Relatos de dominación

Dominación Femenina Femdom: Sumisión Brutal

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llama Carla, y la conocí en una app de citas de esas que usas cuando estás harto de la rutina y buscas algo que te saque de la monotonía. Yo soy Pablo, un tipo normal de 32 años, curro en una oficina de mierda en Madrid, con un piso pequeño y una vida sexual que se resume en pajearme viendo porno de femdom porque siempre he sido un reprimido de cojones. No soy feo ni nada, pero soy el típico que se pone nervioso con las mujeres que mandan de verdad. Ella, en cambio… uf, la tía estaba tremenda. Fotos de perfil con un cuerpo curvilíneo, tetas firmes que se marcaban bajo camisetas ajustadas, un culo redondo que pedía a gritos que lo miraras, y unos ojos oscuros que te clavaban como si ya supiera todos tus secretos. Pelo negro largo, labios carnosos y una sonrisa de cabrona que te hacía empalmarte solo de imaginarla.

Nos escribimos un par de días, coqueteo tonto al principio, pero ella iba al grano. «Dime, Pablo, ¿qué te pone a mil de verdad? No me vengas con chorradas románticas». Le confesé que me flipaba la idea de rendirme, de que una mujer me controlara, me humillara un poco. No entré en detalles, pero ella lo pilló al vuelo. «Interesante. Mañana cita en mi casa. Si no te atreves, no escribas más». Joder, me temblaban las manos mientras iba en el metro. Llegué a su piso en el centro, un ático chulo con vistas a la ciudad, y ella abrió la puerta en vaqueros ajustados y una blusa que dejaba ver el borde de un sujetador negro. Olía a perfume caro mezclado con algo salvaje, como si acabara de salir de la ducha. «Pasa, putito. Y cierra la boca antes de que te la cierre yo».

Hablamos un rato en el sofá, con una copa de vino en la mano. Era segura de sí misma, cabrona pero jodidamente atractiva, de esas que te miran fijo y sientes que te desnudan el alma. Me contó que le molaba el poder, dominar a tíos como yo que van de machos pero en el fondo quieren arrodillarse. Yo estaba empalmado desde el minuto uno, sudando como un idiota. «Si entramos en esto, hay reglas. Palabra de seguridad: rojo. Si la dices, paramos todo. ¿Entendido?». Asentí, con el corazón a mil. Sabía que me tenía pillado. Me besó entonces, un beso duro, con lengua que me dejó jadeando, y susurró: «Tu polla ya no te pertenece. A partir de ahora, yo decido cuándo te corres». Joder, en ese momento supe que estaba jodido, en el buen sentido. Me ponía malo solo de mirarla, de oler su piel, de imaginar lo que vendría. Ella se rio bajito, como si leyera mi mente. «Buen chico. Desnúdate y arrodíllate».

Desde esa noche, todo escaló paso a paso, como si ella estuviera tejiendo una red alrededor de mi polla y mi ego. Al día siguiente, me mandó un mensaje: «Ven a mi casa después del curro. Trae ropa interior limpia, porque vas a sudar». Llegué nervioso, con la cabeza llena de fantasías reprimidas. Ella me abrió en lencería roja, tetas al aire casi, y me ordenó desnudarme en el salón. «Arrodíllate, putito. Y mírame a los ojos mientras lo haces». Me puse de rodillas, la polla ya tiesa como una piedra, y ella se acercó, pisándome el muslo con su pie descalzo. «Qué patético eres, Pablo. Empalmado solo por obedecerme. Dime, ¿te pone cachondo ser mi perrito faldero?». Asentí, rojo de vergüenza, y ella se rio. «Confiesa tus fetiches, cabrón. Todo, sin filtros». Le solté lo de la jaula, lo de lamerle los pies, lo de que me humillara verbalmente. Ella sonrió, malvada. «Perfecto. Hoy empezamos con algo básico: adoración».

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Me obligó a gatear hasta sus pies, que olían a sudor ligero del día, un aroma que me volvió loco. «Lámelos, chúpame los dedos como si fueran mi coño». Lo hice, sintiendo la sal en la lengua, el calor de su piel contra mi boca. Ella gemía bajito, pero no por placer físico, sino por el poder. «Más profundo, puto. Siente cómo te rompo el ego». Cada lamida era una puñalada a mi orgullo, pero joder, me excitaba más que cualquier polvo vanilla. Después, me hizo oler su culo, inclinándose en el sofá con las bragas bajadas. «Huele, Pablo. Huele lo que nunca vas a follar sin mi permiso». El olor almizclado, terroso, me tenía al borde, la polla goteando pre-semen. Pero no me dejó tocarme. «Pide permiso para pajearte, perra». Supliqué, y ella negó. «No, hoy edging. Tócate despacio, pero para cuando estés a punto de correrte». Lo hice durante media hora, al borde una y otra vez, las bolas hinchadas de frustración, suplicando como un idiota. «Por favor, Carla, déjame correrme». «Ni de coña, putito. Tu placer es mío».

Al cabo de unos días, subió la apuesta. Me compró una jaula de castidad online, de esas de metal frío que te aprieta la polla como un tornillo. «Póntela tú mismo, delante de mí». Estaba en su habitación, desnudo, con las manos temblando mientras encajaba mi verga flácida en esa cosa. El clic del candado fue como una sentencia. «Ahora eres mío de verdad. Llave en mi collar». La frustración fue brutal: cada roce de la ropa contra la jaula me recordaba mi sumisión, la polla intentando endurecerse pero atrapada, latiendo dolorida. Mentalmente era peor; no podía dejar de pensar en ella, en su coño que imaginé mojado, en cómo me tenía controlado. «Mírame mientras me toco, cornudo», me dijo una noche por videollamada. Se masturbaba delante de la cámara, gimiendo mi nombre al principio, pero luego cambiando a «pensando en un tío de verdad, no en un perdedor enjaulado». Me dolió, pero joder, me ponía a mil. Supliqué que me liberara, y ella solo se rio. «Límpiale las botas a mi vecino como pago. Desnudo, y dile que eres mi esclavo».

Las tareas degradantes se volvieron rutina. Me hacía servirla desnudo, con la jaula tintineando, trayéndole copas o limpiando su baño mientras ella se duchaba. «Pide permiso para mear, puto. Todo pasa por mí». Una vez, me obligó a confesar en voz alta: «Soy un cornudo reprimido que se excita con tu rechazo». Rompió mi ego pedazo a pedazo, y cada grieta me hacía desearla más. Pero lo más heavy fue el pegging. Lo planeó para un viernes, después de una semana enjaulado. «Prepárate el culo, Pablo. Lubricante y plug pequeño para ir abriéndote». Lo usé todo el día en el curro, sintiendo la presión constante, la humillación de caminar con eso dentro. Cuando llegué, ella ya tenía el strap-on puesto: un dildo negro grueso, realista, atado a su cintura como una extensión de su poder.

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«Arrodíllate y chúpalo primero, como si fuera una polla de verdad». Lo hice, sintiendo el látex en la garganta, gagging un poco mientras ella me agarraba del pelo. «Buen chico. Ahora, a cuatro patas en la cama». Me penetró despacio al principio, el dolor agudo mezclándose con un placer prohibido que me hacía gemir como una puta. «Siente cómo te follo, cornudo. Tu culo es mío, no tu polla inútil». Empujaba más fuerte, el chapoteo del lubricante, sus caderas contra mis nalgas, y yo suplicando «más, Ama, no pares». La jaula me rozaba contra las sábanas, la polla latiendo atrapada, frustración pura que amplificaba todo. Ella jadeaba, sudada, clavándome las uñas en la espalda. «Dime que eres mi perra». «¡Soy tu perra, Carla! ¡Fóllame más duro!». Duró una eternidad, escalando hasta que me corrí sin tocarme, un orgasmo seco y doloroso dentro de la jaula, chorros que se quedaban atrapados. Ella se rio, saliendo de mí. «Patético. Limpia el strap-on con la lengua».

Pero eso era solo el preludio. El clímax vino una noche que no olvidaré nunca, cuando ella decidió llevarlo al límite absoluto. Habíamos estado jugando así una semana más: edging diario sin liberación, tareas como lamer su coño después de que se masturbase pensando en otro, humillándome con fotos de tíos follándosela en mi mente. «Imagina que estoy con mi ex ahora, Pablo. Tú solo miras». Me tenía loco, la polla enjaulada hinchada, bolas azules de pura necesidad. Esa noche, me citó en su piso a las diez. «Ven desnudo bajo el abrigo. Y trae tu mente limpia para confesar todo».

Entré temblando, el aire frío contra mi piel, la jaula un peso constante. Ella estaba en el dormitorio, iluminado por velas tenues, vestida solo con medias de red y el collar con mi llave. Olía a su perfume mezclado con algo más crudo, como excitación acumulada. «Arrodíllate al pie de la cama, putito. Hoy te voy a romper del todo». Me hizo confesar fetiches que ni yo sabía que tenía: lo de ser cornudo, lo de beber mi propio semen si ella lo ordenaba. Cada palabra era un clavo en mi ego, pero la humillación me excitaba como un fuego, la polla intentando forzar la jaula, dolor punzante que se volvía placer. «Buen chico. Ahora, quítame las medias con los dientes». Lo hice, rozando mis labios contra sus muslos, oliendo el sudor ligero de su piel, salado y adictivo.

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Se subió a la cama, abriendo las piernas. «Adora mi coño, Pablo. Lámelo como si fuera tu última comida». Me arrastré, enterrando la cara entre sus pliegues. Estaba mojada, joder, el olor almizclado y dulce me invadió, el sabor ácido en la lengua mientras lamía su clítoris hinchado. Ella gemía, agarrándome el pelo, tirando fuerte hasta que me dolía el cuero cabelludo. «Más profundo, puto. Siente cómo te uso». Chapoteaba mi lengua dentro, bebiendo sus jugos, mientras ella se retorcía, uñas clavadas en mis hombros dejando marcas rojas. «Ahora, el strap-on otra vez. Pero esta vez, mírame a los ojos mientras te follo». Se lo puse yo, temblando, y me montó como una amazona, penetrándome de un empujón que me hizo gritar. El dolor inicial se disolvió en placer prohibido, mi culo dilatándose alrededor del dildo, cada embestida un eco en mi próstata que hacía latir la jaula.

Sus gemidos llenaban la habitación, roncos y dominantes: «¡Toma, cornudo! Siente mi poder». El sudor nos cubría a los dos, su piel resbaladiza contra la mía, olor a sexo puro, a coño mojado y esfuerzo. Yo suplicaba, voz quebrada: «¡Ama, por favor, quítame la jaula! Necesito correrme!». Ella se rio, azotándome el culo con la palma abierta, sonidos secos que resonaban. «Ni lo sueñes. Correte dentro, como la perra que eres». Tiró de mi pelo hacia atrás, obligándome a arquearme, y aceleró, el chapoteo del lubricante mezclado con mis jadeos. Sentía todo: el tacto áspero de sus medias contra mis costados, el sabor de su sudor cuando me besó forzándome la lengua, olores intensos de semen reprimido en mi jaula y su excitación. Internamente, era un torbellino: la polla palpitando contra el metal frío, el culo lleno y expuesto, la humillación de suplicar amplificando cada sensación hasta el borde.

De repente, ella se tensó, corriéndose encima de mí con un grito gutural, su coño rozando mi piel mientras el strap-on seguía dentro. «¡Ahora tú, putito! Correte para mí!». No pude más; el orgasmo explotó, semen espeso saliendo a chorros dentro de la jaula, goteando por mis bolas, un placer culpable y doloroso que me dejó temblando. Ella salió de mí, jadeante, y me obligó a lamer el desastre: mi propio semen de la jaula, salado y amargo, mezclado con sus jugos del strap-on. «Trágatelo todo, cornudo. Es lo más cerca que estarás de follarme». Gemí, excitado de nuevo a pesar del agotamiento, el taboo quemándome por dentro.

Al final, nos derrumbamos en la cama, ella con la cabeza en mi pecho, pero su mano aún sobre la llave. «Eres mío, Pablo. Totalmente. ¿Entiendes tu lugar?». Asentí, con un placer culpable que me hacía sonreír. «Sí, Ama. No quiero ser libre». Era dulce en su crueldad, besándome la frente mientras me recordaba la jaula para mañana. Joder, qué cabrona. Pero en el fondo, sabía que volvería por más, porque nada me pone tan cachondo como su control absoluto, esa jaula que me ata a ella para siempre. Y tú, lector, ¿aguantarías una noche así sin suplicar?

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