Relatos de dominación

Ultimate Femdom Chastity Humiliation

La Jaula de la Dómina

Me llamo Alex, un tipo normal de 32 años, de esos que curran en una oficina de mierda en Madrid, veniendo de una familia latina que se mudó allá cuando era crío. Siempre he sido el típico reprimido: novia de toda la vida que se aburría conmigo en la cama, polla dura solo viendo porno de femdom en secreto, pero nunca me atrevería a pedirlo. Me ponía a mil imaginarme arrodillado ante una tía que me pisoteara el ego, pero joder, ¿quién coño va a soltar eso en una cita? Hasta que la conocí a ella, Valeria. La tía estaba tremenda: morena con curvas que te dejaban la boca seca, ojos verdes que te taladraban el alma y una sonrisa de cabrona que sabías que te iba a joder la vida. Medía como 1,70, con tetas firmes que asomaban por blusas ajustadas y un culo que movía como si supiera que todos los tíos la mirábamos embobados. Era de Colombia, pero con acento neutro de haber currado en España; cabrona, segura de sí misma, de esas que entran en un bar y el ambiente se carga de testosterona reprimida.

Nos conocimos en una app de citas, de las que usas cuando estás harto de lo mismo. Yo puse una foto normalita, ella una donde posaba con tacones y una falda que dejaba poco a la imaginación. El chat empezó inocente: «¿Qué tal? ¿Buscas algo serio o solo pasar el rato?» le dije. Y ella, directa: «Serio me aburre. Prefiero el rato donde yo mando y tú obedeces, putito». Joder, mi polla se empalmó al instante. Sabía que me tenía pillado; respondí algo torpe, pero ella me guió: «Dime, ¿te pone arrodillarte ante una mujer como yo?». Consentimos claro, como debe ser; le dije que mi límite era «rojo» si algo salía mal, y ella rio: «Tranquilo, perrito, sé jugar». Quedamos en su piso en el centro, un ático chulo con vistas que olía a perfume caro y a algo más… prohibido.

Llegué nervioso, con el corazón latiendo como un tambor. Ella abrió la puerta en lencería negra, con un corsé que le apretaba la cintura y resaltaba esas tetas perfectas. «Pasa, y cierra la boca, que pareces un idiota», me soltó, y ya me sentí pequeño. Me hizo sentarme en el sofá mientras ella se paseaba, tacones clicando en el parqué. «Desnúdate. Todo», ordenó, y joder, obedecí sin pensarlo. Mi polla ya estaba dura, latiendo al aire, y ella se rio: «Mira qué patético. Empalmado solo de verme. Esto ya no es tuyo, ¿entiendes? De ahora en adelante, te lo gano yo». Me tenía loco; el poder que exudaba, esa seguridad de saber que me rendiría, me ponía más cachondo que cualquier caricia. Era como si me leyera la mente, rompiendo mis barreras una a una. Sabía que había empezado algo de lo que no podría salir, y eso me excitaba hasta el dolor.

Valeria no perdía el tiempo. Me miró de arriba abajo, con esa sonrisa torcida, y me ordenó: «Arrodíllate, putito. Y no me mires a los ojos hasta que te lo diga». Joder, el corazón me iba a mil; me puse de rodillas en el suelo frío, la polla colgando dura y goteando pre-semen. Ella se acercó, su olor a perfume mezclado con algo almizclado me invadió, y me puso el pie en el hombro, tacón rozando mi piel. «Besa mis pies. Adóralos como el perrito que eres». Eran pies perfectos, uñas rojas, y mientras lamía la suela, sintiendo el sabor salado de su piel, ella me degradaba: «Eres un mierda, Alex. Todo el día fantaseando con tías como yo, pero nunca has tenido huevos para pedirlo. Ahora, lame entre los dedos, chúpame el sudor del día». Me ponía malo de vergüenza y excitación; cada orden verbal me clavaba más hondo en su red, rompiéndome el ego. Confesé, como me pedía: «Sí, ama, me excita ser tu puto, rendirme a ti». Ella rio, tirándome del pelo: «Buen chico. Pero tu polla ya no te pertenece. Vas a ponerte esto».

READ  Construye una Relación de Poder Sana y Equilibrada

Sacó la jaula de castidad de un cajón, un cacharro de metal negro que parecía una cárcel para mi verga. «Mírala, qué bonita. Te la pongo ahora, y solo sales cuando yo diga». Intenté protestar, pero su mirada me calló. Me la encajó con manos expertas, el frío metal mordiendo mi polla dura hasta que se ablandó un poco, frustración pura. «Joder, duele», gemí, y ella: «Cállate, cornudo en potencia. Ahora vas a ver cómo me corro pensando en otro». Se sentó en el sofá, abrió las piernas y se tocó el coño depilado, rosado y ya mojado. «Mírame mientras me follo con los dedos, imaginando a un tío de verdad, no a un perrito jauleado como tú». Oler su excitación, ver cómo se retorcía gimiendo, me volvía loco; la jaula me apretaba, mi polla latiendo inútilmente contra las barras, una frustración mental que me hacía suplicar: «Por favor, ábrela, Valeria». Pero ella solo aceleró, corriéndose con un grito, chorro de jugos salpicando el suelo. «Límpialo con la lengua, puto. Prueba lo que nunca vas a tener».

La dominación escalaba, paso a paso, y yo me hundía más. Al día siguiente, me mandó tareas degradantes por WhatsApp: «Ven desnudo a mi piso, con la jaula puesta. Limpia el baño de rodillas mientras yo miro Netflix». Llegué temblando, el metal rozándome con cada paso, recordándome mi lugar. Serví café, pedí permiso para mear –»Sí, ama, ¿puedo?»–, y ella me negaba solo para verme retorcer. «No, aguántate, que te pone más». Luego vino el edging: me ató las manos a la espalda, sacó la jaula y me masturbó lento, polla hinchada al límite. «No te corras, perrito. Al borde, y para». Lo hizo tres veces, mi verga palpitando, bolas azules de pura necesidad, suplicando: «Me tienes loco, por favor, déjame correrme». Ella susurraba sucio al oído: «Eres mío para torturarte. Imagina si te corrieras sin permiso… te castigo». La humillación psicológica me rompía; confesé fetiches que ni yo sabía: «Me excita ser tu cornudo, verte con otro». Su risa fue cruel: «Pronto lo harás, putito. Pero primero, adora mi culo».

READ  Ama Cruel Impone Jaula de Castidad 24/7 al Esclavo Sumiso en Dominación Femenina Total, Humillación con Pegging y Adoración de Pies hasta su Completa Rendición

Se puso a cuatro patas en la cama, culo redondo y firme alzado. «Olerlo, lamerlo. Enséñame lo patético que eres». Hundí la cara, inhalando su aroma terroso, sudor mezclado con jabón; lamí el ano apretado, lengua entrando un poco, mientras ella gemía: «Más profundo, zorra. Tu lengua es lo único que entra ahí hoy». El taboo me excitaba tanto que la jaula me dolía; perdía control, ego destrozado, pero cachondo como nunca. Después, la dominación subió de nivel con el strap-on. «Te voy a follar el culo, Alex. Para que sientas lo que es ser penetrado de verdad». Me untó lubricante, el frío en mi ano virgen, y empujó el dildo grueso. Dolor al principio, quemazón que me hizo gritar, pero luego placer, su cadera chocando contra mí, gemidos míos mezclados con los suyos: «Toma, puto, siente cómo te abro». Me corría seco, sin tocarme, la frustración mental convirtiéndose en éxtasis. Ella controlaba todo, rompiéndome.

La tensión llevaba días así: órdenes humillantes por mensaje –»Envíame foto de tu jaula, perrito»–, edging eterno que me dejaba al borde suplicando, adoración de su coño donde lamía hasta que ella se corría en mi boca, sabor salado y dulce que me volvía adicto. Una noche, me obligó a confesar más: «Dime, ¿qué te pone de ser mi esclavo? ¿La humillación?». «Sí, ama, me excita no valer nada para ti, ser tu juguete». Ella me azotó las nalgas con una pala, marcas rojas que ardían, y susurró: «Buen chico. Mañana, el clímax: vas a ver cómo me follo a un tío de verdad, cornudo». Joder, el miedo y la excitación me tenían pillado; sabía que me tenía en la palma de la mano, y eso era lo que más me ponía.

Llegó el clímax esa noche en su dormitorio, luces tenues y el aire cargado de anticipación. Valeria me tenía arrodillado al pie de la cama, jaula apretando mi polla hinchada de días sin alivio, bolas pesadas como plomo. «Hoy vas a ser mi cornudo perfecto, Alex. Mírame mientras me follan, y no te toques». Entró Marco, un tío alto y cachas que había conocido en el gym; besó a Valeria con lengua, manos en su culo, y ella gimió contra su boca: «Fóllame fuerte, que este puto aprenda». Me obligó a mirar, polla latiendo inútil en la jaula, frustración quemándome por dentro. Marco la desnudó, tetas saltando libres, pezones duros; ella se tumbó, piernas abiertas, coño chorreando. «Mira cómo me moja un hombre de verdad», me dijo, ojos clavados en los míos mientras Marco lamía su clítoris, chapoteo húmedo llenando la habitación.

El olor era intenso: sudor de excitación, coño mojado como almizcle dulce, semen pre-goteando de la polla de él. Valeria me ordenó acercarme: «Oler su polla antes de que entre en mí, perrito». Hundí la nariz, aroma masculino salado, y ella rio mientras Marco la penetraba de un empujón, su coño tragándose esa verga gruesa. Gemidos de ella –»¡Joder, sí, más profundo!»–, carne chocando con chapoteo obsceno, azotes suaves en sus nalgas que resonaban. Yo suplicaba en silencio, jaula mordiendo, humillación excitándome tanto que pre-semen goteaba al suelo. «Lame mis pies mientras me follan», ordenó, y lo hice, sabor salado de su sudor en la lengua, sintiendo vibraciones de sus caderas. Marco la volteó a cuatro patas, culo alzado hacia mí; penetró de nuevo, bolas golpeando su clítoris, y ella me miró por encima del hombro: «Dime que eres un cornudo patético, Alex». «Sí, ama, soy tu cornudo, me pone verte así», confesé, voz rota, ego pulverizado pero polla latiendo furiosa en su prisión.

READ  De Pringado a Esclavo Cornudo: Sumisión Bajo su Strap-On Cruel

La intensidad subió; Valeria se corrió primero, gritando, coño contrayéndose alrededor de la polla de él, jugos salpicando. «Ahora, límpialo, puto». Sacó la verga reluciente y me la metió en la boca; sabor a ella mezclada con él, salado y viscoso, mientras Marco se corría en su culo, semen blanco goteando. «Chúpalo todo, lame mi coño después». Me arrastró la cara a su entrepierna, lengua en su coño hinchado, saboreando el semen ajeno mezclado con sus fluidos, olores penetrantes de sexo crudo. Uñas de ella clavándose en mi cuero cabelludo, tirando pelo con fuerza, tacto de piel sudorosa resbaladiza. Mis gemidos ahogados, súplicas –»Por favor, ábreme, no aguanto»–, pero ella negó: «No te corres hoy. Siente la jaula, siente tu lugar». Marco la folló de nuevo, esta vez misionero, sus tetas botando con cada embestida, sonidos de «¡Fóllame, cabrón!» y chapoteo constante. Yo al lado, obligada a besar sus pezones, sintiendo el calor de su cuerpo, sudor goteando en mi piel.

El clímax para mí fue interno: no correrme, sino la humillación total. Valeria alcanzó otro orgasmo, uñas arañándome la espalda, olor a sudor y semen impregnando todo. «Mira cómo me llena», jadeó mientras Marco eyaculaba dentro, semen chorreando al salir. Me hizo lamerlo de su coño, lengua hurgando profundo, sabor amargo-dulce que me hacía tragar con placer culpable. Sensaciones internas me volvían loco: polla palpitando en jaula, como si fuera a explotar, culo recordando el strap-on de días antes, dilatado y sensible; la mente rota por el taboo, excitación por ser nada más que su juguete. Ella controlaba cada gemido, cada toque, reafirmando: «Eres mío, cornudo. Esto es lo que te mereces».

Al final, con Marco fuera, Valeria me desató la jaula por fin, pero solo para edging una última vez: me masturbó lento, al borde, y paró. «No te corres. Mañana, más». Me dejó allí, exhausto, polla latiendo en el aire libre pero negada, aceptando mi lugar con un placer culpable que me hacía querer más. Ella se acurrucó a mi lado, dulce-cruel, susurrando: «Buen perrito. Sabes que no puedes vivir sin esto». Y joder, tenía razón; me tenía enganchado, rendido a su dominio total. Ahora, cada noche sueño con su jaula, preguntándome qué cabrona tortura me espera, y mi polla se empalma solo de pensarlo. ¿Y tú, lector? ¿Te atreverías a arrodillarte ante una dómina como ella?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba