Relatos de dominación

1. La Ama Dominante Impone Castidad en su Esclavo Sumiso sin Piedad 2. Femdom Intensa: Humillación Total con Strap-on hasta su Completa Rendición 3. Dómina Cruel Encierra al Cornudo en Jaula de Chastity Mi Placer Primero 4. Adoración de Pies Obligada: Sumisión Total de mi Esclavo Devoto 5. Control de Orgasmo Estricta en la Dominación Femenina sin Descanso 6. Pegging Salvaje: La Ama Convierte al Sumiso en su Juguete Personal 7. Humillación Pública para el Esclavo en Jaula de Castidad Eterna 8. Femdom Hispana: Dómina Domina al Cornudo con Strap-on Implacable 9. Sumisión Total ante la Ama que Controla Cada Orgasmo Deseado 10. Castidad Forzada: El Esclavo Rinde su Voluntad a la Dómina Cruel 11. Adoración de Pies y Pegging: Humillación para el Sumiso Leal 12. Dominación Femenina Extrema con Jaula Chastity hasta que Suplique 13. La Ama Castiga al Cornudo Sumiso en Sumisión Total Absoluta 14. Strap-on Dominante: Femdom que Rompe la Voluntad del Esclavo 15. Control de Orgasmo en la Humillación de mi Esclavo Personal 16. Dómina Cruel Impone Adoración de Pies sin Compasión Alguna 17. Pegging y Castidad: La Rendición Total del Cornudo Hispano 18. Femdom Implacable: Ama Encierra al Sumiso en Jaula Eterna 19. Humillación Anal con Strap-on para Esclavo en Sumisión Profunda 20. Dominación Femenina con Control Chastity hasta su Plena Derrota

La Jaula de Mi Dómina

Joder, nunca pensé que una tía como ella me pondría de rodillas tan rápido. Me llamo Alex, un tipo normal de veintitantos, con un curro de oficina que me tiene quemado y una vida sexual que se reduce a pajearme viendo porno en el móvil. Cachondo reprimido total, de esos que fantasean con rendirse pero nunca dan el paso. Hasta que la conocí a ella, a Laura. La tía estaba tremenda: morena con curvas que te dejaban babeando, ojos verdes que te clavaban como cuchillos, y una sonrisa de cabrona que sabía exactamente cómo joderte la cabeza. Medía como 1,70, con tetas firmes que se marcaban bajo las camisetas ajustadas, y un culo redondo que te imaginabas mordiendo. Pero lo que más me flipaba era su actitud: segura, dominante sin esfuerzo, como si el mundo le perteneciera y tú fueras solo un juguete en su juego.

Nos conocimos en una app de citas, de esas donde la gente busca algo rápido. Yo puse una foto normalita, ella subió una en la que salía con un vestido negro ceñido, posando como si estuviera a punto de devorarte. Chateamos un par de días, y joder, qué forma de pincharme. «Pareces de los que necesitan que les digan qué hacer», me soltó en un mensaje. Me puse malo solo de leerlo; mi polla se empalmó al instante. Sabía que me tenía pillado, y no me importaba. Quedamos en un bar cutre del centro, y cuando la vi entrar, con unos tacones que la hacían parecer una diosa vengativa, supe que estaba jodido. Pidió una copa y me miró fijo: «Si quieres algo conmigo, obedece. Y tenemos una palabra de seguridad: rojo. Si la dices, paramos todo». Asentí como un idiota, el corazón latiéndome a mil. Esa noche no follamos, solo hablamos. Me contó que le molaba el control, el femdom puro, y yo confesé mis fantasías reprimidas: quería que me dominaran, que me hicieran sentir pequeño y cachondo a la vez. «Bien, putito», me dijo con una risita. «Empezamos mañana. Ven a mi piso y trae huevos». Me fui a casa con la polla dura, pensando en ella toda la noche. Sabía que esto iba a ser adictivo, que me iba a romper el ego paso a paso, y joder, me ponía a mil solo de imaginarlo.

Al día siguiente, llegué a su piso nervioso como un crío. Ella abrió la puerta en ropa interior: un conjunto negro de encaje que dejaba ver sus pezones duros y el triángulo de su coño depilado. «Entra y quítate la ropa», ordenó, sin un beso ni nada. Me temblaban las manos mientras me desnudaba, quedando en pelotas frente a ella, mi polla ya medio empalmada por la vergüenza. Se rio: «Mira qué patético, ya estás listo para mí». Me mandó arrodillarme en el salón, y yo lo hice, sintiendo el suelo frío contra las rodillas. Ahí empezó el juego de poder de verdad. Me miró desde arriba, con las manos en las caderas: «Tu polla ya no te pertenece, ¿entiendes? Es mía para jugar». Saqué un suspiro, excitado por esa pérdida de control. Me hizo confesar mis fetiches más sucios: «Dime, ¿qué te pone más? ¿Lamer mis pies después de un día largo o verme follar con otro mientras tú miras?». Tartamudeé que todo, que me moría por rendirme, y ella sonrió como una zorra: «Buen chico. Pero primero, vas a aprender a obedecer».

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El desarrollo fue escalando, paso a paso, y cada orden me hundía más en esa tensión psicológica que me tenía loco. Primero, las órdenes verbales humillantes. Me tenía de rodillas durante horas, sirviéndole copas o masajeándole los pies mientras me soltaba perlas: «Arrodíllate, putito, y besa mis dedos como si fueran tu religión». Sus pies eran perfectos, con uñas rojas y un olor a sudor ligero del día, y yo los lamía despacio, sintiendo la humillación quemándome por dentro. «Más lengua, joder, no seas flojo», gruñía ella, y yo obedecía, la polla latiendo sin que me tocara. Me ponía a mil esa forma en que rompía mi ego, haciendo que confesara lo perra que me sentía. «Dime que eres mi esclavo», exigía, y yo lo repetía, voz ronca, excitado por el taboo de someterme así.

Luego vino la jaula de castidad, el cabrón de elemento que me volvió loco de frustración. Un día, después de una sesión de edging donde me masturbaba al borde del orgasmo durante media hora, negándome el alivio una y otra vez –»Para, no te corras, puto, solo mírame mientras me toco yo»–, sacó un cacharro de metal: una jaula para polla. «Póntela», ordenó, y yo, con las manos temblando, encajé mi miembro flácido en esa prisión fría. El clic del candado fue como un mazazo; sentí la presión inmediata, la imposibilidad de empalmarme del todo. «Ahora eres mío del todo», dijo, tirando de la llave en su collar. Los días siguientes fueron una tortura mental: cada vez que la veía, mi polla intentaba endurecerse contra los barrotes, doliendo como la hostia, y ella se reía. «Mira cómo sufres por mí, qué cachondo estás reprimido». Me obligaba a tareas degradantes para reforzar eso: limpiar su piso desnudo, salvo por la jaula, pidiendo permiso para mear o comer. «Por favor, ama, ¿puedo beber agua?», suplicaba yo, y ella negaba con una sonrisa cruel: «No, primero lame mi coño hasta que me corra». Me ponía de rodillas entre sus piernas, oliendo su aroma mojado, lamiendo despacio sus labios hinchados, saboreando el salado de su excitación mientras mi polla palpitaba inútil en la jaula. Esa dominación psicológica me rompía: me excitaba más la frustración que cualquier polvo vanilla, el saber que ella controlaba mi placer.

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No paró ahí; escaló a la adoración total. Una noche, después de negarme el orgasmo por tercera vez –yo al borde, suplicando «Por favor, Laura, déjame correrme»–, me mandó adorar su culo. Se puso a cuatro patas en la cama, el culo alzado como una invitación prohibida: «Olielo, putito, y luego lame». Acercé la cara, inhalando ese olor terroso y sudoroso que me volvía loco, la lengua explorando su ano apretado, saboreando cada pliegue mientras ella gemía. «Más profundo, joder, hazme sentir tu sumisión». Mi mente era un torbellino: la humillación de servirla así me hacía querer más, perdía el control total. Y el pegging… dios, eso fue el siguiente nivel. Me lubricó el culo con dedos fríos, susurrando: «Vas a tomar mi strap-on como la perra que eres». El artilugio era grueso, negro, y cuando lo empujó, el dolor inicial se mezcló con un placer prohibido que me hizo gemir. «¡Más fuerte, ama!», supliqué, sintiendo cómo me dilataba, penetrándome rítmicamente mientras me tiraba del pelo. «Siente cómo te follo, cornudo en potencia», decía, y yo me corría mentalmente solo por esa idea, aunque la jaula me lo impedía.

La humillación llegó a su pico con toques de cornudo. Una vez, trajo a un tío de una app –un tipo fornido, normal–, y me obligó a mirar desde una silla, jaula puesta, mientras ella lo montaba en la cama. «Mira cómo me folla de verdad, putito, no como tú que solo sirves». Los sonidos –sus gemidos agudos, el chapoteo de su coño mojado contra la polla de él– me volvían loco de celos y excitación. Después, me mandó lamer el semen de su coño, saboreando la mezcla salada y amarga mientras ella reía: «Límpialo todo, mi cornudo fiel». Esa pérdida de ego, confesarle que me ponía cachondo ser su juguete, era el verdadero rush psicológico.

El clímax llegó una noche que no olvidaré nunca. Habíamos estado jugando toda la semana: edging interminable, jaula apretando, órdenes que me tenían al límite. Ella me quitó la jaula por fin, pero con una condición: «Te corro solo si me das todo el control». Estaba en su habitación, iluminada por una luz tenue, ella desnuda, piel brillante de sudor anticipado. Me tiró al suelo de un empujón: «Arrodíllate y suplica». Lo hice, voz quebrada: «Por favor, dómina, fóllame como quieras». Se puso el strap-on, más grande esta vez, y me penetró despacio al principio, el dolor quemando como fuego mientras mi culo se abría. «¡Gime para mí, puto!», ordenó, clavándome las uñas en las caderas, dejando marcas rojas en mi piel sudorosa. El tacto era brutal: su vientre contra mi espalda, sudor mezclándose, su pelo largo rozándome la nuca mientras me tiraba de él para arquearme. Empujaba más fuerte, el strap-on frotando mi próstata, enviando ondas de placer que me hacían jadear. «Siente cómo te poseo, joder, eres mío».

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Pero no paró ahí; me volteó, montándome a horcajadas, su coño chorreando sobre mi polla liberada pero sin entrar aún. «Mírame mientras me corro pensando en otro», gruñó, frotándose contra mí en edging forzado, negándome la penetración. El olor era intenso: su sudor almizclado, el almizcle de su coño mojado invadiendo mis fosas nasales, semen viejo de sesiones pasadas aún en el aire. Sonidos por todos lados: mis súplicas ahogadas «No pares, ama, por favor», sus gemidos roncos «¡Sí, toma mi strap-on, cornudo!», el chapoteo rítmico de su cuerpo contra el mío, azotes secos cuando me pellizcaba los pezones. Me obligó a lamer sus tetas, saboreando el salado de su piel sudada, luego bajar a su coño: lengua hundiéndose en pliegues calientes, probando su jugo ácido y dulce mientras ella se corría en mi boca, temblando. «¡Bebe todo, putito!». Mi polla latía al borde, hinchada y roja, pero ella la ignoraba, enfocada en su placer.

Finalmente, me penetró de nuevo, esta vez guiando mi polla dentro de ella solo para torturarme: cabalgándome lento, controlando cada embestida. «No te corras hasta que yo diga», jadeaba, uñas clavadas en mi pecho, dejando surcos que ardían. El placer era abrumador: mi polla envuelta en su calor apretado, latiendo contra sus paredes, pero la humillación –saber que era su juguete, que podía negarme en cualquier momento– me excitaba más que nada. Gemí fuerte cuando me permití correrme: «¡Ahora, puto, córrete dentro de mí!». El orgasmo fue explosivo, semen caliente llenándola, saboreando después cuando me obligó a lamerlo de su coño, la mezcla pegajosa en mi lengua, amarga y mía a la vez. Sensaciones internas me destrozaban: el culo aún dilatado y sensible del pegging, la polla sensible post-orgasmo, la mente nublada por la sumisión total. Ella se corrió de nuevo encima de mi cara, sofocándome con su coño, y en ese momento, supe que estaba roto para siempre.

Al final, jadeando los dos, ella se recostó a mi lado, tirando de la cadena para ponerme la jaula de nuevo. «Has sido un buen putito hoy», murmuró, dulce pero cruel, besándome la frente como a un perro fiel. Yo, exhausto y culpable de placer, asentí: «Sí, ama, soy tuyo». Acepté mi lugar, esa rendición que me hacía sentir vivo, cachondo incluso en la frustración. Ella reafirmó su dominio con una risa: «Mañana más, y trae a un amigo si quieres ver de verdad qué es ser cornudo». Me dejó pensando en eso toda la noche, la polla intentando endurecerse en la jaula, deseando ya la próxima humillación. Joder, qué cabrona, me tiene loco para siempre.

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