Relatos de dominación

1. Dómina Cruel Encierra al Sumiso en Jaula de Castidad Sin Piedad 2. Humillación Total: Adoración de Pies Bajo el Control de la Ama 3. Femdom Implacable: Pegging que Doblega al Esclavo hasta su Rendición 4. Sumisión Total al Ama que Domina con Strap-On sin Escapatoria 5. Castidad Eterna para el Cornudo Hispano Bajo su Dominación Femenina 6. Dómina que Humilla al Sumiso con Control de Orgasmos Absoluto 7. Adoración de Pies Obligada: El Esclavo Rinde su Voluntad Completa 8. Femdom Salvaje: Jaula de Chastity y Pegging hasta que Suplique 9. Ama Dominante Convierte al Sumiso en Esclavo de Humillación Diaria 10. Control Orgásmico en la Dominación Femenina: Su Placer Primero Siempre 11. Pegging Cruel de la Dómina que Rompe la Resistencia del Cornudo 12. Sumiso Encadenado en Castidad Bajo la Mirada de la Ama Implacable 13. Humillación con Strap-On: La Sumisión Total del Esclavo Hispano 14. Adoración de Pies y Jaula: Dominación Femenina sin Compasión 15. Femdom Extrema: El Esclavo Pierde Todo en su Rendición Absoluta 16. Dómina que Impone Chastity y Humillación al Sumiso Devoto 17. Pegging y Control: La Ama Toma el Poder sobre el Cornudo 18. Sumisión Total ante la Dómina Cruel en Juego de Pies Dominantes 19. Esclavo en Jaula de Castidad Bajo Dominación Femenina Eterna 20. Humillación Pegging: Mi Ama Exige la Rendición Completa del Sumiso

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me pondría tan a cien. Me llamo Dani, un tipo normalito de treinta tacos, trabajando en una oficina cutre en Madrid, el día a día de cachondeo reprimido que todos conocemos: polla medio empalmada por las noches pensando en porno vainilla, pero sin cojones para más. Hasta que la conocí a ella, Laura, en una app de ligoteo. Su foto era una bomba: morena con curvas que mataban, ojos que te clavaban como si ya supiera todos tus secretos sucios, y una sonrisa de cabrona que te hacía querer arrodillarte ahí mismo. «Soy la que manda», ponía en su perfil, y yo, idiota, le di like sin pensarlo.

Empezamos chateando, y la tía no perdía el tiempo. «Dime, ¿qué te pone cachondo de verdad? No me vengas con mariconadas románticas», me soltó el primer día. Yo, nervioso como un crío, le confesé que siempre había fantaseado con que una mujer me dominara, que me usara como un puto juguete. Ella se rio en voz alta por videollamada, su voz ronca y segura: «Eres de los fáciles, ¿eh? Me encanta. Vamos a ver si aguantas». Quedamos en su piso esa misma semana, y antes de entrar me dejó claro las reglas: «Si algo se va a la mierda, di ‘rojo’ y paramos. Pero si no, te jodes y obedeces, ¿entendido, perrito?». Asentí, con el corazón a mil y la polla ya dura solo de oírla.

Entré y allí estaba, en vaqueros ajustados y una camiseta que marcaba sus tetas perfectas, descalza, con las uñas pintadas de rojo sangre. Me miró de arriba abajo como si fuera carne fresca. «Quítate la ropa, todo. Quiero verte entero». Me temblaban las manos mientras me desnudaba, sintiéndome expuesto, vulnerable, pero joder, eso me ponía más. Ella se acercó, me olió el cuello y murmuró: «Hueles a hombre normal, a uno que necesita que le rompan el ego». Me tenía pillado desde el minuto uno, y lo sabía. Esa noche no pasó de un beso en la boca donde ella mordía y yo solo jadeaba, pero me dejó con una orden: «Mañana me mandas foto de tu polla, y no te corras sin permiso». Salí de allí con la cabeza hecha un lío, excitado como nunca, sabiendo que acababa de firmar para ser su puto sumiso.

Al día siguiente empezó el juego en serio. Me mandó un paquete: una jaula de castidad de metal, fría y ajustada, con un mensajito: «Póntela, foto de prueba, y no te atrevas a quitártela». Joder, el corazón me latía fuerte mientras la cerraba alrededor de mi polla, que ya intentaba endurecerse contra las barras. Era frustrante de cojones, sentirla apretada, negándome lo básico. «Bien, putito. Ahora eres mío. Tu polla ya no te pertenece», me escribió. Empecé a sentir esa tensión psicológica que me volvía loco: cada vez que pensaba en ella, la sangre subía y la jaula me recordaba quién mandaba. Era como si me hubiera metido en su red, y cuanta más humillación, más cachondo me ponía.

Pasaron días así, con órdenes diarias que me iban rompiendo poco a poco. La primera vez que me humilló verbalmente fue por videollamada. Estaba ella en su sofá, con una copa de vino, vestida solo con lencería negra que dejaba ver su coño depilado a través de la tela. «Arrodíllate frente a la cámara, perrito. Y mírame mientras te digo lo patético que eres». Obedecí, de rodillas en mi salón, la jaula tirante. «Eres un cornudo en potencia, ¿sabes? Me imagino follándome a un tío de verdad mientras tú miras, con esa polla enjaulada latiendo de celos». Sus palabras me clavaban, me humillaban, pero joder, mi mente se nublaba de deseo. Me hizo confesar mis fetiches más sucios: «Dime, ¿te pone lamer culos? ¿Ojalá que te folle el tuyo?». Balbuceé que sí, rojo de vergüenza, y ella se rio: «Qué cabrona eres, Laura, me tienes loco», pensé, pero solo gemí en respuesta. Esa dominación psicológica era lo peor y lo mejor: me rompía el ego, me hacía sentir pequeño, pero cada palabra avivaba el fuego dentro de la jaula.

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Luego vino el edging, un tormento que me dejó suplicando. Me citó en su piso un viernes. Entré y ella ya estaba en el dormitorio, tumbada en la cama con las piernas abiertas, tocándose el coño despacio. «Quítate todo menos la jaula. Hoy te saco la polla, pero no te corres, ¿eh?». Con manos temblorosas, le pedí permiso para tocarme, como me había enseñado. Ella sacó la llave, abrió la jaula y mi polla saltó libre, dura como una piedra, goteando precúm. «Mírame mientras te pajillas, putito. Pero al borde, para». Empecé a masturbarme, viéndola frotarse el clítoris, su coño mojado brillando. «Más despacio, no seas ansioso. Imagina que estoy con otro, follándome fuerte mientras tú solo miras». La frustración era brutal: llegaba al límite, la polla latiendo, bolas pesadas, y ella me paraba con un chasquido: «¡Para! Suplica». «Por favor, Ama, déjame correrme», gemía yo, al borde de las lágrimas. Lo repetimos una hora, edging largo y cruel, hasta que mi mente era solo súplica y sumisión. «Buen chico. Vuelve a la jaula», ordenó, y el clic al cerrarla fue como una puñalada dulce. Esa noche soñé con ella, con esa humillación que me excitaba más que cualquier polvo normal.

La adoración vino después, escalando la intensidad. Me mandó ir a su casa un sábado por la mañana, con la jaula puesta y ropa de calle. «Hoy sirves desnudo», me dijo al abrir la puerta, en bata de seda que apenas tapaba nada. Me hizo quitarme todo en el salón y ponerme de rodillas. «Empieza por mis pies, perrito. Límpialos con la lengua». Sus pies eran perfectos, uñas rojas, un leve olor a sudor del gimnasio que me volvió loco. Lamí despacio, saboreando la piel salada, chupando cada dedo mientras ella me miraba con desprecio juguetón. «Qué puto lameculos eres. Ahora sube, huele mi culo». Se giró, se bajó la bata y separó las nalgas: su culo redondo, firme, con ese aroma almizclado que me hacía babear. Enterré la cara, inhalando profundo, lamiendo el surco hasta rozar su coño húmedo. «Saborea, idiota. Ese es tu sitio». El sabor era adictivo, salado y dulce, y mi polla intentaba endurecerse en la jaula, frustrada. Me tenía comiendo de su mano, literalmente, y cada lamida me hundía más en esa sumisión culpable que me ponía a mil.

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Pero lo que me rompió de verdad fue la dominación con tareas degradantes. Me convirtió en su sirviente personal: «Limpia mi baño desnudo, con la jaula puesta, y si lo haces bien, quizás te deje oler mi coño». Pasé la tarde fregando, sirviendo copas, pidiendo permiso para mear: «Ama, ¿puedo ir al baño?». Ella se reía: «Sí, pero con la puerta abierta, que te vea miserable». Era humillante, servirla así, desnudo y encadenado, pero joder, el poder que ella tenía sobre mí era como una droga. Me hacía confesar más: «Admite que eres un cornudo nato, que te excita imaginarme con pollas de verdad». Lo dije, voz temblorosa, y ella me premió con un azote en las nalgas: «Buen putito. Mañana te follo yo a ti».

El pegging fue el paso final en esa escalada. Me citó un domingo, con instrucciones: «Ducha anal, lubrica tu culo y ven preparado». Llegué nervioso, excitado, la jaula tirando. Ella me esperaba en el dormitorio, con un strap-on negro de 18 centímetros ceñido a su cadera, lubricado y listo. «De rodillas, lame mi coño primero para ganártelo». Me puse a ello, chupando su clítoris hinchado, metiendo la lengua en ese coño chorreante de jugos calientes, saboreando su excitación mientras ella gemía bajito: «Eso, perra, hazme mojar para follarte». Cuando se corrió en mi boca, temblando, me empujó al suelo a cuatro patas. «Relájate, putito. Tu culo es mío ahora». Untó lubricante frío en mi ojete, metió un dedo, luego dos, dilatándome mientras yo jadeaba de dolor-placer. «Mírame, dime que lo quieres». «Sí, Ama, fóllame, por favor». Empujó el strap-on despacio, la punta abriéndome, quemando al principio, pero luego una ola de placer prohibido. Empezó a bombear, fuerte, mis gemidos llenando la habitación: «¡Joder, más! ¡Me duele tan bien!». Ella tiraba de mi pelo, clavándome las uñas: «Eres mi puta, cornudo. Siente cómo te poseo». El dolor se mezclaba con la humillación, mi polla goteando en la jaula, y supe que estaba perdido.

Llegó el clímax esa misma noche, cuando ella decidió que era hora de liberarme… a su manera. Me tenía a cuatro patas aún, el culo ardiendo del pegging, sudor goteando por mi espalda. Laura se quitó el strap-on y se tumbó en la cama, piernas abiertas, su coño reluciente de jugos y lubricante. «Ven aquí, putito. Hora de que me folles, pero bajo mis reglas». Saqué la llave de la jaula con manos temblorosas –me la había dado como premio– y liberé mi polla, que saltó erecta, venosa, latiendo de necesidad acumulada. El tacto de mi propia piel libre era eléctrico, pero ella controlaba todo: «Solo métela cuando yo diga, y no te corras hasta que yo lo haga tres veces».

Me subí encima, mi cuerpo sudoroso rozando el suyo, suave y caliente. Olía a sexo puro: su sudor mezclado con el aroma almizclado de su coño mojado, y un leve rastro de mi propio sudor en el aire cargado. Empujé despacio, sintiendo su entrada caliente envolviéndome, apretada y resbaladiza. «¡Joder, Ama, estás tan mojada!», gemí, y ella clavó las uñas en mi espalda, dejando surcos rojos que ardían deliciosamente. «Fóllame fuerte, pero mírame a los ojos. Quiero ver tu sumisión». Empecé a bombear, el chapoteo de mi polla entrando y saliendo de su coño llenando la habitación, mixto con sus gemidos roncos y mis jadeos desesperados. «¡Más profundo, perrito! Imagina que soy tuya, pero no lo soy… eres mío». El olor subía intenso: su coño chorreando, mi precúm mezclándose, y el sudor salado en su piel cuando lamí su cuello.

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Ella se corrió primero, arqueándose, su coño contrayéndose alrededor de mi polla como un puño caliente, gritando: «¡Sí, putito, hazme correrme!». Saboreé sus jugos cuando me obligó a bajar y chupar, salados y dulces, con un toque de mi propia esencia. No paré, volví a follarla, ahora ella encima, cabalgándome con furia, sus tetas rebotando, tirando de mi pelo hasta doler. «¡Siente cómo te uso!», gruñía, y el sonido de su culo chocando contra mis muslos era obsceno, chapoteante. Mi polla latía dentro, al borde, bolas tensas, pero ella me paró: «¡No te corras, cornudo! Piensa en mí con otro». La humillación me empujó al límite, el taboo excitándome más, mi mente gritando por rendirme del todo.

La segunda vez que se corrió, me hizo ponerme de lado, penetrándola lento mientras sus dedos jugaban con mi culo aún sensible, metiendo un dedo lubricado que me hizo gemir como una perra. «¡Qué puto sucio eres, excitado por tu propia humillación!». El tacto era brutal: su piel sudorosa pegada a la mía, uñas arañando mi pecho, pelo revuelto en mi cara. Olía a semen reprimido en mis bolas, a su coño empapado, y el sabor cuando me besó, su lengua invadiendo mi boca con fuerza. Gemía alto, «¡Fóllame, pero suplica!», y yo lo hice: «¡Por favor, Ama, déjame correrme dentro de ti!». Ella rio cruel, acelerando hasta su tercer orgasmo, su cuerpo temblando, coño apretándome como si me ordeñara.

Entonces, al fin, me dio permiso: «Córrete ahora, putito. Lléname». Empujé una última vez, profundo, sintiendo la liberación: mi polla explotando dentro, chorros calientes de semen llenándola, el placer cegador mezclándose con la culpa de saber que era su juguete. Gemí roto, «¡Joder, Ama, te pertenezco!», mientras el chapoteo se volvía espeso, semen goteando. Ella me apretó, bebiendo mis súplicas, y el olor a corrida fresca invadió todo, salado y crudo. Mi culo aún dilatado recordaba el strap-on, la jaula olvidad en la mesita, y esa humillación final me hizo correrme más fuerte, el placer psicológico superando lo físico.

Después, exhaustos, ella me hizo limpiar: «Lame tu semen de mi coño, perrito». Lo hice, saboreando la mezcla caliente, amarga y mía, mientras ella acariciaba mi pelo con una ternura cruel. «Has sido bueno, pero esto no acaba. Mañana vuelves a la jaula, y quizás te haga mirar cómo me follo a un tío de verdad». Me vestí, con el cuerpo marcado y la mente rendida, aceptando mi lugar con un placer culpable que me dejaba temblando. Joder, qué cabrona era, y qué adicto me tenía. Ahora, cada noche, toco la jaula y pienso: ¿cuánto más puedo aguantar antes de suplicar por más?

(Contadas las palabras: 2.156)

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