Relatos de dominación

Dominación Femenina Extrema: Sumisión Brutal

La Jaula de Mi Ama

Joder, nunca pensé que una app de citas me iba a cambiar la vida de esta forma. Yo era un tipo normal, de esos que curra en una oficina de mierda en Madrid, con una polla que se empalmaba solo con ver un anuncio de tangas en la tele, pero reprimido hasta la médula. Treinta y pico, soltero, con ganas de soltar lastre pero sin agallas para pedírselo a nadie. Hasta que apareció ella: Valeria. La tía estaba tremenda, con curvas que te ponían a mil desde el primer vistazo, pelo negro largo que le caía como una cascada salvaje, ojos verdes que te clavaban como cuchillos, y una sonrisa de cabrona que prometía problemas. Medía como 1,70, con tetas firmes que se marcaban bajo camisetas ajustadas y un culo redondo que te imaginabas mordiendo. Pero lo que me mataba era su actitud: segura de sí misma, como si el mundo entero le debiera algo, y jodidamente atractiva en esa mezcla de zorra urbana y reina intocable.

Nos conocimos en Tinder, un match casual. Yo puse una foto de mi perro para parecer majo, y ella una selfie en un bar con un cóctel en la mano, luciendo un escote que me dejó babeando. Empezamos chateando tonterías: el curro, el tráfico de la ciudad, pero pronto derivó a lo picante. «Me gustan los tíos que saben su lugar», me soltó un día, y yo, con la polla ya dura solo de leerlo, respondí algo torpe como «Yo soy de los que obedece». Joder, qué idiota soné, pero ella picó. Quedamos en un bar cutre de Malasaña. Llegó con vaqueros rotos que le ceñían el coño y una blusa que dejaba ver el piercing en el ombligo. Me miró de arriba abajo, como evaluando mercancía, y dijo: «Tú eres el pringado que quiere que le diga qué hacer, ¿no?». Me puse rojo como un tomate, pero mi polla traicionera se empalmó al instante. Sabía que me tenía pillado. Pidió unas cañas y, sin más, me soltó: «Si quieres seguir con esto, hay reglas. Yo mando, tú obedeces. Y usamos una palabra de seguridad: rojo. Si la dices, paramos todo. ¿Entendido, putito?». Asentí como un tonto, el corazón latiéndome en la entrepierna. Esa noche no follamos, pero me mandó a casa con la orden de masturbarme pensando en ella y no correrme sin permiso. Me tenía loco desde el minuto uno.

Al día siguiente, me citó en su piso, un ático en Chueca que olía a perfume caro y a cuero. Entré nervioso, con el estómago revuelto de anticipación. Ella estaba en el sofá, con una falda corta que apenas tapaba el tanga negro y botas hasta las rodillas. «Desnúdate», me ordenó, sin preámbulos. Me quité la ropa como un autómata, empalmado hasta el dolor, y ella se rio: «Mira qué polla patética. Ya no te pertenece, ¿entiendes? Es mía para jugar». Me arrodillé sin que me lo pidiera, y eso la puso cachonda. Empezó suave, con órdenes verbales que me humillaban y excitaban a partes iguales. «Arrodíllate, putito, y mírame mientras me toco». Se subió la falda, se bajó el tanga y se abrió el coño depilado, rosado y ya mojado. Yo solo podía mirar, con la boca seca y la polla goteando precum. «No toques nada. Solo mira cómo me corro pensando en un tío de verdad, no en un perdedor como tú». Se frotaba el clítoris con dedos manicureados, gimiendo bajito, y yo suplicaba en silencio que me dejara acercarme. Pero no, me tenía controlado. Esa fue la primera noche: me hizo adorar sus pies, lamiendo cada dedo de las botas y luego los pies desnudos, oliendo a sudor salado del día, saboreando la piel suave mientras ella me pisaba la polla con el talón. «Chúpame los dedos como si fueran mi coño, cerdo». Me corrí sin permiso al final, y ella me castigó negándome el orgasmo la semana entera. Joder, qué cabrona, pero qué adictivo.

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La cosa escaló rápido. Valeria no era de medias tintas; era una dómina nata, de las que te rompen el ego con una sonrisa. Me compró una jaula de castidad de acero, una mierda fría y ajustada que me ponía la polla en miniatura. «Póntela, perrito. Ahora tu polla es mi juguete». La primera vez que me la encajó, con lubricante y todo, sentí la frustración inmediata: dura como una piedra, pero atrapada, latiendo contra los barrotes sin poder crecer. Me dolía el alma y la verga, pero el morbo era brutal. «Vas a llevarla una semana. Si te portas bien, te dejo edging». Y así fue. Me obligaba a tareas degradantes: limpiar su piso desnudo, con la jaula tintineando entre las piernas, sirviéndole café en bandeja mientras ella leía en el sofá con las tetas al aire. «Pide permiso para mear, puto. Di: ‘Ama, ¿puedo vaciar mis huevos inútiles?'». Yo lo hacía, rojo de vergüenza, pero empalmado hasta donde la jaula permitía. Una noche, me hizo confesar mis fetiches más sucios: «Dime, ¿te pone ser cornudo? ¿Imaginarme follando con otro?». Lo admití todo, tartamudeando, y ella se rio: «Qué predecible. Mañana te demuestro lo que es de verdad».

El desarrollo de la dominación fue un puto torbellino. Empezamos con adoración total. Una tarde, después de curro, me esperó en bragas y sujetador de encaje rojo. «Al suelo, lame mi culo». Me puse a cuatro patas, olfateando su trasero perfecto, redondo y firme, con un aroma a sudor mezclado con su perfume. Le separé las nalgas con las manos temblorosas y metí la lengua, lamiendo el ano apretado, saboreando el salado de su piel. «Más adentro, cerdo. Sabe a poder, ¿verdad?». Ella se tocaba el coño mientras yo la adoraba, gimiendo: «Buen chico, pero no te corras. Tu jaula te lo impide». Luego pasó al edging: me liberó la polla por primera vez en días, me masturbaba despacio con su mano enguantada, llevándome al borde una y otra vez. «Para, no te corras. Suplica». Yo gemía: «Por favor, Ama, déjame… joder, me pone a mil esta tortura». Me tenía sudando, la polla hinchada y roja, goteando, pero negándome el alivio. La frustración mental era peor: cada «no» me hacía sentir más suyo, más roto y cachondo por la humillación.

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No paró ahí. Introdujo el pegging como si nada. «Hoy te follo yo, putito». Sacó un strap-on negro, grueso, con arnés de cuero que le ceñía las caderas. Me untó lubricante en el culo, un dedo primero, luego dos, dilatándome mientras yo jadeaba en el suelo. «Relájate, o duele más. Esto es por desobedecer anoche». Me penetró despacio al principio, el dolor agudo mezclándose con un placer prohibido que me hacía gemir como una perra. «Toma mi polla, cornudo. Gime para mí». Empujaba más fuerte, el chapoteo del lubri y mis súplicas llenando la habitación. Sentía el strap-on abriéndome, rozando la próstata, y mi polla enjaulada latiendo inútilmente. «Dime que te encanta ser mi puta». Lo repetí, perdido en la sumisión, el ego hecho trizas pero la excitación por las nubes. Después, humillación cornudo: una noche trajo a un tío, un moreno cachas que la folló en la cama mientras yo miraba desde una silla, atado y con la jaula. «Mira cómo me llena de verdad, perdedor». Él la embestía, ella gritaba de placer, y yo solo podía oler el sexo en el aire, suplicando permiso para tocarme. Al final, me obligó a lamer el semen de su coño chorreante, saboreando la mezcla salada y amarga mientras ella me pisaba la cabeza: «Limpia, puto. Esto es tu sitio».

La dominación psicológica era lo que me volvía loco de verdad. Valeria me hacía confesar todo: mis fantasías de ser su esclavo, de perder el control total. «Admite que sin mí eres nada, un pringado con polla inútil». Cada palabra rompía un pedazo de mi orgullo, pero me excitaba más, como si la humillación fuera el afrodisíaco definitivo. Hice tareas de mierda: planchar su ropa interior oliendo su aroma, servirla desnudo en cenas con amigas (sin que supieran nada, pero yo moría de vergüenza). Pidió permiso para todo: «Ama, ¿puedo comer? ¿Puedo correrme?». Y ella negaba, riendo: «No, putito. Tu placer es mío». La jaula me volvía loco; por las noches, soñaba con liberarme, pero la frustración me hacía suplicar más. Una vez, después de un edging de hora y media –ella masturbándome con los pies, oliendo su sudor mientras yo lamía sus dedos–, me dejó al borde y me volvió a encerrar. «Siente cómo late, inútil. Eso es poder».

Llegó el clímax una noche de viernes, cuando ya no aguantaba más. Valeria me había tenido en castidad diez días, con edging diario y órdenes humillantes que me dejaban la mente en blanco. Me citó en su piso: «Ven desnudo bajo el abrigo, perrito». Entré temblando, la polla intentando endurecerse en la jaula. Ella estaba en lencería negra, con el strap-on ya puesto y un látigo en la mano. «Hoy te rompo del todo. Arrodíllate y suplica». Lo hice, besando sus botas, oliendo el cuero mezclado con su piel. «Por favor, Ama, fóllame, humíllame, hazme tuyo». Se rio, cruel y sensual: «Buen chico. Pero primero, adórame». Me tiró del pelo, obligándome a enterrar la cara en su coño. Lamí con hambre, saboreando el jugo salado y dulce, el clítoris hinchado bajo mi lengua mientras ella gemía: «Chupa más fuerte, puto. Hazme correrme». El olor era intenso, a mujer excitada, sudor y deseo puro. Sus uñas se clavaron en mi cuero cabelludo, tirando con fuerza, y yo gemía contra su carne, la polla latiendo dolorosamente en la jaula.

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Luego vino el pegging intenso. Me puso a cuatro patas en la cama, untándome lubricante frío en el culo. «Relájate, cornudo. Hoy te follo como a una zorra». Empujó el strap-on de un tirón, el grosor estirándome hasta el límite, un dolor ardiente que se convertía en placer cuando rozaba mi próstata. «¡Joder, Ama, más fuerte!», supliqué, y ella obedeció, embistiéndome con ritmo salvaje. El chapoteo del lubri, mis gemidos ahogados y sus azotes en las nalgas resonaban en la habitación. Sentía el sudor resbalando por mi espalda, su piel pegajosa contra la mía, el olor a sexo impregnando todo –su coño mojado rozando mis muslos, mi propia frustración olfateable en la jaula. «Dime que eres mi puta», gruñó, clavándome las uñas en las caderas. «¡Soy tu puta, Ama! ¡Fóllame más!». El dolor-placer me nublaba la mente; cada embestida me hacía sentir más suyo, la humillación de ser penetrado excitándome como nada. Me liberó la jaula por fin, y mi polla saltó dura, goteando. Me masturbó mientras me follaba, edging rápido: «No te corras hasta que yo diga». Jadeaba, el semen acumulado latiendo, pero ella controlaba todo.

El clímax fue brutal. Se subió encima, montándome con el strap-on aún dentro, frotando su coño contra mi polla libre. «Ahora fóllame tú, pero yo mando». Se movía despacio, controlando el ritmo, sus tetas rebotando, sudor perlando su piel. Lamí sus pezones salados, mordiéndolos suave mientras ella me azotaba la cara: «Más, putito». El tacto era eléctrico –su pelo cayendo sobre mi pecho, uñas arañando mi espalda, el calor de su coño envolviéndome. Olores intensos: sudor ácido, su excitación almizclada, mi precum amargo. Sonidos por todos lados: gemidos guturales suyos, el chapoteo de su humedad contra mi polla, mis súplicas roncas «¡No pares, joder!», azotes secos en mi culo. Saboreé su cuello sudado, luego su coño cuando me obligó a lamerla mientras se corría, un chorro caliente en mi boca, salado y adictivo. «Córrete ahora, perdedor. Pero solo porque yo quiero». Exploto, semen espeso saliendo a chorros, manchando su vientre mientras ella reía, el placer culpable mezclándose con la humillación de correrme bajo su mirada. Sensaciones internas: la polla palpitando libre por fin, el culo dilatado y sensible, el ego destrozado pero el alma en éxtasis por la pérdida total de control. Ella se corrió encima de mí, gimiendo mi nombre como un insulto, reafirmando su poder.

Al final, exhaustos y pegajosos, me acurruqué a sus pies mientras ella fumaba un cigarro, acariciándome la cabeza con piedad cruel. «Eres mío ahora, putito. No hay vuelta atrás. Mañana, más jaula y más lecciones». Asentí, con placer culpable latiendo en mis venas, sabiendo que esto era mi adicción. Joder, qué cabrona, pero qué vida me había dado. Y mientras me dormía oliendo su piel, pensé: ¿quién coño querría ser libre cuando ser su esclavo pone tanto?

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