Relatos de dominación

Dominación Femenina Femdom: Sumisión Brutal

La Jaula de mi Ama

Joder, nunca pensé que acabaría así, de rodillas en mi propia casa, con la polla encadenada como un puto perro. Todo empezó hace unos meses en una app de citas, de esas donde la gente busca algo más que un polvo rápido. Yo era el típico tío normal, treinta y pico, con un curro de oficina que me tenía quemado y una vida sexual que se resumía en pajas rápidas mirando porno de femdom en el baño. Siempre había tenido esa fantasía reprimida, de rendirme a una mujer que me pusiera en mi sitio, pero nunca me atrevía a decirlo en voz alta. Me ponía a mil solo de imaginarlo, pero era un reprimido de manual, cachondo pero con el ego por las nubes.

Ella se llamaba Carla, y la tía estaba tremenda. La vi en la foto de perfil: morena con curvas que mataban, ojos verdes que te taladraban y una sonrisa de cabrona que decía «te voy a joder la cabeza». Me escribió primero: «Pareces un buen chico, pero apuesto a que eres un sumiso de closet. ¿Quieres que te ponga a prueba?». Me quedé pillado desde el minuto uno. Chateamos un par de días, y supe que me tenía en el bote. Era segura de sí misma, de esas que no piden permiso para nada, y su lenguaje… joder, directo y sucio, como si me estuviera hablando al oído mientras me pellizca los huevos.

Quedamos en un bar cutre del centro. Yo llegué nervioso, con la polla medio empalmada solo de pensarlo. Ella apareció con un vestido negro ajustado que le marcaba el culo redondo y unos tacones que resonaban como órdenes. «Siéntate a mis pies, no a la mesa», me dijo en cuanto me vio, y aunque era una broma, su tono me dejó claro que no lo era del todo. Hablamos de todo: de mis fantasías reprimidas, de cómo me excitaba la idea de perder el control. Le conté que siempre había soñado con una dómina que me humillara, que me negara el orgasmo hasta que suplicara. Ella se rio, una risa ronca y sexy, y me miró fijamente: «Buen chico. Pero si entramos en esto, hay una safe word: ‘rojo’. Si la dices, paramos todo. ¿Entendido?». Asentí como un idiota, ya con el corazón a mil. Sabía que me tenía pillado, que esa noche iba a ser el principio de algo que me iba a cambiar.

Al final de la cita, me invitó a su piso. No hubo sexo vanilla; desde el minuto uno, empezó el juego. Me hizo quitarme la camisa y arrodillarme en su salón, mientras ella se sentaba en el sofá con las piernas cruzadas. «Mírame, putito. Dime qué quieres de verdad». Yo balbuceé algo sobre adorarla, y ella sonrió: «Bien, porque desde ahora, tu polla ya no te pertenece. Es mía». Esa frase me dejó temblando. Era como si me hubiera leído el alma, y joder, me ponía malo solo de oírlas. Esa noche no pasó de besos y toques suaves, pero al día siguiente, ya estaba comprando online la jaula de castidad que ella me mandó enlazar. «Póntela y envíame foto», me ordenó por WhatsApp. Y lo hice, con las manos sudadas y la polla latiendo contra el metal frío.

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Desde entonces, todo escaló. Carla no era solo guapa; era una cabrona jodidamente atractiva, con esa mezcla de dulzura falsa y crueldad que te hace adicto. Me tenía en su red, y yo no quería salir.

El desarrollo de todo esto fue como una puta montaña rusa de frustración y placer. Al principio, eran órdenes verbales que me llegaban por mensaje: «No te toques hoy, putito. Piensa en mí mientras te duele». Yo obedecía, claro, porque su voz en mi cabeza era como un imán. La jaula llegó una semana después, un cacharro de metal negro que me aprisionaba la polla en cuanto se cerraba. Me la puse solo en mi piso, siguiendo sus instrucciones por videollamada. «Mira cómo te queda, mi perrito. Ahora, la llave es mía». Joder, la frustración física era brutal: cada vez que me empalmaba pensando en ella –y lo hacía a cada rato–, el metal me mordía, un dolor agudo que me hacía gemir y suplicar en silencio. Mentalmente, era peor: me sentía suyo, un objeto, y eso me excitaba más que cualquier paja libre.

La primera vez que la vi en persona después de la jaula, me obligó a servirla desnudo. Llegué a su casa con el corazón en la garganta, la polla ya intentando endurecerse contra la prisión. «Quítatelo todo menos la jaula», me ordenó al abrir la puerta, vestida solo con una camiseta oversized que apenas le tapaba el coño. Me arrodillé en su cocina mientras ella comía una pizza, y tuve que limpiar el suelo con la lengua cada vez que algo caía. «Buen chico, lame como si fuera mi coño». Humillante, sí, pero cada orden me ponía más cachondo, la jaula me apretaba hasta doler, y yo solo quería más. Pidió permiso para todo: para beber agua, para sentarme, para mirarla a los ojos. «No, putito, mira al suelo. Tu sitio es abajo».

Luego vino la adoración. Una noche, después de un día de edging por chat –me mandaba fotos de su culo y me ordenaba tocarme hasta el borde, pero parar antes de correrme–, me invitó a su piso. «Hoy vas a adorarme como merezco». Me hizo tumbarme en la cama, y se sentó en mi cara, con el coño depilado y mojado rozándome la nariz. «Oler, lame, saborea, pero no te corras». El olor era adictivo: salado, almizclado, con ese toque de sudor de todo el día. Lamí su coño despacio, sintiendo cómo se hinchaba contra mi lengua, mientras ella gemía y me tiraba del pelo. «Más profundo, zorra. Imagina que esto es lo único que vas a probar en meses». Pasé a sus pies: uñas pintadas de rojo, perfectos, con un leve olor a cuero de sus zapatos. Me hizo chupar cada dedo, lamer las plantas, mientras me contaba cómo se había follado a un tío esa mañana. «Él sí se corrió dentro de mí, no como tú, mi cornudo reprimido». La humillación me quemaba por dentro, pero mi polla latía en la jaula, goteando precum inútil.

Escaló con el edging en vivo. Me ató las manos a la espalda y me puso a los pies de la cama, con la jaula abierta por fin. «Tócate, pero despacio. Al borde y para». Lo hice durante una hora: mi polla dura como piedra, latiendo, el glande hinchado y sensible. Cada vez que estaba a punto, ella me paraba con un chasquido: «No, putito. Suplica». Yo rogaba, «Por favor, Ama, déjame correrme», y ella se reía, frotándose el coño delante de mí. «No, hoy no. Tu placer es mío». La tensión psicológica era bestial: me rompía el ego, me hacía confesar fetiches que ni yo sabía que tenía, como el de ser su cornudo. «Dime, ¿te excita que te humille con otros tíos?». Sí, joder, me excitaba. Me tenía loco, rompiéndome pedazo a pedazo.

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Una tarea degradante que no olvidaré: me mandó limpiar su baño desnudo, con la jaula puesta y un plug en el culo. «Limpia con la lengua si hace falta, perra». Mientras yo frotaba el suelo, ella se duchaba y salía goteando, obligándome a secarla con la boca. Luego, el pegging. Preparó el strap-on, un dildo negro grueso, y me untó lubricante frío en el culo. «Relájate, o dolerá más». Me penetró despacio al principio, el dolor agudo me hizo jadear, pero luego vino el placer: cada embestida me rozaba la próstata, haciendo que mi polla gotease sin control. «Gime para mí, puto. Siente cómo te follo como a una zorra». Gemí como nunca, el culo dilatado, la humillación mezclada con oleadas de placer que me dejaban temblando. Ella controlaba el ritmo, tirándome del pelo, clavándome las uñas en la espalda. «Esto es tuyo ahora, mi agujero».

Y la humillación cornudo llegó en una sesión privada. Me ató a una silla y se folló a un tío delante de mí, un tipo musculoso que ella había invitado. «Mira cómo me come el coño, cornudo. Tú solo miras». Vi todo: sus gemidos roncos, el chapoteo de su polla entrando en ella, el semen goteando de su coño al final. Luego, me obligó a lamerlo limpio. «Prueba lo que no puedes tener». El sabor salado, amargo, me revolvió el estómago, pero mi polla en la jaula palpitaba de excitación pura. Era el taboo, la pérdida total de control, lo que me ponía a mil.

El clímax de todo fue una noche que no olvidaré nunca. Carla me había tenido en negación una semana entera, solo edging y órdenes sucias por mensaje. Llegué a su piso sudando, la jaula me dolía de lo hinchada que estaba mi polla. «Hoy te voy a romper del todo, putito», me dijo al abrir la puerta, desnuda salvo por el strap-on ya ceñido a sus caderas. El aire olía a su perfume mezclado con algo más crudo, su excitación. Me empujó al dormitorio y me tiró al suelo, clavándome las uñas en los hombros. Su piel era suave pero caliente, sudorosa ya de anticipación, y el tacto de sus tetas rozándome el pecho me hizo gemir.

«Arrodíllate y adórame primero», ordenó. Me puse de rodillas, el suelo frío contra mis piernas, y ella me plantó el pie en la boca. Lamí sus dedos, saboreando el salado leve de su sudor, mientras olía su coño cerca, mojado y abierto. «Ahora el culo». Se giró y separó las nalgas: redondas, firmes, con un aroma almizclado que me embriagaba. Enterré la cara, lamiendo el agujero apretado, sintiendo cómo se contraía contra mi lengua. «Bien, perra. Ahora, a la cama». Me ató las manos al cabecero con correas suaves pero firmes, mi polla aún en jaula latiendo dolorosamente. Ella se subió encima, frotando su coño empapado en mi cara. El chapoteo de sus labios contra mi boca era ensordecedor, mezclado con sus gemidos guturales: «¡Lame más fuerte, puto! Sabe a lo que nunca tendrás».

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El olor era intenso: su coño jugoso, salado, con toques de su excitación del día, y el mío propio, sudor y precum goteando. Me corría la boca con sus jugos, el sabor ácido y dulce me volvía loco. Ella se movía, ahogándome un poco, tirándome del pelo con fuerza. «Siente cómo te controlo, cornudo. Imagina que esto es lo máximo que mereces». La humillación me quemaba por dentro, pero excitaba más: mi mente gritaba que era suyo, que mi placer dependía de su voluntad.

Quitó la jaula al fin, mi polla saltó libre, roja e hinchada, latiendo con venas marcadas. «Edging una vez más». Me masturbó despacio, su mano suave pero cruel, parando justo al borde. Supliqué: «Ama, por favor, no pares». Se rio, un sonido ronco y sexy, y se colocó el strap-on. «Vas a correrte con esto dentro». Me penetró de golpe, el dildo grueso estirándome el culo, un dolor-placer que me hizo gritar. Cada embestida era un chapoteo lubricado, sonidos húmedos y mis gemidos ahogados. Sus uñas se clavaban en mis caderas, dejando marcas rojas, su sudor goteaba en mi espalda. Oía sus jadeos: «¡Toma, puto! Siente cómo te follo».

El placer crecía, mi próstata masajeada, la polla goteando sin tocarla. Ella me ordeñaba con el strap-on, y de repente, sin aviso, me corrió: chorros calientes de semen salpicando mi pecho, el sabor salado cuando ella me obligó a lamerlo. «Prueba tu propia mierda, perra». El orgasmo fue brutal, olas que me dejaban temblando, pero mezclado con su control: ella no se corrió aún. Se subió a mi cara otra vez, frotándose hasta gemir alto, su coño convulsionando, jugos calientes en mi boca. El olor a sexo puro llenaba la habitación, sudor y semen, sonidos de su placer final: un «¡Sí, joder!» que me erizó la piel.

Yacíamos jadeando, su cuerpo sudoroso sobre el mío, el culo aún palpitando por la penetración.

Al final, Carla se acurrucó a mi lado un momento, dulce pero cruel, pasando los dedos por mi semen pegajoso en mi pecho. «Has sido un buen putito hoy. Pero recuerda, esto no acaba. Tu jaula vuelve mañana, y yo decido cuándo sales». Yo asentí, con un placer culpable latiendo en mis venas, sabiendo que mi lugar era a sus pies, rendido y adicto. Me excitaba la idea de más humillación, de perder más control. Ella era mi Ama, y yo su juguete. Joder, qué ganas de la próxima sesión, con el corazón acelerado y la polla ya pidiendo más enjaulamiento.

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