Relatos de dominación

1. Ama Cruel Encierra a Su Esclavo en Jaula de Castidad Sin Escape 2. Dominación Femenina Extrema: Humillación Total con Adoración de Pies 3. Femdom Implacable: Controla el Orgasmo de Su Sumiso Cornudo 4. Dómina que Domina con Strap-On, Sumisión Total de Su Esclavo 5. Castidad Forzada: La Ama Niega Placer a Su Humillado Sumiso 6. Pegging Salvaje en Dominación Femenina, Rendición Completa del Cornudo 7. Adoración de Pies Bajo la Bota de la Dómina Cruel Sin Piedad 8. Femdom y Cuckold Hispano: Control Total sobre el Esclavo Sumiso 9. Jaula de Chastity para Su Esclavo, Humillación en Cada Suspiro 10. Ama que Exige Sumisión Total con Pegging Brutal y Sin Escape 11. Dominación Femenina con Strap-On: El Cornudo Rinde Todo Poder 12. Humillación Extrema de Pies en la Jaula de Castidad Eterna 13. Dómina Cruel Impone Control de Orgasmo a Su Esclavo Devoto 14. Femdom Tabú: Adoración de Pies y Sumisión Total del Sumiso 15. Cuckold Bajo Dominación Femenina, Pegging que Rompe Toda Voluntad 16. Castidad y Humillación: La Ama Reclama Su Placer Primero 17. Esclavo Encadenado en Jaula, Dominación Femenina Sin Compasión 18. Strap-On en Noche de Femdom, Rendición Absoluta del Cornudo Hispano 19. Dómina que Humilla con Pies, Control Total del Orgasmo Esclavo 20. Sumisión Total ante Ama Cruel: Pegging y Castidad Eterna

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llama Valeria, y la conocí en una app de ligoteo hace unos meses. Yo soy un tipo normal, de esos que curra en una oficina de mierda en Madrid, treinta y pico tacos, con una vida sexual que se reduce a pajearme viendo porno en casa. Cachondo reprimido total, siempre fantaseando con que alguien me domine, que me haga rendirme, pero nunca me atrevía a nada serio. Hasta que apareció ella.

Valeria es de esas mujeres que te dejan tonto solo con una mirada. Alta, con curvas que matan: tetas firmes que se marcan bajo cualquier camiseta, culo redondo que parece pedir a gritos que lo agarres… pero no, cabrona, ella es la que agarra. Pelo negro largo, ojos verdes que te clavan como cuchillos, y una sonrisa de perra en celo que sabe exactamente lo que te hace. La primera vez que chateamos, me soltó: «Sé que eres de los que sueñan con arrodillarse, ¿verdad, putito?». Me puse empalmado al instante. Hablamos de fetiches, y yo confesé lo mío con el femdom, cómo me ponía la idea de perder el control. Ella se rio, me dijo que éramos compatibles, pero que si jugábamos, era con sus reglas. «Palabra de seguridad: rojo para parar todo. Verde para más. ¿Entendido?». Asentí como un idiota, aunque fuera por mensajes. Sabía que me tenía pillado desde el minuto uno.

Nos vimos en un bar cutre del centro. La tía estaba tremenda: falda corta negra que dejaba ver sus piernas interminables, tacones que la hacían parecer una diosa. Yo, nervioso como un crío, con la polla ya medio dura solo de oler su perfume. Pidió una copa y me miró fijamente: «Si quieres esto, te rindes a mí. Nada de medias tintas». Me invitó a su piso, un ático en Chamberí que olía a ella, a mujer segura. Ahí empezó el juego. Me hizo quitarme la camisa, me miró de arriba abajo y soltó: «No eres feo, pero vas a ser mío para que aprendas a obedecer». Joder, me ponía malo solo de mirarla. Me arrodillé sin que me lo pidiera, y ella se rio, pasando un tacón por mi pecho. «Buen chico. Esto va a ser divertido».

Desde ese día, todo escaló. Valeria no era de juegos suaves; era cabrona, pero jodidamente atractiva, y yo caí como un tonto. Sabía que me tenía comiendo de su mano, y eso me excitaba más que cualquier polvo vanilla.

El desarrollo de todo esto fue como una puta montaña rusa, paso a paso, con ella apretando el acelerador cada vez más. La primera noche en su piso, después de esa mirada que me dejó KO, me ordenó: «Quítate todo, putito. Quiero verte desnudo y patético». Me temblaban las manos mientras me bajaba los pantalones, mi polla ya tiesa como una barra de hierro. Ella se sentó en el sofá, cruzó las piernas y me miró con esa sonrisa de superioridad. «Arrodíllate y mírame a los ojos. Dime por qué mereces que te domine». Balbuceé algo sobre mis fantasías, cómo me ponía la idea de rendirme, y ella se rio. «Confiesa, cerdo. ¿Te pajearías ahora mismo si te lo pidiera?». Asentí, rojo como un tomate, y ella negó con la cabeza. «No. Tu polla ya no te pertenece. De ahora en adelante, pides permiso para tocarte».

READ  Dominación Femenina Chastity: Sumisión Extrema

Ahí empezó el control real. Al día siguiente, me mandó un paquete: una jaula de castidad de metal, pequeña y fría, con un candado. «Póntela, amor. Y envíame foto». Joder, la frustración fue inmediata. Me la coloqué en el baño del curro, sintiendo cómo apretaba mi verga, impidiéndome ponerme duro del todo. Cada vez que pensaba en ella, el metal me mordía, un dolor sordo que me recordaba quién mandaba. «Bien, putito. Ahora vas a estar así una semana. Si te portas bien, quizás te deje salir». Los días fueron una tortura mental: en la oficina, empalmado a medias, sudando con cada notificación de su WhatsApp. Me escribía: «Estás pensando en mi coño, ¿verdad? Olfatea tu ropa interior y dime cómo huele a perdedor». Me tenía loco, rompiendo mi ego poquito a poco. Confesé fetiches que ni yo sabía que tenía, como oler sus pies después de un día largo.

La segunda fase fue la adoración. Me citó en su piso un viernes por la noche. Entré, y ella estaba en bragas y camiseta, descalza, con las uñas pintadas de rojo. «A cuatro patas, lame mis pies». Olían a sudor ligero, salado, y yo me arrastré como un perro, chupando sus dedos, sintiendo la piel suave contra mi lengua. «Más profundo, idiota. Imagina que es mi coño». Me ponía a mil, la humillación quemándome por dentro, pero mi polla luchaba en la jaula, goteando pre-semen. Subió la apuesta: se quitó las bragas y se abrió de piernas en el sofá. «Adora mi culo primero». Me enterré la cara entre sus nalgas, oliendo su aroma almizclado, lamiendo el agujero apretado mientras ella gemía bajito. «Buen cornudo en potencia. ¿Te gusta saber que otro podría follarme mientras tú lames?». La dominación psicológica era brutal; cada palabra me hacía sentir pequeño, pero cachondo como nunca. Me hizo confesar: «Dime, ¿te excita ser mi perrito faldero?». «Sí, Ama, me pone fatal», respondí, la voz ahogada en su piel.

No paró ahí. Una noche, después de edging interminable, me tuvo al borde durante horas. «Tócate, pero no te corras». Con la jaula quitada por fin, me pajaba lento, describiéndole cómo mi polla latía, roja e hinchada. «Para. Ahora». Supliqué, joder, supliqué como un puto: «Por favor, Valeria, déjame correrme». Ella se rio desde la cam: «No, putito. Vas a edging hasta que llores». La frustración física era un fuego en las bolas, mentalmente me rompía: sabía que era suyo, que mi placer dependía de su capricho. Mezcló tareas degradantes: me hacía servir desnudo, con la jaula puesta, limpiando su piso mientras ella se tocaba en el sofá. «Pide permiso para beber agua, esclavo». Cada «sí, Ama» me hundía más, pero me excitaba el taboo, la pérdida total de control.

READ  Dominación Femenina Cruel: Ama Niega Orgasmo a Esclavo en Jaula de Castidad, Sumisión Total sin Piedad

El pegging fue el siguiente nivel. Me avisó: «Esta noche te abro el culo». Llegué temblando, y ella ya tenía el strap-on listo, un dildo negro grueso atado a su cadera. Me untó lubricante frío en el agujero, sus dedos hurgando sin piedad. «Relájate, o duele más». Me puso a cuatro patas en la cama, y empujó despacio al principio, el dolor agudo mezclándose con placer prohibido. «Gime para mí, puto». Empujaba más fuerte, el chapoteo del lubri y mis jadeos llenando la habitación. «Siente cómo te follo como a una zorra». Mi polla goteaba en la jaula, el ego hecho trizas, pero joder, era adictivo. Me tenía confinado en su mundo, y yo lo pedía a gritos.

La humillación cornudo la guardó para escalar la tensión. Una vez, después de una semana en jaula, me dijo: «Hoy vas a mirar». Trajo a un tío del gym, alto y cachas, y me obligó a sentarme en una silla, atado, mientras follaban en su cama. «Mira cómo me come el coño de verdad, cornudo». Él la penetraba duro, ella gimiendo alto, mirándome: «Tu polla patética no llega ni a la mitad». Tuve que lamer sus jugos después, el sabor salado de su excitación mezclado con el olor a sexo ajeno. Me rompía psicológicamente, pero cada insulto me ponía más tieso, la jaula apretando como un castigo delicioso.

Todo esto construía una tensión que me volvía loco, paso a paso, con ella siempre un paso por delante, cabrona y sexy hasta el tuétano.

El clímax llegó una noche de sábado, cuando ya no aguantaba más. Valeria me había tenido en edging tres días seguidos, quitándome la jaula solo para torturarme y volver a encerrarme. «Esta noche, putito, te doy lo que mereces. Pero bajo mis términos». Su piso olía a velas y a su perfume, luces bajas que hacían su piel brillar como seda. Me ordenó desnudo, jaula a un lado, y se presentó en lencería negra: tanga que apenas cubría su coño depilado, sujetador que empujaba sus tetas hacia arriba. «Arrodíllate y suplica». Lo hice, la voz ronca: «Por favor, Ama, fóllame. Úsame».

Ella me tiró del pelo, clavándome las uñas en el cuero cabelludo, un dolor agudo que me erizó la piel. «Abre la boca». Me escupió dentro, el sabor salado bajando por mi garganta mientras su risa resonaba. Me arrastró a la cama, me puso boca arriba y se sentó en mi cara, su coño mojado presionando contra mi nariz. Olía a excitación pura, almizcle y calor, jugos resbalando por mi barbilla mientras lamía como un desesperado. «Chupa más fuerte, idiota. Sabe a tu dueña». El chapoteo de mi lengua contra sus labios hinchados llenaba el aire, sus gemidos roncos: «Ah, joder, sí… pero no te corras tú». Mi polla latía libre ahora, dura como piedra, rozando las sábanas, pero ella la pisó con el talón, un azote sordo que me hizo gemir en su carne.

READ  Ultimate Contract of Total Submission: Exclusive Slavery Story

Bajó, montándome a horcajadas, pero no me dejó entrar. En cambio, agarró el strap-on del cajón, se lo ajustó con movimientos seguros, el dildo negro reluciente de lubri. «Date la vuelta, perra». Me penetró de golpe, el dolor inicial como un fuego que se convertía en placer cuando empujaba profundo, dilatando mi culo con cada embestida. «Siente cómo te poseo, cornudo». Sus caderas chocaban contra mí, piel sudorosa pegándose, el olor a sexo invadiendo todo: su sudor salado, mi excitación, el lubri resbaladizo. Gemía yo ahora, súplicas entre jadeos: «Más fuerte, Ama, por favor… me tienes roto». Ella tiraba de mi pelo, clavándome uñas en la espalda, dejando marcas rojas que ardían. «Cállate y toma. Tu culo es mío».

Cambió de posición, me obligó a mirarla mientras se tocaba el coño, dedos hundiéndose con sonidos húmedos. «Mírame correrse pensando en otro». Se corrió gritando, jugos salpicando mi pecho, el sabor cuando me obligó a lamer sus dedos: dulce y ácido, como su poder. Entonces, por fin, me montó de verdad. Su coño caliente envolviendo mi polla, apretando como un vicio. Cabalgaba duro, tetas rebotando, uñas arañando mi pecho. «No te corras hasta que yo diga». El tacto era eléctrico: su piel sudada deslizándose sobre la mía, calor interno palpitando alrededor de mi verga. Sonidos por todos lados: el slap-slap de carne contra carne, mis gemidos ahogados, sus órdenes: «Más profundo, puto… joder, sí». Olía a todo: sudor fresco, coño empapado, mi pre-semen goteando. La humillación me empujaba al borde: «Eres mi juguete, dilo». «Sí, Ama, soy tuyo… córrete en mí». Ella lo hizo primero, contrayéndose alrededor de mí, un chorro caliente que me mojó las bolas.

Solo entonces: «Córrete ahora, perdedor». Explosión total, semen saliendo en chorros, llenándola, el sabor cuando me obligó a limpiarla lamiendo el desastre: salado, pegajoso, mezclado con su esencia. Mi cuerpo temblaba, culo aún dilatado y dolorido, mente hecha papilla por la sumisión. Ella se rio, besándome la frente con crueldad dulce: «Buen chico. Pero esto no acaba aquí».

Al final, tirados en la cama, con mi cabeza en su regazo, Valeria me acarició el pelo como si fuera un perro fiel. «Has sido perfecto, putito. Ahora sabes tu lugar: a mis pies, enjaulado y suplicando». Yo asentí, el placer culpable quemándome por dentro, excitado incluso en la derrota. Sabía que volvería por más, que su dominio era mi adicción. Ella me miró, ojos brillando: «La próxima vez, te hago lamer a mi amante mientras te follo. ¿Listo para eso?». Joder, solo de pensarlo, mi polla dio un tirón en la jaula que ya me ponía de nuevo.

Y ahí estaba yo, rendido, con el culo ardiendo y el ego pulverizado, pero cachondo como un cabrón. Valeria me tenía para siempre, y eso me ponía más que cualquier libertad.

(Palabras: 2147)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba