Relatos de dominación

Dominación Femenina Cruel: Sumisión Absoluta

La Jaula de mi Ama

Joder, nunca pensé que una tía como ella me iba a tener tan pillado. Se llama Carla, y la primera vez que la vi fue en un bar cutre del centro, de esos donde la peña va a ligar sin compromisos. Yo era el típico pringado de oficina, treinta y pico, soltero por comodidad más que por elección, con una vida sexual que se resumía en pajas rápidas viendo porno en el móvil. Cachondo reprimido total, de esos que fantasean con ser dominados pero nunca se atreven a dar el paso. Hasta que apareció ella.

Carla era tremenda, no exagero. Pelo negro largo y liso, ojos verdes que te clavaban como cuchillos, y un cuerpo que gritaba «soy la jefa» sin necesidad de abrir la boca. Vestía ajustada, con una falda corta que dejaba ver sus piernas interminables y unos tacones que la hacían parecer una diosa cabrona. Me ponía malo solo de mirarla, la polla se me empalmaba como una adolescente en su primera cita. Estaba en el bar con unas amigas, riéndose a carcajadas de algo que no pillaba, y yo, desde la barra, no podía quitarle los ojos de encima. Ella lo notó, claro. Me miró de reojo, con esa sonrisa de lado que dice «te tengo calado, putito».

Al final, me armé de valor y me acerqué. «Hola, ¿puedo invitarte a una copa?», solté como un idiota. Ella me escaneó de arriba abajo, como si valorara una mierda barata, y dijo: «Solo si prometes no ser un aburrido». Joder, qué voz, ronca y segura, como si supiera que yo ya estaba perdido. Hablamos un rato, de tonterías, pero ella dirigía la charla, preguntándome sobre mi curro, mis ex, mis «secretos». Yo balbuceaba, sudando, y ella se reía, tocándome el brazo de vez en cuando, lo justo para que me imaginara sus uñas arañándome la piel.

Al cabo de unas copas, me soltó: «Sabes, chaval, pareces de los que necesitan que les digan qué hacer. ¿Me equivoco?». Me quedé mudo, el corazón latiéndome a mil. Asentí, porque joder, era verdad. Había visto porno de femdom, me ponía a cien imaginarme arrodillado ante una tía como ella, pero nunca lo había probado. «Vamos a mi piso», dijo, y yo la seguí como un perrito. En el taxi, me susurró al oído: «Si esto va en serio, hay reglas. Palabra de seguridad: ‘rojo’. Si la dices, paramos todo. ¿Entendido?». Asentí de nuevo, la boca seca. Sabía que me tenía pillado desde el minuto uno, y eso me excitaba más que cualquier polvo vanilla.

Llegamos a su ático, minimalista y con vistas a la ciudad, todo en tonos oscuros que te hacían sentir pequeño. Me mandó sentarme en el sofá mientras ella se quitaba los tacones y se servía un whisky. «Desnúdate», ordenó de repente, sin preámbulos. Me quedé flipando, pero obedecí, la polla ya medio dura solo por su mirada. Ella se acercó, me miró la entrepierna y soltó una risa: «Mira qué polla tan patética, ya está pidiendo atención. Pero hoy no, putito. Hoy empiezas a aprender quién manda».

Así empezó todo. Me arrodillé ante ella sin que me lo pidiera dos veces, y ella me puso la mano en la cabeza, enredando los dedos en mi pelo. «Buen chico», murmuró, y joder, esas palabras me recorrieron como una descarga eléctrica. Sabía que esto era lo que necesitaba, rendirme a una cabrona como ella.

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El juego escaló rápido. Al día siguiente, me mandó un mensaje: «Ven a mi casa, pero trae tu polla en orden». No entendí al principio, pero cuando llegué, sacó una cajita de debajo de la cama. Dentro había una jaula de castidad, de metal frío y reluciente, con un candadito que parecía burlarse de mí. «Esto es para que aprendas disciplina, amor», dijo con esa sonrisa maliciosa. Me la puso mientras yo estaba empalmado, lubricándola con un poco de gel que olía a vainilla barata. La polla se me metió a presión, el anillo apretándome las bolas, y el clic del candado fue como una sentencia. «Ya no te pertenece», sentenció. «Es mía. Y si quiero que te corras, lo diré yo».

La frustración fue inmediata. Caminar con esa cosa era una tortura: cada roce contra la tela del pantalón me recordaba que estaba preso, que mi placer dependía de ella. Por las noches, soñaba con follarme a Carla, pero al despertar, la jaula me aplastaba la erección, convirtiendo el deseo en un dolor sordo. Ella me mandaba fotos suyas en ropa interior, posando con el pie en alto, y yo respondía suplicando: «Por favor, quítamela». Pero no, la muy zorra se reía en las llamadas de voz: «Suplica más, putito. Dime lo cachondo que estás por ser mi juguete».

Una semana después, me citó para la primera sesión de adoración. Entré en su piso y ella ya estaba en el salón, vestida solo con un tanga negro y un top que dejaba ver sus tetas perfectas. «Arrodíllate y quítame las botas», ordenó. Obedecí, las manos temblando, y cuando se las saqué, sus pies desnudos me golpearon en la cara. «Bésalos, lame cada dedo. Quiero sentir tu lengua como un buen esclavo». Joder, el olor era adictivo: un toque de sudor del día, mezclado con su loción floral. Lamí sus plantas, chupé los dedos uno a uno, sintiendo cómo mi polla intentaba hincharse en la jaula, el metal mordiéndome. Ella gemía bajito, no por placer real, sino por el poder: «Mira qué patético, excitado por mis pies sucios. ¿Te gusta ser mi felpudo, eh?».

No paró ahí. Me hizo gatear hasta el baño, donde me ordenó limpiar el suelo de rodillas, desnudo salvo por la jaula. «Cada baldosa, con la lengua si hace falta», dijo, y yo lo hice, el sabor a jabón y suciedad en la boca, mientras ella se masturbaba en el sofá viéndome. La humillación me quemaba por dentro, pero joder, me ponía a mil. Era como si cada orden rompiera un pedazo de mi ego, y en su lugar creciera esta necesidad enferma de complacerla.

La dominación psicológica fue lo que me rompió del todo. Una noche, me ató las manos a la cama y me obligó a confesar mis fetiches más oscuros. «Dime, ¿qué te pone de verdad? ¿Ser cornudo? ¿Ver cómo me follo a otro mientras tú miras con la polla enjaulada?». Yo negaba al principio, rojo de vergüenza, pero ella me clavó las uñas en el pecho: «Confiesa, puto, o te dejo así toda la noche». Al final, lo solté todo: mis fantasías de ser humillado, de lamer su coño después de que otro la llenara. Ella rio: «Sabía que eras un pervertido reprimido. Ahora, mírame mientras me corro pensando en un tío de verdad». Se tocó delante de mí, abriéndose el coño con los dedos, el olor a excitación llenando la habitación, y yo suplicaba, al borde de las lágrimas, la jaula palpitando dolorosamente.

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El edging fue la guinda. Me liberó la jaula una vez, solo para torturarme. Me masturbé bajo su supervisión, lento, deteniéndome cada vez que estaba cerca. «No te corras, o te castigo», advertía, y yo obedecía, la polla roja e hinchada, gotas de pre-semen chorreando. «Suplica, dime lo mucho que necesitas mi permiso». Lo hice, horas enteras al borde, hasta que me volvió a encerrar, riendo: «Buen chico, la negación te hace mejor esclavo».

Y luego vino el pegging, joder, eso fue un nivel nuevo. Me preparó con lubricante, de rodillas en la cama, el culo en pompa. «Relájate, putito, vas a aprender lo que es ser follado de verdad». Se puso el strap-on, un arnés negro con un dildo grueso que imitaba una polla real, y lo untó todo de gel. El primer empujón dolió como el infierno, me abrí como nunca, pero el placer vino rápido, una presión en la próstata que me hacía gemir como una perra. Ella empujaba fuerte, tirándome del pelo: «Toma, cornudo, esto es lo que mereces». Yo jadeaba, el dolor mezclándose con el éxtasis, suplicando más mientras la jaula se mecía vacía.

La humillación cornudo llegó en una fiesta que organizó. Me obligó a servir, desnudo con la jaula a la vista, trayendo copas a sus amigas. Uno de los tíos, un moreno musculoso, acabó en su habitación. Me mandó mirar desde la puerta: «Quédate ahí, puto, y aprende cómo se folla a una reina». Oí sus gemidos, el chapoteo de sus cuerpos, y mi polla luchaba en vano contra el metal. Después, me hizo lamer su coño, lleno del semen de él, el sabor salado y amargo en la lengua: «Límpialo todo, es tu cena».

Cada tarea degradante me hundía más: pedir permiso para mear, dormir a sus pies, masajearla mientras ella ignoraba mi erección. Ella rompía mi ego con palabras: «Eres mío, no un hombre, un juguete con polla». Y yo, joder, lo amaba. La pérdida de control era el afrodisíaco definitivo, la humillación me excitaba más que cualquier toque.

El clímax llegó una noche de viernes, cuando todo explotó en una sesión que no olvidaré nunca. Carla me había tenido en castidad dos semanas, mandándome mensajes sucios todo el día para mantenerme al límite. «Ven, putito, hoy te voy a destrozar», escribió. Llegué temblando, y ella me recibió en lencería roja, el strap-on ya ceñido a sus caderas, con una botella de lubricante en la mano. «Desnúdate y arrodíllate», ordenó, y yo lo hice, la jaula tirando de mis bolas hinchadas.

Me quitó el candado con un clic que resonó en mi cabeza, y mi polla saltó libre, dura como una barra de hierro, venas palpitando, la punta mojada de pre-semen. «Mírate, qué desesperado», se burló, envolviéndola con la mano, masturbándome lento, sus uñas rojas rozando la piel sensible. El tacto era eléctrico, su palma cálida y sudorosa contra mi carne caliente, y yo gemí, arqueándome. Pero no me dejó correr: «Para, o te enjaulo de nuevo». Me dejó al borde tres veces, edging puro, mi polla latiendo en el aire, el olor a mi propia excitación mezclándose con el suyo.

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Luego me tiró al suelo, boca abajo, y me escupió en el culo: «Abrete, perra». Sus dedos lubricados entraron primero, dos, luego tres, dilatándome con rudeza, el ardor subiendo por mi espina. Gemí alto, un sonido gutural que no reconocía como mío, y ella rio: «Qué puto sucio, gimiendo como una zorra». El strap-on presionó contra mi entrada, grueso y implacable, y empujó. El dolor fue agudo al principio, como si me partiera en dos, pero se transformó en placer cuando rozó mi próstata, oleadas de éxtasis que me hacían jadear. Ella follaba fuerte, sus caderas chocando contra mis nalgas, el sonido de piel contra piel llenando la habitación, chapoteos húmedos del lubricante.

Sus uñas se clavaron en mi espalda, dejando surcos rojos que ardían, y me tiró del pelo, arqueándome la cabeza: «Mírame mientras te follo el culo, dime que eres mío». «¡Soy tuyo, Ama! ¡Joder, no pares!», supliqué, la voz rota. El olor era intenso: su sudor salado goteando en mi piel, el almizcle de su coño mojado rozando mi espalda mientras se movía, y el mío, un hedor animal de deseo reprimido. Ella se inclinó, lamiéndome el cuello, su aliento caliente: «Siente cómo te poseo, putito. Tu polla no se corre hasta que yo diga».

Me volteó, poniéndome de rodillas, y se sentó en mi cara: «Adórame». Su coño estaba empapado, labios hinchados y calientes contra mi boca, el sabor ácido y dulce inundándome la lengua mientras lamía, chupando su clítoris hinchado. Ella gemía fuerte, «¡Sí, lame, cabrón!», montándome la cara, su culo presionando mi nariz, el olor a sexo puro ahogándome. Bajó una mano y me masturbó de nuevo, edging sin piedad, mi polla goteando en su palma. «Ahora, córrete para mí», ordenó al fin, y exploté, chorros calientes de semen salpicando su muslo, el placer tan intenso que vi estrellas, el cuerpo convulsionando bajo ella.

Pero no terminó. Me obligó a lamer mi propio semen de su piel, el sabor salado y pegajoso en la lengua, mientras ella se corría en mi boca, sus jugos mezclándose con todo, un chapoteo final de su orgasmo empapándome la cara. Gemía triunfante, «¡Buen esclavo, toma tu recompensa!», y yo, exhausto, sentía la humillación como un fuego que me consumía y me llenaba a la vez. Cada sensación –el ardor en el culo, la polla sensible latiendo, el sabor en la boca– me recordaba su control absoluto. Era dolor-placer puro, tabú hecho carne, y me excitaba más que nada en la vida.

Al final, me encadenó de nuevo la jaula, besándome la frente con una dulzura cruel: «Descansa, putito. Mañana servís más». Me dejó allí, en el suelo, aceptando mi lugar con un placer culpable que me hacía sonreír. Joder, Carla era mi ama, mi dueña, y yo no quería ser libre nunca más. ¿Y tú? ¿Te imaginas arrodillado ante una como ella, suplicando por un poco de su crueldad? Piensa en eso la próxima vez que te empalmes solo.

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