Relatos de dominación

1. Ama Cruel Impone Castidad y Humillación Total a su Esclavo Sumiso 2. Femdom Extrema: Dómina Controla Orgasmos en Jaula de Chastity Sin Piedad 3. Sumisión Total al Strap-On de una Ama que Domina sin Descanso 4. Humillación Pública para Cornudo Hispano Bajo Pies de su Dómina 5. Adoración de Pies Obligatoria en la Dominación Femenina de Ella 6. Esclavo en Jaula de Castidad Rinde su Voluntad a la Ama Cruel 7. Pegging Implacable: Femdom Convierte al Sumiso en Esclavo Devoto 8. Control de Orgasmos y Humillación para el Cornudo Bajo su Bota 9. Dómina Cruel Exige Adoración de Pies hasta su Completa Rendición 10. Sumiso Encadenado en Chastity por la Dominación Femenina Eterna 11. Strap-On Dominante: Ama Impone Sumisión Total sin Remordimientos 12. Humillación Anal para Esclavo en la Jaula de su Ama Feroces 13. Cornudo Hispano Adora Pies Bajo el Control Orgásmico de Ella 14. Femdom con Pegging: Dómina Rompe la Voluntad del Sumiso 15. Castidad Obligatoria y Adoración de Pies para su Rendición Final 16. Ama Cruel Usa Strap-On para Humillar al Esclavo Sumiso 17. Dominación Femenina: Control de Chastity hasta que suplique Mercé 18. Sumisión Total al Cornudo con Pegging y Pies Dominantes 19. Dómina Impone Jaula de Castidad en Humillación sin Fin 20. Esclavo Arrodillado en Adoración de Pies por su Ama Poderosa

La Jaula de la Dómina

Joder, nunca pensé que una noche en un bar cutre de Madrid me iba a cambiar la vida de esta forma. Yo era un tío normal, de esos que curra en una oficina, sale con los colegas los fines de semana y se reprime como un cabrón porque la vida sexual es un puto desierto. Me llamo Alex, tengo treinta y pico, y llevaba meses fantaseando con mierdas que no confesaba ni a mi mejor amigo. Quería rendirme, ser dominado por una tía que me pusiera en mi sitio, pero siempre acababa en porno en el móvil, empalmado y frustrado. Hasta que la vi a ella.

Se llamaba Laura, y la tía estaba tremenda. Pelo negro largo, ojos verdes que te clavaban como cuchillos, curvas que te dejaban babeando y una sonrisa de zorra que sabía exactamente lo que hacía. Entró al bar con un vestido negro ajustado que marcaba todo: tetas firmes, culo redondo y piernas interminables. Yo estaba en la barra, tomando una cerveza para pasar el rato, cuando se sentó al lado. «Ey, guapo, invita a una ronda», me soltó sin más, con esa voz ronca que me puso la polla tiesa al instante. Hablamos, o mejor dicho, ella mandaba la charla y yo balbuceaba como un idiota. Me contó que era terapeuta, pero de esas que se meten en la cabeza de la gente para joderla un poco. Yo le dije que era un pringado normal, y ella se rio, inclinándose para que oliera su perfume, que era como sexo en botella. «Sabes qué, Alex? Tú no eres normal. Te veo en los ojos, estás pillado por algo turbio. ¿Quieres que te ayude a soltarlo?»

No sé cómo, pero acabamos en su piso esa misma noche. Era un ático chulo en el centro, con vistas a la ciudad y un dormitorio que parecía sacado de una peli porno. Me sirvió un whisky y se sentó en el sofá, cruzando las piernas con ese aire de ama que me tenía loco. «Mira, chaval, yo soy de las que mandan. Si quieres jugar, hay reglas. Palabra de seguridad: rojo para parar. ¿Entendido?» Asentí como un tonto, el corazón a mil. Ella se levantó, se quitó los tacones y me miró fijo. «Arrodíllate, putito. Vamos a ver si sirves para algo.» Joder, me puse de rodillas sin pensarlo, la polla ya dura contra los pantalones. Sabía que me tenía pillado desde el minuto uno. Esa cabrona era jodidamente atractiva, con esa seguridad que te hace querer lamerle el suelo.

Empezó suave, pero con esa tensión que te come por dentro. Me hizo quitarme la camisa, y mientras yo jadeaba, ella paseaba alrededor, rozándome con las uñas. «Mírate, empalmado solo por obedecerme. Eres un perdedor cachondo, ¿verdad? Dime, ¿qué fantasías te tienes guardadas?» Confesé todo: quería que me controlara, que me humillara, que me negara lo que más deseaba. Se rio, una risa cruel que me excitó más. «Bien, entonces empecemos. Quítate todo, pero la polla no la tocas. Es mía ahora.» Me desnudé temblando, y ella sacó una caja de debajo del sofá. Dentro, una jaula de castidad de metal frío, con un candado diminuto. «Ponte esto, esclavo. Tu polla ya no te pertenece.» Intenté protestar, pero su mirada me calló. Me la colocó ella misma, ajustándola alrededor de mi verga semi-dura, y el clic del candado fue como un puñetazo en el estómago. Frustración instantánea: la polla intentaba endurecerse, pero el metal la aprisionaba, dolía y excitaba a partes iguales. «Ahora, vas a limpiarme las botas. De rodillas, y no levantes la vista.»

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Me arrastré al baño, desnudo salvo por esa puta jaula que me recordaba quién mandaba. Limpié sus botas con un trapo, oliendo el cuero y su sudor de la noche. Ella se apoyaba en la puerta, fumando un cigarro, mirándome como a un perro. «Más rápido, puto. Si lo haces bien, quizás te deje oler algo mejor.» Terminé, sudando, la jaula apretando más con cada roce. Volvimos al salón, y me ordenó servirle vino, desnudo y con las manos temblando. «Pide permiso para todo, ¿entiendes? Para mear, para comer, para tocarte esa polla patética.» Cada «sí, ama» que salía de mi boca me hundía más, pero joder, me ponía a mil. La humillación era como una droga: romper mi ego, hacer que confesara lo reprimido, me hacía sentir vivo.

Al día siguiente, me tuvo todo el finde en su piso. La dominación escalaba, y yo no quería parar. Por la mañana, me despertó con un azote en el culo. «Despierta, cornudo en potencia. Hoy vas a adorarme como merezco.» Me puso a sus pies, literalmente. Se quitó las medias y me obligó a lamerle los pies: los dedos salados por el sudor, el arco curvado que chupé como si fuera su coño. «Chupa bien, putito. Imagina que es mi clítoris.» Oía su risa mientras yo gemía, la jaula latiendo dolorosamente. Luego, subió la apuesta: se bajó las bragas y se sentó en mi cara. «Adora mi coño, lame hasta que te diga basta.» Su coño estaba mojado, con ese olor almizclado que me volvía loco. Lamí despacio, saboreando los labios hinchados, el clítoris duro bajo mi lengua. Ella gemía, pero controlaba todo: «No pares, pero no te corras. Tú no corres hoy.» Me tenía en edging puro, lamiendo mientras mi polla intentaba liberarse en vano, la frustración mental me quemaba. «Mírame mientras me corro pensando en otro tío que sí me folla de verdad», soltó, y joder, eso me mató. El taboo de ser cornudo me excitó tanto que supliqué: «Por favor, ama, déjame correrme.» «Ni lo sueñes, perra. Suplica más.»

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La tarde fue peor, o mejor, dependiendo. Sacó el strap-on de un cajón: un arnés negro con un dildo grueso, de unos 20 cm, que me aterrorizó y me puso cachondo. «Vas a aprender lo que es ser follado, Alex. Arrodíllate y chúpalo primero.» Lo mamé como una puta, sintiendo el plástico en la garganta, ella tirándome del pelo. «Buen chico, prepara tu culo para mí.» Me untó lubricante, frío y resbaladizo, y me penetró despacio al principio. El dolor fue agudo, como si me partiera, pero luego vino el placer: el dildo abriéndome, rozando mi próstata, haciendo que la jaula goteara precum sin parar. «Gime, puto. Dime cómo te gusta que te folle tu ama.» Gemí fuerte, «Más fuerte, por favor», mientras ella embestía, sus caderas chocando contra mi culo. La dominación psicológica era brutal: «Eres mi juguete, cornudo. Imagina si te viera un amigo, con el culo en pompa.» Cada palabra me rompía y me reconstruía, la humillación alimentando el fuego.

No paró ahí. Me obligó a tareas degradantes: cocinar desnudo, servirle la cena de rodillas, pedir permiso para tragar. «Come del suelo si te lo ordeno», dijo, y lo hice, sintiendo el mármol frío contra mi piel. Por la noche, el edging fue eterno. Me ató las manos y me masturbó la jaula con los pies, rozando hasta que estuve al borde, suplicando como un loco. «No te corras, o te castigo.» Lloré de frustración, la polla hinchada, roja, latiendo en su prisión. Ella se tocaba delante, corriéndose con gemidos que me volvían loco, negándome todo. «Tu placer es mío, putito. Confiesa: ¿eres mi esclavo?» «Sí, ama, lo soy», balbuceé, el ego hecho trizas, pero excitado como nunca.

Llegó el clímax esa noche, cuando ya no podía más. Me tenía al límite, la jaula quitada por fin, pero con las bolas azules de días de negación. «Ahora, vas a follarme, pero como yo diga.» Me tumbó en la cama, montándome como una amazona. Su coño estaba empapado, caliente, tragándose mi polla de un golpe. Joder, el tacto: su piel sudorosa rozando la mía, uñas clavándose en mi pecho, dejando marcas rojas que ardían deliciosamente. Tiró de mi pelo, obligándome a mirarla a los ojos. «Folla despacio, puto. No te corras hasta que yo diga.» El olor lo llenaba todo: su sudor salado mezclado con el almizcle de su coño mojado, y el mío, de excitación reprimida. Embestía con control, sus caderas girando, el chapoteo de su humedad contra mi piel resonando en la habitación. Gemía alto, «¡Sí, así, cornudo! Imagina que estoy pensando en un polla más grande», y sus palabras me humillaban, pero mi polla latía más fuerte dentro de ella, al borde del infarto.

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Aceleró, clavándome las uñas más profundo, el dolor mezclándose con el placer. «Chupa mis tetas, lame el sudor.» Lo hice, saboreando la sal de su piel, el pezón duro en mi boca mientras ella rebotaba. Sonidos por todos lados: sus gemidos roncos, mis súplicas ahogadas, «Por favor, ama, déjame correrme», el slap-slap de carne contra carne, y mis bolas chocando húmedas. Me volteó, poniéndome a cuatro patas, y volvió a ponerme el strap-on mientras me masturbaba la polla. Doble penetración sensorial: su mano apretando, el dildo en mi culo dilatado, rozando todo. Olores intensos: semen preeyaculando en su palma, su coño chorreando cerca de mi cara cuando se acercó. «Lame mi culo ahora, puto.» Lamí su ano, saboreando el sudor terroso, mientras ella me follaba y me ordeñaba. Sensaciones internas: mi polla latiendo descontrolada en su puño, el culo lleno, estirado, un placer-prostatitis que me hacía ver estrellas; la humillación de lamerla mientras ella controlaba mi orgasmo me excitaba hasta el delirio. «¡Córrete ahora, esclavo! Pero solo para mí.» Exploto como un volcán, semen caliente salpicando su mano, gemidos guturales saliendo de mí, mientras ella se corría encima, su coño contrayéndose, chorros mojándome la cara. Saboreé todo: mi propio semen amargo en su piel, su corrida dulce y salada, el sudor de su entrepierna.

Me dejó temblando, exhausto, el cuerpo un mapa de marcas y fluidos. Ella se recostó a mi lado, aún con el arnés puesto, acariciándome el pelo con crueldad dulce. «Buen chico, Alex. Has sido mío esta noche, y lo seguirás siendo.» Quitó la jaula por un rato, pero la promesa de volverla a poner colgaba en el aire. Yo, jadeando, sentía placer culpable: la rendición total, el saber que mi ego estaba roto y me encantaba. «Gracias, ama», murmuré, y ella sonrió. «No me des las gracias, putito. Esto es solo el principio. Mañana, te presento a un amigo para que veas cómo se folla de verdad.»

Joder, esa frase me dejó la polla removiéndose de nuevo, pensando en lo que vendría, cachondo y atrapado en su red para siempre.

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