Relatos de dominación

Dominación Femenina Chastity: Sumisión Brutal

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llama Laura, una morena de curvas que te dejan la polla tiesa solo con una mirada. Alta, con el pelo suelto cayéndole por la espalda, ojos verdes que te perforan el alma y una sonrisa de cabrona que dice «yo mando aquí». La conocí en una app de citas, de esas donde la gente busca rollo sin complicaciones. Yo era el típico pringado de treinta y pico, currando en una oficina de mierda, soltero porque no me atrevía a soltar mis fantasías más retorcidas. Siempre había sido un reprimido de cojones: me ponía a mil pensando en mujeres que me dominaran, que me hicieran su puto juguete, pero nunca lo había probado. Ella, en cambio, parecía salida de un sueño húmedo, con fotos en las que posaba en lencería negra, el culo marcado y una pose que gritaba poder.

Empezamos chateando, tonterías al principio. «Qué guapo», «me encanta tu sonrisa», pero pronto la cosa se puso picante. Yo solté que me gustaba que me mandaran, que tenía rollos de sumisión en la cabeza. Ella no se cortó: «Ah, ¿un sumisito? Me encanta romper tíos como tú. Si te portas bien, te enseño lo que es rendirte de verdad». Joder, me empalmé solo leyéndolo. Quedamos en un bar cutre del centro, uno de esos con luces tenues y música de fondo. Llegó con un vestido rojo ajustado que le marcaba las tetas y el coño como si nada, tacones que la hacían parecer una diosa. Me dio un beso en la mejilla y ya me susurró al oído: «Esta noche vas a ser mío, pero si algo no te mola, di ‘rojo’ y paramos. ¿Entendido, putito?». Asentí como un idiota, el corazón latiéndome a mil. Sabía que me tenía pillado desde el minuto uno. Cenamos, charlamos de todo, pero ella dirigía la conversación, me hacía confesar chorradas sobre mis fantasías. «Dime, ¿te excita que te humille? ¿Que te diga que tu polla es mía?». Me ponía malo solo de mirarla, de oler su perfume mezclado con algo salvaje. Al final de la noche, me invitó a su piso. «Vas a dormir a mis pies, literal», dijo riendo. Entramos y ya empecé a sentirlo: el juego había empezado, y yo estaba jodidamente dispuesto a rendirme.

Al día siguiente, todo escaló. Desperté con ella encima, su coño rozándome la cara mientras se estiraba como una gata. «Buenos días, esclavo. Hora de adorarme». No era broma. Me ordenó arrodillarme al pie de la cama, desnudo, y mirarla mientras se tocaba despacio. «Mírame, putito. Mira cómo me mojo pensando en tíos de verdad, no en un perdedor como tú». Sus palabras me clavaron como cuchillos, pero joder, mi polla se endureció tanto que dolía. Era la primera vez que oía algo así en voz alta, y me excitaba la humillación pura, el saber que me estaba rompiendo el ego pedazo a pedazo. Me hizo confesar mis fetiches: «Dime, ¿te pone lamer culos? ¿O prefieres que te folle el tuyo?». Tartamudeé que sí a todo, rojo como un tomate, y ella se rio, esa risa cruel que me ponía a mil.

READ  Dominación Femenina Extrema: Sumisión Implacable

La cosa avanzó rápido. Esa misma tarde, sacó una jaula de castidad de su cajón, una cosa de metal negro, fría y pequeña. «Tu polla ya no te pertenece, es mía. Si te portas bien, quizás te deje correrte algún día». Me la puso mientras yo estaba de rodillas, temblando. El clic del candado fue como una sentencia. Sentía la presión inmediata, mi verga queriendo crecer pero atrapada, latiendo contra las barras. Frustración física de cojones: cada roce me dolía, me recordaba que no controlaba nada. Mentalmente era peor; me pasaba el día pensando en ella, en su olor, en su voz, y la jaula me torturaba con esa negación constante. «Pide permiso para mear, para tocarte, para todo», me ordenó. Y lo hacía, joder, suplicando como un idiota. «Por favor, Ama, déjame…». Ella solo sonreía, cabrona, y me negaba.

Los días siguientes fueron un subidón de tensión. Me tenía sirviendo desnudo, limpiando su piso mientras ella se tumbaba en el sofá viendo la tele. «Más rápido, perra, o te azoto». Una vez me pilló mirando su culo mientras fregaba, y me obligó a adorarlo. «Ven aquí y lame». Me puse de rodillas detrás de ella, el olor a sudor y a ella misma invadiéndome la nariz. Su culo era perfecto, redondo, y lo separé con las manos mientras mi lengua exploraba cada pliegue. Saboreaba su piel salada, el sabor terroso de su ano, y ella gemía bajito: «Eso es, chúpame bien, cornudo en potencia». Me excité tanto que la jaula me mordía, pero no paré; la humillación de lamerla como un perro me hacía latir el corazón. Otra noche, edging puro. Me ató a la cama, sacó la llave de la jaula y me liberó por primera vez. «Tócate, pero no te corras. Al borde, putito». Lo hice, masturbándome despacio mientras ella me miraba, describiendo cómo follaría con otro delante mío. «Imagíname gimiendo por una polla de verdad, no esa cosita tuya». Me llevaba al límite una y otra vez, mi verga goteando precum, suplicando: «Por favor, Ama, déjame correrme». «No, joder, aguanta». Horas así, sudando, al borde del llanto, la mente rota por la negación. Era adictivo, esa pérdida de control que me ponía más cachondo que cualquier polvo vanilla.

Pero lo más heavy vino con el strap-on. Una semana después, me tenía de rodillas en el baño, duchándonos juntos. «Hoy te voy a abrir el culo, esclavo. Vas a gemir como una puta». Me lubricó con sus dedos, metiéndolos despacio, dilatándome mientras yo jadeaba. El dolor inicial fue bestia, pero mezclado con placer, como si me partiera en dos y me reconstruyera. Se puso el arnés, un dildo negro grueso, y me ordenó ponerme a cuatro patas en la cama. «Mírame a los ojos mientras te follo». Empujó, centímetro a centímetro, y grité, el estiramiento quemando pero excitándome de cojones. Ella embestía fuerte, tirándome del pelo: «Siente cómo te poseo, puto. Tu culo es mío». Los gemidos míos eran patéticos, suplicios de placer-dolor, y ella no paraba, controlándolo todo. «Dime que eres mi perra». «Soy tu perra, Ama», balbuceé, la jaula balanceándose vacía debajo. La dominación psicológica era lo que me mataba: confesar que me gustaba ser su juguete, que el dolor me hacía sentir vivo, roto pero suyo.

READ  La Oficina de Cristal y el Poder: Relato Intrigante

La tensión se acumulaba como una puta bomba. Cada orden verbal era un mazazo: «Arrodíllate y huele mis pies después de un día de curro». Me hacía oler sus calcetines sudados, lamer las plantas de sus pies, saboreando el salado mientras ella se reía. «Qué patético, excitándote con esto». Y yo lo estaba, joder, la mente nublada por la sumisión. Tareas degradantes everywhere: cocinarle desnudo, con la jaula tintineando, pedir permiso para comer. «Abre la boca, voy a escupir». Su saliva en mi lengua, humillante y caliente. Una vez hasta me hizo ver porno de cornudos mientras se masturbaba al lado, negándome tocarme. «Mira cómo esa zorra se folla a un tío de verdad. Tú solo miras, perdedor». La frustración mental era brutal; me rompía el ego, me hacía cuestionar todo, pero cada confesión –»Me pone que me humilles, Ama»– me hundía más en su poder. Era como si el taboo de rendirme me excitara más que cualquier roce físico. Consentimiento implícito siempre: «Rojo si paras», recordaba ella, pero yo no quería parar. Estaba enganchado.

Llegó el clímax una noche de viernes, después de una semana de edging y negación que me tenía al límite. Ella me citó en su piso, vestida solo con un corsé negro y medias de rejilla, el coño a la vista, depilado y reluciente. «Hoy te voy a usar de verdad, esclavo. Quítate todo y arrodíllate». Obedecí, la jaula apretándome como una puta venganza. Me ató las manos a la espalda con esposas de cuero, me tiró al suelo y se sentó en mi cara. «Adórame primero». Su coño estaba mojado, olía a deseo puro, salado y dulce. Lamí despacio, la lengua hundiéndose en sus labios hinchados, saboreando su jugo mientras ella se mecía. «Chupa más fuerte, putito. Hazme correr antes de que te folle». Gemía bajito, sonidos roncos que me volvían loco, el chapoteo de mi lengua contra su clítoris resonando en la habitación. Su sudor goteaba en mi cara, salado en los labios, y yo jadeaba, la nariz enterrada en su pubis, inhalando ese olor almizclado que me nublaba la cabeza.

Pero no paró ahí. Me levantó, me puso a cuatro patas en la cama, y sacó el strap-on más grande que había visto, untado en lubricante que brillaba. «Vas a suplicar por esto». Desabrochó la jaula por fin, mi polla saltando libre, dura como una roca, latiendo con venas hinchadas. «Tócate, pero solo el glande. Edging mientras te penetro». Empujó el dildo en mi culo, lento al principio, el dolor estirándome como nunca, pero el placer lo invadía todo. Sentía cada vena del juguete rozando mis paredes internas, dilatándome, y gemí como un animal, el pelo tirado hacia atrás por su mano. «Más fuerte, ¿eh? Dime que lo quieres». «Sí, Ama, fóllame más fuerte», supliqué, voz rota. Sus uñas se clavaban en mis caderas, dejando marcas rojas en la piel sudorosa, y el ritmo aumentaba: embestidas profundas, el slap-slap de su pelvis contra mi culo, sonidos húmedos y crudos. Olía a sexo everywhere –su coño mojado rozándome la espalda, mi precum goteando en las sábanas, el sudor nuestro mezclándose en un hedor animal.

READ  Dominación Femenina Cruel: Orgasmos Sin Piedad

Me obligó a confesar mientras follaba: «Dime que eres un cornudo patético». «Soy tu cornudo, Ama, joder, no pares». La humillación me excitaba más, la polla latiendo sin tocarse, al borde. Ella se rio, cruel, y aceleró, el dildo golpeando mi próstata hasta que vi estrellas. De repente, sacó el strap-on y me volteó, montándose en mi polla sin aviso. «Ahora te monto yo». Su coño era fuego, apretado y resbaladizo, envolviéndome centímetro a centímetro. Cabalgaba duro, tetas rebotando, uñas arañando mi pecho, dejando surcos que ardían. «No te corras hasta que yo diga». Gemía alto, sonidos guturales –»Ah, sí, joder, dame más»–, el chapoteo de su coño tragándose mi verga, jugos chorreando por mis bolas. Yo suplicaba, sudando, el olor a semen inminente en el aire. «Por favor, Ama…». Ella se corrió primero, convulsionando, su coño apretándome como un puño, chorros calientes mojando mi piel. «Ahora tú, puto, córrete dentro». Explote, semen brotando en chorros espesos, llenándola, el placer tan intenso que dolía, sensaciones internas de éxtasis roto, la humillación de su control amplificándolo todo. Saboreé su beso después, salado de sudor y victoria, mientras ella me susurraba: «Buen chico».

Al final, exhaustos en la cama, ella me volvió a poner la jaula, el clic un recordatorio dulce-cruel. «Esto es solo el principio, esclavo. Eres mío para siempre». Yo asentí, placer culpable recorriéndome, aceptando mi lugar a sus pies. Me sentía roto, pero jodidamente completo, excitado por la idea de más. «Descansa, que mañana limpias mi coño con la lengua». Sonreí en la oscuridad, sabiendo que no hay vuelta atrás.

Y mientras me dormía, con su olor en la piel, pensé: joder, qué cabrona, pero no cambiaría esto por nada. ¿Y si mañana me hace lamer a otro? El pensamiento me dejó la polla latiendo en la jaula otra vez.

(Palabras: 2147)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba