Relatos de dominación

1. Ama Cruel Impone Castidad y Humillación a su Esclavo Sumiso 2. Dominación Femenina con Strap-On: Su Rendición Total sin Escape 3. Femdom Intensa: Adoración de Pies y Control de Orgasmos Eterno 4. Dómina en Jaula de Chastity: Humilla a su Cornudo Hispano 5. Sumisión Total ante el Pegging de una Ama Implacable 6. Esclavo en Castidad: La Humillación que lo Lleva a Suplicar 7. Dominación Femenina con Pies: Mi Control Absoluto sobre Él 8. Femdom y Cuckold: Su Vergüenza Total en Mi Placer Primero 9. Ama Ordena Adoración de Pies y Jaula de Castidad Sin Piedad 10. Pegging y Humillación: Convertí a Mi Sumiso en Esclavo Devoto 11. Dómina Cruel en Control de Orgasmos: Su Sumisión Inquebrantable 12. Femdom Hispana: Strap-On y Castidad para su Rendición Completa 13. Esclavo Cornudo Bajo Dominación Femenina: Humillado hasta el Límite 14. Ama Impone Chastity y Adoración de Pies sin Compasión Alguna 15. Sumiso en Jaula: Pegging Brutal y Mi Poder Absoluto 16. Dominación Femenina Total: Humillación y Cuckold para su Placer Servil 17. Dómina con Strap-On: Controla el Orgasmos de su Esclavo Sumiso 18. Femdom y Pies: La Castidad que lo Obliga a Suplicar Misericordia 19. Ama Cruel en Sumisión Total: Cornudo Humillado en Mi Dominio 20. Pegging sin Piedad: Dominación Femenina y su Rendición Eterna

La Jaula de Mi Ama

Joder, no sé por dónde empezar con esta historia, pero aquí va, como si te lo estuviera contando en un bar, con una birra en la mano y el corazón latiéndome a mil. Todo empezó hace unos meses en una app de citas, de esas que prometen aventuras rápidas pero a veces te cambian la puta vida. Yo era el típico pringado: treinta y pico, curro de oficina que me tenía frito, soltero de manual con un montón de porno en el historial que me dejaba la polla dolorida pero nunca satisfecho. Siempre había fantaseado con mujeres que mandaran, que me pusieran en mi sitio, pero nunca lo había probado de verdad. Me ponía cachondo solo de imaginarlo, ¿sabes? Me empalmaba pensando en una tía que me ordenara arrodillarme y me tratara como su juguete.

Y entonces apareció ella. Se llamaba Carla, pero yo la llamaba Ama desde el primer día que la vi. La tía estaba tremenda: morena con curvas que te dejaban idiota, ojos verdes que te clavaban como cuchillos y una sonrisa de cabrona que te hacía saber que te tenía pillado antes de que abrieras la boca. Medía como un metro setenta, con tetas firmes que se marcaban bajo las camisetas ajustadas y un culo que pedía a gritos que lo adoraras. No era de esas modelos flacas; era una hembra real, con caderas anchas y una actitud que gritaba «soy yo la que manda aquí». Nos conocimos en un chat, intercambiando mensajes calientes. Yo le conté mis fantasías reprimidas, cómo me moría por rendirme a una mujer que me dominara, y ella no se anduvo con chiquitas. «Si quieres jugar, perrito, hay reglas. Palabra de seguridad: rojo para parar. ¿Entendido?» Asentí como un idiota, el corazón en la garganta. Quedamos en su piso, un ático en el centro que olía a perfume caro y a poder femenino.

La primera vez que la vi en persona, me quedé clavado en la puerta. Llevaba un vestido negro corto que dejaba ver sus piernas interminables y tacones que la hacían parecer una diosa. «Entra, putito», me dijo con esa voz ronca que me ponía la piel de gallina. «Y cierra la boca, que pareces un bobo». Me senté en el sofá, nervioso como un chaval, y ella se plantó delante de mí, cruzando los brazos. «Cuéntame qué quieres de mí. Sé sincero, o te echo a patadas». Le confesé todo: que me excitaba la idea de que me controlara, de que me negara el placer, de ser su esclavo sexual. Ella rio, una risa baja y cruel que me hizo empalmarme al instante. «Qué mono, un machito reprimido que quiere que le rompa el ego. Desnúdate, vamos a ver qué material tengo». Obedecí, temblando, y cuando me quedé en pelotas, con la polla medio tiesa, ella me miró de arriba abajo. «No está mal, pero de ahora en adelante, esa polla es mía. ¿Entiendes? Nada de pajearte sin mi permiso». Sabía que me tenía pillado, joder. Esa noche solo me dejó mirarla mientras se tocaba, negándome el toque. Me fui a casa con las huevos azules, pero enganchado como un yonqui.

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(Alrededor de 420 palabras)

De ahí empezó el juego de verdad, paso a paso, como si ella estuviera tejiendo una red alrededor de mi polla y mi mente. La segunda cita fue en su casa de nuevo, y esta vez trajo la jaula. «Mírala, perrito», dijo sacándola de un cajón: un cacharro de metal frío, con anillos que se ajustaban alrededor de la base y una jaulita que aprisionaba la polla entera. «Esto va a ser tu nuevo hogar. Te lo pongo yo, y solo yo te lo quito». Me arrodillé como me ordenó, desnudo en su salón, y sentí el metal helado contra mi piel. Ella lo cerró con un candado diminuto, girando la llave con una sonrisa sádica. «Ahora eres mío de verdad. Siente cómo te aprieta cuando te empalmas». Y joder, cómo dolía. Intenté ponerme duro solo de olerle el perfume, pero la jaula me lo impedía, estrangulando la erección a medio camino. Me frustraba tanto que sudaba, pero eso solo me ponía más cachondo. «Pobre putito, reprimido y encerrado. Dime, ¿te gusta ser mi juguete?»

La dominación escalaba rápido. Una noche me hizo adorar sus pies. Llegué al piso y ella estaba tirada en el sofá, con las piernas sobre la mesita, descalza después de un día de tacones. «Ven aquí, lame», ordenó, extendiendo un pie perfecto, con las uñas pintadas de rojo. Me puse a cuatro patas, el corazón latiéndome en las sienes, y acerqué la boca. Olían a cuero y sudor ligero, un aroma que me volvía loco. Lamí la planta, chupando cada dedo como si fuera su coño, mientras ella me miraba con desdén. «Más profundo, idiota. Siente cómo te humillas por mí». Mi polla intentaba endurecerse en la jaula, pulsando contra el metal, y el dolor era una tortura deliciosa. Me hizo oler entre los dedos, saborear el salado de su piel, y yo gemía como un perro en celo. «Buen chico, pero no te corras. Ni lo sueñes».

Luego vino el edging, joder, eso fue brutal. Me tenía atado a la cama, con las muñecas en las esquinas, la jaula quitada por fin después de una semana. Ella se desnudó despacio, dejando ver su coño depilado y mojado, y se subió encima. «Te voy a poner al borde, putito, pero no te corres hasta que yo diga». Me masturbó con mano experta, lento al principio, apretando la base de mi polla hasta que latía como un corazón desbocado. «Mírame, dime lo cachondo que estás». Supliqué: «Ama, por favor, déjame correrme, me tienes loco». Pero ella paraba justo cuando sentía el orgasmo subir, riendo mientras yo jadeaba, sudando, con las bolas hinchadas de frustración. Lo repitió una y otra vez, media hora de puro infierno, hasta que estaba al borde de llorar. «Tu placer es mío, ¿entiendes? Eres un cornudo en potencia, pensando en mí con otro». Esa frase me rompió algo dentro; la humillación me excitaba más que el toque, me hacía sentir pequeño y adicto.

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No paró ahí. Una tarde me obligó a tareas degradantes. «Hoy sirves desnudo, perrito. Limpia el baño mientras yo me ducho». Entré en pelotas, con la jaula tintineando, y mientras fregaba el suelo, la oí gemir detrás de la mampara. Ella se tocaba, pensando en un tío del gym, y me ordenó mirar. «Mírame mientras me corro pensando en otro, no en ti». Ver su coño reluciente, los dedos hundiéndose, me volvió loco. Después me hizo lamer el agua del suelo, humillado, pero con la mente nublada de deseo. «Pide permiso para todo: para mear, para comer, para pajearte». Yo obedecía, susurrando «Por favor, Ama, ¿puedo…?», y ella negaba con la cabeza, rompiéndome el ego pedazo a pedazo. Confesé fetiches que ni yo sabía: quería ser su cornudo, lamer después de que follara con otro. «Qué patético, pero me encanta. Eres mío para destrozarte».

El control psicológico era lo peor y lo mejor. Me hacía confesar en voz alta: «Soy tu puto sumiso, mi polla no me pertenece». Ella respondía con órdenes sucias: «Arrodíllate y huele mi culo, zorra». Una vez me obligó a adorar su coño, enterrando mi cara entre sus muslos mientras ella me tiraba del pelo. «Chúpame, lame mi clítoris hasta que me corra en tu boca». Saboreé su humedad salada, el olor almizclado que me ahogaba, y cuando explotó, gritando, yo solo pude rogar por un toque. Pero nada. La jaula volvía a cerrarse, y la frustración mental me tenía enganchado, soñando con su risa cruel.

(Alrededor de 950 palabras)

El clímax llegó una noche que no olvidaré nunca, cuando ella decidió que era hora de follarme de verdad, pero a su manera. Me citó en su piso con un mensaje: «Ven desnudo bajo el abrigo, putito. Trae lubricante». Llegué temblando, el corazón en la polla encerrada, y ella me abrió la puerta en lencería negra, con un arnés ya puesto y el strap-on colgando: un dildo negro grueso, de unos veinte centímetros, que me aterrorizaba y me ponía a mil. «Hoy te abro el culo, perrito. Prepárate para ser mi puta». El consentimiento estaba claro desde el principio; rojo para parar, pero no lo usé ni de coña. Me arrodillé, besando sus pies como ritual, y ella me quitó la jaula por fin, dejando mi polla saltar libre, dura como una piedra.

Me llevó a la habitación, atándome las manos a la cabecera de la cama boca abajo, el culo al aire. Sentí sus uñas clavándose en mis nalgas, arañando la piel hasta dejar marcas rojas. «Relájate, cornudo. Vas a gemir como una perra». El olor de su sudor me llegó primero, mezclado con el lubricante que untaba en el strap-on. Frota el dildo contra mi entrada, presionando despacio, y el dolor inicial fue como un fuego: ardía, me tensaba, pero ella no paraba. «Respira, putito. Siente cómo te lleno». Empujó, centímetro a centímetro, dilatándome el culo hasta que el grosor me partía en dos. Grité, un gemido gutural que rebotó en las paredes, y ella rio, tirándome del pelo para arquearme la espalda. «Eso es, toma mi polla. ¿Te gusta ser follado como una zorra?»

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El ritmo empezó lento, pero pronto fue brutal: embestidas profundas que me hacían jadear, el chapoteo del lubricante contra mi piel sudorosa. Su vientre chocaba contra mis nalgas, azotándome con la cadera, y cada golpe mandaba ondas de placer-dolor por mi cuerpo. Mi polla latía debajo, rozando las sábanas, pero ella me negaba el orgasmo: «No te corras, idiota. Solo yo decido». Olía a sexo crudo: su coño mojado rozando el arnés, mi sudor salado, el almizcle de mi culo abierto. Gemía sin control, súplicas saliendo de mi boca: «Ama, más fuerte, joder, me tienes roto». Ella aceleró, clavándome las uñas en la cadera, tirando de mi pelo hasta que me dolía el cuero cabelludo. «Dime que eres mi esclavo, que tu culo es mío». Lo grité, la voz ronca, mientras el strap-on me follaba sin piedad, rozando mi próstata hasta que vi estrellas.

De repente, me volteó, aún atado, y se subió encima, frotando su coño contra mi polla sin penetrarme. «Ahora edging final, putito. Siente cómo te torturo». Me masturbó furiosa, el tacto de su mano sudorosa apretando mi verga hinchada, y paraba al borde, una y otra vez. El olor de su excitación me volvía loco, su coño goteando sobre mi estómago. Finalmente, me ordenó: «Córrete para mí, pero lame todo». Exploté como un volcán, chorros calientes de semen salpicando mi pecho, el sabor amargo en mi mente mientras gemía su nombre. Ella se corrió después, frotándose contra mi muslo, gritando con sonidos roncos que me erizaban la piel. Luego, me obligó a lamer: mi propio semen de su piel, el sabor salado y pegajoso mezclándose con su sudor. «Buen chico, come tu vergüenza». El culo me palpitaba, dilatado y vacío ahora, pero la humillación me mantenía duro, el placer psicológico superando todo.

(Alrededor de 620 palabras)

Al final de esa noche, exhausto y marcado, Carla me desató y me acurrucó contra su pecho, un gesto dulce-cruel que me confundía. «Has sido un buen sumiso, perrito. Pero recuerda, esto no acaba aquí. Mañana vuelves a la jaula, y quién sabe, quizás te haga mirar mientras follo con un tío de verdad». Asentí, aceptando mi lugar con un placer culpable que me quemaba por dentro. Me vestí, con el cuerpo dolorido y la mente en llamas, sabiendo que era suyo para siempre. Salí a la calle con la polla aún sensible, pensando en cómo me había roto y reconstruido. Joder, qué cabrona, pero qué adicción. Si esto sigue así, seré su cornudo perfecto, suplicando más humillación cada día.

Y ahora, cada vez que me pongo la jaula solo, siento su voz en mi cabeza: «Tu polla ya no te pertenece». Me pone a mil, pensando en lo que vendrá.

(Alrededor de 250 palabras)

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