe, el dolor-placer explotando en mi culo, dilatándome mientras empujaba profundo. Gemía como un animal, el chapoteo de su cadera contra mis nalgas llenando la habitación. «Siente cómo te follo, cómo te poseo». Sus uñas se clavaban en mis caderas, dejando marcas rojas, el tacto ardiente contrastando con el sudor que nos pegaba. Oía mis propias súplicas: «Más fuerte, Ama, por favor», y sus risas crueles: «Eres mío, dilo».

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Cambié de posición: ella encima, cabalgándome el strap-on al revés, obligándome a mirar su culo rebotar. Luego, liberó mi polla de nuevo y se la metí en la boca, pero solo para edging. «Chúpame mientras te pajéo al límite». Su lengua era fuego, saboreando mi pre-semen salado, parando justo cuando sentía las bolas apretarse. «No, putito. Aún no». La tensión psicológica era brutal: cada negación me hacía suplicar más, el taboo de ser su juguete rompiéndome el ego pero poniéndome a mil. Finalmente, se colocó a horcajadas, hundiéndose en mi polla con su coño apretado. «Fóllame, pero yo controlo». Cabalgaba fuerte, sus tetas botando, el chapoteo de nuestros sexos resonando como lluvia. Oía sus gemidos roncos, «Joder, sí, dame todo», y mis jadeos ahogados. Clavó las uñas en mi pecho, tirándome el pelo hasta que dolió, el sudor goteando de su frente a mi boca, salado y caliente. Sentía su coño contraerse, ordeñándome, y cuando se corrió, gritando «¡Ahora, córrete dentro de mí, esclavo!», exploté. El orgasmo fue brutal, la polla latiendo chorros calientes en su interior, el placer mezclado con alivio culpable. Ella no paró, exprimiéndome hasta la última gota, su cuerpo temblando sobre el mío.

Después, se apartó, mi semen chorreando de su coño. «Límpialo, cornudo». Lamí todo, saboreando la mezcla de mi corrida amarga y su jugo dulce, la humillación final sellando mi rendición. Olores a sexo impregnaban la habitación: sudor, semen, coño satisfecho. Ella se recostó, jadeante, acariciándome la cabeza como a un perro. «Buen chico. Sabes que esto no acaba aquí».

Al final del día, con la jaula de nuevo en su sitio y la llave colgando de su cuello, Carla me miró con esa sonrisa cabrona. «Eres mío ahora, en cuerpo y alma. Cada pensamiento, cada polla tiesa, me lo dedicas». Yo asentí, el placer culpable bullendo en mi pecho, sabiendo que mi lugar era a sus pies, suplicando más. Me fui de su piso con el culo dolorido y el ego pulverizado, pero joder, ya planeaba la próxima visita. Ser su puto era lo más adictivo que me había pasado, y el mundo sabía que volvería por más humillación. ¿Y tú, lector? ¿Te imaginas arrodillado, oliendo su poder?

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