Relatos de dominación

Dominación Femenina Extrema: Sumisión Brutal

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella entraría en mi vida y me pondría de rodillas tan rápido. Se llama Carla, y la conocí en una app de citas, de esas donde la gente busca rollos sin complicaciones. Yo era el típico pringado de 32 años, con un curro de oficina que me mataba el alma, soltero desde hacía un par de putos meses después de una ruptura chunga. Cachondo reprimido total: me la cascaba casi a diario pensando en fantasías de sumisión que ni siquiera me atrevía a contarle a un colega. Quería rendirme, joder, que alguien me dijera qué hacer, que me controlara sin piedad. Pero claro, en la vida real, era el tío normal que finge ser dominante para ligar.

Ella, en cambio, era una bomba. Fotos en el perfil: morena con curvas que te dejaban la polla tiesa, ojos verdes que te taladraban el alma y una sonrisa de cabrona que prometía problemas. «Soy la que manda, si no lo pillas, next», ponía en su bio. Nos escribimos un par de días, coqueteando con indirectas. Yo soltaba chorradas, pero ella iba al grano: «¿Te gusta que te digan qué hacer, perrito?». Me puse a mil solo de leerlo. Quedamos en un bar cutre del centro, uno de esos con luces tenues y música indie que no molesta. Llegó con unos vaqueros ajustados que le marcaban el culo redondo como una puta escultura, una camiseta escotada que dejaba ver el borde de un sujetador negro, y tacones que la hacían un metro setenta y cinco de pura dominación. «Hola, sumiso», me dijo extendiendo la mano, y joder, su voz era ronca, como si fumara puros y se riera de tontos como yo.

Me senté frente a ella, nervioso, sudando un poco. Pidió una cerveza sin preguntar, y yo la imité como un idiota. Hablamos de tonterías al principio: curro, ciudad, pero ella dirigía la charla, clavándome la mirada. «Cuéntame, ¿qué te pone de verdad? No me mientas, que lo huelo». Tragué saliva. No sé qué me pasó, pero le confesé un poco: que me excitaba la idea de ser controlado, de no tener el mando. Se rio, una risa baja y sexy que me erizó la piel. «Bien, porque yo soy así. Domina o nada. ¿Quieres probar? Pero con reglas: safe word es ‘rojo’, y si lo dices, paramos. Si no, eres mío». Asentí como un tonto, con la polla ya medio dura bajo la mesa. Esa noche no follamos, solo me besó en la mejilla y me mandó un mensaje: «Mañana, mi casa. Desnudo y listo para obedecer». Sabía que me tenía pillado. La tía estaba tremenda, segura de sí misma, una cabrona jodidamente atractiva que olía a perfume caro y a problemas calientes. Me fui a casa con el corazón a mil, preguntándome en qué coño me había metido, pero excitado como nunca. Al día siguiente, crucé su puerta y todo cambió.

Entré en su piso, un ático moderno con vistas a la ciudad, pero lo que me dejó flipando fue ella: vestida con un conjunto de lencería negra, ligueros y botas hasta la rodilla. «Quítate la ropa, putito. Todo», ordenó sin más preámbulos. Me temblaban las manos mientras me desnudaba, sintiendo su mirada devorándome. Estaba empalmado, la polla tiesa como una barra, y ella se rio. «Mira qué patético. Ya estás así solo de verme. Arrodíllate». Obedecí, de rodillas en su salón, el suelo frío contra mi piel. Se acercó, me puso el tacón en el pecho y empujó. «Buen chico. Hoy empiezas a aprender quién manda. Tu polla ya no te pertenece, ¿entiendes? Es mía para jugar».

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Empezó suave, pero joder, la tensión psicológica me volvía loco. Me hizo confesar mis fetiches más sucios: le conté cómo soñaba con ser su perrito, con lamerle los pies después de un día largo, con que me negara el orgasmo hasta que suplicara. «Qué cerdo eres», murmuró, acariciándome la cara con una uña roja. «Me encanta romper egos como el tuyo». Luego sacó la jaula. Era de metal frío, pequeña, con un candado diminuto. «Ponte esto. Ahora». Intenté protestar, pero su mirada me calló. Me la colocó ella misma, sus dedos fríos rozando mi polla hinchada, metiéndola a presión en ese tubito que me apretaba como un puño. Clic, el candado. La frustración fue inmediata: la polla latiendo contra las barras, queriendo crecer pero sin poder. «Esto se queda puesto una semana, mínimo. Si te portas bien, quizás te deje salir». Me dolió, no solo físico, sino en el ego. Estaba atrapado, dependiente de ella para cualquier alivio. Me excité más por eso, por la humillación de no controlarme.

Los días siguientes fueron un subidón de poder y negación. Me mandaba tareas por WhatsApp: «Limpia mi baño desnudo, con la jaula puesta. Envía foto». O «Ven a servir la cena, de rodillas, y no mires mi coño sin permiso». Una noche me tuvo edging durante horas. Me ató las manos a la cama, desnudo excepto por la jaula, y se sentó a horcajadas sobre mi pecho, su coño depilado rozando mi piel. «Mírame mientras me toco, putito. Pero tú no te corres». Se masturbaba despacio, gimiendo bajito, sus jugos goteando en mi barriga. Yo suplicaba, la polla hinchada en la jaula, doliendo de necesidad. «Por favor, Carla, déjame…». «Cállate. Di ‘soy tu puta sumisa'». Lo repetí, rojo de vergüenza, y ella aceleró, corriéndose con un gemido que me puso a mil, pero negándome todo. «Buen perrito. Mañana más». La dominación psicológica era brutal: me hacía admitir que me gustaba ser su juguete, que mi ego se rompía y me excitaba más.

Otro día escaló con adoración. Llegué a su casa después de su gym, sudada y oliendo a mujer. «A mis pies, cerdo». Se quitó las zapatillas, calcetines húmedos de sudor, y me obligó a olerlos. «Huele cómo huelo yo, la que te controla». El olor era intenso, salado, adictivo. Luego lamer: sus pies perfectos, uñas pintadas, el sabor salado en mi lengua mientras ella veía la tele, ignorándome a ratos para humillarme más. «Chupa los dedos como si fuera mi coño». Pasó al culo: se puso a cuatro, el tanga aparte, y me mandó lamerle el ojete. «Lame bien, puto. Sabe a mi poder». El sabor era crudo, terroso mezclado con su excitación, y yo lo hacía con devoción, la polla latiendo en la jaula, frustrado y cachondo.

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No paró ahí. Una tarde me tuvo haciendo tareas degradantes: desnudo, con un delantal ridículo, cocinando mientras ella me azotaba el culo con una pala de madera si la comida no estaba perfecta. «Pide permiso para mear, sumiso. Todo lo tuyo es mío». Y luego el pegging. Preparó el strap-on, un dildo negro grueso, se lo ceñó con correas. Me untó lubricante en el culo, fríos dedos invadiendo mi agujero virgen. «Relájate, o dolerá más. Vas a gemir como una perra». Me penetró despacio al principio, el dolor agudo convirtiéndose en placer prohibido. «Mueve el culo, putito. Siente cómo te follo como a una zorra». Empujaba fuerte, yo gimiendo, la jaula balanceándose, la humillación de ser follado por ella rompiéndome pero excitándome hasta el delirio. «Di que te encanta ser mi cornudo en potencia». Lo dije, imaginando cómo me humillaría más, y ella aceleró, controlando cada embestida hasta que me corrí sin tocarme, un orgasmo doloroso y patético en la jaula.

La cosa fue escalando, cada escena rompiéndome un poco más el ego, pero joder, me tenía adicto. Una vez me obligó a ver porno de cornudos mientras ella chateaba con un tío en el móvil. «Mira cómo follo con otro en mi mente, perrito. Tú solo miras». La negación era eterna, suplicando por un toque, pero ella reía, rompiéndome con palabras: «Eres patético, excitado por ser mi esclavo». Todo era psicológico: la jaula me recordaba mi lugar, las órdenes verbales me humillaban, y yo me corría mentalmente solo por obedecer.

Llegó el clímax una noche de viernes. Carla me citó en su piso, «ven preparado, sin jaula esta vez. Pero yo mando». Entré y allí estaba, en una silla de cuero, con un corsé rojo que le apretaba las tetas grandes y perfectas, el coño a la vista, depilado y ya húmedo. «Desnúdate y acércate. Hoy te follo hasta que supliques parar». Me acerqué de rodillas, el aire cargado de su olor: perfume mezclado con sudor fresco y excitación femenina, ese aroma almizclado que me ponía la polla dura al instante. Ella tiró de mi pelo, obligándome a mirarla. «Chupa mi coño, putito. Hazme correrse primero». Separé sus labios con la lengua, el sabor salado y dulce invadiéndome la boca. Lamía despacio, saboreando cada gota, el chapoteo de mi lengua contra su clítoris hinchado. Ella gemía, ronco y mandón: «Más profundo, cerdo. Sabe a tu ama». Clavó las uñas en mi nuca, tirando mi pelo con fuerza, el dolor mezclándose con el placer de servirla. Su piel era sudorosa, caliente contra mi cara, y yo inhalaba su olor, embriagado.

De repente, me apartó. «Ahora el strap-on. A cuatro, culo arriba». Me puse en posición, el corazón latiendo como un tambor. Ella se lubricó el dildo, grueso y venoso, y lo presionó contra mi agujero. El tacto era invasivo, dilatándome centímetro a centímetro, el dolor inicial convirtiéndose en una plenitud ardiente. «Gime para mí, perra». Empujó fuerte, el chapoteo del lubricante y mis jadeos llenando la habitación. Azotaba mi culo con la mano, palmadas que resonaban y enrojecían mi piel, cada golpe enviando ondas de placer-humor a mi polla, que latía libre por primera vez en días. «Siente cómo te poseo, sumiso. Tu culo es mío». Gemía yo, suplicando «más fuerte, ama», mientras ella follaba sin piedad, su sudor goteando en mi espalda, el olor a sexo crudo impregnando todo. Tiraba de mi pelo como riendas, controlando el ritmo, y yo sentía cada vena del strap-on rozando mis paredes internas, el placer prohibido explotando en mi mente.

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Cambió de posición: me tumbó boca arriba, levantó mis piernas y volvió a penetrarme, esta vez mirándome a los ojos. «Mírame mientras te follo, cornudo imaginario». Su coño rozaba mi polla con cada embestida, negándome la entrada, solo teasing. El sonido era obsceno: mis gemidos ahogados, el slap-slap de su cuerpo contra el mío, sus gruñidos de placer. «Tócate, pero no te corras sin permiso». Lo hice, la polla resbaladiza de pre-semen, latiendo al borde. Ella se corrió primero, un chorro caliente mojando mi barriga, su sabor en el aire cuando me obligó a lamer sus dedos después. «Prueba cómo sabe tu ama». El sabor era intenso, salado y dulce, y yo lamía desesperado.

Finalmente, me desató y se montó en mi polla, pero con control total. «Fóllame, pero despacio. Si te corres antes, castigo». Su coño era apretado, húmedo, envolviéndome como un guante caliente. Cabalgaba fuerte, uñas clavadas en mi pecho, dejando marcas rojas. El tacto de su piel sudorosa contra la mía, el olor a semen inminente mezclado con su jugo, los gemidos suyos mandones y mis súplicas: «Por favor, déjame…». «No, putito. Aguanta». Edging puro, al borde una y otra vez, la humillación de suplicar ante ella excitándome más que el sexo. Cuando por fin dijo «córrete dentro de mí», exploté, chorros calientes llenándola, el placer cegador mientras ella reía, ordeñándome hasta la última gota. Saboreé su coño después, lamiendo nuestra mezcla, el semen salado y su dulzor en mi lengua, mientras ella me acariciaba la cabeza. «Buen chico. Pero eres mío para siempre».

Al final de la noche, exhaustos en su cama, Carla me miró con esa sonrisa cabrona. «Esto no acaba aquí, perrito. La jaula vuelve mañana, y te tengo más planes. Acepta tu lugar, o lárgate». Asentí, con un placer culpable quemándome por dentro. Joder, me tenía roto, adicto a su dominio, y no quería salir. Saber que me controlaba así, que mi polla, mi ego, todo era suyo, me dejaba la polla latiendo de nuevo. ¿Y si la próxima vez trae a un tío de verdad para humillarme? El pensamiento me pone a mil, cabrón.

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