Relatos de dominación

Dominación Femenina Femdom: Sumisión Brutal e Intensa

La Jaula de mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llamaba Carla, una morena de curvas que te dejaban la polla tiesa solo con una mirada. Medía como un metro setenta, con tetas firmes que se marcaban bajo las camisetas ajustadas, un culo redondo que pedía a gritos que lo agarrasen, y unos ojos verdes que te atravesaban como si supiera todos tus secretos sucios. Era de esas mujeres que no piden permiso para nada; cabrona, segura de sí misma, y jodidamente atractiva. Trabajaba en una agencia de marketing, pero por cómo se movía, parecía que dominaba el mundo entero. Yo era un tipo normal, de treinta y pico, oficinista en una empresa de logística, con una vida sexual reprimida que consistía en pajearme viendo porno femdom en el baño. Siempre había fantaseado con rendirme, con que una mujer me pusiera en mi sitio, pero nunca lo había dicho en voz alta. Hasta que la conocí en una app de citas, Tinder o lo que sea.

Empezó como un flirteo inocente. Le mandé un mensaje cutre sobre su foto en la playa, con ese bikini negro que le hacía justicia al cuerpo. Ella respondió con un «Vaya, un tío que sabe apreciar lo bueno. ¿Quieres verme de cerca?». Quedamos en un bar del centro, uno de esos con luces tenues y música de fondo. Llegó con unos vaqueros rotos que le ceñían las caderas y una blusa escotada, el pelo suelto y un perfume que olía a vainilla y a algo más salvaje. Me puse nervioso de cojones, sudando como un idiota mientras pedía unas cervezas. «Relájate, chaval», me dijo con una sonrisa torcida, rozándome la rodilla con la suya bajo la mesa. Hablamos de tonterías, pero ella dirigía la charla, preguntándome sobre mis gustos, mis límites. Yo balbuceaba, sintiendo que me tenía en la palma de la mano. «Sabes, me gustan los hombres que saben obedecer», soltó de repente, mirándome fijo. Sentí un cosquilleo en la entrepierna, la polla empezando a endurecerse. «Prueba conmigo», le dije, medio en broma, pero ella se rio bajito y me clavó las uñas en el muslo. «Ya veremos si aguantas, putito».

Aquella noche no follamos, pero me dejó con las ganas. Me mandó un mensaje al día siguiente: «Mañana en mi casa. Trae condones y tu orgullo. Palabra de seguridad: rojo. Si la dices, paramos todo». Consentimiento claro, joder, eso me tranquilizó un poco. Fui a su piso, un ático chulo en las afueras, nervioso como un crío. Ella abrió la puerta en ropa interior, un conjunto de encaje negro que dejaba poco a la imaginación. «Entra y quítate la ropa. Ahora». Su voz era un orden, no una sugerencia. Me desnudé temblando, la polla ya medio empalmada. Me miró de arriba abajo, riéndose. «Mira qué polla más patética. De rodillas». Y así empezó todo. Sabía que me tenía pillado, que esa cabrona me iba a romper el ego y yo lo iba a disfrutar como un enfermo.

El desarrollo de aquello fue como una escalada lenta, cada paso me hundía más en su red. Al principio, eran órdenes verbales, de esas que te humillan y te ponen a mil al mismo tiempo. Esa primera noche en su salón, con el suelo frío contra mis rodillas, me hizo mirarla mientras se tocaba por encima de las bragas. «Arrodíllate bien, putito. Y no toques esa polla tuya, que ya no te pertenece». Sus palabras me quemaban, me excitaban de una forma que no entendía. Me obligó a confesar mis fetiches, uno por uno: «Dime, ¿qué te pone? ¿Lamer pies? ¿Ser cornudo?». Balbuceé que sí, que todo, que me moría por rendirme. Ella se rio, tirándome del pelo para que levantara la vista. «Eres un perdedor cachondo, ¿verdad? Mañana empiezas con la jaula. Te la pongo yo misma».

READ  Oficina de Cristal: Poder Seductor Exquisito

Al día siguiente, llegó la jaula de castidad. Joder, qué frustración. Me la compró online, una cosa de metal negro, pequeña y cruel. Me la puso en su habitación, con el lubricante frío en la polla que se negaba a ablandarse del todo. «Mira cómo late, pobrecita. Pero ahora es mía». Cerró el candado con un clic que resonó en mi cabeza, y me dio la llave en una cadena que se colgó al cuello. Al principio, era solo incomodidad física: la polla intentando endurecerse contra las barras, un dolor sordo que me recordaba quién mandaba. Pero lo mental era peor. Cada vez que la veía, mi mente volaba a lo prohibido, y la jaula me apretaba como un puño. «Pide permiso para mear, para pajearte, para todo», me decía por WhatsApp durante el día. Yo, en la oficina, respondiendo «Sí, Ama», con la polla goteando pre-semen dentro de esa cárcel.

Luego vinieron las tareas degradantes. Me hacía servirla desnudo, solo con la jaula colgando. Limpiar su piso de rodillas, con un delantal ridículo que no tapaba nada. «Límpialo todo, esclavo. Y si lo haces bien, quizás te deje oler mi coño». Una vez, después de su gym, llegó sudada y me ordenó lamerle los pies. Sus zapatillas olían a sudor y cuero, pero cuando me quitó los calcetines, joder, ese aroma salado me volvió loco. «Chupa los dedos, puto. Saborea el sudor de tu Ama». Lamí, succioné, sintiendo la humillación subir por mi espina dorsal, pero mi polla luchaba en la jaula, latiendo de necesidad. Me ponía a mil esa pérdida de control, el taboo de ser su perrito.

La adoración escaló rápido. Una noche, me hizo adorar su culo. Se puso a cuatro patas en la cama, ese par de nalgas perfectas separadas. «Olerlo primero. Respira hondo, cornudo». El olor era intenso, a piel caliente y un toque de su excitación. Luego, «Lame, pero no toques tu jaula». Metí la lengua, saboreando el sudor y el muslo, mientras ella gemía y me azotaba con la mano. «Más profundo, joder. Eres mi lengua personal». La dominación psicológica era lo que me rompía: me hacía confesar que me excitaba imaginarla con otro. «Dime, ¿te pone que te folle otro mientras tú miras?». «Sí, Ama, soy tu cornudo», respondí, el ego hecho trizas, pero la excitación multiplicada.

READ  Stunning Sissy Submission Story: Ultimate Devotion

El edging fue la puta tortura. Me desataba la jaula de vez en cuando, solo para negarme el orgasmo. «Tócate lento, al borde, y para». Lo hacía durante horas, la polla hinchada, goteando, suplicando. «Por favor, Ama, déjame correrme». Ella se reía, montándome la cara para que lamiera su coño mojado mientras yo me masturbaba al límite. «No, putito. Tu placer es mío». Esa noche, después de edging eterno, me obligó a ver porno de cornudos en su móvil, atado a la cama. «Mira cómo esa zorra se folla a un tío de verdad. Tú nunca serás eso». La humillación me tenía al borde del llanto, pero joder, qué cachondo me ponía.

Y el pegging… eso fue el siguiente nivel. Compró un strap-on, uno negro y grueso, con arnés que le ceñía las caderas como una diosa vengadora. «De rodillas, culo arriba». Me lubricó el agujero con dedos fríos, penetrándome despacio al principio. El dolor era agudo, pero se mezclaba con un placer prohibido que me hacía gemir como una perra. «Toma, cornudo, siente cómo te follo como mereces». Empujaba más fuerte, el strap-on dilatándome, mientras me tiraba del pelo y me susurraba suciedades: «Tu culo es mío, tu polla enjaulada también». Supliqué más, el placer psicológico superando el físico, excitado por ser su juguete.

La tensión crecía cada día. Me tenía loco, rompiéndome el ego con palabras que dolían y excitaban. «Eres un puto reprimido que necesitaba esto». Y yo, joder, lo aceptaba, porque en el fondo, esa cabrona me había liberado.

Llegó el clímax aquella noche de viernes, después de una semana de edging y castidad que me tenía al límite. Carla me citó en su piso con un mensaje seco: «Ven desnudo bajo la gabardina. No te corras sin permiso». Entré temblando, la jaula apretándome la polla que latía como un corazón enjaulado. Ella estaba en el salón, vestida con un corsé negro que le apretaba las tetas, medias de red y tacones altos. El aire olía a su perfume mezclado con algo más primal, su excitación. «Quítate todo menos la jaula. Y arrodíllate».

Obedecí, el suelo frío contra mis rodillas. Me miró con esos ojos verdes, clavándome en el sitio. «Hoy te voy a romper del todo, putito. Pero recuerda, rojo si no puedes más». Asentí, el consentimiento implícito en mi pulso acelerado. Me tiró del pelo, obligándome a mirarla mientras se quitaba el corsé, dejando las tetas al aire, pezones duros como balas. «Chupa», ordenó, empujando mi cara contra su coño a través de las bragas. El olor era embriagador: sudor salado, humedad dulce de su excitación. Las apartó y metí la lengua, lamiendo los labios hinchados, saboreando el jugo que goteaba. Ella gemía bajito, «Joder, sí, lame como el perrito que eres», mientras me clavaba las uñas en el cuello, el tacto ardiente dejando marcas rojas en mi piel sudorosa.

El chapoteo de mi lengua contra su coño llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos y mis súplicas ahogadas. «Más adentro, cornudo. Imagina que otro me folla mientras tú limpias». La humillación me golpeó como un latigazo, mi polla latiendo dolorosamente en la jaula, el metal frío contra la piel caliente e hinchada. Me levantó, me azotó el culo con la palma abierta –clap, clap– sonidos secos que resonaban, dejando mi piel ardiendo. «A la cama, de espaldas». Me ató las manos a la cabecera con unas esposas suaves pero firmes, el cuero rozando mis muñecos. Sacó la llave de la cadena y, con una sonrisa cruel, abrió la jaula. Mi polla saltó libre, dura como una barra, goteando pre-semen que olía a deseo reprimido.

READ  La Lección de Etiqueta de Doña Isabella: Secretos Revelados

«No te corras, edging total». Me masturbó despacio, su mano suave pero controladora, el tacto de sus uñas rozando la cabeza sensible. Me llevó al borde una, dos, tres veces, parando justo cuando sentía el orgasmo subir. «¡Por favor, Ama!», supliqué, voz ronca, el cuerpo temblando de frustración. Ella se rio, montándome la cara de nuevo. Su coño chorreaba ahora, el sabor salado y dulce inundando mi boca mientras ella se frotaba contra mi lengua. Oí sus gemidos subir, «Me corro, putito, mírame», pero con los ojos vendados que me puso después, solo sentía el chapoteo, su sudor goteando en mi pecho.

Entonces, el pegging. Se colocó el strap-on, el arnés crujiendo contra sus caderas. Me giró, culo arriba, y escupió lubricante en mi agujero. El primer empujón fue lento, el grosor dilatándome con un dolor que se fundía en placer prohibido. «Toma, siente a tu Ama follándote». Empujaba más fuerte, el strap-on hundiéndose profundo, sonidos de piel contra piel –plap, plap– mezclados con mis gemidos ahogados. Su sudor caía en mi espalda, olor a sal y sexo, mientras me tiraba del pelo, arqueándome. «Di que eres mi cornudo, que te excita esto». «¡Sí, Ama, soy tu puto cornudo!», grité, el taboo explotando en mi mente, la polla latiendo sin tocarse, al borde de reventar.

Me desató una mano solo para que me tocara, pero con orden: «Edging, no corras». Lamí su coño mientras me follaba, el strap-on saliendo y entrando, mi culo dilatado y ardiendo. Ella aceleró, gemidos salvajes, «Joder, qué bien aprietas, perra». Su orgasmo llegó en oleadas, su coño convulsionando contra mi lengua, jugos calientes en mi boca. El mío… ella lo permitió al fin, «Córrete ahora, en mi mano». Exploté, semen espeso y caliente salpicando, el sabor salado cuando me obligó a lamerlo de sus dedos. Sensaciones internas: la polla vaciándose en espasmos, el culo palpitando alrededor del strap-on, la humillación dulce que me hacía correrme más fuerte. Todo olía a sexo crudo: sudor, semen, coño mojado. Sonidos finales: mis jadeos, sus risas triunfales, el chapoteo residual.

Al final, me dejó hecho un trapo en la cama, el cuerpo temblando de placer culpable. Ella se acurrucó a mi lado un momento, dulce-cruel, acariciándome el pelo. «Buen chico, has sido perfecto. Pero esto no acaba aquí; tu jaula vuelve mañana». Asentí, aceptando mi lugar con una sonrisa exhausta, excitado ya por lo que vendría. Joder, esa cabrona me tenía enganchado para siempre, y solo de pensarlo, mi polla intentaba endurecerse de nuevo en sueños.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba